Una fabulosa intromisión. Como un ángel, Leila. Los cabellos rubios caracoleando infundados de sol, culebras magmáticas, anguilas agonizantes. Ángel feroz de porcelana. La había llevado a cuestas, con los pies descalzos, los pies desnudos, los pies frágiles sobre astillas y guijarros. ¿Dónde está la angustiosa literatura que brotó un día de mis manos? —se repetía Okami, lentamente, como una oración mortuoria en la que, sin embargo, había un atisbo de Resurrección, una promesa de Nueva Vida. Estaba inútil, inerte, como un vegetal. ¿Ella, que mató monstruos con sus manos? ¿La niña feroz que afrentó al orco sargento Gort, leyenda del escenario? Leyenda, leyenda, escenario, escenario: política-ficción. No podía sentir otra cosa que una abundante cabellera dorada acariciándole el rostro, envolviéndola de un aroma tibio, esperanzador, de ala de ángel; ni ver más que dos pies albos hollar arena y fango y vacilar sobre maderos desventrados. Dormía a ratos, o eso pensaba -tal vez su alma, si es que había tal cosa, abandonaba momentáneamente el insuficiente contenedor corporal, la envoltura extenuada de la carne, para respirar en esa otra dimensión más allá del onirismo donde todo es pureza y luz. Supo que, en un momento dado, cesó la marcha y que fue depositada con tierna prisa a resguardo. Todavía era el bosque gélido del Ghoul. Todavía olía a pino, a gérmenes de pantano y a lápida fresca. Pensó que tal vez cada árbol subía de un soldado o un demonio destripado hacía hace centurias. Pensó que tal vez el bosque del Ghoul se había nutrido de una catástrofe y que toda su sombría flora no eran sino monumentos fúnebres o albergues de espíritus atormentados. No sentía pulso en su corazón. Los pensamientos eran gérmenes de pensamientos que nunca gestaban como tal; apenas lánguidas invocaciones de pensamientos exhalados sin forma.
Fue cuando vió al ángel batirse en un duelo. Los pinos habían cobrado las formas más espantosas: obeliscos negros cubiertos de horrorosos jeroglíficos, de rostros atormentados, de torturas infernales. Algún cacodemon errante, uno pálido, tres veces más grande que el normal, había aparecido de pronto, se había interpuesto, había amenazado con sus grandes labios púrpuras. Quizá era la desembocadura del bosque. Quizá era donde el bosque comenzaba a desarticularse en favor de alguna aldea. Lo supo, o creyó saberlo cuando tiempo después recobró el raciocinio, porque por algún inexplicable encantamiento (o implícita amenaza) al bosque del Ghoul no accedían o no podían acceder los demonios. En medio de aquella nube de esporas mentales sin destino, aparecieron los árboles como lanzas frenéticas amenazando el cielo, gesticulando con ruindad. Y el gigantesco Cacodemon blanco, traslúcido como una pupa, con su sangrienta sonrisa de payaso. Y el Ángel con su diadema de oro brillante. El ángel colérico evadiendo anillos de fuego. La boca de megalodón a punto de engullir al ángel. El ángel burlando la trampa y depositando en el interior de la gargantuesca fosa tres tiros de escopeta, que recibe como si se tratara de un puñado de caramelos, porque no cede, buque reptil, en sus intenciones. El ángel suda, dora su mano al llevarla a la cabeza. La envuelve un halo, desde la cabellera a los pies albos de nieve tibia o mármol inmutable que no se mancha a pesar de la mugre y el tizne y el pantano. Oscilan ebrios en una berenjena ígnea que se ensancha y se marchita con cada paso coreográfico. El limbo en que se encuentra Okami le impide seguir con precisión la violenta batalla que se desarrolla frente a sí. Está fría, se siente momia. Antes la sola visión inesperada de un demonio pudo arrancar chispas a su corazón y transformarla, también a ella, en un demonio, en un berserker. Mecha negra que se contrae: he ahí lo que fue hoguera. Los pensamientos eran cada vez más opacos, más inconsistentes; perdían sus contornos, se desleían, se iban ofuscando en una lejanía sin retorno. Ni siquiera los truenos ni los gritos de pájaros desbandados que daba el Cacodemon la sacaban de aquél trance, de aquella obnubilación, antesala indiscutible de la muerte.
Un último grito, semejante a una torre que se derrama en escombros. Un saco de sangre y mierda cae con la pesadez de un meteorito. Pero de aquél fango rojo surgen como burbujas cacodemonios diminutos, como globos, cornados, semejantes a garrapatas aéreas, con un gran ojo felino, cristalino como una canica. Eran tantos como una parvada de palomas en un parque, y su grito agudo e irritante era como el de un animal en celo. El ángel, aureolado de oro y rubí los redujo a la masa maternal con unos pocos tiros de chaingun.
Se hizo nuevamente el silencio, y Okami solo pudo ver pies de incorruptible blancura firmes sobre una repugnante pulpa bermeja.
