Un cangrejo atrapado en una botella, o un pájaro carpintero enjaulado no habrían taladrado tanto las paredes de sus cárceles como el bicho tenaz, el gusano indescifrable, que acometía la bóveda craneana de Okami con furia constrictora. Tenía fiebre, pero por primera vez en mucho tiempo su cuerpo reposaba sobre la blanda superficie de una cama. No podía hacer otra cosa más que sufrir. Ya ni siquiera existían aquellas borrosas abstracciones que anticipaban la concepción del pensamiento. Se hacían imposibles. Si hubiera querido pensar, los sufrimientos se habrían multiplicado tanto como los de un parto. El ejercicio de aluzar un pensamiento la habría dejado extenuada por meses. Si algo pensó, fue sin duda que una colonia de escarabajos latía dentro de su cerebro, multiplicándose y pugnando por horadarle el cráneo para escapar.
No podía sino sentir una presencia. Iba y venía y tenía los cabellos rubios. A veces, se presentaba alguien más. Le daban alimentos en la boca que no podía saborear. Sus ojos, entreabiertos, no conseguían distinguir nada que no fueran sombras, contornos borrosos, como si mirara a través de gasas o lagañas. Adolecía un mal absoluto que la inmovilizaba pero que, con todo, significaba lucha. Antes de esto, recogida sobre su vientre bajo un árbol, se preparaba para servir de abono a la tierra y de alimento a los gusanos: fría ya como un cadáver; incapaz, inane, vegetal. Ahora, su cuerpo ardía. Un flujo ardiente recorría sus miembros: el dolor venía no a servir de tónico sino de significante: de las pestañas a las cutículas, todas sus células mutaban, vibraban, con la energía de una criatura recién creada sobre la faz del mundo: con la consciencia incapaz de atender algo que no fuera una serie de impulsos desordenados. El bicho, el mamífero, se movía sobre la superficie de un planeta hostil, poblado de árboles y flores obscenas; mundo hostil, paradisíaco, feroz, primitivo, donde palpitaba la energía espantosa de lo recién creado. Sin orden, sin otra sabiduría que el instinto, saltando de flor en flor, de roca en roca, aprendiendo lo que es dolor y la caricia y el perfume y la aspereza y el viento. Y qué viento: el primigenio, que despojaba a las colinas de sus escamas y bosques inveterados. El ser reciente, observado atentamente por el Demiurgo, aprendía a fuerza de golpes de arrobos. He ahí que las células renacían del caldo mortuorio al que la Loba se había abandonado, preparándola para el Renacimiento, para la Resurrección, después del tercer día.
Y al tercer día, el dolor descendió. No se extinguió. Nunca fue extinto. Nunca en la vida de Okami conoció el descanso. Pero se había sumido de pronto en la secreta cloaca del misterio humano. Las telarañas que impedían toda visión, se derritieron.
Expulsó, con un largo y ronco suspiro, al demonio que se había divertido estragando su cuerpo durante tanto tiempo. También la convalecencia es una forma de exorcismo, había leído en alguna parte. Y esto fue lo primero que pensó. Esta cita de no sé qué terrible pergamino fue la que socorrió su cordura en aquél momento de epifanía.
Una luz azul inundaba la habitación donde se hallaba; provenía de una gran ventana sin más cortinas que unas delicadas gasas que apenas resistían el resplandor del sol.
Junto a su cama, una docena de enfermas lilas que ya se iban deshojando. Al fondo del triste cuarto, un borroso cuadro, una colina, una casita, una silueta, quizá una niña y un cordero. Pero la vejez del lienzo resultaba fatídica: algunas flores que ornaban el monte parecían más bien osamentas desperdigadas por algún ciclón asesino; la niña, una sacerdotisa demente y el cordero, un cercano sacrificio.
Lamentó que su imaginación estuviera todavía anegada por tanta podredumbre. Trató de recordar. Las imágenes acudieron con ligereza a su memoria: la huida, la persecución, la confrontación con el comandante, la aproximación a la muerte, los cadáveres abundantes, la tortuosa carrera hasta el Valle del Ghoul y la estancia en ésta, en la que la proximidad de la muerte la acompañó en su pérdida de la noción total del día y la noche, supremo laberinto de desesperación. Y, de un momento a otro: el ángel. El rescate. Las vagas imágenes de un violento combate entre un cacodemon gigante y ella, el ángel que la había rescatado. No sabía explicar el estado en que se hallaba. Para empezar, una acogedora placidez la tenía ligeramente aletargada, y no era el hecho de haberse levantado después de haber pasado por el Calvario. La cama exhalaba también su hechizo: ¿hace cuánto no reposaba en una? ¿Hace cuánto tiempo había dormido cuando no entre cartones, en su repugnante camastro de hojas, basura y cucarachas? Comenzó, sin desearlo, todavía no podía desear, una especie de retroceso, de regresión en el tiempo, hasta su primera infancia. Supo que incluso entonces no había sido jamás acogida por la blandura de una cama normal. Que, incluso entonces, había padecido el rigor y la violencia del Tiempo. De un modo u otro, ni un día de su vida, quizá desde el seno materno, quizá desde antes, había ido de un sitio a otro con la errabunda desesperanza de un leproso, destinada, condenada a padecer el crucifijo por no sabía qué impensable estigma. Una espada pesa sobre mí, se había dicho hace mucho tiempo, cuando todavía era una niña que arrastraba por las calles su cochecito y su muñeca y sus primeros libros. ¿Qué Verbo implacable designó su maldición sobre mí? ¿Qué Mago negro estigmatizó en mí en su sadismo? ¿Qué oscura voluntad me eligió para ser hoja seca con la que juega el Viento?
No hubo de aguzar el pensamiento para saber que alguien la había rescatado. Pero no le importaba ya su ángel guardián cuando surgió de entre la mierda la imagen de Gort, las torres de la capital, la escolta de Domains y la promesa de su crueldad. Había qué ponerse en marcha cuanto antes. Vibraron las fibras musculares de sus muslos; se tensó del todo en el ademán de erguirse. Su corazón latió con el negro ritmo de la Venganza.
Pero he aquí que se abrió una puerta y apareció el ángel.
