Se abrió la puerta, y este primer impulso, aunque no dado sin cierta pausa, batió las lilas del jarrón, arrancó algún pétalo débilmente adherido a la corona marchita, que se fue a posar con delicadeza de mariposa herida encima del buró. El chirrido penetrante sacudió a la Loba de su letargo y clavó la vista rápidamente en la que acababa de llegar.
Dos ojos de un azul purísimo la contemplaron como con pavor, tan abiertos como los de una lechuza. Una cabellera maravillosamente feérica y febrilmente desordenada, vibrante de un brillo propio, como una angelical aureola. Hizo como ademán de retroceder y cerrar la puerta pero el que ya había sido descubierta la paralizó a mitad del intento. Okami también la miraba, y sentía como si una nueva y desusada parálisis invadiera su cuerpo. Pero no. No era el retorno de la letal convalecencia.
Las dos se observaron por largo rato. Los grandes ojos de la muchacha rubia permanecían sin parpadear, y la corona que formaban sus propios cabellos hacía pensar en una gorgona inversa, una Medusa celestial con cabellos formados por serpezuelas luminiscentes que ondulaban con gracias en torno a sus sienes, desplazándose dentro de esa burbuja cristalina, invisible, impalpable sugerida sobre su cabeza. Pese al desarreglo de su persona, el rostro que asomaba al interior del cuarto era sobremanera hermoso. Okami adivinó que su parálisis se debía a aquél hermoso busto de virgen de porcelana. Estaba intimidada como ni siquiera lo había estado frente a Gort. Como ni siquiera lo había estado nunca frente a las circunstancias terribles que había sufrido una y otra vez. Articuló sin embargo una primera voz.
—¿Tú…? ¿quién eres?
Pero la respuesta tardó todavía un momento en llegar. Okami supo también que su aspecto debía ser mucho peor que cuando, en el colmo de la indigencia, se sumergía en el fondo de los basureros y, desplazándose como una ágil larva nativa, recogía las infectas migas que podían servirle para no morir durante el resto de la jornada. Mientras esperaba se miró las manos, flacas, ásperas, cubiertas de golpes y cicatrices, y después palpó con ellas su rostro. La piel daba lugar, sin ningún intermediario, a los huesos de la mandíbula, a los xxx, los xxx; hondos surcos bajo sus ojos, la nariz pronunciada y afilada. Nunca se había hallado tan descarnada. Sintió asco y repulsión de sí misma. Por primera vez en mucho tiempo la envolvió una terrible pena que no tenía qué ver con nadie más que con ella misma, con su yo externo, con el vehículo carnal de su alma inexplicablemente virulenta. Estaba desconcertada: ¿Por qué ahora…? ¿por qué ahora…?
—Me llamo Leila… —respondió por fin la muchacha, dando un paso al frente y trayendo consigo un frasco y un manojo de instrumentos con aspecto quirúrjico— ¿Y tú?
La respuesta la sacó de donde estaba inmersa, que era el primer círculo de un infierno personal.
Quiso decir que se llamaba Okami. Okami repicaba en su lengua con necesidad casi furibunda. Pero le dijo que se llamaba Jéssica. Y por decir algo, más que por ser lo justo y preciso, preguntó por el lugar donde se hallaba. Leila le explicó que se encontraban en una fonda en las afueras del Valle del Ghoul, sobre un despeñadero, y en el extremo de una aldea muy joven que no tenía nombre, y a la que llegaban constantemente forasteros de todas las calañas y curiosos visitantes de ciudades vecinas que todo lo que deseaban era un espacio para ver de cerca el espectacular Valle de Ghoul, y, tal vez, adentrarse a sus entrañas.
Leila informó a Okami que se encontraban en una temporada difícil: el punto álgido del calendario laboral, que impedía a los viajantes lanzarse en busca de emociones por el mundo. En el caso opuesto, no habrían tardado en dar con ella: el Valle del Ghoul era, durante las vacaciones de Verano sobre todo, escenario para idílicos confites familiares, fiestas de cumpleaños o ruidosos campamentos y canciones de la hoguera.
Pero Leila quiso saber por qué. Y la miró con sus grandes ojos de turquesa irresistible. Okami la había estado escuchando en silencio, tímida, dócil, como el pecador arrepentido durante el examen de conciencia. No era capaz de explicarse semejante estado, tan fuera de órbita a los ánimos que había acostumbrado hasta entonces. No se atrevía a mirar a la rubia. Y si terminaba por atreverse, podía sentir como si, repentinamente, se lanzara en picada hacia un mar de azul maravilloso desde la cima de un promontorio: pero el vértigo era tal que apartaba de nuevo los suyos, aunque no dejaba de acompañarla la sensación del que lucha contra una marea engullidora o arenas movedizas.
¿Sería prudente contar su historia? Rememoró de nuevo. La situación en que legalmente se encontraba era gravísima. ¿Cómo podía, de buenas a primeras, sucumbir a una confidencia semejante? Maquinó rápidamente un relato y, con vocecita trémula, contestó que la habían botado de su casa… que tuvo problemas con sus padres… que diversas conmociones la habían desequilibrado y había optado por probar suerte en otro rincón del mundo que no fuese La corrupta Capital, donde no gozó de nada que no fuera el rigor de una estirpe decadente y egoísta que gozaba con criminales expropiaciones como pasatiempo cotidiano y con aberrantes violaciones a los derechos individuales. Pues bien, repliqué de un modo más o menos fidedignos sus palabras, pero el caso es que se había dejado llevar un poco al rememorar la inmensa corrupción de esa ignominiosa metrópoli que ahora mismo servía como eje al Mundo entero y que aspiraba a cada vez mayores opresiones. Se había incorporado de la cama, un poco inflamada de cólera, y sus ojos ya no miraban el azuloso panorama de los de Leila, sino que la taladraban, atravesándola hasta dirigirse a un invisible auditorio cuyas pálidas voluntades ambicionaba a colorear con el ardiente elixir de una bilis revolucionaria. Pero al momento recapacitó de su exceso. ¿Ya me entiendes, no? Los ojos de Leila parpadearon, trémulos y benevolentes. Jéssica sonrió con boca zigzagueante… y trató de corregir su vehemencia con un tono más apropiado de errante doncella sin rumbo: En el bosque, que era desconocido para mí, vagué presa de delirios, sin conocer el camino, sin saber que hubiera algún camino, hasta que mi cuerpo comenzó a fallar y me rendí a los lánguidos ofrecimientos de la Muerte, que tendía hacía mí su mano de lirio…
