El hambre había impulsado a los ONX más allá de la frontera del sur de la Capital, todo ariscas montañas de piedra y áridas estepas donde florecían más los Cacodemons antes que las bayas silvestres o los animalitos peludos que regularmente habitan cavernas y boscajes. Como no tenían dinero, no podían hacer más que pelear con los monstruos para devorarlos. Al principio, durante los primeros días, esto era una labor interesante y divertida que los remontaba a una vida libre y prehistórica de cacería y embriaguez sangrienta. Poco después, cuando la munición escaseaba, todo se había vuelto de pronto sofocante y penoso. Un poco llevar a cuestas el peso del propio estómago y el propio desconsuelo, que se abigarraba y henchía sobre los hombros como una sólida bola de mierda. En efecto, pronto comenzarían a sudar mierda. No tenían más que una sierra sin combustible y algunas escopetas para blandir. Journeyman, en su asesino ingenio, había ensamblado un alargado cactus en una gruesa vara, formando un peligroso artilugio que recordaba a una maza medieval. Cada día, las largas agujas de la Capital, con sus discos de polución semejando las nubes de un picacho en torno, se iban alejando, disminuyéndose, hundiéndose en el horizonte, y con ello, todo vestigio de civilización. Y todavía no habían vislumbrado ni un rastro de humanidad. Comunas y aldeas, que sabían bien que existían, no se dejaban ver por ningún rincón. Y cada día era más penoso seguir.
Estaban hambrientos: caminar tanto parecía ensanchar el estómago y concederle autoridad plenipotenciaria. Hacía dos días que en su camino no se cruzaba ni tan solo un conejo. Lo último que destazaron fue un pinky de los rojos, excesivamente feroz y que casi empala a Freeman de una cornada en el abdomen. Solo una brusca contorsión instintiva lo salvó de verse con las tripas por fuerza. El movimiento le valió un desgarre que lo atormentaba al andar, pero esto era preferible a la muerte. Lo mataron a lo bestia, como un grupo de neandertales inexpertos, blandiendo sus armas como palos de golf y a pedradas -que ninguna dio en el blanco. No era una faena menor a la de lidiar con un toro salvaje sin las obscenas artimañas de las que se valen en las corridas. Para colmo, jadeantes, la carne estaba durísima y desabrida. Ni un sazón perceptible condimentaba las gruesas fibras musculares, semejantes a trapeadores estrechamente anudados. Ni modo.
Como cuatro famélicos jinetes de su propio apocalipsis, caminaban sin orgullo ni mandato. Hace mucho que dejaron atrás el último boscaje y ya todo era una desnuda constante de lomas, rocas y arbustos… sin otro rastro de agua más que pestíferas fosas de agua estancada. Onix, Journeyman, Freeman y Tonkpils, trataban de mantener el espíritu intercambiando comentarios incoherentes, propios de delirantes vagabundos en los últimos destellos de un cerebro hidratado. Pero no había quejas. Si algo guardaban en común, era la idea firme de que ese era el destino al que con tanta tanta dignidad se habían entregado. Dignidad de ácaros, de zánganos, de sanguijuelas, pero por lo menos no de cobardes. Onix y Journeyman, aunque sabían que no se hacía preciso pues conocían bien la madera de la cual estaban hechos sus colegas, trataban de mantener el buen humor, rememorando viejas aventuras aunque adulterándolas e hinchándolas a voluntad para hacerlas lucir más pomposas y disparatadas. El efecto era conseguido y Freeman y Tonkpils podían todavía reírse. Sobre todo Freeman, a quien era muy difícil de desanimar, se mostraba con entereza. El otro, el joven proto-furry, tendían un poco más a la melancolía, sobre todo desde que se separaron de sus amigos, los primos Wolfdaemon e Isafo. Sobre todo, acordarse de este último, le producía un cierto resquemor: después de todo, los primos habían sido sus mejores amigos hasta entonces; son los que lo sacaron de su mediocre y difícil existencia en los barrios más pobres y peligrosos de Ciudad de México, donde los linchamientos, las balaceras y las procesiones a la Santa Muerte eran cosa de todos los días. Aquella peligrosidad ineludible no era, sin embargo, como ésta otra que ahora mismo experimentaba. La de la ciudad carecía de matices. Aquí miró, por primera vez, el mar, el bosque, el aroma plural de una ciudad "primermundista" y cuasi futurista, y todo esto era preferible a pesar de la precariedad con la que hasta entonces había vivido junto a los ONX. Sus diversiones con todos ellos no tenían parangón con el riesgoso shot de adrenalina de cada mañana en su antigua vida, cuando había de ingeniárselas y exigirse tanto como un atleta olímpico, para robarse unos tamales, una torta de huevo o unos taquitos de canasta para sobrevivir. ¿Allá, en los estrechos corredores en que se convertían las pobladas calles -tapiadas a cada lado por edificios mastodontes- cuándo se habría hecho posible el excitante juego de la caza? ¡Y qué caza! De monstruos imposibles que no aparecían en los libros de Ciencias Naturales: horrorosos seres que se creerían propios más bien producto de la fantasía, de los videojuegos, de los bestiarios medievales, que de la realidad.
Incluso, bajo aquél verano implacable, con la lengua cubierta de polvo, se podía decir que era feliz. Por lo menos no era una voluta de tóxico smog lo que le cosquilleaba la garganta. Por lo menos, el sudor que expiraba su piel no tenía qué ver con policías pisándole los talones o con el tenebroso sol plateado que lo ahogaba junto con los cláxones y los furibundos reclamos de los taxistas a los que lavaba sus autos. Todo eso había quedado atrás, y, sin embargo, una inquietud prevalecía en él y era el no haberse quedado con sus amigos tan cercanos… Onix, Journeyman y Freeman eran buenos tipos, sin duda, a los que no tenía derecho de reclamar su conducta desordenada y criminal, cuando él mismo arrebató su tortita de huevo a un niño y tenía la costumbre de dudosa moral de asaltar viejecitas todo el tiempo porque no se atrevía a asaltar hombres o a alguien cuyo aspecto prometiera un botín mayor a los veinte varos.
Pero las tiemblas le piernaron.
Freeman había jurado lealtad a Onix, tal como Noé lo había hecho. Sabía muy bien que las diversiones que se habían permitido, tan fuera de toda norma de convivencia, más temprano que tarde les costaría una severa sanción, si no es que el destierro temporal o permanente. Sabía que la prohibición impuesta por el Departamento Federal de Justicia no tardaría en ser levantado y que entonces regresarían a las andadas. Quizá simularían, por un tiempo, una aptitud para el juego sin precedentes, respetando a los demás jugadores, sin troleos, sin bromas, sin picantes maledicencias ni provocaciones de ningún tipo, como no aparentaran basarse en otra provocación, siempre y cuando tuviera esta su desenlace en el campo de batalla. Quiso detenerse porque también él comenzaba a temblar. Onix dio la voz: vislumbraron la sombra ancha de un conjunto de yucas de feroz aspecto: parecía un grupo de esqueletos llevando en las manos racimos de flechas o lanzas. Esto los entusiasmó a todos, aunque todavía faltaba un trecho importante antes de alcanzar aquella frescura. El suelo áspero les iba gastando las botas. Aquella arena que pisaban se volvía muchas veces irregular, con gránulos más grandes de lo normal, con guijarros agudos y resbaladizos. Más de una ocasión los ONX estuvieron a punto de irse de bruces en aquél páramo hostil que parecía alfombrar una eternidad sin fronteras.
Pero allí estaba, la primera elevación del terreno, una suave pendiente donde la vegetación se anunciaba con el cruento manojo de yucas haciendo sombra a unas redondeadas rocas que invitaban al reposo.
Journeyman, amargo desde el principio hasta el final, anunció que se trataba de un espejismo. Freeman le dijo chinga tu madre con una plácida sonrisa.
Tonkpils, que también ya le piernaban las tembladeras, se detuvo un poco y cayó de rodillas. Estaba a punto de perder la conciencia. Al momento los tres amigos retrocedieron para ayudarlo. Lo tomaron por los brazos, lo palparon, Journeyman no demoró en bofetearlo. ¡No era para tanto! Tonkpils le sujetó la mano, porque ya se preparaba para un segundo embiste. ¡Wey, no mames! Me desvanecí un momento. Pero sí les pidió que lo ayudaran a llegar a la sombra, porque las piernas le respondían poco. Sentía como estuviese suspendido sobre dos cañas insuficientes y a punto de ceder sobre un peso excesivo. Los ONX lo llevaron por los brazos, haciendo todo el trabajo por él. Se sentía agradecido, pero comenzaba a desvanecerse. El resplandor intolerable de aquella arena gravosa comenzaba a opacarse, a teñirse de tonos pardos, purpúreos, negros, como si le fuesen cubriendo los ojos con velos, uno tras otro. Pero estaba agradecido, y comenzó a sentir vergüenza. No había hablado de esto con sus amigos, porque por aquellos días las alegres jornadas impedían toda comunicación como no fuera para sacarse las tripas. Esto será aclarado más adelante. La vergüenza que sentía tenía qué ver con la escasa posibilidad de su cuerpo. Con su debilidad. Ninguno más que él estaba a punto de desmayarse. Podía atribuirlo a que era el más joven, el más niño. Pero no era solo eso lo que lo avergonzaba de sí mismo. Había escuchado una historia. Miró ante sus ojos a una niña recorriendo bosques y desiertos. Muy chica, quizá de su edad, desgarbada, famélica, salvaje, pero pletórica de energías. Era pobre, pobrísima. Vivía de prostituir su cerebro. Comía de la basura, de carroña, de animales y demonios que ella misma cazaba. Miró dos manitas, pequeñas y calientes, temblando de éxtasis, bañadas con un fango sangriento. Fue hace unos meses. Salió solo del departamento que subsidiaban tan trabajosamente en la IRC TOWER. Fue por bocadillos, fue a washar culos, a librarse del pestilente olor a vómito de Noé que ya había impregnado muebles y paredes. Fue al Oxxo de la esquina cuando aquello aconteció. Tuvo qué pasar junto a un puesto de periódicos en torno al cual se reunían numerosos viejos a contar pesadillescas orgías de guerra y deslumbrantes visiones proféticas. Y a leer panfletos. No les prestaba atención, pero alguno en la palabra furiosa de uno captó su atención. Relataba su encuentro con un demonio encarnado. Comenzó condenando al actual sistema , despótico y descomunal y siempre hambriento, siempre creciendo, siempre inagotable en su insaciabilidad. Dijo que no tardaría el Monstruo en agotarnos a todos, en succionar nuestras vidas, en implantarse en nuestros cerebros. A continuación recitó algo muy parecido a un poema, pero que también era una declaración de guerra. Era revolucionario, no retuvo ninguna palabra sino cómo las palabras hicieron eco, como si todo él fuese una campana, sacudidas eléctricas, espasmos nunca imaginados. Tomó uno de los panfletos, compró una bolsa de Doritos de queso picante y regresó al departamento. No lo quiso leer. La verdad es que leer palabras le producía una jaqueca insufrible, cuando no se quedaba dormido. Se lo entregó a Onix, porque a él le gustaba leer y coleccionar papeles de todas clases. Este se mostró maravillado por su contenido. Le dijo cosas que no comprendió. Onix se preguntaba por la autoría de tan incendiario libelo, que no era firmado más que por tres siglas: OKM. No se le dio más importancia al asunto: minutos después, mientras Journeyman hacía malabares con su caca seca, se abrió de pronto la puerta y entró un mandadero de la oficina del hotel para recordarnos que debíamos 14 meses de renta.
XXXX. En una ocasión, hacía meses, cuando habitaban el abyecto recinto de clase baja en la IRC Tower,
La diversión, y vaya que la tenía, no tenía nada qué ver con las de antaño, con sus viejas promiscuidades, con sus patéticas aficiones, con sus nauseabundos banquetes robados o sacados del bote de la basura. En este momento, bajo el solazo de knock-out y sin haber comido, se hacía imposible que extrañase los maravillosos taquitos de suadero que más de una ocasión Isafo o Wolfdaemon le convidaron, siempre acompañando el grasoso xxxx con un a mona de guayaba que ya casi lo dejaba sin pelitos en la nariz.
