Al principio, Jéssica parecía recuperarse poco a poco. Como si apenas aprendiese a caminar, Leila la atendía con paciencia materna, llevándola a través del cuarto, guiándola de la mano, sujetándola cuando estaba a punto de caer, sirviéndole de apoyo como si se tratara de una muleta o una nodriza. Los rayos del sol llenaban el cuarto, se esfumaban, y dentro de Jéssica algo iba mutando junto con todas aquellas cíclicas alteridades y gradaciones de la luz de los días que pasaron antes de que pudiera ir al baño ella sola. En un momento dado, le fue presentada la administradora del Motel y tía-abuela de Leila: la vieja Wellingford era, a pesar de su aspecto increíblemente severo y autoritario, una anciana caritativa y comprensiva pero muy inteligente, de ojos pequeños y rasgados, como dos cortes de guillotina que fallaron el proceso de la decapitación, y de pupila sombría y penetrante como para escudriñar hasta las intenciones más ocultas del que se atrevía a mirarla directamente. La Wellingford, con sus cabellos palteados cuidadosamente embadurnados hacia atrás y su aire muy correcto de gran señora, se asomaba al cuarto, saludaba a Jéssica, y la concreción de su voz tan clara no era intimidatoria ni de una hipócrita amabilidad burocrática, sino clara y sincera. No se detenía mucho tiempo. Daba después un par de instrucciones a Leila, y se retiraba a la administración. Por aquellos días, repito, no se ocupaban más de media docena de casi un centenar de habitación del caserón. No habría podido refugiarte si fuese verano, le dijo el bello ángel rubio, porque por entonces no podríamos ni siquiera ofrecerte los cobertizos. Aclaró la chica, sonriendo.

Las razones no eran otras que mero humanitarismo. ¿Cómo habría podido abandonar a una semejante a una suerte que no era otra más que la muerte? Narró la travesía de entonces. Había ido a la Capital por víveres. Como conocía bien el camino, podía ir y venir a través de él sin ningún problema. De regreso, se había desviado por pura corazonada: avistó un ave fabulosa en medio del camino. Un ave que nunca antes había visto: fue un instante. Absorta en el silencio, donde todo era un suavísimo murmullo de insectos y hojas, y en la paz sobrenatural que reposaba en la corteza de todos los árboles y en cada una de sus fibras constituyentes, la visión del plumífero la conmovió profundamente. Se había tallado los ojos con persistencia idiota, como si una mancha o un juego fortuito de la luz sobre su retina hubieran podido proyectar en su cerebro aquella misteriosa belleza de vasija china alada. Entonces, al doblar por una de las tantas robustas arboledas, oyó un rumor desusado, un misterioso canto que tenía también un poco de eléctrica campana. Y miró perderse entre los troncos una sombra de plata. Se avocó a perseguirla, como una niña obstinada, incapaz de zanjar el asunto como una linda visión insólita. Se sentía extrañamente magnetizada por aquella fantasmagórica presencia. Se tropezó varias veces, yéndose de bruces al lodo o la maleza; al levantar la cara, el ser inexplicable desaparecía entre un nuevo columnar de árboles. Y ella persistía. En su oreja retintineaba el cántico. Y ella persistía, luchando contra malezas y deficiencias en el terreno, a veces abultado por hojas podridas, demediado grietas o cubierto por charcos. El último fue un tropiezo acrobático: la punta de su pie colisionó violentamente con una piedra inamovible, fue lanzada por los aires como una infausta gacela y rodó sobre hojas, lodo y rocas varias veces como un descalabrado pino de bolos. Cuando se pudo limpiar la máscara de fango, gorgojos y gusanos, lo primero que vio fue un extraño bulto inerte bajo un árbol. Era una de las zonas más profundas, oscuras y frías del bosque. Allí helaba, a diferencia de las partes altas: el rocío era espacialmente abundante: toda una microscópica cristalería de hielo tejía velos de aterciopelado cristal entre ramas, rocas y troncos; y en algunas zonas especialmente afectadas, de los formidables brazos de los pinos pendían largos sables de goteante hielo. Tenía una explicación, y es que el Mar XXXX se encontraba a menos de dos kilómetros y xxxxxx. Desatendió el bulto, miró a cada lado, para tratar de sorprender la figura inasible del maravilloso ser aéreo… pero esta vez no hubo ni rastro: las alas argentinas no se batieron en dirección alguna y la campanita lisonjera se había esfumado; el cuerpo de jarrón broncíneo no se anunció doblando tras ninguna de las incontables avenidas que formaban los cada vez más abigarrados pinares. Una extraña decepción comenzó a dibujar sus inquietas patas de ciempiés sobre su cacería frustrada. Luego, la tristeza de no haber podido ver con mayor atención al animal que presentía de una hermosura jamás vista. Era… como un pavorreal, todo de plata, pero… también como un quetzal… y era como de plata pero también como de bronce viejo, patinado, verduzco, imposible, con su larga cola dejando un rastro en el aire… Pude haber seguido corriendo sin rumbo en aquél laberinto de árboles, con sus recovecos insalvables, pero algo imprimió en mí la certidumbre de que lo había perdido, estaba hecho: el ave maravillosa se había escapado del todo y tal vez nunca más la vuelva a ver. Y un elixir de saudade fue difundido por toda su alma como la tibia emanación de un bálsamo reconfortante sobre un músculo herido.

La mirada poco a poco se iba aclarando y los sentido iban volviendo a su natural agudeza, deslindados de aquella superposición extraordinaria. Ya había suspirado largamente, palpado el backpack con chapitas para ver si los víveres se encontraban intactos. Se frotó varias veces la cara, porque todavía sentía costras de lodo y ramas en el pelo. El declinar del sol la instó a marcharse y retomar el camino cuanto antes. Fue cuando de nuevo sus ojos dieron con lo que ella había tomado por un bulto más de hojas y residuos orgánicos más: temblaba. Se acercó y descubrió una cabeza, y pies, y manos, y a una niña hecha un tenso ovillo tembloroso. Sintió un nudo en la garganta. Quise deshacerte el nudo que estabas hecha, toda dormida, toda rígida, si no hubieras estado temblando, podría haber pensado que estabas muerta. Y tan flaca, tan flaca… pobrecita… Yo me sentía a punto de llorar todo el tiempo. Hasta que consiguió desatar sus miembros agarrotados y afianzarla sobre sus espaldas, no sin largo rato de esfuerzos. Una vez en marcha, descubrió que el peso añadido a la despensa era sorpresivamente escaso. Pero ella estaba viva. Había sentido su pulso. Esto la animaba y brindó impulso a todos los músculos de su cuerpo, conjugados en atravesar el bosque a gran velocidad, antes de que se pusiera el sol, y rescatar a aquella niña desvalida, que parecía ser tan pequeña.

—¡Pero tengo 15 años!

—¿¡15!?— los ojos azules casi se botan como las coloridas esferas ebúrneas de los bronces. —¡Creí que eras menor que yo!

Porque Leila tenía 12 años. ¿¡DOCE!? Exclamó Jéssica, irguiéndose del lecho. Podía haber jurado que más: a pesar de la ternura intrínseca de su semblante marfilino, era más alta que ella, de aspecto mucho más saludable; delicada, sí pero no como una inmóvil doncella de claustro, más bien como una que ocupara su tiempo libre en el aprendizaje de la esgrima y la caza. Parecía ya una mujer. Angelical, frágil, doncellesca, pero ya no una niña. Habría podido pensar que, por lo menos, tenía 16 años. Otra vez sintió vergüenza de sí misma. Por la mañana se vió al espejo y se descubrió fea, con su tez descolorida, los ojos feroces a pájaro nocturno: era la encarnación de la angustia. Es verdad que iba recuperando un tono, pero sabía que nada podría reparar aquella configuración facial aguileña, despectiva, casi dura; ni sus cabellos indomables, demasiado suaves, imposibles de trenzar o aplacar bajo un broche o llevar en coleta. Pelos indomables de Gokú, se decía a sí misma, sonriendo con tristeza. Leila sintió aquella mirada desesperada de los ojos grises, acariciando con nerviosa delicadeza cada espacio de su rostro, del mismo modo en que un monstruo contempla conmovido una flor, y sintió que el corazón se le encogía. Corazón de oro que late y se vuelve cristal; grana dentada de rubí que se expande y se contrae, envuelta por la seda dorada de volátil misterioso. Como pájaro herido derrama su sangre: colibrí que tiembla en manos enemigas que lo desangran. Aquella mirada la estremeció profundamente. Ojos de desesperación, ¿qué querían decir? No se lo pudo explicar. Llegó la tía, salieron las dos del silencioso vértigo. A lo lejos, ladraban perros furiosos, y su ladrido era tétrico como el de los perros de Lautreamont. Jéssica, sin saber bien por qué, se puso en pie, también ella, de un salto, sin vacilar como hasta hace poco. Estaba perceptiblemente mejor. La tía pidió a Leila que se dirigiera a Worgleston Town, y le comprara al bombero Bob varios galones de leche. ¡Se acababa de hospedar un gordinflón formidable que no cesaba de tomar leche cruda y que estaba pagando propinas con largueza de borracho rico! Entonces, ambas se dieron cuenta que Jéssica estaba de pie sin ayuda. Leila sintió el arrebol de la alegría inundándole el pecho. Quiso abrazar a la que ya consideraba su amiga. Tan solo la Loba no se daba cuenta de lo que estaba ocurriendo y solo miraba alternativamente a la estólida tía que no se movía del umbral, y las preciosas joyas de su amiga que se iban agrandando y amplificando por un suave barniz de lágrimas.

—¿Ya puedes andar?— Preguntó la tía, y añadió, sin esperar respuesta: —Entonces, aprovecha para saldar tu deuda, acompaña a Leila y traigan el doble de leche.

Desapareció. Jéssica miró sus pies, firmes sobre el suelo, y dio un paso hacia delante, y otro más. No temblaba, no perdía el equilibrio. Leila la abrazó, sin poder contener las lágrimas.

Aquél abrazo selló un pacto que ya se había hecho, de manera tácita, entre las dos adolescentes. ¡Estoy muy alegre…! Estalló la rubia cándida, escanciando abundantemente la nobleza de su espíritu. ¿De verdad, de verdad puedes…? Jéssica recobró la conciencia después de aquél sueño seráfico de haber sido estrechado en aquellos brazos de musa.

Pero Leila conocía la impaciencia de su tía y tomó a Jéssica de la mano y la condujo a su habitación para que se vistiera. El proceso fue rápido, tosco, Jéssica jamás había visto ropa nueva en su vida. ¿Nueva? ¡Pero si es viejísima! Debo tener desde los 10 con ella. Okami, la que solo se había envueltos en vestidos de periódico, trajes de cartón y guiñapos de basurero.