Había anochecido y todavía faltaba mucho… aunque no estaban todavía conscientes acerca de hacia dónde se dirigían. Por fortuna, habían dado con un pequeño pantano circundado por abundantes setos idénticos a brócolis amplificados hasta la sinrazón, que brindaron suficiente abrigo y material para hacerse una fogata. De las espesas aguas del pantano extrajeron con artificios barbáricos una nada despreciable cena compuesta por unos pececitos semejantes a sardinas, y sapos. Onix reservó para sí un banquete que sus colegas rechazaron: saltamontes, bocado crocante y difícil. Solo para gourmets. Tonkpils había recobrado la consciencia hacía rato, y se había ensarzado con Freeman en una ruidosa lucha en el pantano, en la que ambos habían terminado empapados de grotesco fango verde de los pies a la cabeza. El Jornalero, experto en tales empresas, había sondeado durante casi una hora la periferia, buscando cualquier indicio de civlización. Para cuando volvió, sus noticias eran poco alentadoras: el bosque-brócoli parecía alargarse indefinidamente. Sus árboles, bajos, sin embargo proporcionarían sombra y alimento durante unos pocos días (si no es que resultaba más largo que lo que imaginaba), ya que entre las tupidas arboledas pudo distinguir pájaros y a extraños seres semejantes a ardillas o lémures que muy bien podrían ocupar el papel de pollos asados en un futuro muy próximo. Descubrió también que la semejanza con los brócolis de aquellos árboles no se limitaba al aspecto, sino que uno podía proporcionarles un mordisco en medio tronco y arrancarles un buen trozo, siendo el sabor idéntico al del vegetal, con excedentes de líquido. Cuando dijo esto, Freeman dudó: podía tratarse, sin lugar a dudas, de una broma con el fin de motivarlos a aplicar las mandíbulas a un tronco de madera con desastrosas consecuencias. Pero Tonkpils, que no estaba contento con el agua turbia que habían conseguido separar de la suciedad del pantano, no había tardado en aproximarse a uno de los arbolitos, acariciando su tronco terso y blando, y mordiéndolo después con seguridad. Era verdad, ya estaba masticando una masa muy húmeda y crocante al principio, con un sabor muy parecido a brócolis frescos, cosa que él, carnívoro ferviente, no recibía con especial deleite. Pero el sabor era compensando por la humedad y la frescura. Está bien rico, weyes, eh, consiguió decir antes de propinar otro mordisco. Freeman se acercó a otro y lo corroboró por sí mismo, sintiendo cómo un manantial se derramaba sobre su lengua. Journeyman, que ya se había hartado, se sentó junto a la hoguera, cogió uno de los pescados que se iban asando en un alambre, y comenzó a enfriarlo a soplidos. Onix cortó un trozo de árbol con su navaja y aplacaba aquella necesidad tan humana de frescor. No tardaron todos en reunirse de nuevo en rededor de las llamas, entre las cuales al menos una docena de pececillos y ranas se iban chamuscando. Sacó un alambre, con una rana especialmente nalgona, y le arrancó una de las patas, tan gruesa como la de un pollo. Garantizó que aquello era un manjar. Cualquier mierda sería un manjar en este momento, completó Freeman, sacando del fuego una brocheta de alevines de un dorado traslúcido, que fue a embutirse en la garganta con la majestuosa flexibilidad de un tragasables, para enseñar después el lustroso alambre sin residuo alguno. Vaya que tienes experiencia en eso, eh, dijo Noé, con una mueca histriónica y sugerente. ¡Vete a la verga! Replicó el joven Doctor. Y bajo las estrellas, el cuarteto se reía, experimentando una íntima satisfacción. Se miraban unos a otros y todavía se carcajeaban como un grupete de hippies intoxicados y riéndose de alucinatorios sinsentidos. En torno a ellos, y muy lejos del bosque, los aguardaban todavía peligros innumerables que pondrían en riesgo no solo la integridad física y moral de cada uno, sino las relaciones entre ellos. Lo que había sido en principio una declaración de guerra a las normas de convivencia, podría muy bien tornarse contra ellos. Un juego peligroso. Freeman pensaba en esto mientras mordisqueaba un grueso trozo de brócoli. Se puso en pie, caminó hasta el pantano y hundió ambas manos.
—¿Qué chingados haces, Freeman?— Le gritó Tonkpils, lanzándole un guijarro que fue a parar en el fango con un chapoteo que semejó un eructo.
—Busco otro pez, pendejo.
En efecto, sus manos registraban el fondo del pantano en busca de cualquier animal que pudiera ser llevado al fuego y servirle de bocado. En realidad, quería pensar, un poco lejos de la algarabía creciente: Journeyman contaba sus aventuras por los mares del sur: hechos tan inverosímiles que no se los creería ni el más tierno infante.
En el futuro… ¿ellos tendrían futuro? No. El Clan [ONX] se disolvería, como tantos otros, al cabo de un año, y ya era mucho decir. Onix carecía de proyectos, lo mismo que Noé. No querían otra cosa que gozar de aquél rocío y del estruendo autoritario de los administradores del juego. Se supone que el proyecto, en esencia, era ese: dar la vara, joder, trollear, ser insoportables, colmar la paciencia de moderadores y usuarios, todo, todo el tiempo. Se suponía que la suspensión ponía fin al plan. 3 de los 7 originales se habían marchado, siendo incapaces de cargar con el estigma y dispuestos a sentar cabeza y formar parte de la respetable medianía. Tenía sentido: ¿poner fin a la sana diversión por una juvenil racha de rebeldía, y además de por vida? Prohibiendo a ONX poner pie en la Capital y sus diversas sucursales administrativas, se les obligaba a vagar sin rumbo por aldeas, pueblos y ciudades menores donde no existía otro medio de ganarse la vida más que dedicándose a pesadas labores labrantías u obreras. Un sheriff, representante de Gort mismo, había exhortado a los cuatro rebeldes que se negaron a dimitir de sus acciones, a acatar dócilmente la Ley, pero Onix había replicado a quemarropa: La Única Ley que Obedecemos es Hacer lo que nos place. A continuación, una golpiza de hora y media de la que se salvaron Isafo, su primo y IUW98. Este último había lloriqueado que no nos pegaran, pero que él ya no se volvería a portar mal. Wolfdaemon se había unido a su primo mayor en las declaraciones contra ONX. Una hora y media de golpiza. Pensó que los iban a ejecutar, pero sabía que las leyes todavía no eran tan severas. Se sorprendía de haber tolerado una hora y media por Onix y su temeridad. La tortura pudo haber concluido si se retractaban, pero ninguno de los cuatro vaciló durante aquél doloroso trance. Como jauría de coyotes, los marines-alguaciles se ensañaron sobre cada uno, valiéndose de puños, rodillas, puntapiés y culatazos. Milagrosamente resultaron sin huesos rotos. El martirio concluyó cuando el Sheriff temió que alguno de ellos muriera. No quería otra cosa más que amonestar a los cuatro bribones en edad de bachiller. Si fueran mis hijos… les dijo, antes de ordenar que les dieran un duchazo y los abandonaran a las afueras de la Capital… ahora mismo estarían en un reclusorio militar, recibiendo una paliza como ésta todos los días. Soy indulgente. Podría matarlos si yo quisiera. Él pensaba que no era escuchado, pero estas palabras iban quedando muy grabadas en el cerebro de Onix y sus colegionarios. Solo se oía la fría voz, penetrante como una daga en aquella noche ominosa, y el sollozo de IUW98 que suplicaba que nos dejaran ir, intercalando cobardes aclaraciones acerca de no volver a trollear. Que se portaría bien, y su agitación convulsa de niño aterrado ante el cinturón del padre. En el corazón de Onix ardía, en aquél momento, al par que un desastroso orgullo suicida, el desprecio por aquél imbécil tan cobarde mucho más que por los otros dos traidores. Tenía la cabeza ensangrentada y las tripas revueltas por los cruentos pisotones. No sentía las piernas. Casi no sentía el corazón. Pero en la penumbra del dolor todavía brillaba el pensamiento, ardía la venganza. El Jornalero era para todos un enigma, pero yo puedo decirte que él se carcajeaba. Exteriormente presentaba ante el dolor un estoicismo samurái, una admirable resignación de mártir que sabe que tras los umbrales de la Muerte lo aguardan los laureles del Maestro. Pero por dentro se agitaba en convulsas carcajadas de ironía. Quería decirles a los marinos que sus golpes le producían poco menos que cosquillas, que no eran más que perros obedientes que, para el poder al que servían, no eran más valiosos que un trozo de papel higiénico impregnado de gedionda mierda. Pero resistió cada acometida salvaje en silencio, sin tremor ni gemido, y ni las patadas a la mandíbula desencajaron su marmórea imperturbabilidad. En retrospectiva, todo esto admiraba sobremanera a Freeman. Wolfdaemon era el único que había perdido la consciencia. Había resistido con valentía las primeras pulsiones de la tunda, pero no demoró en sufrir, gemir, jadear y tener la súplica temblando imperiosa en los labios: pero el silencio orgulloso de los líderes, el desprecio a la oferta de humillante libertad, le había inoculado coraje y resistió, apretando la mandíbula y saboreando el asqueroso acero líquido de su sangre, hasta que perdió el conocimiento, zambullido en el sueño turbio del desmayo. Fue cuando el teniente, el Sheriff, comenzó a dudar, y también a admirarse. Y también a despreciar a aquellos cobardes que estaban en la otra sala, en especial al que chillaba, encogido y tembloroso como el más miedoso de un jardín de infancia. Descubrió que lo que agitaba con insistencia sus patas de arácnido, en el fondo de su consciencia construida acorde a la legislación y la ejecución de la brutalidad estandarizada, era el respeto: la misma simpatía que muchos policías sentían por las sabandijas más indómitas e inflexibles; temples de guerrero imposible de seducir o acariciar con dulces sobornos. Poco después, les tiraría la perorata paternal a la que impulsaba su oficio, su deber en el que poco a poco iba dejando de creer. Un geniecillo maléfico radicado en su hombro izquierdo le incitaba a dejarlos libres de todo cargo. La putiza habría sido más que suficiente escarmiento. Pero debía actuar conforme a la férrea voluntad de la que él también era un instrumento. Le pidió a los brutos que pararan, cuando advirtió la violencia lúdica repugnante que los animaba y enardecía. Que los sumergieran en agua helada, para espabilarlos, y se los llevaran a la periferia, en XXXXX del XXX-X distrito. Ordenó que se imprimiera la cuartilla con los cargos y se les entregara una a ellos con los detalles de la condena. Cuando se los llevaban, los miró admirado, y temiendo su propia simpatía. Los rastros de sangre lo enfurecieron: caminó hasta el espacio enrojecido. La sangre se arremolinaba lenta en torno al resumidero. Era la sala de interrogatorios de la Comisaría XXXX Capital X-X. Su atención hacia la sangre, que formaba glifos ondulantes, era análoga a la de un adivino que lee el lenguaje mudo del agua o el fondo de una taza de café. Pero se leía a sí mismo. Descubría, junto a la admiración, la vergüenza. Una vergüenza larga, finísima, afilada, atravesada de lado a lado a la altura del vientre o el pubis. Se despreció a sí mismo por su brutalidad, y también al mudo y obediente automatismo de sus subordinados, a quienes les excitaba la sangre como a los depredadores xxxxx. Bestias cuyo estímulo era la sangre. Máquinas cuyo combustible era la sangre. La que se iba por el resumidero cobraba formas fantásticas, cuneiformes, alargadas y serpentinas, indostánicas, árabes, de una pluralidad idiomática inaprensible, mutando a cada instante, variando con transiciones fantásticas que enriquecían con incognoscibles alfabetos al rubíneo Rossetta líquido que se deslizaba sobre las losas blancas como el semen originario. Leyó luego los muros, donde mucho tiempo atrás hubo sangre de miserables mucho más abyectos que estos jóvenes, y a los que él mismo había ejecutado: ideogramas y secuencias numéricas, signos intraducibles, se deslizaban cuesta abajo como antiguos poemas asiáticos. Leyó en todas partes, en aquellos jeroglíficos de sangre, su propia vida, y el pasado, y el presente con todas sus complicaciones y enredos, y el futuro…. El futuro levantándose amenazador como un leviatán de un mar de sangre.
Después, dio órdenes para que no se volviera a tocar a los cuatro, amenazando con encargarse personalmente de la unidad que se atreviera a incurrir en un nuevo abuso. Después, se dirigió al otro cuarto, donde lo esperaban los tres desertores. Les hizo una seña para que se retiraran. ¿Así como así? Le preguntó Isafo. ¡Sí, lárguense! Y la explosión de su propia voz no dejaba lugar a dudas. Los tres fueron acompañados por un guardia. El xxx dirigía una mirada penetrante al odioso trío, como si la injuria cometida hubiera sido contra él. Pero Isafo se detuvo y se dirigió otra vez al comisario. Su voz era franca y no tenía el más leve asomo de vacilación. Quería saber si serían perdonados, si estaban exentos de sanción, si su expediente sería… ¡Sí! Explotó el comisario, y su ira era semejante a la de un adversario profundamente ofendido. Por un instante olvidó cuál era su lugar y había dado un paso al frente con aire amenazador. IUW98 sollozaba, toda la cara contorsionada por el terror, con mocos, lágrimas y babas lustrándole mejillas y mentón. Pero recordó quién era, qué debía, qué no debía. El pérfido geniecillo zurdo le inspiró una idea justiciera y razonable : a quienes debía sancionar era a los cobardes. Yo me voy encargar de sus papeles. Ahora lárguense y no se metan en problemas. Miró al grupo retirarse, horadándole las espaldas con una ira indisimulada.
