Aquella mañana, el cielo nacarado era como una ostra vista desde el interior. Encobijados como a esos que ejecuta la mafia y abandona en lotes baldíos. Ramas tortuosas que ascendían del subían del suelo agrietado. Escombro y basura. Junto a ellos, había una narcomanta. En realidad, era una nota firmada por el Subprocurador de Justicia, indicando que no podían ingresar a los territorios de la capital ni anexos durante los próximos 14 meses. Además, disponían de 72 horas para cruzar la frontera junto a la cual fueron dejados. Un dolor atroz atenazaba todos sus miembros. El frío, pálida bestia, punzaba con crueles colmillos la carne y los huesos de los ONX.

—¡Puta madreeeeee!— Fue Freeman el primero en advertir que yacían como unas momias exangües en medio de la nada, y además inmovilizados por el dolor. —¡Qué santa verguiza…!

Iba a seguir renegando y tratando de obtener respuesta de sus compañeros, pero se detuvo: hasta hablar le dolía.

—Ánimo, muchachos— Murmuró Noé, tratando de enderezarse, aunque todo su cuerpo era una sola masa compacta de dolor.

Un sol lácteo comenzaba a propagar su fulgor, ahuyentando las tinieblas de la madrugada.

Sería inútil puntualizar que ninguno podía realizar el más mínimo movimiento sin sentir que se encontraba en medio de una forzada extirpación del miembro empleado. A Onix le dolía respirar. Quiso mirar a su alrededor, pero también la aptitud rotativa de su cuello estaba obstaculizada por un dolor atroz.

Fue Tonkpils el que había recibido una parte menos peor que los otros. La conciencia iba haciendo mella en la armazón de la parálisis. Conforme cantaban los pájaros, los ánimos del cuarteto se iban mejorando. Se iban envalentonando. El sol ya comenzaba a propiciar su bálsamo. Los cuatro escucharon a las aves cantar, y, no muy lejos, el graznido alegre de las gaviotas. No estaban desolados. No dijeron una palabra de lo que aconteció la noche pasada. Querían moverse, libertarse del pesado ataúd de las mantas. Ni siquiera se cuestionaron semejante ironía: después de darles tan cruel golpiza, enrollarlos en tiernas mantas de animales. El calor prodigaba la distensión muscular, fluctuando en aquellos cuerpos como un milagroso licor. Tonkpils consiguió incorporarse el primero, jadeando, sintiendo en el vientre el rastro de los puños y los puntapiés, todavía candentes como una marca de fuego. Medio cuerpo arriba fue bastante para darle una momentánea impresión de hallarse sobre una cuerda floja: todo giró a su alrededor, orbitando en duplicado. A un lado comenzaba la más absoluta nada, erizada por árboles desnudos, cactus, arbustos, pedregales… y, al otro, a unos 100 metros, terminaba el Condado de Galagac, con edificios mastodónticos, apretujados, vertiginosamente altos y espantosos, con ventanas y puertas y balcones innumerables pero carentes de toda belleza o magnanimidad: porque eran las más brutas colmenas humanas construídas por el Gobierno de A-F Domains. En aquellas moles brutalistas debían albergarse miles y miles y miles de personas: familias enteras ocupaban cuartos ignominiosamente estrechos donde cada milímetro cuadrado tenía una importancia inapreciable. Tonkpils perdió el aliento ante aquella bestia que reunía en su entraña a tantos seres humanos apiñados como bestias unos sobre otros. Era verdad que el clima se anunciaba grato aquella mañana, con el sol de leche bañándolos con la más grata dulzura, a pesar de todas las circunstancias, pero aquella cosa gigantesca y horrible lo mortificó mucho más de lo que, más tarde, lo haría el recuerdo vivo de la traición y el castigo.

Poco después se iban incorporando los demás. Noé el segundo, Onix el tercero. A Freeman los levantaron poco después, cuando, junto a la narcomanta, se encontraron un pequeño cofrecito que contenía 4 soulspheres.

No importaba su origen, porque, dadas las circunstancias era menester una pronta recuperación. Cada una cogió una y se vió prontamente recuperado. Todos los malestares y dolores se habían contrahecho y desaparecido. Journeyman saltó de alegría. Propuso tundir a Freeman otra vez, o fingir que eran sicarios y pegarle un levantón. Tonkpils secundó la farsa, pero Onix ya estaba suministrando el soulsphere al desgraciado. Ya sería mucha estupidez, le dijo a sus colegas. Noé hizo un puchero pero estaba de acuerdo. Freeman quiso saber de dónde provino semejante auxilio.

—El caso es que estamos bien.— Respondió el líder, con la mirada escrutando el doble horizonte desolador en que se hallaban emparedados: de un lado, la siniestra mole donde vidas humanas eran sofocadas por el peso de una crueldad sin límites, ordenada maquiavélicamente a ese fin, y el paraje de la frontera que se abría frente a ellos, infinita, silenciosa y feroz. —No tenemos tiempo de indagar la razón de esta cortesía: quizá no sea más que un medio de decirnos lárguense pronto, antes de que se los coman los buitres; que mejor sucumban bajo las depredaciones sin fin del exilio… O qué se yo. Pero en marcha. Aunque, bien pensado— prosiguió a rectificarse, leyendo la narcomanta— tenemos 3 días para partir. No tenemos armas ni nada que se les parezca. Ni siquiera armadura. Nada más que estas cobijas de los teletubbies, vaya cosas.

—¿Qué tienes en mente, Onix?— Dijo Journeyman: solo ante él su voz mostraba una inflexión de respeto.

Onix señaló con la mirada el colmenar agobiante, la rúbrica definitiva y dictatorial de ese desprecio estandarizado que era el combustible primo del Gobierno.

—Pero Onix, no mames.— intervino Freeman con su aire risueño— ¿ahí…?

—Sí, Freeman. Es el colmo de la miseria, pero por eso mismo podemos hacernos con un armamento nada despreciable para procurarnos un poco de alimento. Al menos hasta que encontremos alguna población en la cual prestar servicio.

—Pero el mercado negro es caro, crack…

—¿Dije algo de que pagaríamos?

Todos comprendieron entonces. Tonkpils estaba asombrado. ¿O sea que iban a robar? Una raya más al tigre, ¿qué más da? Se dijo a sí mismo. En esa escuela había crecido. Para sobrevivir un día más, ¿no era válido ejercitarse en lo que él tan bien conocía? Se admiró de aquél muchacho que los lideraba. Su cinismo y falta de ética le traía a la memoria aquellos días de terror sacro.