Había qué verla reconstituida (o algo muy parecido). Qué grato era sentir en la piel el contacto de telas suavísimas. Un vestido, y de flores, aunque discretas, pero flores, Dios Santo, ¿alguna vez en su vida había usado algo así? Estaba colorada y no se movía. Leila le cepilló los pelos: sensación nueva, desconocida. Como no se movía, le tomó lo mano y la jaló hacia el exterior. Debían salir cuanto antes. En qué desventura tan atroz se había involucrado. ¿Por qué sigo aquí? No había tenido tiempo de reordenar sus pensamientos, y mucho menos de trazar un plan. Hasta entonces todo había sido un melodrama de dusoso gusto, en el que Leila y ella eran las protagonistas. No quería admitírselo, pero así había sido. Los días de convalencencia se le habían escurrido en interrogaciones que poco o nada tenían qué ver con el futuro, con la anarquía, con Domains, con su lucha con Gort, con su propia rebelión. Había sido como el lento despertar de un sueño. Sin embargo, una idea la apaciguaba y convencía de postergar al mmenos un poco más el atender aquellas inquisiciones tan decisivas e ineludibles: debía pagar por haber sido salvada. De qué mejor modo que prestando servicio: lavando lozas o retretes, o tendiendo camas en aquél insospechado motel de paso en el que, seguramente, de cuando en cuando, borrascosas parejitas se refugiaban para saciar sus demenciales añoranzas sexuales. Qué cosas tramaba su cerebro. Se dejó conducir. Se sacudió las mariposas arácnidas de la cabeza, ayudó a Leila con las alforjas. Esta buscó una mochila adicional, y sacó de un baúl un viejo backpack kaki pero muy espacioso, como de campamento o de guerra, esto la despertó un poco, ¿de dónde eran estas mochilas? ¿del ejército? Leila llevaba uno igual y varias alforjas a la cintura. ¿Más víveres, tía? Le preguntó a la Madama cuando estuvieron frente a ella, en la espaciosa recepción (tablados, butacas, mesuchas, y un alegre gordo de gran bigote y calvo y enorme devorando una bandeja de sánguches y bebiendo leche con delectación de gourmet y avidez de borracho que tiene el firme propósito de pulverizar su consciencia, y sus hijas, y su esposa un poco más discretas). La tía frotaba un tarro de cristal y permanecía atenta a la mesa de su pródigo visitante. Pero, ¿cómo? Les dijo cuando las vió, conteniendo la irritación, ¿siguen aquí? Leila se sonrojó tanto como Jéssica. Sí, tiíta, le respondió la rubia dulzuficando con docilidad la voz, es que ayude a Jéssica a vestirse. ¿Ayudarla? Respondió, confundida y molesta y miró a la hospedada, con su vestido y los pelos indómitos y tan flaca y escueta que era difícil imaginarse que ella ya estuviera sana, pero aquellos ojos agrandados por la delgadez, tanto como los de una atónita lechuza, le inspiraron compasión. Está bien, está bien, les indicó la salida con un gesto imperioso, pero también trae habas, cebada, trigo y arroz. Leila saludó con solemnidad a la tía y salieron, siempre de la mano. El exterior fue otra sorpresa para Okami. Leila la dejó un minuto y no vió a dónde se fue. Estaban en lo alto de una breve colina: había árboles de diversas clases alternándose con pinos: hacia el lado opuesto del caserón comenzaba a extenderse el valle del Ghoul, y al verlo sintió cómo un escalofrío la xxxxxx. Pero del otro, los árboles iban dando paso a veredas, y a caminos, y a letreros con indicaciones, y más allá, pudo distinguir algunas chozas. Un viejo llevaba por una correa un burro. Oyó vacas, pero no pudo decir de dónde, y caballos piafar. Descubrió que todos estos sonidos no provenían de muy cerca, y que era su oído el que penetraba con facilidad las concavidades de la lejanía. Regresó Leila con una especie de carrito, para llevar las leches. Le sonrió, con sus ojitos deslumbrantes, y no se explicó cómo una niña podía ser tan hermosa, tan radiante, tan fuera de toda experiencia humana. Eso pensó. Pero se pusieron en marcha. El carrito era para las leches. No iban a ir muy lejos. El poblado donde radicaba el Bombero Bob se encontraba a unas pocas millas siguiendo la avenida terrosa que no tardaron en alcanzar y que se abría paso entre diversas rancherías, con casitas de graciosos techos de paja o en cono, construídas con ladrillo rojo o piedra caliza, y con jardincitos en los que gemían o brincoteaban cabras o gallinas, ¡y vacas! Hasta entonces, ninguna de las dos había abierto la boca. Pero Leila pudo ver en el rostro de su invitada el viso de una sorpresa y se adelantó a su pregunta. Jeje… dirás que por qué vamos tan lejos si aquí hay vacas, ¿verdad? Okami poso en ella una mirada traslúcida, ingenua, indefinible como la de un niño muy pequeño y tímido. Es que el Bombero Bob tiene a las mejores vacas de la región, según mi tía. Lo que sí, es que tiene muchas, muchas, muy lindas y alegres, aunque no me gusta ir con él. Jessica le preguntó por qué, con su boquita moviéndose como una herida que exhala su dolor. Es un hombre opuesto al paradigma que lo circunda, el poblado donde vive es hermoso, pero él es muy triste… ay, ya lo verás. Y meneó con tristeza su bella cabeza blonda. Pero aquí ya era hermoso. Había pajares hediondos, es verdad, pero también algunos naranjales, y de los huertos que tenían los aldeanos se elevaban gratos aromas de frutos y tierra recién fertilizada. Algunos de los aldeanos, niños o ancianos, saludaban a Leila y miraban con curiosidad a Jéssica, quien no pudo menos que sentir pena. ¿Ella, siendo vista? Sintió el fresco de la mañana en sus canillas desnudas y flacas, y recordó una vez más su descarnada fealdad. Se aplacaba los vuelos del vestido con cuidada timidez, y miraba cómo, en cambio, Leila iba con alegre resolución de niña por el campo de recreo, con aquél vestido que la había lucir todavía más angelical, todavía más bella, todavía más mujer, a pesar de sus doce años. Otra cosa tuvo en claro Okami: necesitaba tiempo a solas para asimilar cuanto estaba ocurriendo, pero también que debía exigirse a sí misma procurar las cosas en claro: ¿qué esperaban de ella a cambio? Leila contaba a su amiga con entusiasmo diversos aspectos de aquella región. Llovía mucho en invierno; y durante la primavera una brisa suavísima, exhalada por el mar e impregnada de perfume selvático a través del Valle -como por un filtro descomunal, densa como una cortina de lluvia aterciopelada, refrescaba y perfumaba la aldea. Los techos goteaban aquél cristal conífero y los colores de los árboles frutales -la cabellera verde y los frutos dorados- se volvía tan lustroso y brillante que daba la impresión de ver puñados de joyas colgando entre fantásticos holanes de seda verde. Entonces, las piedras y los troncos y las vallas de los corrales eran envueltos por encajes de musgo que a veces daban flores. ¡Un musgo que floreaba! ¿Dónde se había visto semejante preciosura? Y Leila contaba estabas cosas llena de entusiasmo infantil, con los ojos deslumbrantes, mirando a un tiempo a Okami, a los arbolitos, a la lejanía, a las rocas de la vereda, a los animales y a los aldeanos. Toda ella era pureza y candidez. Creo, se dijo Okami, que no ha llegado aun el momento de las explicaciones. Se dejó envolver por aquella diafanidad, por la vocecita de Leila y su entusiasmo infantil. Y por un momento pensó en sí misma a los doce, hace tres años. No había cambiado gran cosa: su morada por aquél entonces era una choza conformada por dos contenedores de basura que conformaban cada uno una habitación con su propia puerta cada una (estas puertas eran cajas de pizza), y para variar, en el fondo del más olvidado, siniestro y pestilente callejón del más abyecto barrio de la Capital, donde sus únicos compinches eran las larvas que se encontraba en los vasos de sopa Maruchan descompuesta, y los gatos y perros enflaquecidos cuyos cuerpos eran pergaminos del dolor y del abuso. Ella misma era la roña, la larva, la cicatriz, y hasta llegó a pensar, en los días más espantosos, de vegetativa depresión, que ella misma formaba parte de aquél paisaje en que se hundía: que ella misma era otra bolsa de basura, otra fruta echada a perder, otro perro rechazado y tirado a la basura. ¡Qué contraste, aquellos días desangelados, y este en el que caminaba por un paraje idílico junto a un ángel! Pero suspiró dolorosamente. No había sido liberada aun. Esta no era su última morada. Debía averiguar cuál era su situación legal en el ZDWorld, antes de contraatacar. Miró, una vez más, a Gort, y en los ojos de éste, la Torre imperativa, la aguja eléctrica que inoculaba su veneno en el mundo: ahí donde se tramaban las injusticias, ahí donde se detallaban planes para oprimir hasta la última gota de libertad de los hombres, ahí donde Consejos de "Sabios" ideaban nuevas morfologías para el abuso y la dictadura. Ahí donde AF-Domains tenía su trono de cadáveres: la inmensa letrina que inundaba con el excremento de su prepotencia al Mundo entero.
Y como una loba cuando se ve amenazada, comenzó a sentir el escalofrío de la venganza. Quería tener los colmillos lo suficientemente afilados, y las grupas lo suficientemente poderosas para saltar allá arriba y concretar el Deicidio. Porque… sin duda, asesinarlo constituiría, con todo rigor, un deicidio. Ahora, más que nunca, sentía el deseo brutal de asesinar a Dios.
Pero no tardó en caer presa del sortilegio nuevamente. (Sorteligeio, así lo llamaba). Leila le preguntó algo y ella no supo qué responder. Ya se estaban alejando de la población y el terreno comenzaba a presentar una leve resistencia: comenzaba a levarse la falda de una colina, detrás de la cual, según la narración de Leila, habría un riachuelo de aguas completamente potables, y un puente, y poco más allá se encontraría la granja del Bombero Bob, dando inicio a la aldea vecina y a una serie de rancherías de gran envergadura y riqueza.
—No te entendí, Leila, perdona.
La muchacha sonrió. Tenía algo de enteramente mujeril en su persona, sin por eso dejar de ser niña y proyectar su niñez. Se miraron un instante, las dos. Ya subían la pendiente, suave, sin esfuerzo, y pasaban bajo dos filas de granados sin dueño que estaban a reventar de su fruto, alcanzando a entretejer sus ramas por lo alto, proyectando en tierra y en sus rostros y cuerpos, delicados encajes de sol y sombra. Lo que siguió a continuación fue un cántaro de risas que contagió a Okami.
La risa de Leila, fácil e infantil, poseía una virtud musical que acarició todo el ánimo de la Loba, que, si bien, en el tiempo que llevaba en compañía de la chica no se había reído, sí había comenzado a sentir el benéfico goce de algo muy parecido a la amistad, un placer inconfesable. ¿El de la distracción? ¿o el de no estar sola? Quiso inspeccionar sus sentimientos y aquello que se removía confusamente en su interior, pero sabía que había qué esperar hasta que la noche cayera y el silencio hiciera su imperio para adentrarse en la vertiginosa y turbulenta navegación del alma humana en un momento crítico.
Pero cuando Okami reía, inmediatamente después algo la punzaba, lejos, zumbón como un mosquito que comienza a orbitar junto al lecho en el fondo de la noche. Genio maléfico con forma de interrogación, volátil e indefinible como una bocanada de humo, sustancia proteica de inaprensibles formas, algo la incomodaba.
Leila le narraba algunos graciosos incidentes ocurridos en la fonda-hostal de su tía, con graciosos y extravagantes esperpentos, con escandalosos grupos de spring-breakers, con viejos chotos que se querían ligar a su tía y cómo esta los había despachado, furiosa y orgullosa como un dragón, echando chispas por los ojos y fuego por la boca -deformada como un gran hocico en aquellos momentos. Y lo contaba con una gracia semejante, que las dos se reían, de tan buena gana, que el tiempo transcurrió licuífero, rápido, porque de un momento a otro se encontraron en la cima de aquella colina sin haber sentido el rigor del esfuerzo que aquello implicaba. Desde allí, pudieron a la primera vaca pastando junto a su becerrito saltón y fastidioso, y más allá, después de una rocosa vereda, la casa y el granero del Bombero Bob.
