Una sombra formidable dibujaba sus intimidantes contornos taurinos contra una ventana desnuda de cortinas: solo un cielo perlino cubierto de finas nubes, era el marco de su negra humanidad. Un amplio escritorio los estaba separando. Al otro lo descubría la blanda luz del cielo: iba al rape, uniformado con insignias de sheriff, aire feroz, unos ojos grandes en los que se era imposible el disimulo o la mentira. Tenía su cabeza involuntariamente flexionada hacia adelante, y mantenía la postura con la mano, apoyado el codo en el asiento. La otra mano colgaba y dibujaba remolinos inciertos en el aire.
—¿Y qué medidas quiere tomar al respecto la capital, Gort?
La sombra demoró en contestar. Tenía entre sus manos simiescas varios folios que hojeaba con indecisión. De vez en cuando, parecía reflexionar y dirigía la punta de un lápiz hacia uno; enseguida, dimitía de la acción y apartaba el grafito con impaciencia.
—El Alto consejo ha sido muy claro. Antes de seguir, Psy…— su voz era franca, cordial, ronca pero apacible. Parecía ser un hombre agotado, una bestia herida. Añadió, bajando dócilmente la voz —¿Tienes ese pedazo de mierda contigo?
El otro llevó la mano hacia el interior de su saco e hizo relumbrar frente al otro un rectángulo de plata con arrugas.
—Envuelto en aluminio, Gort, no tienes de qué preocuparte.
—Sabes que te lo agradezco.
En el silencio, podía escucharse un extraño rumor lejano. Gort se puso de pie. Quedó iluminado, se dirigió a la ventana detrás de su asiento, y clavó la mirada severa en aquél mundo que se desarrollaba indiferente e ignorante. Su anatomía de demoledor, los anchos hombros, el cuello imponente de fiera, la piel que daba una impresión elefantíaca: el aura dominante de todos estos elementos parecía haberse esfumado. Ahora, encorvado junto a la ventana, con el enorme cráneo tostado y calvo, daba una impresión penosa de bestia que mira extinguirse su linaje. Psy lo contemplaba impresionado. También él estaba preocupado. También él presentía. También él agonizaba.
Gort se volvió hacia él y de nuevo su rostro quedó penumbroso. Tenía las manos en la espalda. Lanzó un largo suspiro y cualquiera que lo hubiera escuchado, habría creído que el comandante padecía el luto de una reciente pérdida, o que añoraba como un anciano el vigor de la juventud.
—El Alto consejo encargó una persecución hasta sus últimas consecuencias.
Psy rechistó, hizo una enérgica negación con la cabeza, y se dejó caer en el respaldo, mirando con indignación a su Comandante.
—Malditos hijos de puta. Quieren matarla.
—No hay oposición para ellos admisible. Estás con ellos, o contra ellos.
—Leí el libelo que me mandaste. Increíble que lo haya escrito una mocosa. Una cosa es cierta, Gort: el tono instigador con que se dirige a los lectores es ardiente, de rebelión: se pone a sí misma en bandeja. Cualquier día la arrestan y acribillan por incitar al odio.
El comandante se sentó de nuevo. Tomó los papeles que había en su escritorio y se los tendió a su colega.
—Ten, lee.
Psy Mushroom pasó rápidamente los ojos por sobre los documentos.
—Pero, ¿qué es esta mierda? —En pocos segundos, su cara había ido de la indignación al asco. No tardó en lanzar violentamente los documentos, desperdigándolos por el escritorio.
—Una elocuente organización de calumnias, sheriff.
—Y con qué descaro. Esos hijos de perra… —Comenzó a temblar de rabia— valiéndose de las más infames mentiras para tener una excusa y matar a una mocosa. ¿Quién lee esta mierda, Gort? ¿Se imprimen y distribuyen, acaso, miles y miles de ejemplares, tantos que la Capital siente que pierde el control de sus súbditos?
Taladró con una mirada inquisitiva al comandante. Sintió este todo el peso de aquella noble vergüenza. Un hombre joven, iluso, que prestaba el brazo fuerte a la nación —a lo que él creía que era su "nación"—, decepcionado con el tiempo por advertir que más bien servía como un sicario protegido por las leyes que instauraban mafiosos y criminales para suprimir cualquier obstáculo, cualquier amenaza, cualquier oposición, por mínima que fuera, a su repugnante círculo de embaucadores. Hacía buen tiempo que había luchado contra una noción que día con día se le iba aclarando y confirmando: el propósito de los diversos cuerpos policiales no era otro que el de ofrecer un sólido sistema de xxxxxx para todos aquellos que estaban posicionados por encima de él y que los financiaban y condecoraban con tanta puntualidad: todo eso era una farsa. Los atracos frustrados, los secuestros interceptados, redadas a narcomenudistas, las bandas cibernéticas de robo de identidad, distribución de pornografía infantil y demás: todo era una fachada, un simple protocolo para lo que deveras importaba, para su propósito principal y único.
Eran alfiles de un fraude, movidos por una mano meticulosamente enguantada por una insuficiente pantalla de justicia. El descubrimiento había sido paulatino, y su narración constituiría una lenta, gris, larga secuencia de decepciones y fracasos. El jovencísimo Psy Mushroom, quien se había hecho un nombre en los campos del DeathGame, se había retirado a temprana edad como una leyenda. Pero, deseoso de servir a su Patria, o a lo que él pensaba que era una Patria, acudió a un llamado de reclutamiento del cuerpo Militar del ZDWORLD. Las aptitudes y la deslumbrante trayectoria que había llevado, le ahorraron sacrificados escalamientos: después de unas pocas semanas de estudio en los Cuarteles, fue designado teniente de la Unidad xxxx-xxxx. Desde entonces, se había dedicado a cumplir los sueños piteros de todo joven iluso: agarrar narcotraficantes, defender la paz pública, rescatar encajuelados, corretear asaltantes y entrar a una casa forzando la puerta con una sólida patada: tal como en las películas. Había podido usar una y otra vez frases-gatillo de novela policíaca: atención a todas las unidades, y también tienes derecho a guardar silencio…, y también ¡arriba las manos! . Verse obedecido, aunque fuera a punta de cañón, y hacer chillar a vulgares raterillos apuntándoles a la cabeza, resultaba ciertamente lisonjero y embrutecedor, como un vino fuerte o una de esas monas de guayaba que tan ávidamente consumían estos ladronzuelos de suburbio. Fue una de esas noches de redada. Había estado alterándose el sistema a punta de café y rosquillas, pasando las manos de la taza caliente a las soberbias gomas de un atractivo transexual que habían subido a la patrulla, misma que recompensarían con excedentes, todo sacado del erario público. En el pandita iban él y dos subordinados que ya le hinchaban las pelotas constantemente con la torpeza de la que hacían gala hasta en los momentos más urgentes. Ellos se estaban tocando con polvos mágicos en la parte de atrás. Se tocaban los penes y se desafiaban a sablazos, el uno al otro. Los sentimientos de repulsión hacia aquellas mariconerías se habían ido gestando en él desde que había tratado de reportar con sus superiores la conducta inapropiado de muchos guardias y marines de bajo rango. Lo cierto, es que aunque era teniente, no tenía allí la menor autoridad y los reportes concernientes a las mismas unidades se perdían en un complejo entramado de sorda e inactiva burocracia. Aquí ya había comenzado a resoplar una bestia descorazonada en su interior. Había pensado que quizá no sería tan grave. Las cosas se agravaron cuando un coronel le había aconsejado que no fuera tan severo con los que violaban el reglamento de tránsito, si no que, más bien, procurara sacar un poco de provecho de sus deslices y peligrosas negligencias. Le había sugerido, con un gesto de sus dedos grasientos y semejantes a deformes tubérculos, que sacara partido de ello, que solicitara mordida. Para Psy Mooshroom aquello era inconcebible, algo que se escapaba de la ética más elemental. Vamos, vamos, le dijo el coronel, ponte a pensar en ello, si le prestas atención, si lo analizas, te darás cuenta que no es sino un castigo extraoficial, que no tiene menos validez que el oficial, ¿cachai, mijo? Piénsalo, nuestro deber es castigar y amedrentar a los infractores de la ley: ¿importa acaso si el método se sale de lo convencional? Psy estaba desalentado. Asintió con la cabeza. Le aseguró que a la próxima no arrestaría, como era su costumbre, sino que pediría mordida a cambio de libertad. El coronel lo miró satisfecho. Acercó su boca obscena al joven teniente y le enseñó con su sonrisa de puerco los dientes amarillos, eres un chico muy inteligente, llegarás lejos. Te daré un consejo: te puedes hasta parchar una vieja a cambio de su libertad. Accederá: todas las viejas son putas. Y tú, habrás mojado la brocha satisfactoriamente, y liberado a una damisela de una costosa penitencia. Le guiñó. Todo él era una grotesca masa de obscenidad y abuso.
El encuentro con su superior le produjo pesadillas. Sin embargo, no tardó en verse a sí mismo cayendo en la tentadora espiral de la corrupción. A las pocas semanas del episodio, aceptó el soborno que le ofreció un desesperado chofer de cacotaxi. Lo había detenido por no acatar un caro señalamiento de alto y haber estado a punto de arrollar a una anciana con su redondo animal. El bicho, un cacodemon tan grande como un bocho, observaba al teniente con su ojo único de gato. La multa en ese caso era altísima. Pero el chofer le rogó que lo perdonara, y le ofreció pagarle a él, ahí mismo, la mitad de la multa. Era inconcebible: la liquidación de la multa era una obligación que debía resolverse en las oficinas de una determinada delegación oficial señalada en el documento citatorio. Lo estaba sobornando y él lo había captado. La anciana ya había seguido su rumbo. Procuró amedrentarlo un poco. Sabes, le dijo, esa anciana pudo haberse infartado. El cacotaxista arremetió, con un gesto cómico e indolente: pero, véala, no está, ya se fue, va muy jirilla y muy alegre, de seguro va para el casino. Adelantó el billete. Era un viejo bribón y experimentado: había leído en los ojos del joven oficial la efectividad de la oferta. Tomó el dinero, despachó al chofer con un gesto imperativo. Siguió su camino. Algo se le revolvía en el estómago. No era el café, no eran los huevos revueltos de Doña Chuchis la que se ponía afuera de la base federal. Se subió a la patrulla. Afortunadamente, aquél día su pareja, un estúpido y bruto animal, había faltado porque le dolía la tripa. Acarició el billete culpable y lo guardó. Esto es mío. Un bono adicional a su sueldo, que no era nisiquiera miserable. Era verdad. No era solo el bono extra, era ahorrarse el fastidio de realizar el reporte y entregarlo a la base. Aquél día podría dirigirse directo a su habitación sin tener qué volver a olerle el hocico chipocludo a los nefastos orantunaees que habitaban las oficinas selváticas de la delegación. Esto es la jungla, eh.
Pero aquella noche había estado pagando con el dinero ahorrado de varias multas extraoficiales a un rico transexual. La verdad, era uno de esos transexuales a los que ni un detalle delataba. Si no le hubiera informado que era uno, ni siquiera lo habría sospechado. Había querido pasar el rato con uno porque sabía que eran particularmente simpáticos, risueños, alegres y cachondos. Tenían una devoción por el sexo mucho más sincero que la mayoría de las prostitutas, que eran expertas fingiendo simpatía y atracción por sus clientes. Pero los transexuales amaban el sexo con una locura lujuriosa inigualable. Y apretaban… que para qué te cuento. Afortunadamente, los idiotas de sus compañeros no se habían dado cuenta de que estaba pasando el rato con un transexual y de los caros. Ellos estaban bien clavados dándole duro a la mona de guayaba. Gimiendo como si les estuvieran metiendo estacas al rojo vivo en el culo o agujas en la puntita de la verga y realizando simiescos bailes que sacudían al pandita como si se estuviera desarrollando en su interior tremenda orgía. Había deseado callarlos a base de chingazos, pero el transexual le procuraba alivio. Era precisa, mucho más que una mujer, mucho más firme que una puta guanga del Paso del Norte (destino cuasi religioso al que acudían puntualmente docenas de policías diariamente). Sintiendo entre sus dedos los duros pezones de cereza, procuraba elevar al cielo oraciones festivas en loor de los avances de la cirugía estética. Iba a desabrocharse el pantalón e indicar a la dama de silicón y bótox que comenzara con su trabajo, cuando rinrineó con impaciencia el radio y sonó la voz jadeante de un colega en el otro extremo de la ciudad, solicitando todos los refuerzos posibles. En el computador del pandita aparecieron las coordenadas precisas. Era una vieja bodega en una zona suburbana. Se había desfalcado una furibunda marea de demonios domesticados: llevaban meses solicitando un mejor trato, unas pocas horas de libertad al día, pero los capataces se habían reído en sus narices de tales deseos. Ahora, se había rebelado y lo estaban incendiando todo y rociando fuego y cohetes a todo cuanto había a su paso. Esos ambiciosos otra vez. Como fondo, el ruego jadeante del oficial, había una tumultuosa confusión de guerra, gritos, explosiones. Miró por el retrovisor a sus colegas: no habían escuchado ni una palabra. Estaban abrazados, ofreciendo un penoso baile, gimoteando incoherencias, con los ojos en blanco. Atenazó iracundo el volante, tembláronle los brazos, el hermoso transexual le llevó la mano a la pierna y le susurró al oído que se calmara, llamándolo papi, rozando con sus gruesos labios el cuello. Se calmó en efecto, un poco, pero apartó a la rubia irrepetible con suavidad. Negó con la cabeza. Tenía qué trabajar. Le ofreció el dinero. No, no, hermoso, no puedo aceptarlo sin haber trabajado. Psy insistió, mirando con apasionamiento aquellos ojos que ningún artificio conseguiría embellecer más. Acéptalo, preciosa. Le pidió su número, para invitarla después a su departamento. Vivo en la Romero St. Lo pasaremos bien, ahora debo trabajar. Y le pidió perdón. Se despidieron con un tierno beso de enamorados. Se sintió robustecido y lleno de energía, como si le hubiesen dado un pinchazo de Monster Energy. Despidió a la ardiente preciosura curvilínea, y arrancó con el pandita a través de las calles laberínticas de la Capital.
Gort estaba mirando a través de la ventana. Kilómetros abajo, fluyendo a través del perímetro infinito de una vasta cuadrícula perfecta y matemáticamente organizada, los seres humanos iban y venían con la pronta efectividad de glóbulos a través del sistema sanguíneo. Y todo, para mantener con vida al Monstruo. Era un inmenso aparato de relojería que no buscaba sino su propia subsistencia. Contuvo una lágrima: a aquella altura, su lágrima de cocodrilo se congelaría, y la velocidad que rápidamente adquiriría, podrían fácilmente horadar el cráneo de alguien. Aquella fantasía arquitectónica, que nadie más que ciertos seres privilegiados podían ver, en la cual se encontraba literalmente posicionado por encima de la humanidad, no surtía en su corazón ni la más insinuante chispa de orgullo. Cuando le fue revelado el secreto, hace ya casi veinte años, le había sido difícil mantener la compostura. Había acompañado al Maestro y sus Padrinos a través de un túnel. Luego, un ascensor los condujo hasta la formidable sede del Congreso, vacía en aquellos momentos. Pero allí los había recibido un Sécreter, con su túnica y sus vistosos aderezos de oro. Se le vendó el rostro. Fue amenazado, con las manos tenazmente aprisionadas en la espalda y sintiendo bajo el gaznate el rigor de una daga ceremonial.
Cuando abrió los ojos, por poco se desvaneció. ¿Era posible…?
Psy Mushroom encendió los irritantes aullidos del pandita y los enceguecedores relámpagos blanquiazules de la torreta, para hacerse notar, primero, a través de las siniestras callejas de la colonia donde hacía rondín. Estaba caliente y emputadísimo. Miraba por el retrovisor a sus colegas y ardía tanto su cólera que se sentía capaz de estrangularlos y abandonar sus cuerpos en alguna alcantarilla o bajo un puente. Los vehículos civiles se apartaban para dejarle paso. Metió todo el acelerador. Oyó a lo lejos las sirenas de otras unidades. Atravesó la ciudad como un cohete imparable. Procuró moverse con brusquedad y torcer en los xxxx con violencia para ver si así sacaba de su trance a los dos drogadictos que transportaba. Pero no: solo se reían con cada embiste que se daban, dando vuelcos de un sitio a otro en el espacioso cubo de metal. Pensó en zanjar el asunto cuanto antes. No importaba qué ocurriese aquella noche, en la riesgosa misión que urgía la mayor cantidad de refuerzos. Haría las cosas lo mejor posible, pero buscando ante todo la xxxxx. Quería estar de vuelta hacia la media noche, llamar a su preciosa Candy, pagarle el triple de su tarifa habitual para que se apresurase a llegar al departamento, sin importarle que al llegar todavía le oliera a semen la boca, sin importarle que tuviese que toda ella llegase envestida de semen… Él se la quería coger a toda costa. No hay vagina quinceañera virgen que apriete como el culo usado y requeteusado de un putazo, se decía a sí mismo y la carne le ardía con vigor inconcebible. Pisaba el acelerador. Sentía el fragor de la rugiente máquina vibrar a través de sus brazos, ascender desde sus nalgas hasta el cerebro, trastornarlo, ebrio ya no sabía de qué, de ira, de lujuria, de avaricia. Al doblar en una esquina estuvo a punto de atropellar a una puta, solo tuvo tiempo para lamentarse de no haberlo hecho. Era el mejor momento de su juventud. No se había drogado; no necesitaba hacerlo, como los dos idiotas que fortuitamente iban con él, que no tenían verdaderas razones para ir con él, que lo hastiaban a él con su puta mierda mediocre. Ardía en la punta de sus dedos y su lengua un ardor prepotente, inusitado. Sintió el bolsillo lleno del dinero colectado de mordidas. Se había vuelto experto aceptando sobornos y sugiriendo con elegancia a los infractores semejante alternativa. Quería coger o matar. Quería reventar el culo de Candy o asesinar a estos dos idiotas que iban con él, bestias sin valor que no cesaban de rebuznar malolientes carcajadas; pareja de bastardos que no harían otra cosa más que causarle problemas si, en la zona del riesgo, se topaban con un sargento o un superior cualquiera. ¿Cómo iba a explicar la insuficiencia de aquellos? Sin duda, era responsable por esos dos y había sido incapaz de imponer su autoridad sobre el capricho bestial que tuvieron. En el horizonte metropolitano, distinguió el complejo comercial NORT-B-643, aureolado por una nube ígnea. Las sirenas, cada vez más abundantes, aullaban con ferocidad y desesperación como un devastador huracán batiendo sus alas siniestras en la noche terrible. Está bien, veo que esto no es ningún juego, se dijo, presintiendo algo mucho más catastrófico de lo que había pensado. Miró por el retrovisor: eran como cadáveres, uno rodando sobre el otro, eructando y balbuceando sinsentidos. ¡Hey, idiotas! Gritó. Aun faltaban algunas manzanas, pero no tardarían en llegar. Encauzó al meteórico pandita por la avenida Castañeda, una de las más concurridas, y se abrió paso a vuelo de bala, imperando con su ululante sirena a vehículos y transeúntes que iban y venían de oficinas y comercios, obligándolos a orillarse, semejante a un Moisés abriendo las aguas del Mar Rojo. Era increíble semejante confluencia. Es verdad, no era tarde, pero sabía bien que aquello que acababa de penetrar era el círculo más frecuentado de la ciudad, donde se apiñaban casinos, bares y hoteles de super lujo. Frente a los bares bailaban mujeres norteamericanas bajo los efectos de sustancias sospechosas, mientras marichis tocaban la cucaracha y varios hombres fornidos y presumiblemente extranjeros no cesaban de atragantarse innumerables shots de tequila. Al mismo tiempo, al frenesí de la banda, se sumaba la estridente palpitación de la música electrónica que sacudía una calle desde el interior de una atestada cantina. Una cacofonía dantesca de música, gritos juerguistas y alegres proclamas de borrachos, así como pitidos furiosos, motores rugientes, y el tortuoso ciclón de las sirenas que amenzaba con devenir apocalipsis…. Xxxxxxx. Una nube de azufre fosfórisco se iba agrandando detrás de las torres luminosas. Cuando dejó atrás el abigarrado anillo comercial, divisó el sitio para el que lo habían xxxxx. Eran las bodegas de la fábrica xxxxxx, donde xxxxx y xxxxxx. Hasta el pandita llegaban violentas ondas de guerra. El lugar estaba envuelto por flamas que se perpetuaban gracias a violentas explosiones que no cesaban, como si más bien se tratara de una fábrica de fuegos artificiales reventándose por racimos. Pero no. Una voluta purpurina llegó hasta el pandita, disolviéndose en el acto. Era el inconfundible ataque ígneo de un monstruo. Miró más: sus colegas comenzaban a llegar por docenas. Había un camión de bomberos patas arriba. El fragor era insoportable y omnidireccional: uno diríase en medio de un fuego cruzado del calibre de una conflagración mundial. Divisó a sus colegas de uniforme codeándose con los marinos, formando barricadas con sus vehículos acorazados, todos disparando hacia una masa compacta y ondulante, allá, de aquella boca infernal que no cesaba de proliferar en monstruosidades. Apartcó trazando un ángulo de 45 grados. Se bajó, calzó el mejor rifle que llevaba consigo, un casco y una pechera. Dirigió una última mirada de furia a los dos alcornoques que roncaban, con los pantalones abajo, uno sobre el otro. Llegó donde un grupo de la xxxx estación formaba un cuerpo de ataque. Un coronel le informó más o menos con detalle del desmadre desvenido: los monstruos se habían alzado contra sus capataces pero, al cabo de asesinarlos a todos, desataron el caos y abrieron, mediante hechizos y misteriosos sacrificios, un portal al infierno, desde donde los estaban socorriendo innumerables mareas de monstruos, que hasta entonces las fuerzas de la Capital habían conseguido mantener a raya. Aun así, debían cerrar el portal y erradicar hasta el último de los monstruos ahí xxxxxx.
La noche transcurrió frenética. La totalidad de A.L. FACTORY se redujo a cenizas. Nada más que un inmenso cráter cubierto de cadáveres de marinos, policías y demonios señalaba el sitio donde se había desenvuelto el conflicto fatal. La faena concluyó hasta bien entrada la madrugada. Hacía años que no se veía una misión así. Al día siguiente, la hecatombe fue presentada en los noticieros con grandilocuentes encabezados en todos los diarios de la Capital y en el ZDWorld. Psy Mushroom fue condecorado públicamente con una Legión de Honor por su destacada bravura en el campo de batalla: había sido una pieza fundamental en el cierre del portal y en la erradicación de los monstruos, tan variados y tan innumerables como termitas caben en un termitero. No se lo había planteado hasta ese momento, en el que coloquiaba con su superior Gort, viejo estimable, pero esa valentía pudo haber estado alimentada por una inconsciente búsqueda de la muerte. Entre condecoraciones y entrevistas, se vió deslindado, cuando menos, de la responsabilidad de haber cargado el peso de dos inútiles. Estos dos fueron destituidos de su cargo tras haberse detectado en su sangre un constante empleo de numerosas sustancias psicoactivas, muchas de las cuales Psy Mushroom ni siquiera había escuchado nombrar. Un peso menos. Los días siguientes habían transcurrido con una mórbida insuficiencia espaciotemporal. Como si el flujo del tiempo hubiese cobrado de pronto la contextura y la densidad de un aceite o un jarabe. El descanso fue glorioso y lleno de jugosos cheques de recompensa. Incluso cogió bien machín con una reporterita universitaria que había ido a entrevistarlo para su reporte semanal. Sin embargo, no podía apartar a su amada Candy. Deploró la blandura de fruta podrida de aquella vagina adolescente. La botó a la verga en cuanto se chorrió, contestando después a sus preguntas con particular desazón. Incluso, al despedirla, la llamó Candy, sin darse cuenta. Lo habían estado agobiendo desde todas partes. Querían su parte en numerosos reportes . Dos de sus más queridos colegas había llevado una tonelada de Mary jane decomisada, y varios litros de tequila adulterado a su departamento y armado un nefasto cotorreo que jamás les perdonó: no pensaba en otra cosa más que en desafanarse a la verga para irse a ver a Candy y darle por el culo y llenarle de semen la carita y verla de rodillas, jugando con el perlado néctar entre sus pezones y labios, relamiéndose el bigote espumoso como un gatito. Pero Candy no contestaba el teléfono. Estaba ocupada. Pensar en que su Candy estaba siendo sepultada por toneladas de semen ajeno lo excitaba sobremanera. Sí, sí, se decía a sí mismo. En ese preciso instante, en que él suspiraba de amor, un auténtico chacal de barrio, bien mamado, en mejor forma física que él, tatuado, primitivo, feroz, drogadicto y truhán, se estaba ponchando a la Candy a pelo, embistiendo inmisericorde, con envidiable ritmo atlético, aquellas deliciosas nalguitas blancas. Tal vez, se estarían compartiendo un foco o un temerario cóctel de narcóticos: el secreto para una fuerza bruta e inagotable. Después de más de cinco horas de incesante bombeo, habría una descarga de semen tan potente que los intestinos de Candy quedarían como chorizos de leche. El chacal, hermoso adolescente corrompido, no demoraría en subirse los calzones, ajustarse el cinturón y abandonar sin una sola mirada atrás a la putita de ensueño.
Y por una semana que transcurrió entre indeseados efectos de las drogas que le habían estado inyectando en las nalgas, y la marihuana de uso recreativo que le proporcionaban sus colegas, estuvo incapacitado para ver a la madre nutricia de su ensueño pasional.
A raíz de este incidente fue agasajado por sus superiores, y hasta recibió, una mañana de reposo en que no esperaba a nadie, la visita de un misterioso agente de inteligencia que no se presentó. Le entregó una carta y un paquete tan grueso como un ejemplar de La rebelión de Atlas. Se retiró apresurado, Psy lo miró cruzar una calle y esperar un autobús. Dejó el paquete de lado y rasgó el sobre. Extrajo una elegante carta mecanografiada. Contenía unas muy calurosas felicitaciones por su valentía, le decía que de hoy en adelante podría contar con él y con los suyos. Era el hijo del CEO de AL FACTORY, el anciano A.L. Snow, viejo buitre acusado en innumerables ocasiones de lavado de dinero y financiación con dinero ilícito de diversas campañas electorales, y quien, gracias a los esfuerzos particulares del teniente, había sobrevivido a incontables heridas producto del ataque encarnizado de los monstruos.
Poco después, fue destapada una red de pornografía infantil. Durante una serie de redadas, Psy y diversos agentes habían decomisado una cantidad ingente de la materia criminal, y arrestado a una veintena de operarios y capos del nefasto submundo. En medio de los interrogatorios, en los que Psy mismo sacó a relucir la elocuencia de su macana con una destreza veterana, el departamento principal recibió una misteriosa llamada. Él mismo ingresó a la oficina de su jefe durante aquella fúnebre hora. Llevaba la corbata desanudada, los pantalones flojos, la camisa arremangada y salpicada de sangre, el cinturón firmemente envuelto en el puño. Jadeaba exausto, como si hubiera trotado un maratón. Llevaba a su jefe el expediente firmado con el avance del caso. En ese momento, el jefe estaba terminando la llamada, se le miraba trastornado, temblaba. Psy colocó el documento en el escritorio, el jefe lo rechazó con un gesto enérgico, como si le hubieran puesto enfrente el certificado de defunción de uno de sus hijos. Quería gruñir, su corazón irritado latía en aquél pecho que se había conservado noble en medio de aquél mundo donde la barbarie era el non plus ultra. Big Jobs era el único policía bueno que había conocido Psy, además de algunos ingenuos compadres suyos con los que acostumbraba irse de putas de jueves a domingo. Solo que el viejo Big Jobs no se iba de putas, sino que tenía esposa e hijos que ya tenían hijos. Era un policía que vivió un Romanticismo aventurero e idealista hasta su ancianidad. Creía en la justicia y en su ejercicio, pero desde hacía pocos años vivía en el desencanto y en el hastío de su labor como engranaje de una Máquina Bestial. Miró a Psy con un dolor inconmensurable. Psy vaciló, su corazón dio un vuelco. ¿Por qué el viejo lo miraba así? ¿Qué ocurre?, le preguntó al que había sido su maestro y su gran amigo. El viejo habló trabajosamente. Siéntate, Psy, y ponle seguro a la puerta. Desconectó el teléfono con rabia. Estaba visiblemente conmovido, conteniendo una cólera que, en un viejo de su edad, era francamente desaconsejable. Acaba de llamar el representante de un grandísimo hijo de puta, explicó, sin apartar la mirada del joven, acentuando las palabras con pausas espaciosas en las cuales respiraba trabajosamente. Quieren todo esto borrado del mapa. Los miserables aquéllos, y aquí escupió con rabia dirigiéndose a la habitación contigua donde aguardaban su turno los criminales, absueltos y libres. Psy negaba con la cabeza, incrédulo, presa de un vértigo creciente. Los discos duros y las imágenes, devueltas junto con estos hijos de puta al lugar de donde fueron extirpadas.
Entre jadeos que se hacían cada vez más preocupantes, el Jefe le explicó a Psy que lo se quería realizar era un montaje, donde un puñado de chivos expiatorios serían juzgados y encarcelados en lugar de éstos. A éstos los absolverían y todos los expedientes a ellos relacionados serían borrados. Alguien muy poderoso los estaba protegiendo. Pero Big Jobs no se arredraría. Mandó, por medio de Psy, a realizar una averiguación: quién era ése poderoso que había ordenado semejante trama. Psy y un confiable cuerpo de inteligencia, en tiempo récord, hallaron que se trataba de Trix Belawovs, que no era más que un seudónimo en los bajos fondos con el cual se escudaba A.L. Snow. Esta información fue esgrimida erróneamente por Big Jobs, que no calculó la dimensión de su temeridad. Fiel a la Verdad y la Justicia, Big Jobs formalizó una denuncia y la divulgó a través de investigadores y periodistas privados y anónimos. Pero cuando se enfrentó al Jefe de la Policía, éste le ordenó tajante que acatara la orden dada. Era una orden por ÉL aprobada. Aquellos miserables serían devueltos a sus hogares junto con todas sus pertenencias. Big Jobs echaba humo, rayos y centellas. Era la Indignación personificada. Su hígado, páncreas y estómago se revolvían en una negra marea de cólera. Se negó a acatar una orden que iba a todas luces contra la Justicia y la Verdad y la Lealtad. El Jefe de la Policía por aquél entonces era XXXXXX, un viejo de la misma edad que Big Jobs y que había ingresado a las fuerzas policiales al mismo tiempo que él. No habían forjado precisamente una sólida amistad, pero se conocían bien y habían estado involucrados los dos en numerosos casos. Sin embargo, era bien sabido que había sucumbido en muchas ocasiones a seducciones ilícitas y colaboraciones extra-oficiales. Esto lo sabía Big Jobs, pero el caso que aquí los traía era de una dimensión tan urgente y tan clara que se volvía imposible toda traición: su maldad implícita habría impedido al más bandido, más ladrón y estafador colaborar con una red organizada de pedófilos. Echaba fuego. Se negó tajantemente a obedecer aun si se trataran de órdenes de A-F Domains en persona. Le dio la espalda, se preparaba para salir de la oficina, pero algo semejante a una caricia eléctrica le sacudió el espinazo. Sujetaba un extraño cañón de acero, lustroso, futurista, diminuto como un revólver miniatura. Big Jobs salió de la oficina, caminando con menos seguridad que la que segundos atrás había manifestado. No cerró la puerta, aun cuando se había preparado para azotarla con furor.
Lo vieron arrastrarse hasta un cubículo del parte de los telefonistas, como confundido, sudando, con unos ojos extraviados. Quiso tomar agua de un dispensador, pero el conito de papel cedió entre sus dedos inestables y temblorosos. Una secretaria se apresuró a socorrerlo. Se le veía mal. Estaba mal. Como enfermo, como presa de un sofoco, de un vértigo, de una laguna mental tal vez. La secretaria le ayudó a beber el agua y lo acompañó hasta la oficina. Le preguntó si necesitaba ayuda. No, no, hija. Pero ella se preocupó. Solo estoy muy cansado. Se quedó solo. Lo encontraron muerto. El diagnóstico: infarto al miocardio. Como ya estaba muy viejo y, de hecho, llevaba tiempo manifestando signos de malestar cardiovascular, no se hicieron mayores indagaciones. Se le rindió homenaje. Las lágrimas de Psy y su equipo fueron amargas.
El mismo día de la muerte de Big Jobs, fueron retirados los cargos de la veintena de pornógrafos y abusadores, fueron liberados y devueltos cuidadosamente a sus domicilios, además de haberles sido devuelto íntegro el material confiscado.
Psy Mushroom padeció la muerte de Big Jobs y el desvanecimiento de su legado como la más ominosa traición, a él, y a esos valores por lo que el romántico viejo tanto había luchado, ya hoy vagas abstracciones fantásticas, ensoñaciones sin fundamento, arquitecturas quiméricas, vaporosas, insostenibles en la pesadez tridimensional de este mundo corrompido. Ante él, el mundo conocido perdía toda connotación de pureza y sentido. Era la estocada final que exigía su costado. Palidecía, devorado por la incertidumbre y la soledad que comenzó a atenazarlo. Porque a cada minuto, ésta se hacía más patente, más violenta. En la comisaría, en los centros policiales, todo transcurría con la misma calma cotidiana de siempre. La misma hipócrita calma de siempre. Sus colegas, los de la liga encargada de hacer las averiguaciones encargadas por Big Jobs, fue desintegrada, siendo enciado cada uno a una dependencia diferente y lejana, a inhóspitas locaciones en cada uno de los puntos cardinales. Quedó solo en medio de una ruindad ciega, sorda y muda. El honor había agotado su última ascua en Big Jobs, y entre los policías no imperaba nada más que el apetito y la obediencia, siendo estos dos polos la fuerza magnética que los guiaba por entre la laberíntica podredumbre de aquella Ciudad desoladora y abominable. Psy Mushroom quedó hundido en la depresión, acatando cobardemente las órdenes diarias: arrestar a fulano ladrón de chicles, multar al anciano miope que iba en exceso de velocidad, poner ultimátums a las casas de citas que no habían pagado los altísimos impuestos con meses de retraso. La monotonía era imperdonable. La secuenciación del silencio era un crimen sin nombre.
—¿Y qué vamos a hacer?
Gort escanció en su copa un fétido licor añejo. El aroma era tan fuerte, que Psy pensó que se le quemarían los pelitos de la nariz. Después de beber, sin haber ofrecido un poco a su invitado, le dirigió una mirada de complicidad, amistosa, feroz, incitante, de padre o maestro que reta al pupilo:
—Vamos a realizar una pequeña maquinación.
Esto fue suficiente. Psy Mushtoom sintió como si se envainara en el tétrico carbón de su alma una espada de luz; hálito de esperanza que inunda el inanimado cuerpo autómata y le infunde voluntad e inteligencia. Hasta ese momento, había permanecido apesadumbrado. Sabía que ahora estaba bajo la protección de Gort, y que con él compartía un secreto ideal, sin embargo, no había manera en que ambos lo llevaran a cabo, no de manera efectiva, no con la fuerza de un pueblo: dos hombres, dos testigos de un crimen son inútiles átomos de polvareda bajo los pies de una asamblea criminal. Eran como los Apóstoles el día del Calvario. Y el pueblo clamoroso se mantendría blasfemando en la cara del crucificado inocente, a pesar de todas las evidencias. Sin embargo, en aquél momento, comprendió que tenían en sus manos un regalo inesperado. La oportunidad de… proteger a… una inocente. ¡Proteger la inocencia, encarnada en un único ser!
