Por primera vez en muchos años, y aun tanto para tener solo tener 15, la Chica Lobo respiró un aire purísimo, nutrido por todas las hierbas, céspedes y árboles que la circundaban. Era distinto al aire gélido, aunque pleno de saludables gérmenes, que soplaba constantemente en el Valle del Ghoul, ronco pulmón de una Tierra ancestral. Frente a las dos chicas, se abría un panorama extraordinario, virgen, desnudo de todos los edificios feroces que devoraban el horizonte en la Capital y sus ciudades-tentáculo (tentáculos que, en el fondo de la desesperación, se habían paralizado de tanto pedir socorro al cielo, petrificados por fin, por fin habitados por rabiosas marabuntas desesperanzadas). Era una caricia única, fresca de alas angelicales, doradamente espléndida, belleza límpida, pulcro resplandor de cristal. Todo era de un verdor radiante. Después de todos los pastizales, suaves colinas ondulaban, con su verdor esmeraldino, cubiertas por árboles, arbustos, ricos mantos de musgo.

En lontananza, vastos riscos feroces, pálidos y azules, marcaban el horizonte como con una desafiante invitación. Eran intimidantes, gélidos, estilizados como los colmillos de un lobo, pero Okami pensó, adivinó, que un día la fascinación obnubilante que la arrobó en aquél segundo, la arrastraría a una aventura sin retorno, más allá de aquellas montañas.

Pero Leila la sacó del sueño para imbuirla en otro: la tomó por la mano y tiró de ella. Okami recobró la consciencia. Sintió aquella mano tibia enlazar la suya, miró la cabeza blonda, rubísima, santa, angélica, y la sonrisa divina de la adolescente, en una de las más bellas capturas que conservaría su memoria como el tesoro más preciado. Vino dorado que se derrama sobre el mar, parvada de pájaros celestiales, lira de oro y Orfeo de manto azul… Un mundo infinito la envolvía. Una inagotable fuente de éxtasis era el maro de aquella risa, de aquellos ojos, de aquél cabello que ondulaba al son del viento suspirante. No había nada más que Idilio. La Ciudad y sus coléricas fauces de concreto se habían vuelto inexistentes. La Violencia del Tiempo y la crueldad de la Era ya no existían. Se dejó llevar, cuesta abajo. En un momento, sus pies trastabillaron. Cayeron las dos sobre el musgo y rodaron por la pendiente suave. Pero no hubo dolor, el musgo suavísimo era reconfortante y aromático. Caleidoscopio de luz, azul y risas. En el silencio de la infinita catedral de Primavera, solo sus risas armonizaban con el suave rumor del céfiro.

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Atravesaron un sendero. Leila hablaba, lidiando con el peso de las alforjas, ya de por sí incómodas de llevar. Contabas las monedas para pagarle al Bombero Bob. Y la granja, roja y alegre, se iba agrandando hacia el final del sendero, y las vacas mugían aquí y allá con los suaves lomitos que las custodiaban. También ovejas eran como blancos copos de nieve distribuidos sobre el pastizal, bajo árboles.

….

El Bombero oraba en un rincón. Habían entrado por una puerta custodiada por una alegre cabra café que brincoteó y se acercó a Leila en actitud juguetona, pidiendo a la doncella una caricia. Leila la tomó por las patitas y la abrazó como a una persona. ¡Bé, bé! ¡Bé, bé! ¡Qué linda cabrita! Yo la llamo Cabricornia, te la presento, ¡dile hola, Cabricornia, a mi amiga Jéssica! Y abrazando por el cuello al animal la hacía levantar una patita y simular un saludo. Todo era de una franqueza idílica inmensurable. Todo era colores vivos. El rojo de la madera, el verde esmeraldino, el café canela de la cabra, las manos albas y el cabello rubio. Los ojos de Okami bebían aquel mundo nuevo con pasmo. Saludó a Cabricornia con una suave reverencia. Dejaron las alforjas junto al sendero y tocaron a la puerta.

—¡Bombero Boooooob! —Gritó la alegre niña, haciendo sonar una campana que pendía junto a la puerta. Okami escuchaba, más allá de las voces de su amiga, el lánguido rumor del silencio. Bajo ella se había ido a posar la cabrita, dormitando después de su arranque de alegría. El azul del cielo tenía allí un tono tan puro, tan claro, tan lúcido, que por un momento Okami pensó que terminaría por descubrir los secretos que reposan más allá de aquél límite inalcanzable, diluyéndose el pigmento aguamarina y revelando como un domo cristalino las moradas de los Santos.

Todo era un Arrobo perpetuo. Haber visto a Leila jugando con la cabra, haber descendido dando vueltas por aquella falda de colina, le hacía sentirse fundida con toda aquella antigua literatura idílica que había leído con tanta admiración en sus primeros años. Había vuelto a ser niña, una vez más. Todo el otro mundo se había desvanecido. Ya no existían las torres de acero, ni los avisperos de hormigón. Nada de eso era verdad. Nada de eso podía ser verdad. Todo eso ahora pertenecía a un trágico sueño olvidado gracias al opio edénico de aquel mundo a través del cual la conducía la querúbica Leila.

Se abrió la puerta, apareció un hombre alto, flaco, con profundos surcos bajo sus ojos pesados y tristes. Llevaba un inmenso gabán impermeable aunque la templada primavera circundante hacía inconcebible que un ser viviente llevase encima más que tenues vestidos. Llevaba guantes de cuero, pesadas botas. Sería su uniforme de bombero, ya que sobre la cabeza un rojo casco ensombrecía su mirada todavía más.

—Leila, ¿cómo estás?— dijo a la muchacha. Miró a Jéssica, pero era difícil decir qué emoción lo animaba. Sus ojos estaban velados por una triste escama de pez herido. La boca se movía lentamente, pero uno no podría decir que era indiferente a la visita de las dos muchachas.

Leila le hizo saber el encargo. La leche, los cereales. Claro, ahora mismo. Aquí está, ¿cómo van las cosas por allá? Está bien. Está bien. Cuídense, muchachas.

Había sido breve, lacónico. Pero así era todo el tiempo. Navaja de afeitar. Estilete, cortaplumas, bisturí. Gesto de solemne gratitud. Piedra inmutable, sarcófago y adiós.

De regreso, Leila le explicó la conducta del Bombero. Dijo que había perdido a su familia en un incendio. Estaba tocado, mal de la cabeza a raíz de la tragedia. Comprensible. Ni siquiera los bienes proporcionados por la Tierra a lo largo de tantos años habían podido llevarle consuelo. La historia tocó a Okami. Relampagueantes escenas iluminaron su cerebro, y sus pupilas contemplaron el horror sufrido por el Bombero impotente. El césped bajo sus pies se trastocó en una cama de cenizas. No pudo seguir el ritmo de la muchacha angelical. Se detuvo, sus manos temblaban manchadas de ardiente fango negro, lágrimas de azufre incandescente dibujaban remolinos, un cielo ferozmente negro amenazaba engullir al mundo. Una agonía ululante agitaba sus alas pálidas en medio de una nube de devastación, y el alma del bombero unía su llanto sin consuelo al del paraíso que se derrumbaba: sus manos desesperadas removían un espantoso cráter infernal, y cuando descubrió los cadáveres calcinados de su esposa e hijos, el grito fue tan espantoso, y su parálisis postrera tan absoluta, que le dieron por muerto. Y muchos juraban que, de hecho, estaba muerto, que el alma abandonó el cuerpo en el colmo de la tragedia, para reunirse con aquellos a los que amó.

Muchos años después, Okami recordaría el episodio de su visión tan vívida, y otras experimentadas en adelante.

Aquellos días de Ira, al frente de un batallón innumerable, llamaría a su brigada principal con el nombre de EMPATHY.