Se habían sacrificado, ¿para qué? Les metieron una santa putiza. Exilio, ignominia, desprecio universal. Arrastraron su miserable continente, envueltos todavía en las cobijas para pasar por vagabundos, y se dirigieron hacia la devastadora mole. De verdad, qué grande era. Se hacía inabacarble para los ojos. Engullía el horizonte, como una montaña terrible. ¿Cuánto habrían demorado en hacerla? Tonkpils estaba como con el culo en la mano. A pesar de haber visto edificios mastodontes toda su vida, nada podía compararse con aquello. Era un monstruo de ojos innumerables, rodeado por el siniestro smog proveniente de tantas chimeneas como poros tiene un cuerpo humano. Era aquél un mundo aparte de la Capital y regiones anexas. Era un mundo aparte del mundo. Velos de mugre circundaban como anillos saturnianos a la construcción monstruosa. Concreto, hierro, pero también mugre, ceniza, maremágnum de esmegma. Conforme se aproximaban, los cuatro forajidos se cubrían las bocas: algo acre se desprendía del tótem feroz, guardián del inframundo. Se iba acentuando: basura y alquitrán. Minutos después, ya bajo la sombra del gigante y padeciendo un vértigo de Babilonia: chicharrón de acero, orines y mierda. Poco después, al nauseabundo batidillo se agregaban ácidos matices de vómito, de jugos gástricos, de matadero. Y todo ello provenía, abundante saumerio, de aquella Torre Negra. ¿De verdad ahí vivían seres humanos, familias, niños, ancianos? ¿O era un ser vivo per se, que mea, caga, suda y, fornicando, riega el mundo con mares de fétido esperma? Tocaron sus pies el principio de una gigantesca explanada de asfalto, era el perímetro de aquella ciudad de un solo, monumental edificio. A lo lejos, raquíticos árboles desnudos ofrecían sus ramas en torno de avenidas, semejando la corona de espinas de un crucificado sin gloria. Alcanzaron una pobre simulación de parque, con una cancha de básquet sin jugadores, bancas sin viejecitas alimentado a la fea estirpe de palomas que desoladamente picoteaban un estéril cuadrado de tierra en el que se erguían, tétricos, pasamanos y columpios. Todo era desolador. Tomaron asiento: Onix y Jour en la banca, Freeman de pie, con la mirada fija en la mole terrible tan vasta como un coloso de aquellos a los que enfrentó el joven Wander para revivir a su amada Mono.
El cielo gris de apocalipsis, un kilométrico collar de agobiante nada. Tonkpils trató de balancearse en el columpio, pero las cadenas expiraron un largo chirrido insoportable que penetró el silencio como una saeta en el muslo de un santo que reposa. Mejor se detuvo, miró nervioso a sus amigos.
—Y bueno, viejo, a tus órdenes. —dijo Jour al líder, que sopesaba con gravedad la envergadura de la travesía por venir.
—Será una pregunta necia— terció Freeman—, pero, ¿qué clase de gente vivirá ahí?
Hubo un silencio prolongado. Onix miró a una triste paloma desgarbada, a la que le faltaba una pata, y parecía mirar, también ella, a los demonios del suburbio. La respuesta a la pregunta de Freeman era clara. Las palomas caminaban alrededor, desorientadas, agitaban las alas con desconsuelo, llevaban el pico a tierra y hurgaban sin éxito, sin hormiga, gusano ni pan. La paloma mutilada también era una vidente, un testigo que había estado allí desde que se fraguaron los cimientos de aquella cosa horrorosa, de aquella montaña artificial, laberinto termitero. Las cicatrices que decoraban su cuerpo fatigado eran el estigma material de la dolorosa misión que le había sido encomiada a su espíritu. Tenía un párpado caído, un cuarto menguante opaco, triste. Movía su cabeza con lentitud de juguete descompuesto. El pico estaba fragmentado, como si se lo hubiera roto entero veinte veces a fuerza de buscar con desesperación sobre aquél cuadrado de tierra estéril. Onix contó las palomas. Eran trece. Adivinó que aquella, la tuerta y apaleada era el Cristo y las otras doce eran sus apóstoles.
—Los más pobres entre los más pobres— respondió por fin el líder. Agregó, tras una pausa enfática:
— Los desposeídos entre los desposeídos.
Freeman quiso saber a qué se refería. Hay unos que viven entre las basuras, explicó Onix, o en suburbios fuera de la ley, viviendo en una miseria insultante, es verdad. Trabajan, malviven, quizá solo se pasean de un lugar a otro durante el dia, buscando un pedazo de pan o con la esperanza sobrecogedora de encontrarse unas monedas perdidas entre los dientes del alcantarillado. Pero todos estos poseen el cielo sobre sus cabezas y el suelo bajo sus pies. Estos de aquí no tienen reposo de día, ni de noche. ¿No lo escuchas, Freeman? Hay un ruido raro que no ha cesado. Una vibración malsana de gran motor, de buque carguero que no se dirige a ninguna parte, de tripa hambrienta, de dragón o gigante que no termina de morir.
Era verdad. En el cielo, bajo la tierra, en la lejanía, a bocacuello; aquí, allá y en todas partes, un extraño ruido de enjambre sacudía la atmósfera como las contracciones póstumas al gran terremoto. Era como un permanente presentimiento de amenaza. Una ferocidad escondida bajo las capas invisibles de la dimensión perceptible. Como aquellas habitaciones sospechosamente tranquilas con una llave al fondo o un nuevo artefacto para destripar monstruos, cebo que al ser cogido, ¡PUM! Hacía emerger desde el silencio y el vacío un escuadrón de revenants o un flujo inagotable de demonios de todos los tipos.
