Después de una infructuosa búsqueda de asilo, desesperados por la miseria circundante y el maligno halo del Monstruoso almacén de vidas humanas, recorrieron el rededor, y otearon a lo lejos un cubo desalmado a unas pocas yardas al norte, y se dirigieron a él. Descubrieron que era la residencia del impérator: una placa de acero junto a la puerta decía OFICINA CENTRAL DE ADMINISTRACIÓN. Sin duda, el alcaide de aquél presidio, el ojo del panóptico, el cancerbero de aquél círculo infernal, residía en aquella gélida kaaba. Se prepararon para todo. Onix les hizo una señal: uno a cada lado de la puerta, Journeyman con él serían los primero en acometer al que saliera de ahí. Y se abrió la pesada puerta, de abajo hacia arriba, rechinando y silbando como una máquina de construcción. Apareció un cincuentón calvo, de aire tímido, vestido más o menos como un policía, uniforme azul, placa al pecho, cinturón con pistola y radio.

Miró a los muchachos un poco sorprendido y un poco como si sufriera miopía.

—¿Les puedo ayudar en algo?

También los jóvenes líderes del clan se sorprendieron. Sin duda esperaban a un robusto matón con brazos de acero listo para masacrarlos por el solo hecho de interrumpir su oficiosa burocracia.

—Sí, señor…— comenzó Onix, sin estar seguro de qué decir. Una inspirada revelación impulsó a Jour a hablar en los siguientes términos:

—Señor capitán, nos acaban de exiliar de la capital por faltar numerosas veces al código civil, ya sabe usted.— El viejo abrió mucho los ojos. Freeman, Tonkpils y Wolfdaemon brincaron de un escalofrío.— Nos dejaron aquí —y señaló el lugar del que vinieron—, para que nos fuéramos a errar más allá de esta frontera, hacia las estepas y las montañas, hasta que se levantara nuestro ban.

Onix captó rápidamente hacia dónde se dirigía el discurso de Noé, y lo secundó en la treta:

—Y estamos muy conscientes de lo mucho que merecemos el castigo. Sin embargo, sabrá usted que necesitamos comer, y no venimos a pedirle comida, sino un medio para conseguirnos nuestra propia comida.

El viejo estaba asombrado por aquella sinceridad que no esperaría de nadie.

Onix siguió:

—Fuimos a pedir auxilio a las personas que viven allá -, pero su amabilidad solo bastó para ofrecernos un poco de polenta, menudo y tamales. Pero no podemos permanecer aquí durante los meses de nuestro castigo y abusar del buen talante de estas personas. Queremos saber si usted podría procurarnos algunas armas, mientras nos comprometemos a traérselas de vuelta una vez que concluyera el castigo…

—Si es que sobrevivimos— remató Noé. El viejo estaba conmovido y admirado. Asintió con la cabeza. Titubeó un poco, pero expresó su comprensión en unos pocos términos. Sacó varios escopetas y mucha munición. Pero qué fácil fue aquello. Dijo que los acompañaría a la frontera, por pura actuación protocolaria, para asegurarse de que no harían un desmadre, un escándalo entre los vecinos.

Y comenzó la gran marcha de los animales.

—No sé lo que hicieron y no deseo saberlo— dijo el viejo al acompañarlos en su Lanrover al filo del desierto, ahí donde una línea firmemente trazada por un asfalto negro daba inicio a un desierto feroz, erizado de cactos, abrojos, dunas y siniestras formaciones geológicas. —Pero el que hayan dicho la verdad me hace sentirme congraciado con ustedes. Siempre admiré a los trolls, ¿saben? Yo quise ser uno pero me jaló el sistema muy chico. Ahora estoy viejo y podrían arrebatármelo todo si alguien se enterara de esto Tienen mucha suerte de… ¿qué más da? Vayan con Dios.

Agitó lentamente su calva, como muy triste, el viejo guardia, pero con un fuego reconcentrado en su pupila, un anhelo moribundo semejante a una estrella que se desvanece de los cielos. Saludó a los jóvenes, y estos sintieron en el fondo de sus almas el retortijón de la gratitud. La landrover dio marcha atrás, giró sobre el asfalto y se alejó a media marcha.