Diario de Onix
Llegó un momento a partir del cual los días dejaron de ser tales, de ser unidades de medida del tiempo, para pasar a ser un mero complemento para nuestra agonía. El sol nos azotaba desde todas direcciones. La arena del desierto constaba de microscópicos espejos que amplificaban el efecto devastador del calor de por sí brutal. Nuestras botas no aguantaron por mucho tiempo. Sin duda, esta manera de exiliarnos no era sino una muy disimulada manera de condenarnos a muerte. Fue gracias al viejo Cob, el lugarteniente que tanto se apiadó de nosotros, que supimos hacia qué dirección dirigirnos. En sus ojos bailaba un lamento. No sé si era su congoja por no ser lo suficientemente influyente como para intervenir por nosotros, o por que habría deseado acompañarnos en nuestra lenta marcha hacia la muerte. Creo que un poco de las dos. Sin duda, debia ser penoso, quizá tanto como el suplicio al que fuimos destinados, pero exento en todo del honor que pese a todo acarréabamos sobre nuestras frentes inmaculadas, el permanecer agrilletado como perro guardián del gobierno, miserable Caronte de un limbo sepulcral.
Nosotros, los ONX, podíamos serlo todo, todo lo peor habido y por haber, pero por lo menos no burócratas, policías, ejecutivos o diputados.
Continúo.
Justo en el día en que se nos terminaron las provisiones, divisamos a lo lejos la primer alteración del panorama: una cordillera rojiza izaba sus tenebrosos riscos a lo lejos. Así mismo, algunas manchas de boscaje anunciaban los primeros refugios contra el sol que nos hallaríamos durante la aventura. En nuestra exasperación, la presencia del paisaje quería significar alimento y agua, ¡no morirán! Así lo comprendimos, y ya no necesitamos de palabras para distraer el pensamiento rapaz, el buitre orbitante que acecha la debilidad humana. Pusimos todo nuestro empeño en la última cabalgata bajo el sol.
Estábamos bañados en sudor. Journeyman, con el fin de mantenerse hidratado, había ido extrayendo gotas del licor salino de sus propias axilas. Ante el repugnante espectáculo, yo prefería apartar la vista, pero Tonkpils casi se guacareaba y rogaba a su senpai no ser tan cochino. Freeman también sentía asco, pero prefería reírse del asunto. Wolfdaemon era el más afectado. Pude leer desde el comienzo que su desazón era la más profunda. Me pregunté cuánto tardaría en desprenderse moralmente de nosotros. Me pregunté si desertaría cuando llegáramos al primer pueblo con acceso a la Zdoom Terminal*. No era de extrañarse. No teníamos derecho a reprochárselo, ni siquiera a designarlo traidor si pensara incluso en echarnos de cabeza en un momento dado. Él, como todos, añoraba la libertad. Probablemente comenzaba a florecer en su corazón una secreta admiración por Isafo, por su semblante altivo de rufián, por la posición o la posibilidad de posición dentro de la cual se encontraba. La posibilidad de posicionarse.
Yo me había descalzado. Desde hacía un tiempo, esto me proporcionaba una satisfacción sin límites. Querer pocisionarse, ¿no era reconocerse, implícitamente, como una nulidad? Nada deseaba tanto como recorrer kilómetros, así, descalzo, sobre un desierto sin confines. Esto era lo que muchachos como él, o como Isafo, no advertían. Podía garantizárselo todo, comida, techo, ya sabes. Todas esas cosas, siguiendo las reglas preestablecidas de un juego bastante riguroso, el cual, conforme avanzaba el tiempo, iba tornándose más y más riguroso, sin posibilidad de deslizar un truco, de embarcarse en sus lagunas legales, de terciar un versículo constitucional a tu favor. Un juego bastante humillante. Crepusculaba lentamente. Estábamos a pocos pasos de las arboledas, poco juntas, desperdigadas casi, revueltas con inhóspitos zarzales, con flores de tez maligna, pero vida en fin, ¡oasis de salvación! Descansamos un momento, profundamente dichosos, bajo los árboles. La frescura se hacía inigualable al cobijo de aquellas sombras ampliamente refrescantes. Ni siquiera la noche bajo las estrechas, gélida y mortal, era así de gratificante. Nos quedamos dormidos en brazos de las dríades, ninfas de los bosques, que no cesaron, en ningún momento, de murmurar una dulce canción de cuna.
