p class="MsoNormal"span style="mso-ascii-font-family: Calibri; mso-fareast-font-family: Calibri; mso-hansi-font-family: Calibri; mso-bidi-font-family: Calibri;"—¡Eh, Noé!— Gritó como un grito de guerra. Estaban redivivos, como resurrectos de ultratumba, como templarios al trompetazo de laspan style="mso-spacerun: yes;" /spanresurrección. Lo pronunció así a propósito, como si quisiera decir ¡enhué! Noé alzóspan style="mso-spacerun: yes;" /spanla cabeza, la llevaba empolvada y tupida de hierbasspan style="mso-spacerun: yes;" /spanyspan style="mso-spacerun: yes;" /spanramas. La táctica se fraguó en un instante. Se lanzaron cuesta abajo sin casi medir consecuencias. Los pies se deslizaban dolorosamente por aquella rampa despan style="mso-spacerun: yes;" /spanarena y rocas. Abajo, un grupo de em style="mso-bidi-font-style: normal;"pinkies/em salvajes se hallaba pastando pacíficamente. Bueno, no pastando, sino recogiendo gusanos o bichos o desechos cualesquiera. Habían seguido el curso de un arroyo, del cual bebieron con avidez desesperada. Los otros tres se habían quedado en el improvisado campamento de palos y piedras. Los líderes, los pretendidos em style="mso-bidi-font-style: normal;"macho alfa/em se habían lanzado en persecusión del alimento. En su morral, ya llevaban una enorme víbora de cascabel reventada en el cráneo de un tiro. Ahora mismo iban con machete y escopeta. Se deslizaban peligrosamente cuesta abajo. Toda la presión se la llevaba el bajo vientre dolorido. A Onix le punzaba el em style="mso-bidi-font-style: normal;"dolor de caballo/em. Noé no paraba de escupir gargajos terrosos de tanto polvo que se le metía por casi todos los orificios. Los Pinkies, tardos enspan style="mso-spacerun: yes;" /spanreaccionar, brincaron del reposo demasiado tarde: ya los cartuchosspan style="mso-spacerun: yes;" /spandespan style="mso-spacerun: yes;" /spanlas escopetas irrumpían la atmósfera serena, horadando el viento con mortales vibraciones. En esto eran ya expertos. Antes de encararlos frente a frente, cayó uno. Los otros escaparon, pero uno más saltó hacia la pareja de amigos. Onix descargó de lleno la supershotgun, Journeyman lanzó el machete con negligente improvisación, como si fuera un boomerang. Afortundamente –sin duda fue obra de la fortuna y no de la maña- el acerospan style="mso-spacerun: yes;" /spanpartió al medio el cráneo del animal, quien ya de por sí había sufrido con el implacable rocío de plomo. En un asalto habían conseguido alimento para semanas. br /Como era de esperarse, ahora la faena constaba en transportar a semejantes bichos, grandes como jabalíes y pesados como lobos marinosspan style="mso-spacerun: yes;" /spanhacia el centro del refugio. br /—Chingado,span style="mso-spacerun: yes;" /span¿y ahora?— preguntó Noé, mirando en dirección de la inclinada pendiente que tan difícil había resultado bajar—span style="mso-spacerun: yes;" /span¡Para subir estas chingaderas! br /—Es demasiado alimento, en cualquier caso— replicó Onix, mirando los bultos rosa chorreando sangre—. Vamos a destriparlos aquí mismo. —Sentenció resuelto, aunque no sin repugnancia. Es que no había de otra. Se hacía imposible transportar a los animales por entero, como no llamaran a los otros tres cabrones, y aun así la laborspan style="mso-spacerun: yes;" /spanera demasiado ardua y demorada. Noé tembló ante la sola idea, pero supo que no había alternativa. La tarea por delante tomaría varias horas, pero menos de las previstas. Así que procedieron a seccionar a los bichos, abriéndolos por el vientre con machete, y retirando las bolsas malolientes de los órganos. En másspan style="mso-spacerun: yes;" /spande un momento, los dos sintieron arcadas. Las manos se les iban tiñendo de sangre. Arrancaron las cabezas y las abandonaron descuidadamente juntospan style="mso-spacerun: yes;" /spana sus tripas. Desmenuzaron un cordel yspan style="mso-spacerun: yes;" /spanformaron una larga trenza con la cual ataron piernas y brazos y las aferraronspan style="mso-spacerun: yes;" /spana sus cinturas: cada quien transportaría el cuerpo desmembrado de un animal. El resto, conformado por el robusto tronco del bicho, lo llevarían ni más ni menos que sobre la espalda. Así acorazados, como dos carniceros prehistóricos, reanudaronspan style="mso-spacerun: yes;" /spanel camino a casa. No transcurrió mucho para que sus piernas comezaran a temblar. Hay qué puntualizar un cierto aspecto de esta desventurada travesía: Journeyman era mucho más fuerte que Onix, y había trabajado, hacía muchos años, en una diversidad de labores que requerían como mínimo una fortaleza física insoslayable, laborando en el campo, de donde provenía el sobrenombre con que decidió bautizarse, y en construcciones como chalán de albañil, llevando de un lado a otro y durante todo el día cubetas de cemento y aguantando la insoportable música norteña con que sus patrones se deleitaban. En el extremo opuesto estaba el joven líder, cuya resolucón era insuficiente para una tarea de exigencia hercúlea como la descrita en este capítulo. Toda su vida la había transcurrido, hasta que decidió embarcarse en el ZDWorld, en los salones de clase, en su habitación haciéndose la paja, forjando únicamente el músculo cerebralspan style="mso-spacerun: yes;" /spanen las turbulentas aguas de la literatura clásica, los videojuegos y la pornografía. Aun así era feroz y resuelto y quería em style="mso-bidi-font-style: normal;"quedar bien/em frente a su gran consejero, amigo y primer admirado literario que se había ganado en su incipiente carrera de poetastro barrabás. Así que comenzó a jadear apenas ascendido en primer y escurridizo peldaño de arena. Noé hundía los pies bien profundo, aguardaba a que dejaran de ser chupados por la inestable falda de arena, y después lo extirpaba con lentitud, y procedía a ejecutar la zancada subsecuente. Llevabaspan style="mso-spacerun: yes;" /spandos o tres metros de ventaja. Su compaspan style="mso-spacerun: yes;" /spanel em style="mso-bidi-font-style: normal;"Oniz/em nospan style="mso-spacerun: yes;" /spanaguantó por mucho tiempo más. Antes de medio camino, subía a gatas, jadeante y sudoroso, resistiendo heróicamente el em style="mso-bidi-font-style: normal;"dolor de caballo /emque ya lo aquejaba. Era temprano, debía ser mediodía, y ahí el sol daba de lleno. El abrigo psudo porcino no era de gran ayuda, y por el contrario, la carne de estos animales acostumbrados a las temperaturas del infierno, no era precisamente una bata de baño. Noé llegó el primero a la cima, pero descargó enseguida el abrazo brutal del monstruo, y se tiró al suelo con un style="mso-spacerun: yes;" /spanbr /—¡Su puta madre! ¡Por fin! br /Su estómago le contestóspan style="mso-spacerun: yes;" /spancon un rugido. br /—Diantres, si no estuviera cruda esta madre ahora mismo le arrancaba un mordisco y no le dejospan style="mso-spacerun: yes;" /spannada a ese zopenco de Freeman. br /Se arrancó el andrajo de remera y se limpió vigorosamente el sudor de la cara, incorporándose y descubriendo que a Onix no se le veía por ninguna parte. br /—¡Onix! br /Saltó de su sitio y gateó rápidamente para descubrir que su amigo ascendía lenta y penosamente y que le faltaba algo más que la mitad. Su aspecto era el de alguien a punto de colapsar. Onix adivinó al momento que bajaría a su rescate, pero con un gesto enérgico y significativo, le suplicó que se quedara ahí. /span/p
p class="MsoNormal"span style="mso-ascii-font-family: Calibri; mso-fareast-font-family: Calibri; mso-hansi-font-family: Calibri; mso-bidi-font-family: Calibri;"Noé todavía no conocía mucho a Onix. Hace menos de un año que se trataban, que se habían afiliado el uno al otro en la descabellada empresa del Clan que fundaron. Y sin embargo, Journeyman había leído en su joven colega los rasgos de un em style="mso-bidi-font-style: normal;"héroe /emen potencia, de algo más que un otaku enclenque conspan style="mso-spacerun: yes;" /spanaspiraciones a poeta puñetero. Sintió que, capas debajo de su aparente docilidad y escasa voluntad, destellaba un auténtico líder, un espíritu ardoroso y tenaz. Y había aprendido muy rápido a escuchar la sabiduría crepuscular del joven poeta. No quiso contradecir su terquedad, ni desafiarlo bajando de todas maneras a socorrerlo. Ni siquiera se quedó al aviso, observando. Se tiró donde estaba y respiró confiado, perdiendo suspan style="mso-spacerun: yes;" /spanmirada entre las llamaradas níveas del cielo que cruzaban el azul con rapidez de frágiles navíos después de una tormenta. No pensó. Frotó su cara nuevamente con el trapo sucio, lo hizo a un lado, olió profundamente la carne ácida del animal que poco ha retozaba con los suyos y ahora no era más que una presa para exhibición de carnicería. Junto a él yacía uno de los monumentales muslos del em style="mso-bidi-font-style: normal;"pinki /emsilvestre. Se le antojó que lucía idéntico a uno de puerco en navidad, embadurnado de almíbar suculento y seductoramente aderezado con cortes transversales como la cuadrícula de una media en la pierna de una sexy perra. No lo pensó un segundo más, y encerró entre sus mandíbulas un muy buen bocado. span style="mso-spacerun: yes;" /spanbr style="mso-special-character: line-break;" /!- [if !supportLineBreakNewLine]-br style="mso-special-character: line-break;" /!-[endif]-/span/p