¿Qué era lo que descubría, dentro de su cuerpo?

Comenzaba a robustecer. Se sentía enérgica, casi alegre.

Comenzó ayudando a barrer. No quiso permanecer un solo segundo más en cama.

Incluso, permanecía en vela largas horas de la noche, con el pretexto de prestar el servicio

de vigilencia.

En realidad, algo la recomía en su interior. Estaba todo el día infatigable, como si tratara

de olvidarse de un remordimiento. Leila lo advirtió, pero no dijo nada. La comadrona, mujer

matriarcal, también había recogido el principio de una sospecha. ¿Quién era, en todo caso,

la muchachita tan voluntariosa que, implícitamente, había adoptado? Leila también la adopto.

Tal vez, como hermana mayor. Le preguntaba de todo, siempre, y Jéssica siempre tenía una

respuesta para todo. O para casi todo. Lo que no sabía contestar, lo articulaba con una

brillante invención, o quizá una intuición efectiva y satisfactoria. Solo se admitía

contestar con evasivas o circunvalaciones que sabían derivar inteligentemente y por completo

desapercibida, cuando se le preguntaba por asuntos de su vida anterior.

Comenzó a descubrir la vida, floreciendo en su seno, en sus brazos, que comenzaban a tornearse.

La inteligencia se le iba clarificando. Podía leer más rápido que nunca. Comer con frecuencia

comenzaba a teñir de rubor sus mejillas, y a borrar de su rostro ojeras y las manchas de

desnutrición que, muchas veces, entre los muchachos a los que le hacía la tarea, le habían

valido el apelativo de "dálmata", nombre especialmente fastidioso porque dichos perros le

parecían estúpidos y simples: habría preferido ser conocida entre los muchachos más por su

seudónimo secreto, o alguna derivación de éste: Okami, Wolfie, Loba, ¡Husky, por dios santo!

Pero estas marcas se iban borrando de su rostro, así como las marcas de los huesos, las costillas,

las clavículas habían dejado de ensañarse bajo su piel como si quisieran traspasarla.

Una mañana se miró en el espejo y se encontró irreconocible. La niña flaca y vagabunda se había

esfumado. ¿Para siempre? Llevaba una escoba en la mano, un delantal, guantes de hule, un trapo

sobre la cabeza. Estaba transfigurada en moza de limpieza. Sabía que su condición era momentánea.

Sabía bien que, dentro de poco vendrían a buscarla. ¿Quiénes? ¿Cuándo? ¿Podrían encontrarla?

Habían pasado meses. Todos los días iban y venían extranjeros, familias, duelistas solitarios,

clanes enteros que estaban de paso, que salían de la Capital o se dirigían a ella. Pero nadie

que pareciera reconocerla, o que transpirara un aura maligno de policía encubierto. Nadie que

fuera por allí haciendo preguntas extrañas. Nadie que murmurara a propósito de una insensata

conspiradora solitaria. Todos los días había leído los diarios electrónicos. No había notas sobre

su caso. Ni un solo comentario, columna, reportaje, mención. Por supuesto, el Ego de Domains no

admitiría ni una sola mancha en su apariencia de omnipotente. Que las fuerzas especiales, que

el Sargento Gort, famoso por sus cacerías de antaño, su carrera invicta como campeón durante

años en la ZD-League, sus confrotaciones míticas contra aventureros diversos y revoltosos a lo largo

y ancho del ZDWORLD, se hubiesen movilizado con el propósito de capturar a una mocosa de

quince años que había sabido burlar la híper-seguridad que había puesto una cámara hasta en los

retretes de cada baño, y que aspiraba con prolongarse al monitoreo cerebral de cada ciudadano,

tenía en suma todas las características de una mancha imposible de lavar en la blanca túnica del

Cíclope. Entonces, sería una de tantas operaciones subrepticias del gobierno. Por debajo del agua,

no era para ellos nada difícil rastrear a una rata en la alcantarilla del mundo por ellos construido,

y aniquilarla. Pero no lo habían hecho. Seguía con vida. Pero recordaba las palabras de Gort.

Esos siete días de ventaja los había pasado deambulando moribunda por el Bosque. Habían pasado ya

tres meses, y esas pesquisas que Gort llevaría "hasta el fin del mundo", parecían detenerse a las

puertas de aquel paraíso idílico. ¿La dieron por muerta? ¿Estaba muerta para La Capital?

Qué enorme chasco se darían en Aquél día, cuando ella resucitara.

No. La suposición quedó desmentida por un terrible presentimiento. -Ellos- sabían que estaba con vida.

Gort era una criatura sobrenatural. Visto en retrospectiva, es uno de esos hombres poco ordinarios

que consiguen deshacer el embrujo de Maya, aunque fuera a una edad tardía, y buscan la reivindicación.

¿Podía ser esto así? No. Gort tenía el innoble propósito de reclutarla para ser parte de las files

del infame Enemigo.

Esta sola idea le revolvió el estómago. ¡Ella portando un uniforme con la insignia del ZDWorld,

bajo las órdenes de AF-Domains! La idea no solo era ridícula, sino obscena. Con toda franqueza,

prefería enfrentarse ella sola a un batallón y morir orgullosamente, morir como un campeón, morir

como un samurái, pero defendiendo únicamente al Emperador Interior.

Ahora surgía otra interrogante. ¿Cuánto tiempo más permanecería en el acogedor refugio, donde ahora

era parte de algo así como una familia, donde disponía de todo sin tener qué prestar el ominoso

servicio de soportar mugrosos otakus que no hacían su tarea? Acerca de escribir, temía hacerlo.

Tal vez el que sus folletos hubiesen dejado de circular por las calles de la capital, refulgía

en el acta como constancia definitiva de defunción. Jéssica: suprimida. Pero el imperativo vital

vertía cúmulos eléctricos de la médula a los dedos.

Las ideas circulaban en una fabulosa emulsión inabarcable. El ojo que pudiera describir semejante

diluvio universal únicamente era la punta del lápiz. Aun así, barría y lavaba como maniática.

No podía dejar paso a la sospecha.

Pero era una simulación.

No podía seguir dilatando su estadía en el cálido albergue, en la familia que la tenía envuelta

entre las alas de esa muchachita ingenua e ignorante a la que adoraba, y ante la que sentía

cierta vergüenza: después de todo, aquélla era honestamente un pan de Dios, y ella, una corrompida

ciudadana de Babilonia, que aspiraba a lo que no había hecho todavía el Padre en las Alturas:

derrumbar esa Torre de arrogancia insensata y acabar con el imperio del abuso.

Sí, ella también estaba enferma.