Se habían confeccionado capas, túnicas, gorros, y hasta una una extraña flor invertida para usarse, apoyada en huesos de pinkis,

como una especie de tienda dentro de la cual dormir. Estaban a la última moda del cretácico, si algo así hubiese existido en realidad.

Subían una de las montañas más altas, afortunadamente poblada en sus faldones por crestas de piedras pseudo geométricas, que servían de

escalones en los cuales se podían sentar a descansar de trecho en trecho.

No llevaban otra carga que los rifles y munición, los cuales no pesaban tanto como los intolerables pinkis silvestres, dejados

atrás y deshuezados hacía días. Habían pactado racionar la munición, limitada en aquellas circunstancias desoladoras.

Onix y Noé iban al frente, el primero con una capa de pinki curtido y rennegrido por exposición al fuego prendido por las noches, y

apoyado en una corva espina dorsal del mismo bicho, aparentemente la única clase de animal que había decidido poblar aquellas

latitudes inhabitables...

Conforme ascendían, el frescor y la pureza del viento se incrementaba, como si fuese la proximidad con las arenas lamentables del

fondo lo que lo caldearan.

¿Qué buscaban en lo alto del rocoso diente de gigante? Estaba en su camino, en la dirección a seguir que les indicó el viejo guardia

de la ciudadela. Desde ahí podrían ver, seguramente, la aldea que les fue mencionada, pequeña pócima de supervivencia en la cual

podrían pasar una temporada, tal vez. Ni siquiera ellos lo sabían. Los líderas eran una pareja de granujas que iban sin precisar

el rumbo, sin tantear el suelo que pisaban. Aquél primer día, el de la primera cacería junto al riachuelo, mientras los aventureros

camaradas se lanzaron en búsqueda de carne, Wolfdaemon tuvo una ligera opresión humillante en su garganta. Se había dedicado, junto

con Tonkpils y Freeman, a encender el fuego y recolectar agua, para lo cual había qué improvisarse cubetas con leños, tarea ridícula

y ardua. Freeman bromeaba tranquilo. Comparó aquella labor con cualquier juego de supervivencia. También él tenía madera de líder.

Le pareció que incluso más que Onix o Journeyman. Aquellos dos eran como un Simón y Kamina decadentes. ¿O como una especie de Jesús

y Pedro? ¿Y a quién le tocaría ser Judas? Ya tuvieron uno, o bueno, dos. Pero su pensamiento comenzó a desgranarse como un rosario

seccionado bruscamente por un rabioso infiel: ¿y no sería lógico que hubiesen más desertores a causa del estigma de formar parte

de semejante agrupación de criminales? Sabía muy bien, ya Onix lo había decretado, ya Noé lo había aplaudido como una estúpida

foca de feria y los demás habían asentido con su ruidosa algarabía: incluso él, pero mecánicamente, por cobardía, por no quedarse atrás

en el furor del team, por no ser devorado por los fanáticos. Cuando Isafo desertó, y de la manera en que lo hizo, deseó por un instante

tomar su mano, pero, ¿qué lo contuvo? Ni él sabía ver dentro de tanta oscuridad, pero en aquél momento no fue capaz de ver a los ojos de

su viejo amigo. ¿Tonkpils se sentiría como él? Algunas miradas así se lo habían confirmado. No era algo de lo que se atrevieran a hablar,

como no fuera de monas chinas, música, videojuegos y sexo. En cuanto a Freeman, era extraño, indefinible. Era un muchacho diabólico, parecía

nacido para ser parte inseparable de [ONX], pero había en él una cierta velada actitud irónica que no sabía cómo explicar. Nada claro, eso

sí. Era la clase de persona que, cuando habla, no sabes si va en serio o no: tan adherida a su conducta están el sarcasmo, la ironía, los

dobles sentidos y toda clase de recursos hilarantes: como si el muchacho viviera en una extraña fantasía en la cual el mundo entero era un

plató y él un comediante de turno ostentando sus dotes escénicas durante uno de esos programas de talentos. Por lo menos no resultaba chocante

como los líderes. Por lo menos no era un "raro" en ese sentido oscuro de la palabra. Uno no podía percibir ninguna mala onda camuflada bajo

sus bufonadas. Pese a todo, más de una vez demostró tener los pies bien puestos en la tierra. Esto ya era suficiente para que alguien

quisiera dejar [ONX] a su suerte. Tal vez ellos no estaban destinados a llevar esa bandera que Onix se había propuesto: llegar más allá del

tiempo. ¿Cómo lo lograrás, idiota? Habría querido tener los huevos de hablarle así, pero se estremecía de miedo. ¿Por qué? ¿Por el mero

hecho de que Onix era el líder? ¿en verdad lo era? ¿O era Noé, quien de hecho se había encargado de crear la reputación del primero,

siendo siempre el primero en seguirle sus andanzas y animando a los demás a hacer lo mismo? ¿O era que se sentía humillado porque, a fin de

cuentas, mientras estuviera el clan también él y todos serían un [ON(i)X]? Era verdad. Nunca le gustó que el clan se llamara así, pese a

haber participado del frenesí general cuando fueron bautizados de dicha manera. Onix era consciente de la posible malinterpretación de

las cosas, por eso nunca decía "CLAN ON-IX" sino "O-EN-EX", aunque su segundo al mando decía sin miramientos "ON-IX". Clan ON-IX.

Es verdad. Era un poco ególatra, ¿no? Había admitido dentro de su ser a una especie de parásito, un órgano ajeno que lo había contaminado

con la esencia, con el GEN del criminal. Para Onix y Noé esto era sumamente normal, admisible y deseable. Por aquí iba el asunto.

Podían suavizar las cosas llamándose "trolls", siendo el conjunto un "clan de trolls". Pero el troll era eso, en suma: un paria sin otras

ambiciones que joderle al vida al prógimo. ¿No era, en definición, algo muy aproximado a "criminal"? En esencia, era lo mismo. Se estremeció

al descubrirlo. Onix, Noé, Freeman, Tonkpils, y ¡él mismo! eran unos criminales, unos parásitos, unos sátrapas, unos malolientes despojos

fantasmales que acechan en el torvo pasadizo de la miseria, en los recovecos de los suburbios, en... en las narices de los hombres de bien,

tendiendo trampas en el suelo de los que día con día se esforzaban por ser mejores, y así sucesivamente. Supo que, él también, era una de esas

alimañas al servicio de nada. Y es que había ofrecer servicio al otro, ¿no era esto lo que le enseñaron sus padres?

Estaba casi desnudo junto al arroyo. Bajo las aguas cristalinas, sobre las redondas piedras del fondo, algunos peces semejantes a renacuajos

se reunían en bancos, uno a uno, y desaparecían en la corriente a gran velocidad. Algunas hojas de los olivos circundantes formaban balsas

en miniatura al caer sobre las aguas, y desaparecían luego, hacia el sitio donde derivaran las aguas, o en el fondo rocoso de su seno.

Sus compañeros quebraban ramas y buscaban el modo de generar fuego como no fuera desmenuzando la munición de algún cartucho, poniéndolos en

riesgo de explosión o incendio. Cogió agua con las manos, bebió, quizo captar algunas de las palabras que hacían reír a sus amigos.

¿Sería capaz de abandonarlos? No, no era, no podía ser un abandono. Sabía que la ambición de [ONX] era insostenible. Apenas tenían unos meses

y ya los habían sancionado con -una temporada en el infierno- y sin derecho a ganarse la vida de manera legal. ¿Era esto lo que querías,

Wolfdaemon? Miró a Isafo frente a él, con una mirada de profunda decepción, como si quería decirle: ¿en serio, Wolf? ¿te vas con ellos?

Le dio la espalda, se perdió tierra adentro de las sombras mnemónicas.