Necesitaba un buen polvo. Eran las tres de la mañana. Llevaba 72 horas sin dormir, pero la verga enhiesta, robustecida gracias a ese

cóctel farmacéutico que se había auto-recetado. Quiero decir, tenía el pito bien parado. Garabateó un telegrama para Gort. Llegaría tarde a la reunión. Telefoneó a la secretaría para advertir que no asistiría al

trabajo. Estuvo a punto de ser regañado, pero colgó. Sentado sobre la cama inmunda, en la oscuridad, abrió el buró y sacó un frasco

colorido, sellado. Rasgó la etiqueta con los dientes, lo acercó a su cara y lo destapó con un chasquido en un repentino arranque de frenesí.

Inhaló el ardiente vapor. Rugió, enervado, e hizo añicos el cristal entre sus dedos. Al sacurdirse, los fragmentos centellearon envueltos

de sangre.

Quería follar, que se la mamara un trapito. Mamársela a un trapito, joder. Una vez en el lavabo, al verse en el espejo, se contempló con

rabia. El agua fluía, arrastrando la sangre de sus heridas. Se envolvió la mano con papel de baño.

Se vistió cdon el uniforme de la policía, le sacó lustre a su placa donde habían estampado PSY MUSHROOM. Estaba harto de los abusos, pero

se sentía violentamente impelido a ellos: ahora mismo, a través de las calles de la peligrosa metrópoli, de la Babilonia indomable,

entre callejones donde lobotomizados Arch-viles y Revenants llevaban a cabo tareas de limpieza o mendigando en las calles, así como

mujeres y niños, ancianos y hombres de todas las edades . Se hablaba de que las aberraciones habían alcanzado su clímax. De que el mundo era un

caos irresoluble, una espantosa tragedia sin remedio. Él mismo había sido testigo de casos horrorosos que atormentaban durante la noche

su sueño, cuando no le quedaba más remedio que dormir o morir, ese otro dormir de sueños inconcebibles.

Ahora que sabía la verdad detrás de la verdad, ahora que era capaz de mirar dentro de las cañerías de su propio corazón, las cosas habían

ido empeorando poco a poco. Ahí agravó su consumo de psicofármacos, a revolverlos con licores, a consumir torrentes de absenta y jager

hasta acariciar el coma etílico, y así, extático como un zombi, entregarse a orgías espeluznantes que tenían sitio en los abyectos antros

de los bajos fondos de la Capital. Los conocía todos: cámaras oscuras y cuartos rojos, glory-holes y calabozos de masoquismo infernal.

Agotaba precipitadamente su cuerpo como si quisiera morir. No se atrevía a ponerlo en palabras. Su cerebro rehuía cobardemente de cifrar

en palabras ese deseo que brotaba de la negra cloaca de la inconsciencia: morir. Quería morir. Asomó, letal como una mamba negra disparada

de la entraña tupida de la selva, y retirándose con espanto, quebró su reflejo con el puño. Más sangre, un alfabeto carmesí evolucionaba

precipitadamente sobre la cerámica pálida del lavabo. ¿Hacia dónde dirigir sus esperanzas? Esta era una palabra de significado desconocido

para él. Una palabra tan atípica como cualquier arcaísmo caído en desuso hace siglos, perdido en medio de hojarascas macilentas ni siquiera

consultada por las viejas ratas académicas.

Deambuló como un fantasma de la medianoche, poseído del espíritu de la miseria. Flotaba, (más que caminar, rápidamente,) como un obseso en acechanza,

como una enfermedad sin huésped. Su cabeza era como el núcleo de un sol muerto, donde los cadáveres de salamandras acumulados por eones murmuraban

una letanía sin consuelo, apenas un rumor horroroso en la vorágine de un agujero negro. La tarántula huesuda de su mano comprobó la presencia de un

revólver en el cinturón. No era el beneficiado por el gobierno, como soporte fundamental de su trabajo, sino otro, adquirido en el mercado negro,

de un calibre peligrosamente reservado tan solo a militares de élite, capaz de atravesar de parte a parte bloques de hormigón e interrumpir

abruptamente la tentativa de escape de un criminal montado en el mejor de los bulldozer blindados. Caminó a tientas en la oscuridad apenas saboteada

por los faros grasientos del suburbio. Llegó a una puerta conocida, barrotes de acero retorcido formando trenzas, un número despintado en un tablón

viejo. Junto al basurero, un cráneo roto con tierra dentro y un cactus velludo pequeño como el pulgar de un bebé. Empuñando la pistola golpeó

fuertemente el hierro de la puerta. El estruendo lo hubieran podido escuchar todos en el edificio. Su insistencia no se detuvo hasta que le abrieron.

Asomó, efectivamente, un revenant en bata y gorro de dormir, se fortaba una cuenca y bostezaba. Se encendió una luz sobre los dos.

—¡Silencio por favor, Psy-Mushroom!— le dijo con cómico acento, enfado y énfasis al pronunciar el nombre del nocturno visitante. Sabía que era él porque

nadie más venía a tan entrada la noche y anunciándose en todo el vecindario de aquél modo.

Psy bajó el arma, la guardó negligentemente en el cinturón, en la pelvis, casi sobre sus genitales. Estaba nervioso y en pésimo estado.

—En otras ocasiones te preguntaría qué te trajo aquí, pero puedo adivinarlo: estás casi igualito a mí. ¡Adelante!

El revenant se hizo a un lado, ofreciendo el paso al espíritu noctámbulo, que entró agitándose aterido como una vara al vendaval.

—Oh, Dios, eres tan negligente, muchacho.— Cerrando la puerta, el revenant se apresuró a conducir al recién llegado a un sofá, donde le indicó que se

recostara.

Era el cuerpo de PsyMushroom que comenzaba a resentir el abusivo e indiscriminado consumo de cócteles narcóticos. En el umbral de un pasillo

apareció una calaquita arrastrando su traje de dormir y un osito de peluche.

—¡Papáa! ¿Qué ocurre? ¿es el tío Psy?

—Mija, mi adorada mariposilla de azufre, vuelve al dormitorio, es tu tío pero quiere descansar.— Contestó el amoroso padre, apresurando el botiquín,

de la que extrajo una larga jeringa. La niña obedeció, haciendo tintinear sus huesitos al sumergirse en la oscuridad.

Psy estaba boca arriba, conocía el protocolo e intentaba sacarse la camisa, pero sus manos no parecían obedecerle. Sin embargo, tuvo aliento para

pronunciar una frase:

—Vaya ironía, un demonio apelando a Dios.

El médico se inclinó junto al paciente, y él mismo le abrió la mal colocada camisa. Al observar el cuerpo estropeado de su amigo, un malestar tremendo

lo invadió. Tenía un nudo en la garganta cuando, aplicando la larga aguja en un costado del policía, murmuró:

—Hasta los demonios creen, y tiemblan, mi pobre muchacho.

El componente amarillo ingresó lentamente en el sistema del raquítico paciente, quien abrió los ojos, gruñendo, soportando con amargura la inyección.

—Esto es lo que te pasa por no entender, Psy. — El compuesto fue inoculado en su totalidad. Sacó la aguja con meticulosidad profesional y la introdujo

en una bolsa negra para el caso, que se selló automáticamente al vacío. Después de haberla depositado en el basurero, se acercó a su amigo.

—Psy, ¿hace cuánto que no tomas agua?

Psy comenzaba a dormitar.

—Tomaré tu silencio como un "solo he estado bebiendo cocacola todos los días, como de costumbre". Para sacarte toda la porquería del sistema debo recurrir a una

desintoxicación total a base de agua, y de la chingaderita que te acabo de ensartar, joven suicida.

El revenant montó hábilmente una máquina compuesta de tuberías, sondas y un respirador. El muchacho, quince minutos después de haber llegado, estaba

recibiendo ciclos de agua purificada en su interior y una agresiva terapia de limpieza sistémica barría todo rastro de inmundicia de sus venas.

Sin embargo, el honrado doctor sabía muy bien que todo sería insuficiente si no...

—Si no "desintoxicas" tu corazón, pobre alma querida. —Y en su tono había aflicción. —No hay arte médica que pueda curarte, Hongo-Psicodélico, más

que tú mismo, si así lo deseas. Aun un amo y señor sobre la materia, un chamán superdotado y socorrido por un ejército de espíritus angelicales no

podría extirpar la enfermedad si tú, en el fondo de tu alma, no lo quieres así.

Al día siguiente, Gort, en su oficina, recibía dos telegramas de suma importancia, que habrían movilizado a las fuerzas secretas si hubiera permitido

su divulgación. El primero no le importaba, pues lo había presentido, por alguna extraña razón: Psy Mushroom no iría a verlo. El segundo, lo agitó

vivamente: la niña Okami, fugitiva de alto riesgo, había sido localizada en un extramo al nornoreste del Bosque del Ghoul. Una extraña nerviosidad

se apoderó de aquél cuerpo monumental que intimidaba a discípulos y a superiores, a ángeles y demonios. Primero sintió alivio: ¡estaba viva! Pero

luego estalló lo que aquello podría significar. Irían por ella. Debía hacer algo. Iría en persona, encubierto, con un grupo por él seleccionado y..

Escribió rápidamente, a mano porque sabía que todo era registrado en la barriga de la Bestia, hasta los mensajes más banales que pudieran entrar o

salir de sus teléfonos u ordenadores.