Repentinamente, un anillo de cacodemons. Una secuencia de "donuts" ardientes dirigiéndose hacia ellos. Estaban exahustos de llegar a la cima, pero

no había otra opción. Cacodemons silvestres, al menos doce de ellos. Onix gritó su orden: no malgastar munición: no disparar a no estar seguro de

dar el blanco.

SSG: Onix, Freeman

Chaingun: Journeyman, Tonkpils

Shotgun: Wolfdaemon

Este último se quejó internamente de llevar entre sus manos el arma más miada e inapropiada. Quiso sacar una SSG del equipaje, sabía que había otro, pero no había

tiempo. Estaban emboscados y las cabezas flotantes se aproximaban a gran velocidad, a una velocidad inusitada. Estos no eran cacodemons normales,

sino silvestres, de un color avellana y cuernos y espinas mucho más abundantes que los cacos originales, rojos, lentos, con cuernos de ternero y

amplios labios azules. Apuntar bien con la shotgun desde lejos, y dar en el blanco, era una proeza digna de BAZOOKA u otros jugadores de élite.

En una situación de emergencia como aquella, por otra parte previsible, sus manos no responderieron de una manera apropiada: temblaban mientras él

procedía a la difícil tarea de señalar el objetivo, a la vez que cuidarse de los pájaros de fuego que no cesaban de proyectarse desde todas las

direcciones.

La luz solar, filtrada a través de los gargajos ardientes, se tornaba ferozmente roja. Así, en un momento, los [ONX] se hallaron cubiertos de un filtro

color sangre.

Wolfdaemon sabía que en un escenario como aquél no se contaba con las protecciones de un campo de juego o entrenamiento oficial. Las heridas recibidas

podían ser sanadas en un solo momento, en un abrir y cerrar de ojos. La muerte, en tales casos no constituía una preocupación seria. Pero en el "mundo

real", al aire libre, los riesgos eran también reales, y los monstruos mucho más agresivos. Estaba en riesgo de morir, y esta idea se fijó en su mente

como una inquietante mancha que no te permite ver con claridad. Un vocerío se desató en su cabeza. Las cabezas flotantes estaban muy cerca.

Onix tomó una roca, más bien un poliedro anguloso, y lo arrojó en dirección de uno de los cacodemons más cercanos. Dió en el blanco, produciéndole

un aturdimiento momentáneo que aprovechó para darle de lleno con la SSG: un centenar de glóbulos de níquel constelaron el enorme rostro del demonio,

reventándole su ojo único y produciéndole una hemorragia incontenible. Journeyman recibió dos, tres fogonazos, muslo, barriga, hombro, pero continuó

haciendo sonar el motor de la metralla. Los cacodemons caía despanzurrados sobre las rocas, como globos aerostáticos acometidos en lo más glorioso de

su vuelo por pájaros de acero punzocortante. Freeman ajustició a uno con una maniobra espectacularmente riesgosa: provocando a uno, consiguió que se le acercara

lo suficiente, evadiendo con mofas y bailes los ataques del caco, hasta tenerlo cara a cara y cuando el monstruo abría la boca para engullirlo, Freeman

saltó hacia el disco hula-hula mortal que se abría frente a él, haciendo tronar la super-shotgun en el interior del animal, que fue propulsado en

dirección opuesta dejando un vómito sangriento a su paso y... bañando con él al impertinente Freeman.

Wolfdaemon disparó su primer tiro: los cuatro perdigones, pese a la amplitud del rango que alcanzaban conforme se iban distanciando del cañón, apenas

rozaron a la feroz calabaza flotante. Comenzó a temblar como nunca lo había hecho. Sin duda, era muy fácil, en demasía, hacerse el valentón durante

una campaña bajo el sistema del ZDWorld. Sin duda era muy fácil darlo todo cuando no había nada qué perder. Entonces, era capaz de enfrentarse junto

con Onix y los demás a un millón de aquellos monstruos idénticos o mucho más feos a la escasa docena que los rodeaba. Era capaz de asaltar una Babel

diabólica decorada desde el sótano a la azotea con cadáveres humanos desmembrados y vitrales diabólicos, poblada por todos los monstruos conocidos

del ZDWorld desde hacía centurias, y por otros mucho más hórridos que eran el resultado de grotescas hibridaciones de laboratorio. Él solo era capaz

de introducirse a complicadas mazmorras donde repentinamente te bloqueaba el paso una jauría de Barones escoltados por revenants y bajo la protección

implacable de un molesto y escurridizo Arch-Vile. Pero, ¿y ahora que la paga podía ser muy alta? Esta era la hora de la prueba suprema. Si no la pasaba,

el valor no había sido más que una ficción momentánea, un medio de proporcionar alivio al profundo instinto depredador de los hombres. Cargó nuevamente,

se acuclilló, rodó por el suelo, tiró nuevamente. Gritó, apartando una pierna, no tanto de dolor como sí de susto: una bola de fuego lo había alcanzado.

Cuando quiso cargar otra vez, sintió sus manos tan débiles que apenas pudo soportar el peso del arma. Lo cubría la sombra de un cacodemon, con toda su

fealdad arrugada, con la máscara curtida repugnante, cubierta de vetas y pinchos, con esa piel viscosa de cocodrilo, y ese ojo repil devorándolo con

antelación. El arma chasqueó al caer sobre las rocas. Estaba pálido, creyó que moriría.

—¿¡Qué chingados te pasa pasa, Wolf!?

Era Tonkpils, que ya había devuelto al infierno a tres almas. Corrió hacia donde su amigo se iba contrayendo como una pupa aterrada. El disco de su chaingun

rotaba estallando y racionando de muerte a cuanto se le interponía. El caco que agobiaba a su amigo cayó reducido a jirones: una alfombra sangrienta de

humeantes serpezuelas indefinibles caracoleaban inconscientes sobre las perforaciones del grueso calibre.

La masacre se efectuó en pocos minutos. La práctica de años los había vuelto eficientes y reactivos. Aquella cima peñascosa quedó enrojecida y cubierta

de cadáveres semejantes a globos desinflados. Journeyman, a manera de cruel coronación de victoria, se meaba sobre uno muerto por él.

360° de un paisaje que arrebataba el aliento. Horizontes de bosque, desiertos, montañas y nieblas misteriosas. Onix jadeaba, apoyado en la SSG. Journeyman

fue a ponerse junto a él, y poco después el Freeman, arrancándose a truscos la guácara maloliente que le embadurnaba el cuerpo. Este último rompió el solemne silencio que sigue a toda carnicería:

—¿Y pa'dónde jalamos, compas?

Mientras tanto, Tonkpils trataba de sacar a Wolfdaemon de su trance.

—¡Wey! ¿qué te pasa?

Wolfdaemon había tratado de decir algo, pero apenas pudo articular algunas sílabas inconexas. Se hizo un ovillo que no se movió bajo las agitadas protestas

de su amigo. Se había desmayado.

Onix estaba a punto de indicar el rumbo cuando Tonkpils irrumpió en un grito, llamándolos de un modo tan imperioso que los tres saltaron de donde estaban.

Tonkpils trataba de reanimar a su amigo. Freeman se apresuró a comprobar su estado. Hizo una seña para que los demás guardaran silencio.

—Tiene pulso— dijo al cabo—, y bastante audible. Además respira y eso es evidente. Está desmayado— fue la conclusión.

—¿Alguna herida?— dijo Onix, acercándose, pero él mismo descubrió el harapo calcinado a la altura de la pantorrilla. Este espacio abierto en la tela que lo

envolvía mostraba la piel apenas enrojecida como pudiera hacerlo el contacto brusco con un chapoteo de agua hirviente. Así lo indicó.

—Esto no es suficiente para desmayar a alguien, no como causa física en sí misma, sino psíquica.— Explicó el líder, y luego, dirigiéndose a Tonkpils:

—¿Viste qué le pasó, Tonk?

Este negó con la cabeza.

—No vi bien, pero como que tenía mucho miedo. Una de estas mierdas lo tenía acorralado, o eso creo, no sé, pero estaba muy cerca, como que no supo cómo

reaccionar.

—Es extraño...— murmuró Onix, pensativo, recordando que había visto a Wolfdaemon actuar extraño y distante de hacía tiempo. Supo que su estado psíquico

había alcanzado cotas inestables desde que recibieron la condena de salir de la Capital, de ahí su estado evasivo y de actuar como a regañadientes, como si

le costara un esfuerzo indecible cada acto. Había colapsado. Ahí su conclusión. Pero de esto no dijo nada. Se decidió a hablar con Tonkpils más adelante.

—Está bien. ¿Hay suficientes cosas para acampar aquí? (La respuesta fue afirmativa? Nos quedaremos aquí, entonces, lo que queda del día, y mañana por la mañana

partiremos hacia allá. (Señaló lo que parecía ser una hondonada verdinegra, como el comienzo de un bosque, allá lejos; todos asintieron con su ¡haaai, sencho!).