Gort solicitó una licencia al Alto Mando: se retiraría a su villa privada por cuestiones de salud, o así lo hizo saber. Más allá de Greenwar, donde todavía

había colinas idílicamente cubierta de esponjoso musgo verde, se abría paso un camino de blancura lechosa que conducía a un palacio meriodional, a un castillo

griego, una fastuosa residencia de ensueño.

A través de aquella carretera abierta por sus propias manos de labrador experto, Gort se iba sumergiendo en una languidez insospechada para un monstruo con

un historial como el suyo. Abrió la ventana del coche donde lo iban escoltando, y respiró la profunda y deliciosa fragancia del pastizal eternamente joven.

Se preguntó si, más allá del promontorio Revëdere se encontraría ese muchacho soñador acariciando su guitarra, ese Shedinja holgazán al que se le olvidaba

su deber de pastorear los rebaños de su señor.

Allí todo era pureza insoslayable. Allí, podía ser niño nuevamente. ¿Habría ya nacido la hija de Louise, su ama de llaves? Pensó que lo primero que haría

sería destinar una habitación bien amplia para que el bebé y la madre pudieran descansar, jugar, etcétera. Quiso pensar en los deberes de patrón que le

aguardaban en la Villa, su villa de marfil, su propio y personal castillo en el aire. Pero no solo eso: saboreó con antelación las largas horas que

pasaría en su Arcade Room, con sus cientos de videoconsolas de todas las generaciones: nada lo enervaba tanto como tener entre sus dedos de gorila esos

antiquísimos ladrillos de plástico traslúcido, con su pantallita de cristal verde olivo, los botones de tacto tan satisfactorio... Únicamente su honda e

inexplicable fascinación por las maravillas de ese mundo obsoleto y enterrado le hacían creer en que algo como la reencarnación podía ser posible. Después

de todo, cuando él nació ya era la época de las grandes máquinas inmersivas: la realidad virtual era un hecho: el entretenimiento había penetrado la epidermis

de la vida cotidiana, hasta volverse casi indiferente de ésta. Solo unos pocos espíritus arcaicos eran capaces de sentir un rechazo instintivo hacia ese

hipercubo-prisión que... que ni siquiera él supo eludir, encontrando su único refugio únicamente por medio de servirse de las herramientas de ese monstruo

geométrico que era el Sistema, y sus herramientas, entiéndase tentáculos, entiéndase circuitos, entiéndase agente conductor, entiéndase es-cla-vi-tud.

Hace muchos años, cuando descubrió que sus propios músculos no eran sino una prolongación de una voluntad que no era la suya, ni siquiera la de sus superiores

inmediatos, sino que era la voluntad de una abstracción dominadora y ciega, fue que había nacido en lo más secreto de su corazón el ímpetu primordial de

la rebelión.

En el porche del albo castillo, Louise lo recibía con una criatura de pecho en brazos. Junto a ella, Dingo el mayordomo y Fórceps el jefe de seguridad.

Después, sacudiendo un paño a modo de saludo, la inmensa fisonomía, la gordura hiperbólica, la elefantíaca monumentalidad de Mikhail, el Maestro de la

Cocina, cuya silueta podría valerle una descarga de plomo si se viera cercano a un campo de entrenamiento militar, dada su semejanza con el Mancubus...

Además, los cocineritos, los pinches, los pajes, toda la servidumbre recibiendo a su querido amo después de una larga temporada de... pasárselo bomba con

él ausente. Sin embargo, su retorno no era en absoluto recibido con temor o pesadumbre, ya que, pese a su pésima fama de hombre severo y despiadado, era

un Señor del hogar que amaba casi como a sus hijos y hermanos a cuantos lo acompañaban en su soledad enorme, además de otorgarles licencias en demasía,

sueldos justos y propinas sorprendentemente jugosas.

Su corazón aleteó con alegría infantil al ver a su variopinta -familia- de los cuales ni uno solo compartía un lazo de sangre con él. Al bajar del auto,

lo recibieron los aplausos y los vítores. Estaba a punto de estrechar en brazos al primero que tuviera a su alcance, pero le cercaron el paso la pareja

de soldados que lo escoltaban. Los dos saludaron a su jefe, y uno de ellos realizó una seña que únicamente Gort podría entender, a la altura del pecho,

y después lo saludó. Una sombra atravesó el ceño del comandante, y estuvo a punto de despacharlos con un apelativo denigrante o la orden imperiosa y

feroz de largarse rápidamente. Pero consiguió contenerse. Asintió, inclinando ligeramente la fabulosa calva de bronce, y con la mirada penetró el cristal

del casco del cadete que le transmitió el mensaje, produciéndole al miserable un escalofrío difícil de ocultar. Le abrieron el paso y se retiraron al instante.

El automóvil blindado del gobierno dió la media vuelta sobre el empedrado y se alejó rápidamente. Para Gort, la única mácula en el aquél edén personal.

Antes de que pudiera volverse en dirección a su familia, abrió mucho los ojos: su cara de moái se ablandó en un cómico gesto de asombro y terror: su cuerpo

entero se sumergía en la tibia masa de un abrazo, como si hubiera resbalado en la gelatina de un hambriento slime: lo estaba abrazando Mikhail: la única

persona superior a él en altura, anchura y, en suma volumen, y todo esto en una proporción irrisoria que lo hacía ver a él como un pequeñín junto a un

cachalote.

—¿Mii-Mikhaiiiil!?— Dijo, como si gritara, riera, llorara o todo ello a la vez.

Una caterva de risas: su familia lo rodeaba, y a su vez se lo iban turnando en un abrazo múltiple de oruga o ciempiés.

Había vuelto a casa. Alegría. Paz. En los amplios pétalos de Taj-Mahal, loto flotante, ni un solo recordatorio de la vida que llevaba en la capital. De

hecho, sus esfuerzos por construir aquél oasis invencible e inmaculado, habían seguido, en lo tocante a la distancia y la latitud, la guía de borrar del

horizonte el odioso ramillete de agujas de la Capital. Aquí podía contemplar un disco de horizontes verdes, sin otra cosa que una prístina bóveda acuazul

en torno.

Le había costado, pero a los pocos años aprendió a dejar de prestar atención a ese gusanillo metálico que le enturbiaba cada periodo vacacional, recordándole

¡hey, esto no es para siempre! ¡el tiempo vuela y pronto estarás zambutido en la nébula malsana de tu despacho, y la brisa herbal estará muy lejos y en cambio

tus narices recibirán la visita de ácidos perfumes artificiales, flores creadas en laboratorio...! Cabezas de hipócritas que tocarán el suelo ante tu presencia,

lenguas aduladoras, los aplausos de los viles, la soberbia de los burócratas, la pestilencia de la plebeyez de los amos del mundo...

Parásito eléctrico, ya no eres bienvenido en mi cerebro, ni en mi pecho, ni en mi vientre. Ahora era capaz de respirar con profundido gozo cada ocasión.

Nada, nada que le recordara esa otra vida, esa otra vida gris y brutal que tenía como primer motor el impetuoso deseo de dominación de... ¿Quién? ¿Quién

detrás de quién? Había aprendido, conforme vivía, conforme pasaban largos años de servidumbre condecorada, de adulacioens, sueldos y vítores de una plebe

ciega, sorda y muda, que siempre había alguien detrás del de arriba. Alguien arriba del jefe, obrando a la sombra. Y cuando se conseguía desentramar la complicada

y caótica maraña, se descubrían asociaciones y máscaras detrás de cábalas, pseudónimos que protegían no a uno sino a varios anónimos, fantasmas inquietantes

que parecían dotados de una liquidez proteica que los volvía inalcanzables aun para la maquinaria feroz de las instituciones más poderosas del gobierno.

Sabía mucho, pero no lo suficiente. Quizá nunca sabría quién estaba detrás del último quién. Quizá hasta la más temeraria de las pesquizas únicamente conduciría

al antepenúltimo quién o quiénes.

Por fin estaba solo. Y no es que le pesara en absoluto la alegre algarabía de su familia adoptiva, pero es que estaba fatigado hasta la médula. Había cogido

entre sus brazos a ese bebé pequeño como un melón, y sentido en lo profundo de su pecho una felicidad inexplicable, una tibia amalgama de sensaciones nunca

sentida. Había sido estrujado en la mole del jefe de cocina, con tan apasionada y melosa insistencia, que, aunque agradecido con las muestras de afecto,

había sufrido como si le hubiesen aplicado una poderosa llave de lucha libre. Los demás obreros de la casa le presentaron sus cariñosos respetos, y el

mayordomo, Dingo, le pasó revista de las cuentas y diversos incidentes acaecidos en su ausencia. Afortunadamente, nada grave, niñerías a lo más. Quiso saber

de Shedinja y los rebaños. Fórceps le dijo que el muchacho pasaba por una crisis amorosa: se pasaba las noches armando jaleo, ebrio de poesía y de licor de

caña que él mismo destilaba mediante un equipo insalubre construído también por él con montones de chatarra recogida de los basureros. Es que estaba enamorado

de una muchacha, un hada rubia, una niña güerita, según los desgarradores versos que se le oía cantar por las madrugadas, en los senderos, en las montañas.

Pero su trabajo era llevado impecablemente. No es que se requiriera poseer una enorme destreza o ser muy ducho o un matemático de renombre para pastorear

ovejas, pero lo importante era que no se desbandaran o perdieron y esto lo cumplía al pie de la letra. Todo estaba en orden.

Pidió a Mikhail uno de esos filetes a lo Salt Bae, término medio, bien rojo, con sangrita, que casi se puedan escuchar los mugidos, salado y especiado con

los ingredientes más finos. Solo ahí podía comer como le venía en gana: debido a la absurda política de austeridad implementada por AF-Domains, todos los

funcionarios del gobierno sólo podían ingerir los alimentos dispuestos en la cafetería local. Y esto casi siempre era un puñado de arroz blanco y un troncho

insuficiente de pierna de pinki en salsa de ojo de cacodemon. Aquí se podía chingar un banquete sin remordimientos ni limitaciones. Pidió también, ya en su

aposento, mediante un pajecillo, unas salchipapas, un pollito frito bien sabroso, lomo de cordero ahumado, mono tití rostizado bronceado con miel egipcia,

y unos Cheetos Flaming Hot. Y para bajarlo todo, una Pepsi-Cola bien helodia. Al quedarse solo, se despojó del rígido traje, con desprecio, y, desnudo,

sepultó el odiado uniforme en el ataúd de la ropa sucia. Se enfundó en una bata persa con estampado de ocelote, y sus pies de gorila los embutió en unas muy

apropaidas pantunflas de oso grizzly con todo y garras. Sacó de una nevera una botella de coñac y de un solo trago se chingó un tercio. Ya en su sofá, el

calorcillo del alcohol le iba sentando muy placentero. Sin embargo, había algo de falso en todo ello. Algo de fingimiento. Un esfuerzo antinatural que

subyacía bajo las apariencias. Era claro. La inquietud comenzó a manifestarse con todas sus fuerzas cuando sus ojos se cerraron influenciados por el delicado

licor que relentizaba la sangre de sus venas con la consistencia de la miel que se desliza por la tráquea de Winnie Pooh. Sí: los ojos se abrieron como

impulsados por un resorte. El gusano, el parásito eléctrico agitó la vellosidad de su cuerpo gelatinoso, dispersando las esporas del malestar a través

de sus sistema nervioso. Nítidamente, como del cráter de un volcán, surgió la imagen del marine que, antes de hacerle el saludo de rigor, realizó una extraña

seña a la altura de su pecho. ¡En un momento como aquél! ¿¡Cómo se atrevía, ése imbécil?! No el mensajero, sino el autor del mensaje: los dedos, en aquella

dispocisión, era un código de rango militar que quería decir MENSAJE URGENTE, REVISAR CORREO. Y sabía su procedencia. Era verdad. Sus vacaciones no eran

sino una excusa para seguir la huella de Okami y protegerla de la amenaza del gobierno. Era verdad, sí, seguía trabajando, aunque para sus intereses

arriesgadamente opuestos a los de la Capital, pero, aun así, pensaba cumplir su parte en la protección de la muchacha, y regresar a su villa, a hurtadillas.

Si se había instalado directamente en el castillo de aéreo marfil se debía a velar sus intenciones, a disimular, aunque era verdad que nada deseaba tanto

como dimitir y obsequiar el último tercio de su vida con el sosiego bucólico de un cuento de hadas. Pero no podía hacerlo todavía. No con tanto por enmendar,

no con tanto por delante. Debía contribuir a la Ruina de la Ramera que le dió de comer, debía ser el Bruto que uniera su acero traidor a las 23 puñaladas

en el cuerpo macerado del César.

Et tu, Brute!

Ya era un canalla consumado. Ya era un traidor. Sus palabras, sus juramentos, los extensísimos códices de honor con que el gobierno se garantizaba la lealtad

de sus animales domésticos, toda ello no era más que una colección de mentiras en las que no podía creer más.

Había visto demasiado, eso era todo.

Y pese a su aparente serenidad de dios caníbal, como uno de éstos, su inexorable faz de piedra escondía un tumulto incontenible: sus raíces bebían del magma

de la Tierra, y su cabeza era un volcán sellado. Ahí estaban todas las fuerzas de la destrucción y la creación. Ascendió del abismo, pero se dió de bruces

ante la techumbre bochornosa de una falsedad bien construida, meticulosamente construída durante siglos, como un pájaro liberado de una jaula, dentro de un

teatro donde se ofrecen representaciones que ostentan el cariz de absoluta verdad. El aguardiente, la morfina no era capaz de ofuscar el aguijón de este

ácido descubrimiento que lo había atormentado durante tanto tiempo. Era hora de ruinir todas sus fuerzas y, formando un ariete invencible, horadar la cúpula

de esa mentira pétrea.

Comenzó a sentirse irritado: la sombra de un temor extendió sus alas de buitre. No tuvo más remedio: arrancó la masa goliática* del asiento y sacó de un

cajón una especie de tableta, muy delgada y flexible. La sujetó con ambas manos y al momento, como si el aparato respondiera a voluntad, comenzó a brillar

y emitió en su superficie una pequeña proyección holográfica: algunas letras, un tablero de comandos, un icono sonriente con forma de xxxxxx dando la bienvenida

al usuario. Murmuró "correo", y al instante se desplegó su bandeja de entrada. Además de boletines del gobierno, ofertas de casinos, páginas web diversas

y toneladas de spam de páginas hentai y cadenas de "si no lo reenvías se muere tu familia", uno de ellos aparecía subrayado con rojo urgente.

A un susurro inaudible, el mensaje, de remitente AF-Domains, ocupó la totalidad del área lumínica.

Una,

dos,

tres.

Tres palabras enormes. Tres palabras que eran, así mismo, un sombrío silencio piramidal, una amenaza cosmogónica en tres actos, una espada que apoyaba

su gélida punta en la cerviz.

Una llamarada de ferocidad, de pies a cabeza. Gort el militar sanguinario desgarró la piel de oveja del Gort hogareño y soñador.

Un rugido profundo sacudió sus tripas, el fervor explosivo de una olla de presión donde se fraguaba un peligroso componente reactivo.

Un borboteo descomunal de bestia enloquecida.

Las falanges férreas de sus manos se contrajeron como la cola de un escorpión herido, estrujando el aparato consigo. Después de arrojarlo con sonoro desprecio,

se dirigió al cuarto anexo, donde poseía una vasta colección de libros y retratos, y se dirigió a un escritorio. Se sentó frente a él. No cesaba de rugir,

quería gritar, desahogarse destrozándolo todo. Los ojos del Minotauro manaron lágrimas de azufre.