Disclaimer: Nada de esto me pertenece. todo es obra de Rumiko Takahashi. Este fanfic está escrito sin ánimo de lucro.

"Y las grullas lo prometieron, al ver llorar a Orihime desconsolada. Una vez al año, en la séptima noche del séptimo mes, batirían sus alas y crearían un puente para que Hikoboshi pudiese cruzar el río Amanogawa, que separaba a los dos amantes.

Así sucede cada año, una sola noche en la que Orihime y Hikoboshi se reúnen en el cielo. Una noche que esperan durante otras cientos de noches y que arde como los deseos de los enamorados que cuelgan de los árboles de bambú.

Una noche en la que los amantes están juntos."

1. Una vez vez al año

Calor. Hacía un calor infernal y los grandes ventanales del Furinkan actuaban como una lupa gigante: el aire era sofocante y el ambiente, tras varias horas de aquel sol implacable, estaba cargado. El dichoso uniforme, con su camisa blanca y su vestido turquesa no era precisamente la ropa más adecuada para la última semana antes de las vacaciones de verano; el sudor se le concentraba en la espalda y hacía que se le pegara el flequillo azulado a la frente. Al menos esta sería la última clase con Hinako: al día siguiente era el último día del trimestre. Disfrutaría de unas semanas de merecida libertad.

Akane cambió de postura en su silla, intentando luchar contra el sopor que la invadía y miró a su alrededor. El resto de sus compañeros parecía estar en las nubes también, sólo alguno de ellos anotaba algunas indicaciones de la profesora Hinako mientras seguían su movimiento delante de la pizarra. Ya había dado la clase por perdida: luego le pediría a Yuka o Sayuri las instrucciones para el trabajo de verano. Vio a ambas, sentadas en las filas de la parte delantera y sin posibilidad de distraerse. En los pupitres del medio, donde Akane se sentaba, algunos garabateaban en el cuaderno, dos compañeras se pasaban notas sin ningún disimulo, alguno incluso se permitía cabecear y otras, como Ukyo, contemplaban con mirada soñadora la zona de atrás.

Allí era donde más alumnos dormitaban. Siguió la mirada de Ukyo, sabiendo de sobra a quien miraba: estaba recostado sobre el pupitre y sólo se veía su pelo negro recogido en una trenza, pero indudablemente dormía. Ese tonto de Ranma…

–Saotome, con Kuonji.– Un ligero gritito de emoción hizo que Ranma se incorporara y mirara asustado alrededor.– Hayahashi con Izumi. Gosunkugi con Tendo…

Akane dio un respingo al escuchar su nombre y se giró hacia delante. Sus compañeros parecían haber despertado del letargo y miraban alrededor, preocupados por escuchar sus nombres cuando sólo faltaban minutos para que terminase la clase. La profesora Hinako seguía leyendo sin levantar la vista de su libreta, ajena al revuelo que se había formado entre los estudiantes. Confundida, Akane miró a Gosunkugi que la observaba con una gran sonrisa en su delgado y pálido rostro. ¿Qué se había perdido?

– Y recordad, los trabajos deben tener una extensión mínima de 5 hojas, en el formato de siempre. Los recojo a la vuelta. La biblioteca está abierta esta tarde y mañana: después estará cerrada por las vacaciones de verano, así que aprovechad estas dos tardes para trabajar juntos. Podéis incluir fotos y objetos en él, las parejas que incluyan caramelos tendrán ocho puntos extra. En el mercadillo del festival de Tanabata están mis favoritos. ¡Qué casualidad!– Hinako soltó una risita que no engañó a nadie: el trabajo era una excusa para conseguir caramelos gratis. En ese momento, la campana que marcaba el fin de las clases interrumpió a la profesora. – ¡Hasta mañana, chicos!– exclamó con voz infantil y salió disparada del aula mientras los alumnos recogían sus maletines.

Akane se levantó de su silla, dispuesta a acercarse a Yuka y Sayuri para que le contaran la tarea que tendría que hacer. Por el rabillo del ojo vio que Gosunkugi se aproximaba a su mesa, se apresuró a recoger y dirigirse hacia sus amigas. Acabó de cerrar el maletín rápidamente y se giró, dándose de bruces con una camisa china roja.

–Eh, Akane, ¿te has enterado de algo? Casi me duermo –habló Ranma con franqueza.

Akane miró a Ranma, entornando los ojos con desconfianza.

–¿Casi, dices?– Ranma se rascó la cabeza, intentando disimular– Yo tampoco me he enterado de qué hay que hacer muy bien, con este calor no hay quien se centre…

-¡Ranchan!– interrumpió Ukyo, colocándose entre los dos y obligando a Akane a dar un pequeño paso hacia atrás– Akane –saludó con un tono más frío pero educado – ¡Estoy tan contenta de que nos haya tocado hacer juntos el trabajo! ¡La leyenda de Tanabata, Orihime y Hikoboshi!

–¿Un trabajo sobre la leyenda de Tanabata? – se deprimió Ranma. En su cabeza eso sonaba a horas y horas de copia. Akane hizo una mueca ante la cara de tristeza del chico.

–Nunca entenderé esa capacidad tuya de escuchar sin prestar atención, Ukyo– dijo Akane, moviendo la cabeza. La cocinera le sonrío por respuesta.

-–Podemos ir juntos a comprar los caramelos al mercadillo de Tanabata, aunque los fuegos artificiales fueron el sábado el mercadillo seguirá unos días…Ay, ¡hola, Gosunkugi!

–Akane Tendo, qué honor hacer el trabajo juntos. – interrumpió Gosunkugi. Saludó con una inclinación de cabeza a Ranma y Ukyo–Tengo todas las anotaciones de Hinako.– dijo dando golpecitos a su libreta. Fijaba su mirada en los pies de Akane, incapaz de mirar a la chica a los ojos–H-he pensando que po-podríamos ir a la biblioteca ahora y empezar el trabajo ya.– musitó con timidez.

A su lado, Ukyo parloteaba a la vez que se agarraba del brazo de Ranma:

-¡Qué buena idea! Hacer hoy la parte escrita y mañana por la tarde, que ya estaremos de vacaciones, ir tranquilamente al festival juntos a por los caramelos.–la cocinera ya se veía en una romántica cita con Ranma.– Estoy pensando que tal vez podría comprar algún ingrediente especial, siempre vienen comerciantes de Hiroshima.

Ranma se zafó del agarre de Ukyo, incómodo.

–¿ A comprar caramelos, dices? ¿Y por qué…?

–Me parece bien, Gosunkugi.– dijo Akane girándose hacia el chico e interrumpiendo a Ranma. No pensaba quedarse a escuchar el plan romántico de estos dos: normalmente se llevaba bien con Ukyo, pero el asunto cambiaba cuando el joven estaba involucrado.– Voy a despedirme de Yuka y Sayuri, te veo en diez minutos en la biblioteca. ¿te parece?– y se alejó sin esperar respuesta.

Ranma la siguió con la mirada. ¿Qué mosca le había picado ya? A su lado, Ukyo seguía hablando, incesante. O no se daba cuenta de que no le hacía caso o le daba igual. Gosunkugi también miraba a Akane, mientras murmuraba:

–Oh Akane Tendo, por fin tendré una oportunidad.–Se quedó en silencio unos instantes y Ranma se esforzó más en oírlo y en ignorar a Ukyo, que seguía con su monólogo– ¡el omamori! Tal vez si consigo un poco de cabello...–Gosunkugi se agachó para buscar algo en su mochila.

–…tiene recopiladas casi todas las leyendas, ¿no crees Ranchan? ¿Te parece bien?– le preguntó Ukyo. – No te preocupes, yo te ayudaré en todo.

–Eh…vale.–contestó no muy seguro de lo que le estaba contando la joven. Pero Ukyo había dicho las palabras mágicas, contaba con que le dejara copiar o al menos le diera unas instrucciones. Él no estaba hecho para la escuela y lo consideraba un poco pérdida de tiempo, exceptuando el ámbito deportivo.

La sonrisa de Ukyo se acentuó.

–¡Genial!. Te espero en la biblioteca mientras recoges que quiero ir al baño a refrescarme un poco.–se despidió. Dejó pasar a varios compañeros y salió por la puerta de clase.

–¡Aquí está! – Gosunkugi finalmente había acabado de rebuscar en su mochila y Ranma dirigió su mirada hacia él. Al sacar lo que sea que tuviera en la mano se le había caído también un librito de aspecto gastado a los pies del chico de la trenza, que se agachó para recogerlo. Iba a dárselo a Gosunkugi cuando algo le llamó la atención.

–Pero qué…¡son todo fotos de Akane!– exclamó indignado Ranma mientras veía a Akane en multitud de lugares: en su habitación, corriendo por el barrio, entrenando con su gi. En todas ellas la joven no miraba a la cámara y estaban descentradas, por lo que parecían sacadas sin permiso.

Gosunkugi intentó sin éxito arrebatarle el álbum, movimiento que aprovechó Ranma para cogerle la mano y ver lo que había sacado de su mochila: era una bolsa hermética de plástico.

–¡Devuélvemelo!

–¿Estás de coña, no?¿Cuándo se las has sacado? ¿Se las estás dando a alguien?– ya se estaba imaginando otra movida con los Kuno. Al final el perjudicado había sido él y sintió un retortijón en las tripas al pensar en Akane metida en algo así.– ¿y para qué narices quieres la bolsa?

–¡No, son mías! —exclamó Gosunkugi– La bolsa es para… ¡guardar las sobras del almuerzo, eso es!–a su vez intentaba tapar con el pie la mochila, que había quedado abierta: se asomaba un muñequito hecho de paja vestido con un gi amarillo inconfundible.

Ranma intentó respirar hondo y luchar contra las ganas de partirle la cara a Gosunkugi: por lo que lo conocía estaba claro que tenía pensado intentar algún rollo vudú con Akane. Le soltó la muñeca mientras el otro chico se frotaba la muñeca, dolorido. Cerró los ojos, así era un poco más fácil aguantar la tentación de mandarlo a volar.

–Esto lo tiraré yo.–dijo, quedándose con el álbum.– Lárgate, Gosunkugi.

Sólo cuando escuchó los pasos alejarse abrió los ojos. ¿Cómo se arreglaba Akane para encontrar a todos los pirados en un kilómetro a la redonda? Vale que el no era el paradigma de la normalidad (aunque a ella su maldición no parecía importarle) pero todos los tipos que la rondaban parecían tener algún tipo de peculiaridad. Su prometida además tenía la increíble habilidad de ser amable con todos ellos, excepto con él, pensó con un poco de rencor. Se quedó observando unos segundos la foto del álbum: había quedado abierto, con una inmóvil y sonriente Akane en el patio con sus amigas comiendo bento. En el fondo de la imagen se veía a Kuno y a él mismo en lo que parecía una de sus típicas peleas.

¿Qué podía hacer con esto? Tirarlo en el Furinkan le parecía una pésima idea, con su suerte Gosunkugi (o peor aún, Kuno) lo encontraría. Miró a su alrededor, el aula estaba vacía. Guardó rápidamente el álbum en su maletín, escondiéndolo entre el libro de inglés y el de aritmética y salió de clase, pensando en por qué estas cosas acababan siempre pasándole a él… y a Akane.


Akane, que en ese momento tenía la mirada fija en uno de los volúmenes de la biblioteca. Aquel lugar, más fresco, se encontraba ocupado únicamente por su clase por lo que los diferentes equipos hablaban en voz baja para no molestarse. Akane había recopilado varios volúmenes sobre mitología e incluso un enorme atlas del espacio en el que aparecían las diferentes constelaciones, buscando información para redactar aquel trabajo. Gosunkugi había llegado unos momentos antes, con expresión indescifrable y se había sentado en su mesa pero a un par de sillas de distancia de ella. Perpleja, movió su silla para organizar las tareas sin tener que levantar mucho la voz, mientras el chico asentía con la cabeza sin perder de vista la puerta de entrada de la biblioteca.

En su mismo campo de visión se encontraba Ukyo, con varios libros dispuestos a su alrededor aunque sin prestarles mucha atención. Se había sentado de espaldas a la mesa de Akane y alternaba miradas nerviosas a la puerta y a los libros, donde marcaba distraídamente las páginas que tendrían que copiar para el trabajo.

Por fin, escuchó la puerta de la biblioteca abrirse y, al levantar la mirada vio a Ranma acercarse. El joven de la trenza se sentó frente a ella mientras la saludaba con la cabeza y paseaba su mirada por la estancia. Cuando miraba por encima del hombro de Ukyo una chispa de alivio apareció en sus ojos y se dispuso a prestarle atención. Cuanto antes empezase, antes acabaría y podría irse a casa, pensó.

Poco después Akane, que ya había terminado de marcar con Gosunkugi la tarea, escribía con pulcritud en la hoja la información importante: Orihime, la estrella tejedora, trabajaba en las orillas de la Vía láctea cuando conoció a Hikoboshi, el pastor de bueyes. Ambos se enamoraron y bajo la bendición del Rey Celestial se casaron. Gosunkugi escribiría el final de la historia, en la que ambos enamorados descuidaban sus tareas y eran castigados a no verse, siendo separados por el río celestial. Finalmente, les permitían reencontrarse una vez año, en la noche de Tanabata, pero como el río de las estrellas no tenía puente las grullas debían ayudarles.

La joven de pelo corto escribía de forma automática mientras pensaba en el festival de Tanabata que se celebraba estos días. Ella y Ranma habían acudido con sus padres al festival a ver los fuegos artificiales el fin de semana anterior. Nabiki y Kasumi habían declinado la invitación y prefirieron ir con las amigas de la primera por separado. Se habían visto envueltos en una serie de problemas – su prometido parecía tener un imán- tras escribir sus nombres en los tanzaku. Ella realmente lo había dicho en serio, lamentaba que Ranma hubiera pasado por todo eso ¡incluso había sido atrapado en los fuegos artificiales por recuperar su papel! La verdad es que ella sólo que sus nombres estuvieran juntos…

-¡Qué pena que no me avisaras para ir al festival de Tanabata! – levantó la cabeza cuando escuchó la voz de Ukyo en un tono más alto y vio como Ranma movía rápidamente la cabeza. ¿Acaso la estaba mirando a ella?– De todas formas estoy segura de que aún podremos comprar algún árbol de bambú – continuó Ukyo mientras Akane contemplaba a Ranma, perdida en sus pensamientos.

¿Y Ranma? ¿Qué había querido decir con lo de ellos eran como Orihime y Hikoboshi? Sus padres les habían interrumpido, como tantas otras veces y después Ranma se había vuelto tan hermético como siempre. Algunas veces parecía querer decir algo que no fuera una fanfarronería o una burla a su costa, pero otras veces…

Otras veces se comportaba como un cretino insoportable, justo como en ese momento, pensó Akane mirándole ceñuda. Ranma miraba al pobre Gosunkugi de mala manera, tanto que Ukyo se giró en la silla para ver qué ocurría. Al verlos, empezó a hablar en voz baja mientras acercaba su boca al oído de Ranma, que continuaba con el ceño fruncido mirando a su compañero de trabajo. A Akane empezaron a pitarle los oídos al ver la escena ¿pero dónde se pensaban que estaban?.!Era una biblioteca, un sitio público! ¡Maldito degenerado! Cogió de nuevo su bolígrafo con fuerza y continuó escribiendo furiosamente, las palabras quedaron marcadas en el papel.

Ranma por su parte, ignoraba a Ukyo mientras vigilaba a Gosunkugi. Sabía lo que era que le sacaran fotografías e incluso que le chantajearan con ellas como Nabiki y no tenía pensado permitir que le ocurriese lo mismo a Akane. No paraba de darle vueltas a las fotos que tenía de ella en su habitación, ¿cómo es que el enfermizo de Gosunkugi había conseguido fotografiar ahí a Akane? ¿qué clase de artista marcial era él si no era capaz de proteger a Akane en su propia casa? La observó bufar mientras escribía furiosamente en su hoja. Recordó que no le había preguntado a Gosunkugi y le invadió la preocupación. ¿Y si tenía más fotos de ella? Ranma pensaba en cómo podría hacer para averiguarlo.

Unas par de horas de miradas furtivas y resoplidos después, Akane cerraba los libros y se levantaba para guardarlos en las estanterías de la biblioteca. Gosunkugi prácticamente no había hablado con ella aunque le miraba de reojo cada poco y se había despedido de ella con un gesto de cabeza. Salió disparado de la sala, dando un pequeño rodeo para no pasar junto a Ranma.

Aprovechando el momento, Ranma cogió uno de los libros que tenía sobre la mesa. Ukyo lo miró confundida, pero antes de que pudiera abrir la boca él ya se encontraba en dirección al pasillo en que Akane, cargada de volúmenes, había desaparecido. La encontró allí, concentrada en guardar los libros.

–¡Ranma! ¿qué haces aquí?– se puso de puntillas, intentando mirar tras él. De repente frunció el ceño–¿Y Ukyo?

–En la mesa. Yo…– de repente se dio cuenta de que no sabía por qué se había levantado. Akane lo miraba expectante, sus ojos marrones clavados en él. Así que decidió ir directo al grano– ¿has quedado con Gosunkugi para ir a por los caramelos de Hinako?

–¿Qué? ¿pero a ti que más te da? —la pregunta parecía haberla pillado por sorpresa. –¡tú vas con Ukyo!

–¿Uchan? ¿Qué pinta aquí ella? No me cambies de tema – contestó Ranma cogiéndola del brazo y acercándose a ella para hablar en voz baja.– No deberías ir con él.

–¡Tendrás morro! – un 'shhhhhh' que provenía de detrás de las estanterías le hizo bajar la voz. Liberó su brazo del agarre de Ranma y le dio un ''golpecito''en el brazo con uno de los volúmenes que le quedaban– ¿así que tu puedes ir con tu Uchan y yo no puedo ir con quien quiera?

–¡No es por eso! – respondió el, frotándose el punto donde Akane le había pegado con el libro. ¿Cómo podía tener tanta fuerza bruta?– Es sólo que me han dicho que es un poco raro, ¡eso es! Me lo dijo… ¡Daisuke! Se lo dijo un primo de un amigo del dentista de su vecina.–concluyó, aliviado por haber encontrado una vía de escape. Akane por respuesta soltó un bufido– Además Akane, deberías calmarte, los celos no te pegan para nada– añadió sonriendo de medio lado. Hacerla enfurecer era tan divertido.

–¿Celosa yo? Como si me importara con quien fueras tú. – Akane contestó con rapidez. Siguió guardando los libros para disimular: por dentro sentía un volcán a punto de entrar en erupción pero no pensaba admitirlo ni bajo tortura. Tenía que cambiar de tema como fuera.– ¿Y qué más te da que sea un poco raro? Acaso…–dudó unos instantes– Ranma, ¿estás preocupado por mí?

Ranma pensó en el álbum que guardaba en su maletín, lleno de fotos robadas de Akane. Estaba claro que se preocupaba por ella, pero de ahí a admitirlo había un paso. Y pasos, fue lo que escuchó en esos momentos, pasos que se acercaban a ellos y que le hicieron tomar la vía habitual.

–¿Preocuparme yo por una tabla de planchar? No digas tonterías Akane.

Ella le miró, furiosa. Aún tenía un libro en la mano y lo cogía con fuerza, como si quisiera estrangularlo. En lugar de eso se conformó con estampárselo en la boca.

–Perfecto. Pues esta tabla de planchar irá con quien quiera ella a comprar los caramelos. Que disfrutes de tu cita. Ukyo, con permiso – se despidió de Ukyo, cuyos pasos había escuchado Ranma y se alejó de allí a grandes zancadas.


–¡La cena está lista!

La dulce voz de Kasumi se escuchó en la habitación de la pequeña de los Tendo. Terminó de cepillarse el pelo húmedo y se levantó de la cama. El baño había apaciguado su enfado y la temperatura había refrescado considerablemente: se sentía bastante mejor. El hecho de no haberle visto el careto a Ranma también había facilitado las cosas. Mientras bajaba las escaleras y se dirigía a la salita pensó de nuevo en la conversación con el insensible de su prometido, esperaba que la cena transcurriera tranquila porque no estaba para aguantar más tonterías. Allí se encontraba ya Kasumi, feliz sirviendo los platos, y su padre y Genma sentados en sus respectivos sitios. Se sentó en su lugar habitual y cogió el plato que le pasaba su hermana mayor.

-Hola familia. –Nabiki irrumpió en ese momento. Se sentó junto a Akane con esa indiferencia tan absoluta que la caracterizaba– Kasumi, vengo de casa de Tanako: te envía la chaqueta que le prestaste el otro día. – Kasumi asintió con la cabeza y en Nabiki dirigió su atención hacia Akane– ¿y tu prometido, hermanita? Me han dicho que ahora le da por merendar libros.

Cuatro pares de ojos se centraron en ella. Se produjo un breve silencio.

–Akane, ¿habéis discutido otra vez?– preguntó Kasumi preocupada.

La joven tragó la gy za que estaba masticando. Su familia la miraba fijamente así que intentó responder con naturalidad.

–No sé nada de la nueva dieta de Ranma, Nabiki. ¿Me puedes pasar más té, Kasumi?

–Akane, ya sabes que no me gusta que discutas con Ranma. Dentro de unos días nos iremos a la playa de vacaciones, ¿no puedes hacer un esfuerzo e intentar llevarte mejor con tu prometido?

–Déjalo, Soun – interrumpió Genma mientras Akane bebía un largo trago de té, impasible– hablaré con mi hijo, no es propio de un hombre tratar mal a su prometida.

–Al parecer tienen que hacer un trabajo para la señorita Hinako: la hermana de Tanako me lo ha contado. El cuñadito es la pareja de una de sus prometidas, Ukyo, reina de los okonomiyakis. – añadió la mediana de los Tendo. Parecía disfrutar porque en sus ojos había una chispa de diversión.

En ese momento se escuchó la puerta y la voz inconfundible de Ranma llegó a sus oídos. Akane cambió ligeramente su postura dando la espalda al hueco que quedaba a su lado; Nabiki la miró burlona pero no dijo nada. El chico entró en la salita, miró alrededor y se sentó en su sitio procurando no mirar a Akane. Todos quedaron en silencio.

-¡Ranma! ¡Es que no piensas disculparte con tu prometida! – excepto Genma, que no se le ocurrió nada mejor para romper la tensión. Ranma puso los ojos en blanco, ignorando a su padre.

–Muy mal, cuñadito, vienes a cenar a casa de tu prometida apestando a okonomiyaki…– intervino Nabiki, siempre dispuesta a pinchar a esos dos. Se calló el hecho de que tenía un ligero resfriado desde el fin de semana y difícilmente podría oler a Ranma. Enfrente, su padre lloriqueaba y Kasumi miraba a su hermanita y a la mesa con ojos preocupados. Temía por la cena.– Si sigues así, Akane no querrá tener más citas contigo.

–¡ Y quién querría tener citas contigo, maldito pervertido!– Akane se dirigió a su prometido, como si el comentario hubiera salido de la boca de Ranma. Había intentado mantenerse al margen de los comentarios mordaces de Nabiki, que por dentro se moría de la risa pero ante aquello saltó.

-¡Cualquier chica femenina, niña boba!– el joven la miraba con cara de enfado. Era increíble, acababa de llegar y ni siquiera había abierto la boca y ya tenía una bronca.

-Chicos… – Kasumi intentó apaciguar los ánimos.

–¿Ah, sí? –Akane se dispuso a coger la mesa para darle con ella a Ranma. La familia entera contuvo el aliento. Pero por un momento se lo pensó mejor y posó los palillos sobre ella. – Me voy a mi cuarto. Con permiso.

Se levantó, dejó a su familia en la salita en el mismo estado de antes (Soun lloriqueaba, Nabiki comía y Kasumi la miraba con preocupación y Genma y Ranma discutían) y se fue a su habitación, cerrando la puerta de un portazo.

¿Por qué tenía que ser tan difícil? Podía llegar a entender que se trataba de un trabajo en parejas y que a él le había tocado Ukyo. Podía comprender también que la cocinera intentaría por todos los medios que él se fijarse en ella, aunque eso no le gustara (algo que jamás admitiría y menos ante el engreído de su prometido). Lo que la sacaba de quicio era esa actitud de ni contigo ni sin ti de Ranma. ¿Qué le importaba a él con quién iba o dejaba de ir? ¡Si él era el primero que salía con el resto de sus prometidas! Recordó varios momentos en que había dado la cara por él y el joven se había largado con Shampoo o Ukyo. Cuando parecía que daban un paso adelante, como en el festival, retrocedían diez hacia atrás y acababan discutiendo, pensó, pegando un puñetazo a la almohada. Lástima que ya hubiera hecho planes para la tarde de mañana, ahora se arrepentía de no decirle que sí a Gosunkugi.

Pasó varias horas dando vueltas en la cama hasta que finalmente cayó presa de Morfeo, sin saber que un par de ojos azules vigilaban su ventana desde el árbol.


Libertad, al fin. Los estudiantes charlaban mientras recogían: eran las cinco de la tarde y tenían por delante seis semanas sin clase. Para muchos la diversión comenzaba ya: la gran mayoría de ellos irían al festival de Tanabata, que terminaba hoy. Los caramelos de Hinako habían sido la excusa perfecta para visitar el mercadillo por última vez.

Ranma se levantó con rapidez de su silla, dispuesto a acercarse al cogote de Akane. Su prometida llevaba dándole esquinazo desde la cena anterior, cuando habían discutido delante de su familia incluso antes de que él llegase a probar la cena. Se había pasado la noche en el árbol del jardín, atento a su cuarto e imaginando desde dónde podría haber sacado Gosunkugi aquellas fotografías hasta que en algún momento –tarde, muy tarde por el cansancio de hoy- cayó dormido. Despertó justo a tiempo, con la espalda dolorida por la mala postura y las ramitas que se le clavaban en la espalda y cuando llegó al comedor su prometida ya había salido. Apenas había podido desayunar nada cuando tuvo que salir pitando hacia el Furinkan. Allí, la chica se las había arreglado para evitarlo en el cambio de clases y había desaparecido como un fantasma en la pausa para el almuerzo. Ukyo además se le había pegado toda la mañana –su amiga hablaba y hablaba pero entre el sueño que arrastraba y la preocupación por Akane y Gosunkugi sólo escuchaba alguna frase suelta sobre una cita de tarde- y aquello no facilitaba su objetivo. De cuando en cuando la miraba y asentía con la cabeza, eso parecía servir para que Uchan siguiera con su discurso.

–¡Akane! –La cabeza de Nabiki asomó por la puerta del aula. – ¿Vienes a casa? He quedado con Kasumi para dar un paseo por el festival de Tanabata y cenar unos takoyaki en el puesto del otro día.

–¡No, Nabiki! – Akane interrumpió su charla con Yuka y Sayuri para contestar a su hermana, haciéndose oír por encima de las conversaciones de sus compañeros. Ranma se quedo quieto en el sitio y prestó atención.– He quedado, ¡os veré por allí!

Inevitablemente sus ojos azules se dirigieron a la mesa de Gosunkugi, allí estaba el enclenque chico, parecía estar haciendo tiempo mientras leía un libro y lanzaba fugaces miradas a Akane y sus amigas que charlaban apoyadas en la mesa de Sayuri.

¡Así que finalmente iría con él! Sintió como si le hubiesen llenado las tripas de plomo. Incapaz de admitir los celos que sentía, se dijo a sí mismo que como artista marcial debía proteger a su prometida de los bichos raro por honor. Ahora sólo tendría que ir al festival de Tanabata sin parecer un bicho raro él.

–¡Ranchan! ¿Listo para ir juntos a por los caramelos de Hinako? – Uchan se acercó – Así podremos pasar por el restaurante a dejar los maletines y cambiarme. – añadió Ukyo con una sonrisa.

Bingo, pensó Ranma.

Al atardecer, el parque Hikarigaoka de Nerima estaba repleto de jóvenes disfrutando de las primeras vacaciones de verano. Los días estaban siendo buenos y calurosos y ni una gota de lluvia había privado a Orihime y Hikoboshi de reunirse en la noche estrellada. Los últimos puestos de comida aprovechaban la alegría de la multitud y vendían takoyakis, empanadillas, boles de soba y brochetas de dango. Precisamente en este último se encontraban tres chicas vestidas con yukatas frescos: hacían cola para disfrutar de unos platillos. Y parecía que les quedaba esperar un buen rato.

–¿Pero qué pasa aquí, lo regalan?– preguntó Sayuri mientras intentaba ver por encima de las cabezas.– Al menos ya nos hemos quitado de encima el encargo de Hinako. Akane, ¿tú también has comprado, no?

Akane dio unos golpecitos a su bolsito azul marino, a juego con su yukata nuevo. Había sido un regalo de Kasumi, decía que con ese color sus ojos parecían caramelos.

–Aquí los tengo.

–Chicas, esto se nos va a hacer eterno– comentó Yuka. – ¿Qué os parece si nos dividimos? Yo podría ir a por unos vasos de té…

–¡No, Yuka, iré yo! –la cortó Akane. Apreciaba mucho a Yuka pero parecía tener dos manos izquierdas.– ¿Té helado, verdad?

Las otras chicas asintieron y Akane se dirigió hacia el puesto de tés sorteando a la gente. Se puso en la fila, junto a un árbol adornado con tanzakus de colores y suspiró: había mucha gente y parecía que también le tocaría esperar para comprar la bebida.

Al menos se había distraído con sus amigas y tras unas horas dándole vueltas tenía que admitir que ella tampoco había sido la más madura en la cena de ayer; además tenía que aprender a ignorar a Nabiki. Eso o tendría que pedirle ayuda a Kasumi, la única a la que Nabiki parecía respetar.

Estaba ensimismada en esos pensamientos cuando escuchó una voz conocida que gritaba ¡Ranchan! !Dónde estás! Varias cabezas se giraron hacia la derecha, donde se encontraba la plaza del parque con su enorme fuente. Sintió como unos brazos fuertes la agarraban por las axilas y tiraban de ella hacia las ramas del árbol: le llegó un olor familiar pero antes de que pudiera decir nada ya se encontraban saltando de árbol en árbol, acunada en unos brazos que la habían cargado mil veces. Finalmente se pararon y abrió los ojos. No se había dado cuenta de que los había cerrado cuando reconoció su olor.

Ranma la miraba con una pizca de miedo y ligeramente ruborizado por lo que acababa de hacer.

–Tenemos que hablar.


–Lo que no quería es que esas fotos llegaran a manos de Kuno para que te metieran en uno de sus líos, o peor, que llegaran a manos del viejo libindoso. Por eso decidí vigilar a Gosunkugi. Supongo que todo fue un malentendido.– finalizó Ranma dubitativo. Ambos se encontraban en un banco que se encontraba al principio de los setos, en la misma zona del parque dónde Ranma habían tenido la cita de reconciliación tras aquel lío de compromiso con Nabiki.

Acababa de contarle una versión más o menos light de lo ocurrido a Akane. Había sido difícil, especialmente el principio y en varios ocasiones desvió su mirada hacia el cielo, que no le miraba con ojos marrones enormes y brillantes. Al menos lo había escuchado en silencio, sin interrumpirle y, lo más importante, no le había pegado un mazazo por el secuestro que le había hecho.

Permanecieron callados unos segundos. Finalmente Akane habló aunque también mantuvo su mirada en el cielo estrellado.

–Te creo Ranma. – volvió a quedarse callada, reuniendo el coraje necesario. Pero había tomado una decisión y quería mantenerla. Era hora de dar un paso hacia delante en su relación, o lo que fuera que tenían. Así que cogió aire y comentó con toda la naturalidad que pudo – He estado pensando en lo que dijiste el otro día, sobre nosotros. ¡Tranquilo! Y por favor, no digas nada, déjame terminar– exclamó, viendo que el chico abría la boca nervioso. No quería que se echase todo a perder – Yo… también siento que somos como Orihime y Hikoboshi, los de Tanabata. Sólo nos vemos realmente una vez al año, pero cuando lo hacemos…

Ranma la miró de reojo, incapaz de decir nada. Akane miraba al cielo y un rubor cubría sus mejillas pero parecía aliviada por lo que había dicho. Ciertamente no quería abrir la boca y decir algo que lo estropease pero las palabras de Akane habían despertado en él algo de valor. Sin mirarla, alargó su mano y tomó la suya, suave y menuda. Ella miró sus dedos sorprendida y se relajó.

Ranma le dio un suave apretón, intentando reflejar en él todo lo que era incapaz de decir: que estaba preocupado por ella, que la protegería hasta que no le quedase aliento, que por mucho que lo negase con esa bocota suya era preciosa. Que por estos momentos con ella aguantaría un año de reproches. Realmente, una vez al año…

Finalmente Akane le soltó de la mano y se levantó, sacudiéndose la yukata con las manos. Estiró de nuevo su mano hacia él y preguntó:

–¿Volvemos juntos a casa?


¡Hola a todos!

Lo primero, si has llegado hasta aquí, muchas gracias por leer. Después de mucho tiempo de lectora me animo a subir mis propios escritos con toda la humildad posible: he leído auténticas maravillas y a autores fantásticos.

Pero llevo sintiendo el gusanillo de escribir un tiempo y estoy disfrutando como una enana del proceso de escritura. En concreto, este fic serán una serie de viñetas sobre mi pareja favorita ever.

Pido disculpas si se me escapa alguna falta de ortografía.

Un saludo a todos, nos vemos por Nerima ;)