Hoguera

~Venatrix~

Aundrey subió las escaleras al escuchar el suave ruido de la mecedora en la habitación de Sly. La madre de Ani se lo regaló hace unos meses, poco antes de que naciera Sly. Y fue el mejor regalo para la espalda de su licántropa y el arrullo de su pequeño cachorro.

La luz de la luna ingresaba por la ventana, Ani le sonrió en cuanto apareció por el marco de la puerta. Su cachorro estaba fascinado anclado a su pecho. Una mano rechoncha apretando su dedo. Aferrado como si se le fuera la vida en ello.

Que lastima, él también quería sacar provecho de ese par.

―¿Cómo te fue?—le preguntó su licana estirando su columna, y acomodando a Sly sobre su brazo, cortando cualquier pensamiento intrusivo.

―Todo bien.

Se sentó para verlos desde el suelo. Ani estaba toda radiante, su cabello ondulado le caía en cascadas por su rostro moreno, y esos ojos brillantes, amorosos y cansados. Estas primeras semanas luego del parto la tenían agotada, pero estaba recuperándose bien, que es lo bueno. El sol estaba haciendo maravillas en su color y salud.

Sly hizo un regaño y un quejido soltándose de su agarre.

Feliz y saciado.

―Va a ser terrible cuando le crezcan los colmillos ―comentó Ani. Aundrey sonrió mostrándole sus propios colmillos y le tendió las manos para que le pasara al cachorro.

Siempre se sentía enorme y feliz cuando tenía a su hijo en brazos. Olían tan bien, su piel era tan suave y tibia.

Su milagro.

Ani siguió meciéndose, mientras él sobaba la espaldita de su hijo. Su licana los miraba con una sonrisa que les llegaba a los ojos, y era tan hermosa. No podía comprenderlo, era como si al encontrar a Ani, todo lo que había estado vacío se llenara, toda esa amargura que si bien no fue mella para sus proyectos personales fueran sanando de apoco. El volver a casa y verla, el recibir una llamada o un mensaje, una sonrisa, una muestra de preocupación. La afinidad que tenían en cosas tan simples, o hasta la molestia que le provocaba cosas igual de simples, pero que ambos iban aceptando de manera natural.

Se sentía todo tan bien.

Llevaban poco más de un año desde que se salvaron, y se sentía extraño. Como si se conocieran de toda una vida, pero tan poco. Aprendían del otro a pasos pequeños.

Pero existían algunas respuestas que no se han dicho a preguntas que están en el aire. Y sabe que su licana está esperando que las comunique de manera libre. Ella le ha contado de todos sus hermanos, de los siete. De las noches en vela con sus hermanas menores, de las salidas a escondidas con Lust a bares de mala muerte. A las charlas con su padre en los jardines o las clases de danza de su madre.

A sus padres biológicos que murieron asesinados por un grupo de los suyos.

Sus padres.

Se le hace un nudo en la garganta y lleva a Sly un poco más contra él.

―Tengo un hermano… y un padre, ―informó, y el nudo se apretó un poco más. Ani se detiene, tomando completa atención. No la mira, solo a Sly que hace leves pucheros durmiendo. Su hijo amado. Amado, querido, jamás le cerraría una puerta, nunca le diría que no tenía tiempo para él—, mí madre fue asesinada en la hoguera, hace poco más de unos ciento cincuenta años, fueron guerreros, praetorianas que vigilaban las tierras donde vivía con mi familia. Su muerte fue un alivió tan grande, que, hoy en día, no siento culpa por ello.

Solo alivió.

«Esta escondido detrás de la gran cortina de la mansión, fuera de la habitación de su hermano, que le ha gritado que se largue. No le ha abierto la puerta, esta vez, ni ninguna de las decenas de veces anteriores.

Aprieta las manos en puños, esperando que esos pasos al final del pasillo solo pasen de largo… solo, por favor, no más.

Pero no ocurre. La cortina se corre, y puede ver los ojos azules hielo hambrientos y dulces de su madre.

―Mi príncipe, mi hermoso niño…

―Mamá, por favor…

―No, no. Vamos afuera, no molestemos a tu hermano.

Quiere gritar, solo quiere gritar. Que su padre y hermano vayan por él, que Six le muestre las maravillas de los engranajes, que le cuente historias que escuchó en las ciudades humanas. Que su padre le lleve al bosque a caballo y le enseñe a usar el arco que ha hecho para él. Todas esas cosas maravillosas que le mostro antes de que esos humanos llegaran a casa con planos, tuercas, inversiones y cosas que no comprendía.

Quería a su familia de nuevo.

Que mamá dejara de pedirle que fuera al bosque.

La fría mano envuelta en la suya. Podía recordar, solo meses anteriores, como esa mano no le provocaba escalofríos, como adoraba ser acunado, envolverse alrededor y que esta jugara en su cabello.

Ahora, solo quería gritar, que los recuerdos se marcharan que cada ultima palabra dicha por aquellos fantasmas no fueran gritos llamando a sus padres.

―Solo es un juego en el bosque, mi pequeño príncipe ―decía siempre mientras salían a la parte trasera de casa. Donde el frío le mordisqueaba las mejillas, se ahogaba por el hedor que brotaba desde la tierra y los túmulos mal formados eran deformaciones en la tierra llana.

―Solo uno, esta noche. ¿Recuerdas lo bien que se lo pasan? ¿lo bien que comen?, en esto tiempos aciagos una comida caliente les hace tan bien, ¿no es así? Mira, toma. Lleva estos y compártelos… ellos estarán tan felices.

Los buñuelos le calientan la mano y le enferman el estómago.

Camina por los bosques, siguiendo uno de los senderos que compartió con su hermano un millar de veces antes, donde le llevaba a conocer las ruinas, o en búsqueda de animales e insectos. Le enseñaba como volaban o como corrían, y era increíble.

Fue increíble… hasta que el bosque se convirtió en gritos y fantasmas.

Puede escucharlos, solo… puede escucharlos tan lejos que su mente les grita que corran a casa, que ya ha anochecido que vuelvan a sus hogares.

Pero cada paso es una penitencia. ¿Y si no lo hace?, ¿qué hará mamá?, ¿y si solo corre?, ¿qué será de él? ¡¿dónde está, papá?! ¿papá quería que hiciera esto? No esta bien. Sabe que no esta bien.

Los ve.

Escarbando una antigua cueva de conejos.

Esos ojos hambrientos van directo a sus manos. Donde los buñuelos han perdido el calor, pero siguen viéndose grandes y suculentos.

Lo divide en dos, porque esos dos niños, no son mayores que él. Y tienen hambre.

Se gira, no les dice nada. Solo se gira y quiere correr a casa. Quiere decirle que no le sigan, pero ellos, ellos simplemente lo hacen. Como la primera muestra de cariño hacía un perro maltrecho.

Una comida cálida. Una mano amable…

Mamá esta en el arco trasero, tiene una canasta con comida. Y cuando los ve, se olvida de él.

Y por un segundo, solo por un segundo piensa que no es su culpa, que no es su culpa como esos niños corren hacía su madre quien les habla con cariño y los lleva al hogar cálido. Como la boca de un lobo a punto de cerrarse.

Y se queda en la fría noche, alrededor de la tumba de decenas de otros niños que su madre ha matado.

Su culpa. Su culpa.

Esa misma noche, entre los gritos que su padre y hermano ignoran, mira el bosque que se ilumina con antorchas y gritos que llaman a los hermanos. Pero ellos tampoco se acercan, ellos tampoco lo liberan a él.»

Ani esta llorando, pero no se mueve. Aundrey solo la mira, y luego a su cachorro a quien abraza colocando su rostro a la altura de su carita. Ocupa su nariz para acariciar la mejilla, el ruidito que emite le calienta el pecho.

―Locura de sangre, le llaman ―le informó a Ani con la voz maltrecha― es ilegal, allá y acá matar a niños por la sangre. Una locura, una enfermedad que corroe tan rápido. Solo unas semanas después, ellos llegaron…

«Corre por el camino. Corre tanto que le duelen las piernas.

Un brazo le levanta y choca con un pecho duro. Sus huesos parecen temblar ante el impacto. Las dos figuras que se alzan a su alrededor son guerreros, lo sabe inmediatamente por sus rostros heridos y las ropas maltrechas. Llevan armas y sogas en sus cinturones. Parecen salido de historias medievales. Pero había un aura tan tranquila, tan en control que su cuerpo se sintió como un muñeco a su disposición.

―Shh, niño. Shh…

Se tranquiliza. Se había asustado al escuchar ruido en el bosque que no supo detectar. Licanos, su hermano le había contado de esos seres, tan peligrosos como ellos mismos, y enemigos que no dudarían en matarlo a la primera instancia.

―Yo, yo… no quiero ir al pueblo.

―No, no. No iremos al pueblo. ―Le calmo uno de ellos. Era un vampiro grande y pelirrojo, tenía las mejillas con unas runas antiguas, y los ojos de un verde como las hojas en la primavera― ¿Cuál es tu nombre?

―Aundrey, Aundrey Beledon.

―Muy bien, muy bien. Solo iremos a tu hogar, muy bien. Te quedaras conmigo, ya no tendrás que volver a ir al pueblo.

―¿De verdad?—preguntó con ese nudo en la garganta tan apretado que no podía respirar.

―Lo prometo. Lo juro.

Un ancla, una promesa de que esto terminaría. Y se aferro con fuerza a esta.

No eran dos guerreros, eran casi una docena. Todos en el patio trasero de su hogar, con cara de asco, repulsión, mirando las tumbas maltrechas.

Su madre y padre salieron de casa presurosos y nerviosos.

Ambos reaccionaron al hecho de que él estaba en brazos de uno de los guerreros.

En ese momento no puede recordar muy bien las palabras dichas por su madre y padre. Su hermano estaba hasta atrás. Sorprendido de los cadáveres de la docena de niños que estaba en su propio patio. Como si de pronto, simplemente, una docena de niños desangrados aparecieran allí de la nada.

Antes de que pudieran defenderse, mamá fue atrapada y amordazada. Papá y su hermano vieron con el rostro congestionado de sorpresa como la arrastraban entre sacudidas y maldiciones. Como sacaban los cadáveres desde la tierra y los ponían a su alrededor.

Una imagen horrible aun hoy.

Los gritos, el llanto.

La tranquilidad de las almas de esos niños.

Pero él no se movió. Se sujeto tan fuerte del guerrero que sus dedos hicieron heridas en los hombros de Blivadka.

El olor a cenizas. Los gritos no duraron demasiado mientras el fuego lo consumía todo.

Una orden de muerte, al romper una de las leyes de su raza. Beber de niños, estaba prohibido.

Y todo dentro de él se calmó.

Ya no habría más gritos, ni más caricias de mamá.

Ya no sería su culpa.

―Devuélveme a mi hijo, devuélveme a mi hijo. ―Exigió su padre, con el rostro demudado de terror.

Su hermano aferrado a su lado, ambos le miraban con esos rostros que había visto con anterioridad. Aquellos rostros amados, pero que lo abandonaron hasta que las cenizas de su madre recorrían el patio con los cuerpos de niños humanos.

―No ―negó y se aferró al sujeto, aquel que no conocía, pero le había dado tranquilidad.

―¿Qué edad tienes, pequeño Aundrey?

―Once, once años, señor.

―Once años… ¿Y quieres venir con nosotros? No tenemos techo, ni hogar, trabajamos para un terrateniente. Puedes venir con nosotros, pero no será agradable.

Una decisión. Solo una que cambio todo. Y lo sabía, sin mamá, su padre y hermano… ¿Qué sería de él?

―Sí… sí quiero.

―Tengo un hijo de tu edad, serán buenos amigos.

Puede ver el humo saliendo del patio. A su padre de rodillas y los ojos de su hermano mayor. Tan parecidos a los de mamá y los propios, ojos llenos de arrepentimiento, porque tal vez, si solo hubiera abierto la puerta una vez, esto no habría ocurrido.

Fue el primer paso, para lo que fue después.»

―Oh, Aundrey…

Ani estaba hipando, las mejillas sonrojadas y los ojos brillante. Las lágrimas marcaban caminos húmedos por sus mejillas. No quería hacerla llorar, pero hay un alivió en contarle su historia.

―Lo siento tanto.

―Ya lo superé… o bueno, no tanto. Pero no es un tema para el yo de ahora. ―Su cachorro abrió los ojos y luego hizo un ruidito contento al reconocerlo—. Jamás dejaría que algo así le pasara a Sly, jamás permitiría que una angustia de ese grado fuera para él.

Se levantó y le tendió una mano a Ani, para levantarla. Su licana le tomo y ambos se quedaron uno frente al otro, frente a su cachorro.

―Nosotros somos tu familia ahora.

―Sí, lo son. Son la única familia que necesito.

La sonrisa sincera de Ani, le calentó el pecho de puro amor.

―Gracias, mi Ani.