Compromiso

~Venatrix~

Ani, se sentía como en una película, y en cualquier momento iba a ver una momia saliendo de la pared.

Llevaba quince minutos bajando y moviéndose por pasillos de piedra tan vieja que veía alimañas escapando del aro de luz alrededor de la antorcha.

Cuando Aundrey puso una mano alrededor de su cintura, pegó un salto y se llevó una mano al pecho por el susto.

―Joder, Aundrey…

―¿Por qué estás tan asustada?

―No estoy asustada, solo nerviosa. ―Ani le miró solo para verlo sonreírle burlón, sus ojos brillantes por la luz del fuego que chispeaba más adelante—¡Ay!, ya, déjame. ―regañó, riendo y alejándose unos pasos, solo para tenderle una mano y que este le sujetara.

Sus dedos largos y firmes, tomando su mano sudorosa y caliente.

Maldito fuera su corazón nervioso que delataba lo ansiosa, feliz y nerviosa que se sentía en ese momento. Aunque fuera en un pasillo de siglos, a unos cincuenta metros bajo tierra, si no es que más.

Llegaron a un largo pasillo, y al final, una puerta de madera tan gruesa y oscura que ocultaba todos los arañazos y mordeduras del tiempo.

Axals se giró más allá, para mirarlos. Aundrey y Axals, eran los vampiros más altos que conocía, y cuando estaban los dos en una habitación, se sentía como una enana. El general esperó hasta que estuvieran a unos pasos más, para usar el fuego y prender dos lámparas a los lados de la puerta.

―Hemos llegado.

Ani se liberó de la mano de Aundrey, para estirarse la falda y arreglar una que otra arruga de su vestido mientras su corazón latía tan rápido que le taponaba los oídos. Ni siquiera tenía una buena defensa contra el jefe de Aundrey quien les sonreía todo amable y apacible.

Maldito fuera porque debían pedirle autorización a él para bajar. Ya que, según Aundrey, solo algunos vampiros podían descender a este lugar sagrado.

―Ani, te hemos dado un pase especial. Solo porque tienes una muy buena conducta con nuestro propio pueblo. Así que lo que veas acá, es solo para compartirlo con tu vampiro y para ti. ¿Muy bien?

―Sí.

―Ambos saben también lo que tienen que hacer.

Ani miró a su vampiro, quien le sonrió mientras asentía.

―Ya lo sabemos.

―Muy bien, adelante. Los esperaré más arriba.

No sabía que se iba a encontrar, pero estaba segura de que no era eso.

Cuando las puertas de madera gimieron en sus goznes, fue como entrar en un cuento de hadas.

Mágico…

Como un estremecimiento que le llegó a los huesos, al corazón, a su alma. Como si le diera la bienvenida a una antigua amiga.

Ani soltó el aire mientras sus pies avanzaban por un musgo suave y húmedo. Las paredes de piedra subían sobre su cabeza, como una catedral a unos treinta metros arriba.

La luz, la luz era algo subnormal.

Había placas de espejo, o eso es lo que parecía, que chocaban unas contra otras bajando e iluminando esta estancia de maravilla. La luz del exterior era un misterio.

No había animales ni aves, solo el ruido del agua que caía por unas pequeñas vertientes laterales rellenando lo que parecía una isla de gemas.

Y en el centro, en medio como un islote. Un árbol. Un árbol enorme, de unos ocho o nueve metros.

Completamente blanco.

Es como si vieran el hueso de la tierra, algo tan puro y único que le puso los pelos de punta y le atoró el aliento en el pecho. El mismo árbol emitía una suave luz, casi fantasmal, iluminando su base de aquel agradable musgo.

Se quitó los tacones, esta conexión con la tierra debía ser completamente de ella. Sus dedos de los pies acariciaron la textura suave, y se sintió muy bien, tan bien que le calentó el estómago de felicidad. Era esa sensación en medio de un prado, con la luz del atardecer calentando su rostro. Como un recuerdo feliz.

Más allá, el árbol era un faro de poder. Su tronco era blanco nieve, veteado de dorado, que podía pensar que era oro desde esta distancia.

Pero lo más extraño en este sueño. Fue la inexistencia de hojas en sus ramas. Solo poseía decenas de cintas, cintas largas que se movían al compás de una brisa inexistente. Cintas tan viejas que algunas colgaban de algunas ínfimas fibras, soportando sus últimos momentos. Cintas nuevas que brillaban de seda, satén, terciopelo y algodón.

Y entendió lo que le había pedido Axals, cuando fueron a pedir permiso para bajar a este lugar.

«Una cinta, de alguna prenda de especial cariño.

Una gema, tan pura y del color que los complemente.

Una frase, que sea la última que digan el uno al otro.»

Para Ani, unas frases que ahora entendía. En las cintas en el árbol, en las gemas en la tierra, y la palabra en la brisa, sellando su compromiso.

Ya que hoy, entre los dos. Con su vampiro a su lado.

Se comprometían a estar juntos… para toda una eternidad. Ahora y para siempre, juntos.

Para ella pasaron siete años. Siete años de suerte, siete años maravillosos que solo confirmaron su amor por el vampiro.

Para Aundrey había sido la espera paciente y la afirmación de que sus decisiones eran las adecuadas.

Y tenía este nudo en la garganta, porque era muy feliz.

Había pasado miedo, terror y angustia. Pero desde que lo había conocido, Aundrey había sido todo lo que había esperado de una pareja. De su paris. Soportándola, amándola y en cada paso a su lado, tomando y entregando el doble.

Era comprometido, cariñoso y paciente. Un padre maravilloso, una pareja que daba más que pedía.

Era su todo.

Cada uno de sus latidos, era para y por él.

Cada paso, era a su lado y con él.

Porque no veía un futuro sin él a su lado, sin sus sonrisas tranquilas, sus ojos iluminados cuando le gustaba algo, esas caricias suaves y firmes, jamás dudando de lo mucho que podía hacer.

Y se estaba comprometiendo en su inmortalidad, a amarla solo a ella.

Se le escapó una risa nerviosa y se le llenaron los ojos de lágrimas.

Aundrey le miró con una sonrisa, mientras le tomaba el rostro con ese especial cariño.

―¿Estás seguro?

―Nunca he estado más seguro en esta vida, Ani.

Su vampiro tomó su mano para ayudarla a cruzar los tres saltos de piedra hasta llegar al islote, donde una piedra pulida les esperaba como un altar.

No tenían como algún protocolo para esto. Axals no les había dado un listado de cosas por hacer, así que harían lo que les nacía del corazón.

―Te amo ―le dijo Ani, y sonrió nerviosa.

Aundrey sonrió, tomando su mano, uno contra el otro. Dejó su mano reposando sobre la de él, con la palma bajo la suya. Ahuecando sus dedos.

Se tomaron unos momentos. Cuando su vampiro comenzó a hablar.

―Te amo. Te amo cada día más, en la noche y en la mañana. Bajo el sol y la luna.

Sacó la cinta de entre sus ropas, y la puso sobre sus manos. Esta colgó de allí con tranquilidad.

―Te amo Ani, todos los días. Cada vez que regañas y entras en una habitación. Llenaste una soledad que no sabía que existía, eres mi puerto en cada viaje, y nunca he sido tan feliz en esta vida inmortal, como las noches que sonríes para mí. Te amo por ser la madre que siempre anhele que otras fueran. Te amo, porque me disté los hijos más hermosos que jamás creí merecer. Te amo, porque eres mi licántropa, y no hubo ni raza, ni lejanía, ni veinte siglos de guerra para saber que cada paso a tu lado es un paso correcto.

Se le llenaron los ojos de lágrimas, mientras asentía feliz y complacida. Aundrey tomó la cinta y la envolvió entre sus manos.

―Te prometo amarte hasta que las estrellas caigan del cielo, hasta que la luna sonría, hasta que el sol se apague y la noche sea eterna. Porque será a tu lado donde estaré para siempre.

A Ani se le puso la piel de chinita, como si cada palabra dicha llenase su corazón. Fue perfecto y hermoso, se sentía tan amada que parecía que iba a explotar.

Y quería decirle tanto y callar tan poco. Sacó la piedra de uno de sus bolsillos, colocándola sobre su mano, con la cinta alrededor como un nido. Respiró profundo, para ver esos ojos maravillosos de tormenta y plata. Suyos, para siempre, en esta vida y en las siguientes. Y fue su turno.

―Te amo. Te amo tanto que duele, te amo tanto que no veo sin ti ni un día de mi vida. Te amo como las estrellas aman la noche, y la luna se ilumina con el sol. Me haces sentir feliz y plena, me complementas, me soportas y me cobijas. Eres mi fuego, mi luz, mi compañero y mi confidente.

Su voz se enronqueció de emoción, su corazón latía lleno, pleno y feliz. Tan sincero mientras Aundrey sonreía, sus ojos brillantes, sus mejillas levemente sonrojadas.

―Te prometo mi vida, esta y las demás. Te prometo seguir a tu lado, junto a nuestra familia que hemos criado y elegido. Eres mi paris para toda la vida, estas y las siguientes. Te regalo mi corazón. Mi alma alrededor de la tuya hasta que la noche se haga eterna y las estrellas caigan del cielo. Te amo, gracias por ser mi guardián.

Su vampiro puso su frente contra la suya. Y Ani sonrió entre sus lágrimas porque era perfecto.

Era perfecto.

―Gracias por encontrarme.

―Gracias por esperarme.

Ani se rio mientras Aundrey bajaba un poco y le besaba. Un beso suave, sentido. Lleno de emoción. Su frase para esta vida y las siguientes.

Se acercaron al árbol, y Aundrey tomó la cinta, que era de hecho, una tira de algodón de la primera manta de Sly al nacer. Axals, le había informado que debía ser una prenda de especial cariño, y Sly había sido su comienzo y su todo. Su vampiro la amarró en unas de las ramas más altas que alcanzó. Y la dejaron meneándose al compás de aquella brisa extraña. Uniéndose a la danza de aquella magia alrededor.

Ani miró la piedra en su mano. Era una calcita blanca, sin pulir. Hermosa en todas sus puntas y vértices, perfecta en su creación. Una piedra de protección. Se acercó a la orilla del agua, y la lanzó. Al fondo, donde otras tantas de portes y colores le recibieron como una más.

Se quedaron unos momentos más observando las ondulaciones del agua, y Ani se giró de nuevo al árbol. Aundrey le besó la mano para llamar su atención.

―Gracias por esto.

―Fue perfecto, ―sonrió Ani emocionada― gracias.

No quería marcharse. Pero este era un lugar sagrado para los vampiros, un lugar de protección y siglos de compromisos. Fue maravilloso.

Cuando alcanzó sus tacones y se acercaron a la puerta, al entrar de nuevo en el pasillo, se giró para mirar una última vez el árbol en su isla de gemas. Y por un segundo, por un solo segundo, creyó ver a una mujer mirándola… sonriendo y desapareciendo detrás del tronco de blanco y oro.

Una testigo de su compromiso.

Un fantasma de su unión.