Volumen 01 – Rosas Venenosas

ROSAS SANGRIENTAS

.

.

.
"A veces el mundo no necesita un héroe. Lo que necesita… es un monstruo." – Drácula.

.

.

.

El Epílogo… Antes del Prólogo

Freya

—No tienes porqué hacer esto —Freya dijo, acariciando su mejilla magullada suavemente, pero él desvió la mirada lejos de ella. Eso le hirió. Y, casi por orgullo, ella retrajo su dulce tacto de su rostro—. Estoy tratando de salvar tu vida.

Él se mofó.

—¿Cómo todas esas veces…? —Él tosió, y un rocío de sangre voló por los aires e inmediatamente Freya se alejó por miedo—. No importa. Si lo intentas o no… moriré de todas maneras.

En ese momento, Freya suspiró tristemente, temblando. Sus ojos violetas incapaces de mantener a raya las lágrimas que amenazaban con desbordarse.

—Y- Yo no deseaba esto…

—No me interesa si lo deseabas o no, señorita Freya. Me muero. Yo era feliz siendo libre, por mi propi cuenta, en los campos secretos de mi madre… Pero tuvisteis que venir y destrozar todo lo que tenía. —Finalmente, sus ojos de un intenso rojo carmesí le devolvieron la mirada, desafiantes y orgullosos, con ese fuego del alma que Freya amaba apreciar. Tan rojos y afilados como las rosas y espinas de su campo—. No puedo decir que te odio, porque no puedo hacerlo. Pero tampoco puedo decir que aún te amo… No. No después de todo lo que ocurrió. Y nunca más… no puedo hacerle esto a Artemisa.

—Lo sé —respondió Freya amargamente y deprisa, agachando la mirada—. La amas, ¿verdad?

Él asintió débilmente.

—Artemisa me hizo feliz, cuando tú sólo buscabas tu propia satisfacción… Ella estuvo ahí para mí. Me alegra que lo entiendas… —Otra ronda de tos salvaje le interrumpió, sangre y saliva fluían de su boca y de su nariz, creando largos hilos que goteaban.

Pero la diosa del amor y la belleza podía hacer poco a nada para aliviar su dolor en ese lugar. Las cadenas de oricalco se afianzaban a sus extremidades y las extendían en ángulos incomodos, evitando, de ese modo, cualquier tipo de escape que él tratase; un único rayo de luz iluminaba la oscuridad de la celda por breves instantes, y le permitía a cualquiera ver el cruel castigo sobre su cuerpo. Cortadas, golpes y heridas sin sanar cubrían su piel manchándola de colores enfermizos; una variedad de amarillo, morado, verde y rojo.

Un gruñido la despertó de sus pensamientos—. ¿Te gusta lo que ves? —él preguntó, agachando la cabeza una vez más.

—No.

—Esto. Esto es por tu culpa…

—Detente…

—Esto fue por amarte… y dejar que me manipularas…

—Detente, Bell…

Y él alzó su cabeza, dolorosamente lento.

—No quiero oír que vuelves a usar mi nombre… nunca más.

Freya se quedó de pie ahí mismo, en silencio, sosteniendo una hermosa e inmortal rosa blanca entre sus delgados dedos. Freya quería llorar por la desesperación que se agarrotaba en ella, por la injusticia que los demás dioses impusieron en ella y que no podía resolver. Y mientras sus lágrimas trazaban pasos húmedos por sus mejillas antes de caer desde su mentón hacia los pétalos perfectos de la rosa, Freya se hundió de hombros temblorosos y bajó la mirada.

—Moriré, eso es seguro —él dijo debilitado—. ¿A quién me harán enfrentar esta vez? —Bell preguntó.

Ella se congeló, el vacío gélido en su pecho tomaba el control de su cuerpo. De repente, el tiempo parecía detenerse por un eterno instante mientras en su mente se repetía la pregunta del hombre que ella amaba.

Freya sabía quién era. No había nadie más con tal sed de sangre y venganza que él… No había nadie más que, por ello, desease enfrentarse a Bell y sus habilidad malditas.

La diosa tragó saliva amarga.

—¿A quién? —Él preguntó, filosamente, como una espina.

—Mi… —tosió y aclaró la garganta—. Minos. Te enfrentarás a Minos.

Hubo un momento de silencio entre los dos, y el ruido de una antorcha consumiéndose en el pasillo afuera de la celda era la única compañía que tenían en ese momento. Pasaron unos instantes y, cuando Freya quiso decir algo, Bell gruñó.

—Minos —repitió el nombre sin alguna emoción—. Hijo de Hades, un Juez del Inframundo. ¿Ese Minos?

—Sí.

Bell mofó—. ¿Tanto deseáis mi muerte, dioses?

Freya no tuvo nada más que decir ante eso, ni al mirar cómo Bell parecía buscar algo más allá del techo de piedra, con su mirada perdida mientras murmura incoherencias. Las lágrimas seguían arrancando el maquillaje de sus ojos mientras seguían el curso natural de su predecesoras.

De pronto, una serie de golpes secos sobre la puerta interrumpieron el tiempo privado entre los dos.

—¡Señorita Freya! ¡Señorita Freya! El tiempo para visitas ha terminado. El dios Urano requiere su asistencia de inmediato —anunció una voz ahogada detrás del grueso metal.

—¡Un momento!

La diosa se irguió un poco, apartando la vista de la puerta para mirar al muchacho encadenado. Él lucía indiferente.

—¿Te vas? —era una pregunta casi sarcástica, algo que a lo que Freya no lograba acostumbrarse a oír viniendo de él—. Bien.

—Bell…

Él gruñó.

—Lo lamento. De verdad, lo lamento… si hubiera una manera de…

—Lo sé —dijo él, desviando la mirada cansada—. Lo sé. Pero no quiero oírlo. No ahora. No, nunca. Por favor, no vuelvas más.

Un golpe dolía, eso es seguro. Pero ¿un corazón quebrándose? Era algo agónico y único, una experiencia que nadie debería soportar, ni siquiera una deidad como ella. Pero, aquí estaba Freya, diosa del amor y de la belleza, sintiendo cómo algo dentro de ella se rompía en miles de millones de pedazos.

No escuchó lo que sea que Bell dijo. Sólo oía un ruido estático, blanco y continúo.

Freya se dio la media vuelta, ignorando cómo la rosa blanca se resbalaba de entre sus dedos para caer al frío y duro suelo.

Ella caminó y caminó, sus tacones haciendo eco en la celda. El frío dolor del amor pronto se volvía en una ira encarnecida que le quemaba el interior. El amor se envenenó por el orgullo. Pero Freya no podría dirigir ese odio hacia él. No. Nunca hacia Bell. Sin embargo, sí enfocaría su ira y desprecio a cierta diosa de cabellos celestes.

Pero, cuando la diosa del amor y de la belleza despertó de sus propios pensamientos, estaba caminando por un largo pasillo. Los ventanales a su izquierda permitían la vista hacia la ciudad de Orario. La noche ya hacía mucho que abrazó en sus oscuras sombras a la ciudad y las pocas luces que, aún seguían encendidas, lucían como pequeñas partículas de polvo de estrellas. Freya suspiró melancólicamente.

—Bell… ¿por qué? —se preguntó a sí misma.

Y la respuesta la sabía muy bien, pero no quería aceptarla.

Entonces, de entre la gruesa cortina de las nubes, la luna llena se asomó, espantando a la sombras de la noche y bañando en su luz platina. Era majestuosa, pero para Freya sólo simbolizaba la presencia de alguien que le había arrebatado a su más amado hombre: Artemisa.

Frunció el ceño, apretó los labios y los puños. La ira iba en aumento. Y, en ese momento, lo vio, la silueta delineada por los cráteres en ella, un conejo.

Y todo su odio se disipó para ser reemplazado por una enorme tristeza… Era como si la mismísima naturaleza le dijese que Artemisa y Bell eran destinados a estar juntos. Freya, sin pensarlo, se desplomó sobre sus rodillas, llorando el nombre de su amado y maldiciendo a las fuerzas más allá de ella por haberle arrebatado lo único que ella buscaba.

Amor.

.

.

.
Artemisa

Sus ojos, verdes como las esmeraldas, seguían admirando a la delicada rosa roja descansado entre sus dedos por el tallo sin espinas. Ella la hacía girar lentamente como queriendo hallar algún tipo de imperfección o algún detalle de putrefacción que provenía del paso del tiempo, pero, no importaba cuánto girara la rosa o el tiempo que pasase, la flor jamás se marchitaría. Cómo había dicho él… esa rosa jamás moriría como su amor por ella.

—Hermosa… —suspiró ella—, realmente es hermosa. —Y desvió su mirada hacia la ciudad a sus pies.

Era casi la medianoche, pero la luna atravesaba el cielo nocturno y con su suave y maravillosa luz lechosa ahuyentaba la terrible noche. Artemisa sonrió inconscientemente al agachar la cabeza, la luna le hacia recordar al escudo de su Familia –una medialuna resguardada por un arco de cacería–, pues la Luna era suya, de cierto modo; una expresión metafórica de los opuestos entre ella y su hermano, Apolo, el dios del sol.

Ella siguió sonriendo, devolviendo la mirada a la rosa roja.

—Asombrosa, diría yo… —oyó Artemisa detrás de ella—. Pero, nada se compara a ti, querida hermana. Nada, ni siquiera una patética rosa roja. ¿No estarías de acuerdo, Artemisa?

Inspirando hondo al enmascarar su irritación bajo una expresión neutral, Artemisa encaró a su hermano, mirándolo por encima del hombro desnudo—. Apolo, ¿qué haces aquí?

Una (algunos la considerarían, menos Artemisa) sensual y grave carcajada escapó de él al acercarse a ella. Su cabello besado por el fuego, tan rojo como las llamas, resplandecía casi mágicamente bajo la luz de la luna y sus ojos amberinos se fijaron en ella y su figura. La diosa era capaz de sentir su depravada mirada apreciar cada centímetro de su cuerpo, y también sus oscuras intenciones, pero Apolo comprendía mejor que nadie los límites que cualquier hombre podía intentar llegar a aproximarse.

Al final e inesperadamente, él lanzó su brazo hacia ella y con su mano tocó su hombro desnudo, por lo que Artemisa forzó cada fibra de su ser para controlarse y no brincar lejos de él y su tacto.

—Vine a admirar la belleza natural de este lugar… —admitió él al extender su brazo libre y señalando a la enorme azotea repleta de estatuas de mármol, arbustos finamente recortados en ciertas figuras y la fuente de piedra en el centro del lugar. Era realmente hermoso—… Y mis ojos fueron recompensados con la belleza de tu presencia, querida hermana…

—Basta de juegos, Apolo, ¿por qué estás aquí?

La sonrisa en el rostro de Apolo se disipó y, casi al instante, una expresión lobuna la reemplazo; sonreía mostrando los dientes y la mirada se le afiló.

—No serás capaz de salvarlo —no fue una predicción sino un hecho—. Al final, él está en mis manos. Haré lo que me plazca y no podrás hacer nada para detenerme. Claramente, luego de que Hades haya tenido su diversión con él…

Y antes de que Artemisa pudiese reaccionar, la mano embustera de Apolo abandonó su hombro para abalanzarse violentamente hacia la rosa que ella tenía entre sus manos, arrebatándosela al instante.

—¡Oye…!

—Justo como tomé esta rosa, tomé a tu apreciado… amigo —aquella palabra se deslizó de su lengua como un veneno lleno de desdén y frunció el ceño con fuerza—. Honestamente, esta rosa es tan patética como el mismísimo hombre que la creó.

—Di lo que quieras de Bell, él te demostrará lo contrario —Artemisa contestó, encarándole a la par que un carcaj traslucido repleto de flechas con las plumas estabilizadoras de un azul vibrante aparecía atado a su espalda—. Pero, atrévete a mal hablar de él en mi presencia una vez más… —amenazó ella y un arco curvo se materializó en su mano izquierda al igual que una corona alada que cubrió parte de sus cabellos azulados—. Te demostraré que a veces la Luna puede eclipsar al Sol.

Pero, antes de que Artemisa pudiese decir o algo más, Apolo la encaró con aquella sonrisa propia de él. Y sin pensársela dos veces, él alzó su mano y acarició la mejilla de Artemisa, paralizándola cual roca mientras sus ojos se dilataban en una ira desenfrenada.

—Sé lo que puedes hacer, querida hermana —admitió sin miedo.

—¡¿Qué…?!

Apolo entonces acomodó un mechón de cabellos azulados por encima de su oreja con cuidado—. Pero, con el tiempo y luego de que acabe con ese humano, empezarás a ver la razón detrás de todo y me amarás…

Artemisa gruñó salvajemente—. Eso no sucederá, ¡nunca! No en cien años. Ni en mil años; ni siquiera en diez mil años, ni mucho menos en miles de millones de años. El paso del tiempo no cambiaría lo que siento por ti. —Sus ojos verdes deslumbraron amenazantes—. No te amaré.

—De verdad, es una pena —Apolo respondió, tomándose un último instante para admirarla de pies a cabeza. Luego de un minuto, él levantó cuidadosamente la rosa roja que tomó de sus manos y la acomodó en su cabello, enredando el tallo con delicadeza en los mechones azules—. Eres tan hermosa, querida hermana mía. De verdad, lo digo, es una pena que no puedas comprenderme.

—Apolo…

Ella advirtió, tomando un paso hacia atrás con desesperación, aún manteniendo su arco curvo y la corona de alas doradas ahora decorada en compañía de la rosa roja.

En ese momento, el dios del Sol se dio la media vuelta, provocando que su cabellera carmesí danzara en el aire—. Nos veremos pronto, Artemisa. Y espero que, para entonces, hayas reconsiderado tus sentimientos por ese mortal cuando nos volvamos a ver.

La diosa de la Luna se dio un momento para relajarse cuando el dios del Sol se retiró. Suspiró y pensó en lo que había transcurrido en el silencio del balcón. Ella quiso gritar en ese instante, llorar a su padre por clemencia o fuerza, pero Artemisa simplemente se quedo de pie ahí, preguntándose que era que lo había dentro de la mente de Apolo. Sus ojos esmeraldas buscaron una respuesta a sus dudas y su ira retenida en las estrellas, por un momento, ella reconoció algunas de ellas… eran, quizá, las mismas estrellas que la guiaron a ella y a él a encontrarse aquella noche.

—Bell… —musitó suavemente, alcanzando la rosa roja con una mano en su cabello.

Y al desplomarse sobre sus rodillas con silenciosas y cálidas lágrimas agridulces, Artemisa sólo podía pensar en el tiempo que ella pasó negando un amor que nacía de lo más puro por tanto tiempo, y cómo él había cambiado su mundo para siempre.

Pero, lo que ella no notó fue cómo un único pétalo escarlata se desprendió débilmente de la flor antes de caer y ser acarreada por la ligera brisa que acarició a Artemisa en la fría y solitaria noche.

Un pétalo rojo manchado con sangre…