DÍA 1: CHEFS AU:
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La armonía de colores fue lo primero que llamó la atención de Mikasa la primera vez que había cruzado la puerta del restaurante. Las paredes eran color crema, los cubre manteles blanco nuclear y los manteles amarillos. En el centro de cada mesa había jarrones pequeños y transparentes con flores violetas dentro.
- El contrato que firmarás será de un año -Mikasa asintió-, y también...
- Zeke -le interrumpió-, lo he entendido.
Mikasa había hablado con la misma voz dulce, calmada y femenina con la que trataba todos los temas que quería zanjar cuanto antes. ¿Y esta chica tan calmada y fría está tan llena de problemas como todos dicen? se preguntó. En un gesto muy rápido, firmó los papeles y se los entregó. Y con ese simple gesto; Mikasa Ackerman era la nueva encargada del restaurante Jaegeristas.
Tras guardar el contrato en una carpeta color camel, Zeke se levantó:
- Te presentaré al resto.
Mikasa se levantó detrás de él y le siguió hasta la cocina.
La cocina estaba detrás de la barra de espera del salón del restaurante, en la plantilla de la cocina contaban con cuatro personas además de Zeke, que era el que la dirigía. Niccolo, Armin, Floch y Eren. El último era pariente de Zeke, hermanos o eso tenía entendido Mikasa, pero tampoco había querido hacer averiguaciones. No tenía ganas de responder preguntas, así que tampoco se sentía con derecho a hacerlas.
- Chicos -saludó-; dejad lo que estéis haciendo, quiero presentaros a alguien.
Zeke dio un paso a un lado, para dejar a Mikasa a la vista de todos. La chica mantenía una postura recta y altiva, tenía los hombros anchos y los músculos desarrollados, a pesar de estar tan delgada. Juntó las manos detrás de la espalda y los observó a todos, de la misma manera que ellos la observaron a ella.
- Es un placer conoceros a todos -se presentó-. Soy Mikasa Ackerman, a partir de hoy trabajaré como la nueva encargada de este sitio. Espero poder llevarme bien con todos.
Entre los cocineros había uno rubio y de ojos azules, era el más bajito pero tenía un rostro muy lindo. A su lado, picando cebollas estaba otro con semblante agrio y pelo rojizo, en los fogones había uno que tenía el pelo rubio y rizado. Estaba sonrojado, posiblemente por el vapor del agua que estaba cociendo. Los tres vestían la misma guerrera blanca de cocinero.
- Hola, Mikasa -el rubio de ojos azules dejó lo que estaba haciendo y fue a saludarla-. Yo soy Armin, es un placer conocerte -extendió la mano para saludarla, Mikasa correspondió al saludo-. El rubio es Niccolo, le decimos Nicco y el que está picando cebollas y ni siquiera esas le hacen llorar es Floch.
El primero saludó a Mikasa con un gesto de la cabeza, y el otro con un gruñido. Compañeros de trabajo encantadores pensó con ironí realidad le daba igual, lo prefería así, había ido allí sólo para trabajar, no tenía por qué hacer amigos.
Notó un suave golpe en la espalda y se apartó enseguida de la puerta. Detrás de ella había un cuarto muchacho, supuso que era un hombre por los brazos fuertes y morenos que sostenían las cajas, porque la cara no se la veía, la tenía cubierta por cajas.
- Zeke, quita de en medio, que voy con carga -rumió.
- No es a mi a quien casi atropellas, idiota -respondió el jefe.
El chico que acababa de entrar en la cocina se giró sobre los talones hasta quedar de costado a Mikasa y mirarla ojiplático.
- Oh -murmuró-, perdona.
Se puso de cuclillas con elegancia y dejó las tres cajas que tenía cargadas en el suelo. El chico no parecía tan alto a comparación de Mikasa (quién era alta para ser mujer) pero tenía los brazos y las piernas largos, y los hombros muy anchos. De todos era el único que no vestía la guerrera, sino una camiseta de color marrón con el cuello de pico y vaqueros. Su pelo era castaño y largo, pero lo llevaba recogido en un moño a mitad de la cabeza.
- Me llamo Eren -le extendió la mano a modo de saludo, Eren tenía los ojos almendrados y profundamente verdes. No se parecía en nada a Zeke.
- Mikasa -correspondió al saludo, estrechándole la mano.
- Mikasa trabajará con nosotros a partir de ahora -intervino Zeke.
Eren apoyó la espalda en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y la mirada fija en Mikasa, no la desvió ni cuando Zeke comenzó a explicarle el contrato que la chica había adquirido con ellos.
- Vale -interrumpió sin haber escuchado ni una mierda de lo que su hermano mayor le había dicho-, me parece bien, pero antes de saber si podremos trabajar juntos necesito saber algunas cosas de ti.
Mikasa pestañeó una única vez. Sin descruzar los brazos, dio dos pasos hacia Eren y alzó un poco la cabeza para mirarle a los ojos. Eren se puso recto y entendiendo el desafío se inclinó hacia Mikasa, ella tenía la mirada seria, fría... profundamente triste. La de Eren era como la de un felino que trataba de averiguar en qué punto venía la luz.
- ¿Te gusta el queso? -le preguntó.
Mikasa fingió que no estaba sorprendida por la pregunta y no cambió el semblante.
- Sí -contestó con seriedad.
Eren torció la comisura de la boca en una sonrisa.
- Bien, empezamos bien. No me fío de nadie que no le guste el queso -afirmó, e iba en serio-. Y, ¿estarás dispuesta a probar todo lo que yo cocine? -pronunció cada una de las palabras con cuidado, de manera pausada, como si fuese una insinuación de algo más-, todos los que trabajan para mi están obligados a probar mi comida y a darme su opinión más sincera.
- Eren -el tono de Zeke resultó imperioso. Sólo un hermano mayor podía pronunciar así un nombre y que sonase como una riña.
Los otros cocineros habían dejado lo que estaban haciendo y miraban petrificados el intercambio de miradas, Mikasa se daba cuenta, pero no se amedrentó por ninguno de los presentes. Dio un paso al frente, ladeó la cabeza y contestó:
- Si es una norma, la acataré -y un ángel pasó por esa cocina, porque únicamente el sonido de las burbujas del agua al explotar en la olla se escucharon durante al menos quince segundos seguidos.
Ese fue el tiempo que Eren tardó en reaccionar. Su sonrisa se volvió como la de un niño y se acercó a Mikasa, codeándole la parte alta del brazo.
- Nos vamos a llevar bien tu y yo.
El primer día de trabajo fue bastante más duro de lo que Mikasa hubiera esperado. Quizás es que aún estaba cansada del viaje y la mudanza, o quizás es que se le había vuelto a olvidar que tenía que comer...
Cuando se sentó por fin en una de las mesas del comedor no se lo podía ni creer, era patético para una ex gimnasta olímpica como ella se cansase así, pero enseguida apartó ese pensamiento, tenía que dejar de machacarse a si misma de esa manera.
La última tarea del día era actualizar los registros y hacer caja, mejor si se centraba en eso. Además de supervisar mesas y camareros, y que no hubiera ningún problema con los clientes, aquel sería su trabajo principal.
- ¿Me permites? -sin aviso ninguno Eren le quitó el libro de cuentas que estaba examinando y le puso en su lugar un plato enorme de tallarines a la carbonara. Tenía uno idéntico para él en la otra mano, que puso delante del que había puesto para ella.
Retiró la silla y se sentó frente a ella, ofreciéndole un tenedor y una cuchara a Mikasa. Ella no los cogió enseguida, así que Eren se los dejó encima de la mesa, junto a su plato.
- Es pasta fresca a la carbonara -contestó a la pregunta que Mikasa no le había hecho-, y de la buena, nada de nata. La masa también es casera. Pruébalo, seguro que te gusta -la animó, con una leve sonrisa.
Dejó a un lado de la mesa el libro negro de las cuentas y comenzó a comer usando el tenedor y la cuchara para anidar la pasta. Mikasa tenía la mente centrada en el plato. Hacía años que no probaba la pasta, y el plato era demasiado grande, tenía demasiada cantidad de comida, no iba a poder con toda. Ni siquiera estaba segura de si podría comer con normalidad. El corazón comenzó a acelerársele, tenía el vello de punta, taquicardia, otra vez esa maldita ansiedad, el pánico que sentía que iba a devorarla. Basta, basta, se dijo.
- No has comido nada en todo el día -le recalcó, y tenía razón. Mikasa no había probado bocado desde que se había levantado y se había tomado el batido de proteínas con plátano que se hacía cada mañana-. Pruébala, seguro que te gusta -Mikasa seguía sin reaccionar ni decir nada, solo miraba el plato fijamente-.
Eren había hecho otro comentario más pero Mikasa no le estaba escuchando. Una gota de sudor le recorrió la nuca.
- ¿No te gusta?
Mikasa ni siquiera escuchó la pregunta. Sin previo aviso se levantó de la mesa manera un tanto brusca. Eren hizo ademán de levantarse él también pero Mikasa le detuvo con un gesto de la mano.
- Dame un momento, por favor -y se marchó al baño.
Encerrada en el baño comenzó a tener un ataque de pánico, el primero en una semana. Le costaba respirar pero esta vez no llegó a vomitar, logró controlarlo. Tampoco era un gran mérito porque no tenía absolutamente nada en el estómago que pudiera vomitar si se metía los dedos en la garganta. Aun así, se recordó a si misma que el hecho de no haberse metido los dedos para vomitar, de no provocarse el vómito, era un logro en si y uno muy grande además. Antes hubiera insistido hasta dejarse la garganta, el esófago y escupir sangre, pero ya no, ya no quería sentir más dolor, ya no quería seguir sufriendo así.
Era un logro, era un logro, estaba mejor, estaba mejor.
Tras salir del baño se echó agua fría en la cara y comprobó la hora, eran las ocho, podía tomarse otra pastilla.
Eren apenas había tocado su plato desde que ella se había ido, pero Mikasa volvió a la mesa como si no hubiera pasado nada.
- ¿Estás bien? -Mikasa ignoró la pregunta y se sentó frente a él.
Cogió la cuchara y el tenedor, o más bien empuñó ambos cubiertos como si fueran armas y después cogió una pequeña porción de comida. Enredó con parsimonia y esfuerzo una porción muy pequeña de pasta y después se la metió en la boca.
Mikasa parecía masticar con esfuerzo, frunciendo los labios. Eren no había estado más nervioso en toda su vida en lo referente a que alguien probase su comida. Mikasa no hizo comentarios al respecto, simplemente continuó comiendo, bocados pequeños, masticaba con lentitud y mucho esfuerzo pero lograba tragar.
- ¿Mucha pimienta? -fue el único tema de conversación que se le ocurrió en aquel momento-. Zeke suele quejarse de eso -Mikasa únicamente respondió negando con la cabeza-. A mi es que me gusta fuerte.
- A mi también -contestó después de un minuto.
Eren sonrió satisfecho, pero no preguntó nada más por esa noche, ya tendrían tiempo para hablar cada día que cenasen y comiesen juntos, o al menos eso esperaba él.
Eren y Mikasa se acostumbraron pronto a hacer las comidas y las cenas juntos en el restaurante después del trabajo y en los descansos, mientras ajustaban las cuentas o comían con los demás al medio día. Eren solía aprovechar para preparar platos tradicionales que le gustaban mucho como la escalivada de pimientos con atún, pasta o pollo al horno con manzana y miel. Y otras ocasiones hacía que Mikasa probase platos nuevos como la ghoulash de pescado blanco, la crema fría de melón con virutas de jamón de corte o arroz revuelto con tomate y berenjenas.
Mikasa soportaba muy bien la comida picante, incluso mejor que él, pero odiaba el vinagre y la ensalada condimentada, para ella nunca era demasiada pimienta, se había dado cuenta Eren y aunque apenas comía durante el día (parecía que comer le resultaba un esfuerzo a veces) le encantaban las fresas, porque nunca rechazaba una, fuese la hora que fuese.
En el tiempo que pasó con ella no solo descubrió las cosas que le gustaban comer, también que a pesar de parecer seria tenía un muy afilado sentido del humor, que siempre decía las cosas como las pensaba, que era mucho más inteligente de lo que todos pensaban, y bastante buena resolviendo conflictos y mediando entre las personas (había podido comprobarlo con Nico y Floch), y también que seguramente había estado sola desde que era muy pequeña. Por la actitud independiente que siempre exhibía.
Desnuda ante el espejo, Mikasa podía ver cómo había logrado ganar algo de peso en los últimos meses. Seguía haciendo ejercicio cada día, para no perder la masa muscular que tenía de haber hecho gimnasia rítmica durante tantos años, pero aún así, volvía a tener las caderas y los muslos llenos. Ahora parecía un poco más reloj de arena, la cintura se le formaba nuevamente y le marcaba el abdomen de manera más saludable, ya no notaba las venas del estómago.
También tenía los pechos más grandes, el período le venía con regularidad desde hacía tres meses por lo que el pelo negro y lacio estaba más brillante y voluminoso también, la piel volvía a tener su tono blanco uniforme. También arecía algo más femenina, con el rostro más redondeado, no tan afilado como se había acostumbrado a vérselo en el espejo y a no gustarse.
Ahora le gustaba lo que veía en el espejo. No recordaba la última vez que así había sido, mirarse desnuda y gustarse, mirarse y no sentir asco de ella misma, mirarse y no pensar que no servía para nada si no era capaz de coger unas mazas o una cinta rítmica. Su peso de cierta manera... ahora ya daba igual, daba igual, únicamente tenía que preocuparse por estar sana y bien.
La rutina del trabajo finalmente le había ido bien, su terapeuta le había insistido mucho en la importancia de llevar una vida ordenada, de ir dando pequeños pasos, de recompensarse por sus pequeños logros. Sigue haciendo gimnasia si quieres, sigue haciéndola si eso te hace feliz, pero no hagas nada que no te haga feliz o que te haga odiarte. Había sido más el consejo de una amiga que el de una terapeuta, pero en cierta manera, era lo que le había salvado la vida.
El uniforme del restaurante consistía en un pantalón negro ajustado, un delantal francés del mismo color y una camisa blanca que siempre llevaba remangada hasta los codos. Con el cambio de peso la blusa comenzaba a quedarle más ajustada en torno al pecho, volvía a tener canalillo. Tendría que comprarse una talla más, o acabaría viéndose en una situación incómoda en el trabajo.
En la cocina Eren era el único que nunca se ponía una guerrera, siempre llevaba camisetas de cuello de pico y vaqueros, y como él era el dueño podía hacer lo que quisiera, o eso decía él. Comer y cenar cada día con Eren y los demás había sido también clave en su recuperación. Gracias a Eren se había reconciliado un poco más con la comida, todo lo que él preparaba era delicioso, y sobre todo nunca se quejaba de la cantidad que Mikasa comiera, si comía demasiado poco, si no quería tocar el arroz de la guarnición y prefería comerse solo las verduras. Con el tiempo había incluso aprendido a ponerle platos más pequeños, platos que podía terminarse enteros y que la animaban mucho, porciones ajustadas a ella.
Eren era un cielo, Mikasa y él habían llegado a forjar lo que se podía denominar como una amistad muy profunda, o al menos eso pensaba ella. Mikasa nunca había tenido amigos, siempre había estado demasiado ocupada entrenando como para tener una vida o ese tipo de relaciones y todo esto era nuevo para ella. Básicamente era una torpe emocional de veinticinco años pero lo que sentía por Eren, la calma cuando estaba con él, la alegría de verle sonreír y cómo se hacían reír mutuamente... eso era cariño, y lo sabía reconocer. Cariño sincero.
Y quizás algo más...
- Mikasa -Eren se asomó desde la cocina, haciéndole un gesto con la mano-, ven, me gustaría que probaras esto.
Mikasa dejó lo que estaba haciendo y le explicó a uno de los camareros lo que tenía que hacer antes de irse a atender al jefe.
Una vez en la cocina, Eren le ofreció un anacardo garrapiñado con caramelo aromatizado al romero. Eren le acercó el fruto seco a los labios de manera distraída, como si esperase que Mikasa se lo fuese a quitar con los dedos, en cambio la chica inclinó la cabeza y sin dejar que sus labios rozasen ni el índice ni el pulgar que sostenía el anacardo, lo atrapó y se lo metió en la boca. Primero saboreó la textura del caramelo, perfecto de rubio y con un toque refrescante de romero. Eren se la había quedado observando, desconcertado y... hasta sonrojado.
- ¿Qué te parece? -murmuró tras un rato en que Mikasa se había dedicado a darle vueltas al anacardo en la boca.
- Me encanta -dictaminó al final-, el anacardo es el fruto seco que más me gusta -Eren ya conocía ese dato, pero se lo calló, esbozando una sonrisa de medio lado. Mikasa se dio la vuelta para volver al trabajo, pero Eren la detuvo agarrándola por la muñeca.
- Mikasa -hizo una pausa cuando ella giró la cabeza para mirarle- ¿Me acompañarías esta noche a un sitio?
Mikasa lo pensó durante unos segundos antes de contestar y entonces asintió con lentitud. Eren pestañeó, parecía sorprendido de que hubiese aceptado la invitación, sin más y porque sí.
- ¿Es por trabajo?
- Ah... -murmuró-, no. Es personal... es una tontería -se apresuró a decir-. Es que no tengo con quién ir y... -se encogió de hombros.
- Eren -le interrumpió-, iré contigo. Si es contigo y no se trata de trabajo se que me divertiré.
Eren la miró desconcertado, y ella le correspondió con una sonrisa sincera antes de salir de la cocina. Y justo en la puerta chocó con Floch, que la miró con cara de pocos amigos. Armin siempre era un encanto y Nicco aunque tenía sus días se podía tratar con él, en cambio Floch...
- Hola -le saludó con cordialidad.
La contestación de Floch fue un gruñido y un gesto contra su hombro para que se apartase de su camino. Mikasa lo toleró esa vez en pos del buen ambiente de trabajo, pero no lo toleraría una segunda vez. Atravesó a Floch con la mirada mientras veía cómo este orbitaba en torno a Eren, que estaba sacando otra tanda de anacardos de la sartén y poniéndoles más romero para después guardarlos en un bote de cristal hermético y servirlos en los postres a los comensales del restaurante. Eren dirigió una mirada disimulada a Floch y luego a Mikasa, que ya se había dado la vuelta para largarse de allí.
Ese día cerraron el Jaegeristas antes de tiempo, normalmente cerraban a las diez, pero Eren les dio la tarde libre a todos y se fueron a casa sobre las cinco de la tarde. Él y Mikasa habían quedado a las ocho, por lo que Mikasa tuvo tiempo de ir a casa, ducharse y ponerse ropa más cómoda. No tenía ni idea de a dónde irían, pero Eren le había pedido que no se pusiera nada formal, más bien ropa y calzado cómodos. Al final se puso unos leggins de color negro y una sudadera de color blanco. Por las noches refrescaba mucho en Paradis.
Cuando llegó al restaurante Eren estaba cargando una cesta de picnic y varias mantas en el coche.
- ¿Nos vamos de picnic? -La voz de Mikasa había sobresaltado a Eren, ¿Cómo era siempre tan sigilosa?
- Que susto me has dado -ella le respondió con una sonrisa-. Es por si nos da hambre. Bueno, yo tengo hambre a todas horas, ya me conoces.
Mikasa sonrió y asintió antes de subirse al coche con él.
Eren condujo cerca de unos treinta minutos, mientras atravesaban toda la isla hasta llegar a las montañas del norte. Mikasa supo que había hecho bien en ponerse aquella sudadera de pelillo, Eren también llevaba un cárdigan largo de lana negra que le abrigaba, porque en esa zona de la isla siempre hacía especialmente frío. Eren le contó un poco de historia de la Isla de Paradis, sobre los recursos naturales de esta y cómo al principio era un lugar ruinoso que los antepasados que emigraron allí hacía dos mil años habían logrado sacar adelante. Mikasa le confesó que, aunque ella había crecido en Hizuru con parte de la familia de su madre, su padre era de allí, y que ella había nacido allí también. Aunque nunca había vuelto a Paradis hasta ese año en concreto.
- Y ¿por qué dejaste tu vida en Hizuru y viniste a Paradis? -le preguntó una vez hubieron llegado a una colina desde la que veían iluminada prácticamente toda la capital de Paradis-. Y para trabajar en un pequeño restaurante como el nuestro nada más y nada menos, estudiaste económicas ¿no? podrías optar a puestos mucho más importantes.
- Es que no era feliz -contestó escuetamente-. Con nada de allí, por eso fue que hui -Mikasa desvió la cara hacia la ventanilla del coche, su voz sonó amortizada contra el cristal cuando volvió a hablar-. Hasta llegar aquí.
Eren la miró de soslayo, su reflejo triste en el cristal, el pelo negro y lacio hasta la mitad de la espalda. La primera vez que la había visto había pensado que era muy hermosa, con ojos terriblemente tristes pero aun así llenos de fuego.
Cuando llegaron al destino y se bajaron del coche, Mikasa cogió una manta de color negra con forro debajo y la extendió sobre el suelo de tierra y escarcha. Eren fue detrás de ella con la cesta de la comida y otra manta de pelillo para echársela por encima una vez estuvieran sentados.
Habían subido a una colina en lo alto de las montañas de la ciudad, un mirador del que podían ver todas las luces anaranjadas, las casas de piedras blancas típicas, los caminos llanos... Mikasa se había quedado embobada viendo la escena, era precioso y sobrecogedor al mismo tiempo.
- ¿Y ahora... eres feliz aquí? -Mikasa se dio la vuelta para mirarle. Eren había colocado todo ya y se había quitado los zapatos para subirse a la manta y cubrirse las piernas con la otra.
Mikasa se quitó las zapatillas también y se sentó a la derecha de Eren, metió los pies debajo de la manta junto a él antes de contestar:
- Sí.
Eren le dedicó una sonrisa torcida y la terminó de cubrir con la manta, en un resquicio del pie que se había dejado.
- ¿Tienes hambre? He traído ensalada de patata y pepino con mayonesa, también sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada, de huevo y mí favorito: sándwich de croqueta.
- ¿Sándwich de croqueta? -preguntó, escandalizada.
Eren asintió con entusiasmo mientras le explicaba en qué consistía el sándwich de croqueta. Eran dos rebanadas de pan, una untada con una suave capa de mayonesa y otra de kétchup, una capa de lechuga (preferiblemente genovesa o de roble) sobre la capa que tenía mayonesa, una capa de huevo huevo picado con sal, pimienta y mayonesa al curry encima de esta, un escalopín de ternera o pollo empanado, una capa de queso y la otra rebanada de pan untada con la salsa kétchup.
Mikasa le miró horrorizada.
- Me como medio de eso y me podría ir a arar una semana al campo -se quejó.
- Qué exagerada eres -carcajeó Eren, mientras le ofrecía la mitad del sándwich que ya venía perfectamente partido por la mitad. Mikasa lo cogió con timidez y reparo-. La receta era de mi madre; solía preparárnoslos cuando íbamos de picnic al campo -había un deje de tristeza en la voz de Eren, que no pasó desapercibido para Mikasa. Eren también se dio cuenta, así que añadió-: Murió cuando yo aún era un niño; pero fue por ella que empecé a cocinar.
- Lo siento mucho -murmuró Mikasa mientras miraba el sándwich-. Yo también perdí a mis padres cuando era niña, fueron mis tíos, la familia de mi madre quienes me criaron en Hizuru.
- Lo siento mucho -Eren tocó el brazo de Mikasa y luego continuó-: Oye, si no te gusta sándwich no tienes por qué...
- ¡No es eso! -le cortó con tono brusco-. Es que... hace un tiempo tuve problemas con la comida, ya estoy bien -se apresuró a decir-, es decir, que me estoy recuperando bien pero... aún hay cosas que me cuestan. Cierta ansiedad persiste aún.
Y antes de que Eren pudiera decir nada más, Mikasa le quitó el sándwich de croqueta de la mano y lo abrió. Eren ya lo tenía partido por la mitad, y se veían todas las capas, incluyendo la del filete de pollo y el color amarillo de la mayonesa, naranja del queso y rojo del kétchup. Era muy bonito, seguro que también era delicioso. Tomó aire y dio un bocado enorme al sándwich, probablemente el bocado más grande que había dado en años sin intención de vomitarlo después. Se recordó a si misma la necesidad de notar los sabores en la comida, de disfrutar lo que Eren había preparado, de ir despacio para no sentirse demasiado llena después y con la sensación de explotar.
Eren la miraba como un búho de noche, ojiplático y un poco inclinado hacia ella.
- Buenísimo -contestó después de tragarse el primer bocado y antes de darle el segundo. Tenía el ceño fruncido igual que una niña.
Eren sintió mariposas en la piel, era feliz cuando alguien disfrutaba mucho de lo que él cocinaba, cuanto más la chica que le gustaba tanto desde hacía meses. Desde la primera vez que había visto a Mikasa, había sentido que algo había cruzado su mente, como si la conociera de toda la vida. Quería ver sus clavículas llenas, por alguna extraña razón sabía que su cuerpo no era tan excesivamente delgado de manera natural. Quería verla sonreír, y proteger esa sonrisa a toda costa.
- ¿Quieres agua? -le ofreció una botellita de agua-, también tengo refresco, aunque nunca te he visto tomar uno. Sospecho que no te va mucho.
- Odio las burbijitas que tiene -arrugó la naricilla de pensar en ellas y cogió la botella de agua que Eren le ofrecía, dándole las gracias-; me lo bebo únicamente si le sacudes las burbujitas.
- ¿Cómo me dices eso? -objetó- las burbujitas son lo mejor.
Mikasa le sonrió de manera torcida mientras él abría una lata de refresco y le daba un ligero sorbo.
- Eren... -comenzó de manera distraída-, ¿tu y Floch tuvisteis algo romántico o sexual en el pasado?
Eren esparció como un surtidor en el césped de la colina el refresco que tenía en la boca, como respuesta a la pregunta de Mikasa. La chica ladeó la cabeza, como si no entendiera la reacción de él.
- Pero, ¿por qué me preguntas eso? -exclamó, mientras cogía servilletas de la cesta de la comida.
- Curiosidad -contestó-, como parece que siempre orbita en torno a ti. Le falta mearte encima para que nadie se te acerque -Eren la miró ojiplático, parecía que él no había percibido nada de eso-. Perdón, igual y es un terreno demasiado personal como para preguntar.
- ¡No! -contestó-, quiero decir que no es demasiado personal que me puedes preguntar lo que quieras, vaya -contestó de manera atropellada- y que no, que tampoco, vamos que nunca hemos tenido nada, no es... -se paró, antes de decir alguna tontería más grande y dio un sorbo del refresco de limón. Esta vez sin tirarlo.
Mikasa sonrió un poco para si misma. Siempre veía a Floch detrás de Eren, pero Eren no parecía demasiado interesado en el cocinero, por eso Mikasa había pensado que igual habían tenido algo en el pasado y Eren había pasado de él; quizás era simplemente un amor unilateral. Como fuese, esperaba que su amistad con Eren no crease conflictos en el trabajo. Hacía unos pocos meses le hubiera dado igual, pero Armin y Niccolo se habían vuelto amigos cercanos a ella, y no querría perder o enturbiar su nueva rutina.
- Bueno, entonces, ¿me has traído aquí para un picnic nocturno solamente o...?
- Espera un poco -miró su reloj de pulsera- quince minutos solamente.
Mikasa asintió. El sándwich de croquetas le había encantado, pero también quería probar la ensalada de patata y pepino, así que únicamente se comió una mitad entera y se dejó mordida la otra mitad. Observó que Eren no tuvo problema en terminarse la mitad del sándwich que ella había mordido pero que no tenía intención de terminarse y sonrió un poquito por eso.
- Uf, estoy llenísima -sentenció después de un rato.
A opinión de Eren, Mikasa había comido bastante poco, pero según tenía entendido las chicas comían bastante menos que los chicos. Él siempre había estado más rodeado de amigos que de amigas y si era sincero sabía bastante poco de ellas. Además, con lo que le había confesado antes tampoco quería agobiarla.
- ¿No quieres postre entonces? -sacó de la cesta dos parfait metidas en tarros de cristal, estaba hecha con un bizcocho de vainilla, fresas y nata. Eren sabía que Mikasa nunca decía que no a unas fresas, y si estas llevaban nata... es que nadie se resistía-: ¿Trufa o nata?
Mikasa le atravesó con la mirada.
- Nata -contestó, cogiéndole el bote-, eres malvado. Las fresas me gustan muchísimo.
- A mi también -le contestó.
Eren observó cómo Mikasa se metía en la boca la fresa de en medio, entera y cubierta de nata, y lo que más le gustó fue ver cómo sonreía al morderla y disfrutaba de ella. Eren abrió su bote también y la imitó, a él le encantaba el chocolate, por eso había hecho el suyo de trufa.
- ¿Sabes? Estás muy sexy cuando comes -el comentario de Mikasa le cogió por sorpresa, e hizo que la fresa casi se le fuera por el otro lado. Podía parecer que no, pero en realidad era un chico bastante tímido-. Esa no es una cualidad que tenga todo el mundo.
Eren quiso reírse, o darle las gracias, o incluso preguntar si debía de darle las gracias. Decir algo. Lógicamente, Eren siendo Eren, no hizo nada de eso, se quedó callado mirando a Mikasa, a sus labios más concretamente. Los tenía rojos e hinchados por habérselos estado relamiendo al comerse las fresas y la nata.
- Te has manchado la comisura con nata -murmuró-, ¿me permites?
Eren extendió la mano y con el pulgar le apartó un pisquito de nata que tenía en la comisura de la boca, luego se lamió el pulgar para quitarse la nata del dedo. Mikasa le miró de manera larga antes de preguntar:
- ¿Eso ha sido como un beso indirecto?
Eren giró la cabeza bruscamente para mirarla.
- ¿Cómo?
- La próxima vez me lo podrías dar directamente -le comentó con naturalidad-. Sólo si te apetece claro está.
- ¿Da-darte un beso... a ti? -a veces no pillaba el humor de Mikasa, no sabía si decía las cosas en serio (porque sincera era un rato) o simplemente estaba de broma. Igual y se había pasado quitándole la nata de la boca.
- Haces que suene horrible -comentó en tono burlón y dejó el bote vacío de fresas, nata y bizcocho en la cesta-. Qué bien he comido -suspiró y se tumbó sobre la manta cuán larga era.
Aunque sonreía, en realidad estaba nerviosa por lo que acababa de decir. En el mejor de los casos Eren lo tomaría como una broma, ella siempre tenía ese tipo de humor que él generalmente solía captar, y en el peor de los casos, le pediría disculpas si le había molestado y esperaría que su amistad siguiera como si nada.
Las estrellas brillaban muchísimo esa noche, pero la cabeza de Eren las tapó cuando se inclinó sobre ella, para mirarla a los ojos.
- ¿Tu me quieres dar un beso a mi? -le preguntó abiertamente.
Mikasa no contestó enseguida, se tomó un momento para responder, pero cuando lo hizo fue sincera.
- Sí -contestó finalmente.
El corazón se le calmó cuando lo dijo. Había pensado que estaría muchísimo más nerviosa cuando se lo dijera pero... en realidad fue todo lo contrario, como un peso que se había quitado de encima. Si Eren no quería no iba a tomárselo a mal tampoco, pero al menos ya se lo había dicho.
Eren frunció los labios y se inclinó sobre ella para besarla en los labios. El beso fue apenas un roce de labios, parecía más el beso de unos niños de doce años que se besaban por primera vez que el de dos adultos de casi veinticinco años. Eren rozó la punta de su nariz con la de Mikasa, haciéndola sonreír. Ella alzó las manos, acariciándole las mejillas y se incorporó un poco para devolverle el beso, esta vez un poco más profundo, con los labios entreabiertos.
Mikasa temía sentirse torpe, no recordaba la última vez que había intimado físicamente con alguien. Aunque quizás a un beso no se le podía llamar tener intimidad, ¿o si?
Eren se incorporó un poco para mirarla y le apartó un mechón de cabello de la cara, la forma en que la miró hizo que Mikasa sintiera ganas de llorar y ni siquiera sabía por qué.
Abrió la boca para decir algo, pero en ese momento el cielo quedó plenamente iluminado por una lluvia de estrellas. Eren estiró los labios en una sonrisa, la sonrisa más preciosa que Mikasa había visto nunca.
- Ya ha empezado -Eren se tumbó boca arriba junto a ella, agarrándola de la mano.
Entrelazaron los dedos de las manos y se concentraron en ver la lluvia de estrellas. Era el espectáculo más precioso que Mikasa hubiera visto nunca, caían como lágrimas, estrellas fugaces a las que poder pedir miles de millones de deseos. Pero Mikasa únicamente tenía un deseo, y parecía habérsele cumplido.
- Eren -murmuró. Él giró la cabeza para mirarla, aunque ella aún miraba el cielo y las estrellas cayendo- Gracias -murmuró-, por haberme traído aquí contigo, por haberme ayudado tanto en estos meses, por ser mi amigo. Gracias.
Eren no contestó, pero sí abrazó a Mikasa contra su pecho y le dio un beso en la mejilla. Ella también se acurrucó contra él debajo de la manta, sin dejar de mirar al cielo. A veces la felicidad podía ser simplemente eso.
Esa noche cuando Eren la dejó en casa, Mikasa le invitó a quedarse a dormir y él aceptó. Dejaron los zapatos a la entrada, como era la costumbre de Hizuru y pasaron directamente al dormitorio.
Mikasa atrajo a Eren hacia si, deslizó las manos por sus amplios hombros y le quitó el cárdigan negro que llevaba puesto, después metió las manos por debajo de la camiseta verde militar, acariciándole la espalda, la cintura. Eren cogió la cara de Mikasa entre las manos y la besó, primero en la frente, luego en la nariz, finalmente los labios. Ayudó a quitarse la camiseta, tirando por la parte de atrás del cuello, Mikasa le acarició el pecho, le besó en las clavículas.
- De haber sabido que esta noche acabaríamos por fin en la cama -comentó entre risas, mientras Eren le sacaba la sudadera de pelillo y la camiseta de tirantes negra debajo de esta- me habría puesto ropa interior más sexy y no un sujetador deportivo.
- ¿Por fin has dicho? -Eren frunció el ceño, pero Mikasa no le dio tiempo a decir nada más, se le colgó del cuello y le besó para que se callase.
Eren captó la indirecta y no dijo nada más al respecto.
Separó sus labios pero fue dejando besos húmedos por el cuello de Mikasa, mientras la chica gemía y ronroneaba, le quitó la camiseta, efectivamente llevaba un sujetador deportivo negro, pero sus pechos le parecieron preciosos igualmente. Se arrodilló ante Mikasa mientras le bajaba los leggins negros entre caricias. Tenía unos muslos preciosos, suaves y níveos, como el resto de la piel, pero en el tobillo derecho tenía una cicatriz que le recorría desde el tobillo hasta casi la rodilla. Eren frunció el ceño, acariciándole la piel rosada y tirante de ahí.
- ¿Qué te pasó? -murmuró, mientras le acariciaba la cicatriz con el pulgar.
Mikasa terminó de zafarse de los leggins con un movimiento de los pies y se apartó de él para sentarse a los pies de su cama.
- Me rompí el hueso -le contestó-, tuvieron que operarme de urgencia -Eren se acercó a ella y de nuevo se arrodilló, sentándose sobre los talones frente a ella-. Fue hace un año y medio -prosiguió-, mientras hacía un ejercicio de barras. Había tomado tantos calmantes para poder pasar el día que me fallaron los músculos, me mareé, perdí la consciencia -aún no sabía cómo explicar lo que había pasado ese día, todo había comenzado a darle vueltas, no sentía los miembros, ni los músculos, no era consciente del mundo a su alrededor tampoco de que se había golpeado y doblado la pierna de manera antinatural, no sentía nada-. La verdad es que no lo recuerdo, sólo se que todo me daba vueltas. Me partí el peroné. Tenía una descalcificación por... -calló, aún le daba vergüenza hablar de eso- y hacía tiempo que no tenía la regla tampoco por el mismo motivo -murmuró.
Eren había apoyado la barbilla sobre los muslos de Mikasa mientras la escuchaba, y cuando la chica calló durante unos segundos de más, él se acercó más a ella y le dio un beso en el ombligo. Mikasa notó el pecho amplio y duro de Eren rozándole la parte alta de los muslos, en respuesta ella frotó el interior de sus tobillos contra sus costados, apresándole la parte alta de las costillas con las rodillas. Eren se sorprendió de que tuviera tanta fuerza y en el momento de confusión, Mikasa con manos demasiado ágiles y una musculatura igual de flexible le quitó el botón de los vaqueros y se los bajó, calzoncillos incluidos. En cuanto Eren quedó desnudo, Mikasa le acarició la piel que le recubría las caderas y la parte externa de los muslos. La piel morena del chico se erizó y su miembro comenzó a despertar. Mikasa no se privó de mirarle en la penumbra de su habitación, los ojos de ambos se encontraron y esta vez fue Eren el que se inclinó para besarla.
La lengua de Eren rozó la de Mikasa entre medias del beso, y sus uñas recorrieron las nalgas de Eren, arrancando gemidos de este. Mikasa sonrió con malicia aún contra su boca, y entonces le dio un suave azotazo al chico.
- ¡Ay! Oye -se quejó-, cuidadito con mi cuerpo que es sensible.
Mikasa no pudo evitar carcajear, mientras rectaba en la cama, abriendo las piernas de par en par.
- ¿Cómo que tu cuerpo? -se burló- ¿cómo que tu cuerpo?
Eren le devolvió la sonrisa traviesa, entonces la agarró por los tobillos y la arrastró hacia él nuevamente por la cama, deshaciendo el camino que había hecho. Mikasa gimió en cuanto se vio apresada, y Eren comenzó un camino de besos que comenzaron desde la cadera hasta la cintura mientras aprovechaba de bajarle las bragas a Mikasa.
Mikasa estaba húmeda y preparada para él, lo había estado desde hacía bastante, pero aquel había sido el momento preciso. Mikasa le abrazó y repartió besos por su mejilla, mientras ambos se unían al placer, a la diversión y al amor.
Mikasa despertó un poco antes del amanecer, tumbada sobre el pecho de Eren, que a su vez la rodeaba con los brazos. Tenía la coleta deshecha y la expresión de un niño cuando dormía, Mikasa sonrió y se abrazó más a él, frotando la cara contra su pecho. Para ser hombre la piel de Eren era bastante suave. Eren se removió, abrazándola un poco más fuerte, como si no quisiera dejarla ir nunca. Mikasa sonrió, algo más espabilada ya, y le dio algunos besos en el esternón. Eren reaccionó enseguida, masajeándole la cabeza con la yema de los dedos.
- ¿Tan temprano y ya estás traviesa? -murmuró por encima de su cabeza.
- No estoy traviesa -se quejó, mientras se cubría un poco más con las sábanas-, estoy cariñosa, aprovéchalo.
Eren le dio un profundo y sonoro beso en la frente en respuesta.
- ¿Y qué haremos a partir de ahora? -murmuró Mikasa, contra los pectorales de Eren.
- ¿Estar juntos? -sugirió- ¿ser felices juntos?
Mikasa sonrió, y frotó una vez más la mejilla contra su piel. Le parecía bien, le gustaba esa idea. Mikasa había encontrado en aquel restaurante a su familia, con Zeke, con Armin, con Eren... y a veces puede que en sus buenos momentos incluso con Niccolo y Floch, bueno, con el último lo dudaba un poquito pero... a gusto podrían trabajar como mínimo. Estaba contenta, era feliz, y esa mañana al levantarse, por primera vez en meses no se le hizo raro levantarse y no sentir ningún tipo de dolor.
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