A Eren no le gustaba el café a menos que fuese el que preparaban y molían a mano en aquella diminuta cafetería de la calle María 845. Era un pequeño antro ruinoso que pocos conocían, de maderas que habían perdido el color, sillas que crujían demasiado y tazas y platos desportillados. Su padre le había llevado allí desde que era pequeño, esa cafetería estaba en pie desde antes de que él naciera y el mantenimiento había sido nulo desde entonces también. Sin embargo el lugar siempre estaba limpio, y el café delicioso.
Tenía la taza contra los labios cuando alguien le cubrió los ojos con las manos. Era una mujer, Eren lo supo enseguida por el perfume que usaba. Olía femenino y afrutado, elegante pero dulce. No era nadie a quien él conociera. En su vida ninguna mujer olía así. Seguramente le hubieran confundido con alguien.
Dejó la taza de café sobre la mesa de mármol manchado.
- Disculpe... -comenzó
- Adivina quién soy -al escuchar su voz el corazón le dio tal golpe contra las costillas que sintió genuino dolor.
Sí que conocía a esa mujer de aroma delicioso, y muy bien además. Pasaron segundos y él no dijo nada, así que Mikasa retiró las manos y se sentó en la silla que tenía al lado. Eren tardó un poco en acostumbrarse a la luz y sobre todo en distinguirla a ella.
- Mikasa -exhaló.
Su amiga le sonrió. Los años únicamente habían hecho mas por incrementar su belleza.
De niña, Mikasa había sido de una hermosura poco alcanzable para cualquiera, y conforme se iba convirtiendo en adulta más lo era. La última vez que la había visto aún tenía diecinueve años, y llevaba el pelo negro corto hasta la nuca y vestía siempre de negro con maquillajes muy elaborados. La mujer que tenía ante él ahora tenía el pelo muy largo, como cuando era niña, y apenas iba maquillada pero tenía la cara más fina y delgada que antes y el cuerpo más definido también. Hombros anchos, cintura incluso más pequeña de como la recordaba.
- Te ha vuelto a crecer el pelo -murmuró, fue lo único que fue capaz de decir.
- Diez años, que obran milagros -masculló mientras le quitaba la galleta de canela del café. Eren odiaba la canela, y nunca se comía esa galleta.
- ¿Qué haces aquí? -Mikasa vestía una blusa blanca con pantalón pitillo azul oscuro, botas y una chaqueta americana. Definitivamente estaba muy cambiada.
- ¿Lo mismo que tu? -le sonrió con malicia mientras desenvolvía la galleta y le daba un mordisquito-. He venido para la boda de Armin y Annie. Por fin dan el paso, cualquiera lo diría ¿eh?
- Sí -murmuró, mientras cogía con fuerza la tacita de café.
Si era sincero, la relación de Eren con Armin se había enturbiado muchísimo en los últimos diez años, casi no quedaba rastro de la amistad que habían compartido de niños y adolescentes, cuando correteaban por las calles de esa ciudad de piedra antigua o se emborrachaban en las ruinas de los muros de sus antepasados.
- Eren -Mikasa le miraba con la cabeza ladeada, sonriendo igual que un ratón a un gato-; ¿damos un paseo?
Eren pestañeó una vez en respuesta antes de asentir. Cuando fue a pagar el café Mikasa le dijo que ya estaba pagado y le invitó a salir con ella con un movimiento de la cabeza.
Se había convertido en una mujer elegante y preciosa, cada paso que daba parecía estar lleno de gracia y libertad. Aunque dolía, en cada célula de él, dolía, un dolor que cada día se recordaba a si mismo que se merecía, Eren estaba feliz por ella. Y eso tendría que ser suficiente para él poder continuar viviendo.
Mikasa no tenía anillo de casada en la mano, tampoco lo llevaba colgado del cuello. En los últimos años se había imaginado que Mikasa acabaría casándose con Jean, él siempre había estado loco por ella.
- Y cuéntame, ¿cómo te va a ti? -fue ella quién inició la conversación mientras atravesaban el camino terroso del parque, rodeados de árboles en el camino-. Historia y tu ¿seguís juntos o lo vuestro no funcionó?
- ¿Qué? -negó con la cabeza-. No... o sea, entre ella y yo nunca hubo nada.
- ¿En serio? Pues todos decían que eras el padre de su hija -señaló.
- ¿Qué? -se paró en seco, provocando la risa de Mikasa.
Se doblaba igual que un folio mientras carcajeaba.
- Lo siento, pero es que tu cara -carcajeó.
- Sí, me imagino perfectamente la cara que se me debe de haber quedado -Eren no pudo evitar sonreír con ella también. Su risa le hacía querer reír a él también.
Historia y él... pero qué absurdo. Era cierto que Historia había tenido una hija, pero él no era el padre, jamás se acercaría a ella de esa manera. Historia era como una hermana para él, además que a ella le gustaban las mujeres. Es cierto que había estado con un hombre, un amigo suyo de la infancia, pero porque necesitaba quedarse embarazada para poder ser libre de su bendito déspota padre. Historia, desesperada, no había encontrado otra solución que acostarse con un amigo de la infancia y salir embarazada.
- ¿Y tú? ¿Cómo te va con Jean? -la pregunta que lanzó estuvo cargada de veneno y amargura, Eren no se sentía orgulloso de ello pero necesitaba sacarse los clavos- ¿Qué edad tiene ya vuestro hijo?
- ¿Qué te hace pensar que estoy con Jean? -la pregunta de Mikasa fue tan suave como el algodón- ¿o que tengo siquiera un hijo? -le miró directamente a los ojos.
Mikasa tenía una de las miradas más profundas y significativas que había visto jamás, por sus ojos era capaz de transmitir la ira de mil diablos o la ternura del amor más desinteresado. En aquel momento, presentaba... ¿indiferencia? ¿desprecio por el increíble patetismo que debía de denotarse en él? Aquello sí que dolía. La indiferencia. Eren hubiera dado la mitad de su vida porque al menos le siguiera odiando un poco.
- Tienes la cicatriz de una cesárea en el vientre -apostilló-. Antes, cuando te has puesto el abrigo se te ha levantado la blusa y la he visto. Tienes que haber sido madre sí o sí.
- Sí -contestó de manera mecánica-. Tengo un hijo, se llama Akemi, tiene tres años. Pero no, su padre no es Jean. ¿Qué te hace pensar que me casé con Jean?
Mikasa le dio la espalda y comenzó a caminar a zancadas por el camino de tierra amarillenta del parque.
- Es lo que todo el mundo decía -contraatacó, con las mismas palabras que ella había usado antes.
Hacía años alguien le había dicho que habían visto a Mikasa con un hombre con perilla, que este le sostenía los hombros y que seguramente era su marido. Eren enseguida pensó que era Jean, porque era lo más evidente ¿no? Mikasa tenía derecho a rehacer su vida, y Jean siempre había estado loco por ella, desde que eran críos. No era descabellado pensar que finalmente, ella hubiese aceptado ser amada por él.
A Eren le dolía admitirlo, pero... Jean era un gran tipo, seguramente él la hubiera hecho muy feliz.
- ¿Tienes fotos? -Eren caminó hasta ponerse a su altura. El aura de Mikasa se había enturbiado, era una malísima mentirosa-. De Akemi, en tu móvil, seguramente se parezca mucho a ti.
- No te creas -rumió.
- ¿Qué?
- Que me he dejado el móvil en el hotel -contestó con cierta brusquedad-. Eso me recuerda a que debo irme ya. Ha sido un placer verte, a ver si nos vemos en otra ocasión antes de la boda.
- Vale, pero...
- Cuídate -Mikasa no le dio tiempo a decir nada más, emprendió el camino contrario al de Eren y desapareció enseguida. Eren sintió el estúpido impulso de ir detrás de ella, pero se contuvo, ya bastante le había arruinado la vida diciéndole que la odiaba hacía diez años. Cada día se repetía que había sido por su bien pero... ¿hasta qué punto?
Una vez en el coche Mikasa golpeó con fuerza el volante hasta tres veces. Había sido un error ir a buscarle, había sido un error querer verle... diez años y seguía cayendo en las mismas. Ver la mirada de Eren, tan vacía, tan falta de vida... le había desgarrado el corazón casi tanto como aquel día en que él la había llamado esclava.
Se tocó el vientre y se arremetió la blusa por debajo del pantalón. Akemi... maldita sea.
Mikasa apenas si tuvo tiempo de dejar las llaves en la consola del recibidor cuando un pequeño torbellino de nueve años y pelo largo castaño corrió hacia ella disfrazada de princesa.
- ¡Mami! ¡Mami! -Mikasa se arrodilló enseguida para abrazar a su hija, que le llenaba la cara de besos y le rodeaba el cuello con sus largos bracitos-.
- Hola, mi vida -la pequeña se apartó un poquito de su madre para enseñarle ilusionada su nuevo vestido de princesa-, pero qué guapa está mi princesa.
La falda del vestido era tul malva y el corpiño estaba hecho de tela fuxia con lazos y cuerdas doradas, las mangas eran de farolillo y tenían el mismo color que la falda. Carla, la hija de Mikasa, tenía el pelo castaño y los ojos profundamente verdes, su rostro era redondeado y el color de su piel era ligeramente más morena que la de su madre. De Mikasa lo único que la niña parecía haber heredado era la estatura (Carla era una niña alta para su edad) y también la nariz pequeña y fina y los labios carnosos y rojizos.
- No ha querido quitarse el vestido hasta que no la vieras -Sasha estaba apoyada contra el marco de la puerta que daba al salón.
- Gracias por cuidar de ella -Mikasa aún seguía de cuclillas en el suelo, abrazando a su pequeña.
- Por mi sobrinita lo que sea -Sasha se acercó también, cogiendo la carita de Carla entre sus manos y juntas pasaron al salón.
Mikasa había mentido a Eren también sobre el lugar en el que se estaban quedando. Le había dicho que estaba en un hotel, en realidad estaba en la antigua cabaña de sus padres, reformada en un caserío de montaña desde hacía algunos años.
Mikasa y Carla llevaban viviendo allí un mes y una pequeña parte del salón había sido decorada por la niña, la zona de la chimenea y los sofás era de Mikasa, pero detrás de la mesa del comedor había una pequeña mesita de té infantil de color blanco con cojines turquesas en las cuatro sillitas y peluches en todas a modo de invitados.
A Carla le encantaba disfrazarse, y los vestidos, y los peluches, también los cuentos, las muñecas y las reuniones de té. Pasaba horas en esa mesa, entreteniéndose sola, dibujando o leyendo sus cuentos o libros infantiles. Al ser hija única había aprendido a entretenerse ella sola, igual que había hecho Mikasa de pequeña.
- ¿Y le has visto? -la pregunta de Sasha hizo que Mikasa apartase la mirada de su hija, que se había puesto una corona plateada en la cabeza con corazones morados y hacía que su conejita comiese un poco de pastel de fresas imaginario-. Tú mirada lo dice todo -sentenció su amiga.
Mikasa se quitó los zapatos y el abrigo y luego se sentó en el sofá blanco del salón, frente a la chimenea y suspiró.
- Se ha percatado de que soy madre.
- ¡¿Qué?! ¡¿Cómo?!
- Eren siempre ha sido un cabrón muy perspicaz -masculló-, se me abrió la blusa y me vio un poco de la cicatriz de la cesárea del parto de Carla -le explicó en voz baja, manteniendo un ojo pegado en Carla, porque si su padre era perspicaz, ella no se quedaba atrás tampoco-. Le dije que tuve un hijo, que se llama Akemi y que tenía tres años.
- ¿Un niño? ¿Akemi? ¿Tres años? -Mikasa suspiró y puso los ojos en blanco mientras se envolvía la cara entre las manos.
- Suena peor cuando lo repites así -gimoteó mientras pataleaba contra el sofá. Quizás con un poco de suerte Eren no se enteraría, ¿verdad?
Eren había quedado en el centro con su hermano para tomar el brunch junto a su cuñada y su padre. Si era sincero tenía las mismas ganas de comer con ellos que de que alguien le diera una patada en los cojones, pero las cosas como eran, no podía seguir evitándoles.
Eren quería a su familia, los quería bastante pero... No soportaba estar con ellos. Su hermano Zeke, por ejemplo: era homosexual, a Eren no podía negárselo, sin embargo había decidido casarse con una mujer a la que no quería, con la que jamás sería feliz del todo por más que se empeñase en negar lo contrario. En parte podía entender las motivaciones de su hermano mayor, la posición de su madre y todo lo que Grisha esperaba de él pero... aun así.
Su cuñada, Isabelle, era una buena chica no tenía nada en contra de ella pero... le molestaba de cierta manera, había algo en ella que le resultaba falso. Eren sospechaba que se había casado con Zeke simplemente por la posición de su madre, y que en el fondo sabía que él era gay. El hombre que más le molestaba estaba sentado en frente de él. Grisha Jaeger.
- ¿No comes nada, Eren? -le preguntó la mujer de su hermano.
- Estoy bien -contestó.
Grisha le atravesó con la mirada. Al lado de Grisha había un asiento vacío, era el de su madre. Desde que ella había muerto, su padre había cambiado casi por completo.
- Eren... -comenzó Zeke, pero antes de que su hermano pudiese comenzar con un discurso totalmente alienado a la dictadura moral de su padre se levantó y pidió permiso para excusarse.
Escuchó las protestas de su cuñada, y el bufido de su padre, pero los ignoró. La cabeza la como un bombo y no eran ni las doce de la mañana. Suspiró y se acercó a la barra del restaurante para pedirles un analgésico cuando una manita tiró de su chaqueta.
- Señor, disculpe -miró hacia abajo donde una niña de pelo largo castaño y ojos verdes le miraba suplicante.
Era una niña preciosa, llevaba puesto un vestido blanco con cerezas bordadas , una cazadora roja y botines negros con cordones y flores rosas dibujadas en la caña. Entre sus manos sostenía un bolso transparente con las correas blancas y margaritas pintadas en el mismo color y detalles en amarillo. Era... esa niña era igual que Mikasa la primera vez que la había visto, verla a ella era como vivir una especie de déjà vu. Incluso tenían el mismo corte de pelo que ella entonces.
- Hola, pequeña -Eren se agachó, para poder ver a la niña a los ojos. Era alta, aunque por la inocencia de su comportamiento debía de ser pequeña aún-. ¿Qué ha pasado? ¿Te has perdido?
La niña negó con la cabeza, agachando la cara un poco tímida. Aquel gesto también le recordó muchísimo a Mikasa, ella solía bajar la cabeza y mirar hacia arriba con los desconocidos cuando tenían nueve o diez años.
- Es que quisiera un vaso de agua, pero no me atienden en la barra -le explicó en voz baja.
- Oh, comprendo -Eren le sonrió con levemente y extendió las manos hacia ella-. ¿Me permite, señorita?
La pequeña esbozó una sonrisa tímida antes de asentir, en ese momento Eren la cogió en brazos y la sentó sobre la barra. Luego le pidió al camarero que le trajera dos vasos de agua sin hielo, porque los niños pequeños no debían de tomar agua fría, podían resfriarse enseguida.
- Aquí tienen -la camarera les trajo una bandeja blanca con los dos vasos de agua-.
- ¡Gracias! -canturreó la niña, feliz por fin de poder beber agua.
- Pero qué niña más bonita -comentó la camarera-. Su hija es una ricura, además se parece muchísimo a usted, seguro que está orgullosísimo.
Eren no tuvo tiempo de corregir a la camarera, porque en ese momento la máquina del café espresso comenzó a sonar y se marchó corriendo. Eren miró de soslayo a la niña, que bebía de su vaso de agua, agarrándolo con las dos manos. ¿Se parecía a él? Cierto era que tenían el mismo color de pelo e incluso los ojos, pero el cabello castaño y los ojos verdes era una combinación común también. A quien de verdad le recordaba esa niña era a Mikasa. Mikasa era madre, ese era un dato que tenía confirmado pero... ella tenía un hijo pequeño, de tres años, Akemi. Aquella niña tenía al menos nueve o diez años.
- Pequeña, ¿puedo preguntarte cómo te llamas?
- Carla -contestó automáticamente, terminándose el vaso de agua. Carla... se llamaba Carla, igual que se había llamado su madre. Muchísimas coincidencias eran ya.
- Oye, Carla. Tu mamá no se llamará Mikasa por casualidad, ¿verdad? ¿Está aquí contigo?
- Mmmm -murmuró la niña, mientras se removía incómoda sentada en la barra-. Verá, señor, ha sido usted muy amable, pero no puedo darle más datos sobre mi. Es usted un desconocido y podría ser peligroso, entiéndalo.
Eren parpadeó, estaba totalmente atónito de que la niña tuviese tantísima razón. En cuanto asimiló sus palabras no pudo parar de reír, acababa de decidir que le encantaba esa niña.
- ¿Sabes qué, Carla? Que tienes toda la razón, eres una niña muy lista -Carla sonrió y ladeó la cabeza, ese mismo gesto se lo había visto hacer a Mikasa dos días antes, sonreír mientras ladeaba la cabeza. Eren sintió que le clavaban un puñal en el pecho y se lo retorcían.
- ¿Señor, me ayuda a bajar? -la pequeña extendió sus largos y delgados brazos hacia él para que la bajase.
Eren tardó un momento en reaccionar pero cuando lo hizo cogió a Carla por las costillas y la dejó en el suelo con un único movimiento mecánico. La niña una vez se vio en el suelo, abrió su pequeño bolso de plástico con margaritas dibujadas y sacó una polvera amarilla de juguete. Dentro tenía varias pegatinas de personajes infantiles, sacó una que era de un conejo con un lacito rojo y se la dio a Eren.
- En agradecimiento por haberme ayudado -se la pegó en el dorso de la mano y luego le abrazó por la cintura, que era más o menos a donde llegaba la pequeña-. Muchas gracias, señor. ¡Hasta pronto!
Carla salió trotando del restaurante, y una parte del corazón roto de Eren se fue con ella. Se quedó mirando el dorso de su mano, la diminuta pegatina que había puesto ahí la niña... su forma de moverse, tímida pero elegante también le recordaba muchísimo a Mikasa. Comenzó a reír, a reír sin poder parar hasta que casi le faltó el aire y la cabeza comenzó a darle vueltas. Aquello parecía una broma, una puta broma mala del destino.
Volvió al salón de las comidas y se excusó con su familia diciendo que le había surgido algo importante y que definitivamente, tenía que irse. Zeke intentó pararlo cogiéndole por el brazo, pero la promesa de violencia que estaba escrita en la mirada de Eren fue suficiente para convencer a su hermano de que aquel no era el momento para intentar detenerle. Zeke captó enseguida la indirecta y le dejó marchar.
Eren salió a la plazoleta que estaba en frente del restaurante, pero alli no había ni rastro de aquella niña. Carla... ¿Mikasa le había puesto el nombre de su madre? Mikasa había querido a su madre tanto como había querido a la suya, y para Carla, Mikasa había sido tan hija como el propio Eren. No hubiera sido extraño que... pero no quería ilusionarse, no quería pensar que aquella pequeña pudiera ser... suya. Suya y de Mikasa.
Annie estaba a punto de correrse. Por fin, después de tantísima espera, de tantísimo tiempo sin haber podido intimar con su prometido, por fin, por fin estaban en la cama los dos solos. Estaba harta de pensar en flores, banquetes, cursos prematrimoniales, de haberlo sabido habría firmado los papeles y punto. Total, el sexo no creía que fuese a ser mejor de casada de lo que lo estaba siendo en ese mismo momento, básicamente porque le parecía imposible. Armin sabía exactamente los puntos de su cuerpo en los que debía lamer, besar, morder... a veces incluso soplar, para que ella disfrutase al máximo.
- Dios, cariño -gimió. Annie sólo le llamaba cariño en momentos muy específicos, y esa era la señal de Armin de que lo estaba haciendo muy bien-, sí... mh, sí... -y en ese momento, el mayor desgraciado del mundo y despojo humano que había pisado la tierra comenzó a llamar a la puerta. Decía desgraciado y despojo humano porque sólo eso podía interrumpirla en ese momento-. No -gimió al principio, y luego gruñó-, no, noooooo.
Annie contrajo los dedos, arañando el colchón y agarrándose a las sábanas. Armin levantó la cabeza también y se incorporó alzando un dedo.
- Le echo sea quién sea y seguimos.
Annie se cubrió con las sábanas y se tumbó en la cama, enfurruñada. Estaba literalmente harta de boda, no había tenido un orgasmo en condiciones en cuatro meses de preparativos que llevaban. Y encima quien fuera el desgraciado no paraba de llamar con fervor.
- Dame un segundo -Armin le besó en la parte trasera de la cabeza, pero ella evitó decir nada más. Ya no quería sexo, quería atención y cariños solamente.
Armin salió de la habitación vestido con la bata negra. No se había molestado ni en ponerse ropa interior, porque pensaba despachar a quien coño fuese en segundos, y volver a lo que estaba haciendo. Pero la persona que estaba detrás de la puerta no pensaba ponérselo tan fácil.
- Oiga, no sé quién... -calló de golpe-. Eren.
Eren estaba apoyado en el marco de la puerta, con ambas manos y con cara de querer matar a todo el mundo.
- ¿Tú lo sabías? -rumió.
- ¿El qué se supone que sabía? -contestó con chulería.
Eren cogió a Armin por las solapas de la bata y le zarandeó.
- ¡NO TE HAGAS EL IMBÉCIL CONMIGO! -bramó.
- Pero, ¿de qué estás hablando, Eren? -Armin cogió a Eren por las muñecas, aunque él era más alto y con más fuerza Armin podía intentar defenderse.
Aunque no le haría falta, porque tras oír los gritos, Annie había salido de la habitación, vestida con un camisón de tela de raso color salmón.
- Suéltale ahora mismo -siseó, agarrando a Eren por el brazo-. Eren te he dicho que le sueltes si no quieres que te rompa el puto brazo.
Los músculos de la mandíbula de Eren hicieron un suave movimiento antes de soltar a Armin de las solapas de la bata negra, tal y como Annie le había exigido. Armin le dio un empujón, que Eren no devolvió, pues se recordó a él mismo que la intención era dialogar.
- Está bien -Eren alzó las manos por encima de su cabeza antes de apoyárselas en la cabeza y en el cabello que tenía recogido, entonces miró a Armin a los ojos, la mirada más sincera que le había dedicado en años y ambos lo sabían-. Por favor, sólo quiero saber la verdad.
Armin invitó a Eren a sentarse en su salón mientras él iba a cambiarse de ropa. Annie ni siquiera protestó, podía parecer una persona fría, pero al final del camino Annie era el tipo de persona que si podía, anteponía a los demás antes que a ella misma.
Armin se vistió con un polo de color claro y unos vaqueros, Annie le besó el hombro antes de salir de la habitación a enfrentar al que había sido su mejor amigo, su hermano, hacía tantos años.
Eren estaba sentado en el sofá, con los codos sobre sus rodillas y las palmas juntas contra los labios. Se le veía derrotado, más nervioso de lo que lo había visto nunca. Armin se sentó en la mesa auxiliar de manera maciza que había frente a Eren.
- ¿Quieres algo de beber? -Eren negó con la cabeza-.
- Sólo quiero saber por qué nunca me dijisteis que tenía una hija, -le atravesó con la mirada- que Mikasa y yo tenemos una hija.
Armin parpadeó una única vez. En el fondo él estaba del lado de Eren en lo referente a ese tema. Si le hubiese pasado a él... pero recordó aquella escena, en la mesa, frente a Mikasa, las cosas tan horribles que Eren le dijo, la paliza que le dio a él...
- ¿De verdad te extraña que Mikasa nunca te dijese nada? Le rompiste el corazón -le acusó.
- A estas alturas con lo inteligente que eres -siseó- me supongo que ya te habrás dado cuenta de por qué lo hice.
Armin le miró con una ceja enarcada, evitando contestar. Mentiría si dijese que no había pensado en los motivos, y muchos le parecían muy propios de Eren pero aún así.
Armin se dio cuenta en ese momento de que en el dorso de la mano tenía una pegatina diminuta de un conejito con un lazo en una de las orejas, conocía esas pegatinas y la pasión que tenía su sobrinita por ellas. Él tenía una de un conejito con una corona en la oreja pegada en la cartera desde hacía dos días.
- Se enteró después de aquel día -le confesó al fin.
- ¿Y decidió no contármelo porque me odiaba? -susurró.
- Serás gilipollas -le acusó-. Intentó contártelo muchas veces, incluso después de que tú la despreciases siguió llamándote cuando se enteró pero tú -le señaló con el dedo-, pedazo de mierda no le cogiste el teléfono ni una puñetera vez. Te pesaban tantísimo los cojones que no fuiste capaz ni de tocar una tecla verde -hizo una pausa y se levantó con brusquedad de la mesa-. Es que manda huevos, me voy a poner una copa porque me estás poniendo de una mala hostia...
Se levantó y fue hasta la cocina. Lo de la copa era una excusa en verdad, en realidad le temblaban las manos de recordar esos días tan infernales y no quería que Eren viera eso. Se revolvió el pelo rubio y corto y sacó una botella de vodka del congelador. Annie solía beber vodka, y él se había acostumbrado con ella.
Cuando volvió al salón lo hizo con dos vasos pequeños y la botella entera de vodka. Se sentó en la misma posición que antes y sirvió los chupitos con el vodka.
- Bebe -le ordenó, acercándole el vasito.
- Hace años que no bebo.
- Eso es nuevo -le picó.
- Sí -no cayó.
Armin se tomó el segundo chupito y entonces se decidió a contárselo todo.
Mikasa se había enterado de que estaba embarazada dos días después de que Eren le diera a él la paliza y a ella le dijese cuánto la odiaba. Había sido por casualidad, cuando estaba con él en el hospital se desmayó por una bajada de azúcar y le hicieron las pruebas que determinaron que estaba de cinco semanas de embarazo. Armin estaba seguro de que Mikasa interrumpiría el embarazo, sabía que hasta el último minuto se lo había estado planteando, pero finalmente en el acto que fue quizás el más valiente de su vida, decidió no hacerlo.
En aquel tiempo Mikasa sopesó sus opciones y finalmente optó por recurrir a las únicas personas que podían ayudarla, aunque aceptar firmar con el diablo fuese tragarse su orgullo, vender su alma, lo hizo por su bebé, Mikasa hubiera hecho cualquier cosa por Carla. Aceptó la ayuda de su familia materna en Hizuru, se mudó con ellos, consiguió una beca de Arquitectura en la universidad y logró salir adelante. Se graduó después de lo que fueron años infernales siendo una esclava de los Azumabito y actualmente trabajaba en una multinacional como arquitecta mientras criaba a su hija ella sola. Mikasa había conseguido salir adelante ella sola, una vez más.
- Carla, ¿estás ya lista? -Mikasa se asomó al hueco de la escalera del segundo piso, para llamar a su pequeña, que estaba en su habitación terminando de vestirse. Ese día habían quedado de ir a cenar con Sasha, Armin, Annie y Nicco al restaurante que este había abierto en Shiganshina.
- Ya casi estoy, mami -Carla estaba en esa edad en que quería ser independiente, hacerlo todo sola, elegir ella su propia ropa, peinarse ella... A Mikasa le enorgullecía también que su hija tuviera las cosas tan claras y fuera tan independiente. Seguro que de mayor sería más lista de lo que ella lo había sido.
Llamaron a la puerta en ese momento, seguramente era Sasha que había quedado en recogerlas para ir juntas al restaurante.
- Mira, la tía Sasha ya está aquí y tu sin terminar aun.
- ¡Ya bajo, mami! -contestó con entusiasmo.
A Carla le encantaban las reuniones con personas adultas, salir a cenar, arreglarse... era incluso más presumida de lo que lo era Annie, no en vano ambas se llevaban tan bien.
Mikasa miró la hora, extrañamente Sasha había llegado muy temprano, por lo general siempre llegaba con media hora de retraso a todos los sitios.
- Sasha qué pronto... -pero al abrir la puerta, no era Sasha quien estaba ahí-. Eren, ¿qué haces aquí?
Antes de que Eren pudiera responder, Carla bajó corriendo los escalones y se abrazó a su madre por la espalda.
- ¡Mami, ya estoy!
Se había puesto un vestido en color melocotón, con zapatillas amarillas y dos lazos pequeños del mismo color que las zapatillas a ambos lados de la cabeza. Llevaba como siempre un bolso cruzado sobre el pecho, Carla tenía una pequeña colección de bolsos que coleccionaba y combinaba a su antojo, esta ocasión había cogido uno cuya forma era la cabeza de un unicornio de peluche blanco, con el cuerno y las orejas doradas. En la mano llevaba una pequeña cazadora vaquera de color claro.
Eren se quedó mirando a la pequeña como si hubiese visto un fantasma y quisiera echarse a llorar allí mismo.
- ¡Hola! Eres el señor del restaurante ¿verdad? -Carla le sonrió a Eren, sin dejar de abrazarse a su madre-, ¿conoces a mi mamá?
- ¡Carla! -el tono nervioso e inusual de su madre hizo que la niña se asustase un poco pero Mikasa graduó enseguida su voz-, mi vida, ¿ya habías visto a este señor antes?
- Esta mañana -contestó Eren en lugar de la niña-, nos encontramos por casualidad y enseguida supe que debía de ser... hija tuya -añadió tras una pausa-. Es igual que tu cuando tenías su edad.
Carla sonrió orgullosa por el comentario de Eren. Siempre le había gustado cuando le decían que se parecía a su madre, porque para Carla no había mujer más hermosa en todo el mundo que su madre, y se enorgullecía mucho de parecerse a ella.
- Cielo -murmuró Mikasa, pero una carraspera la interrumpió. Eren y ella se giraron, Sasha acababa de llegar y les estaba saludando con la llave del coche aún en la mano-. Cariño, -Mikasa se agachó, poniéndole la cazadora vaquera a su hija- te vas a ir con la tía Sasha al restaurante, ¿vale? mami irá enseguida, en cuanto termine de hablar con este señor, ¿si? -Eren la atravesó con la mirada, estaba iracundo y en parte Mikasa entendía que tenía razón, pero ella no estaba menos enfadada.
- Vale, mami -Carla se acercó y abrazó a su madre rodeándole el cuello, luego le dio un besito en la mejilla-, no tardes mami -luego de despedirse de su madre, tiró de la chaqueta de Eren para que se agachase y repitió la misma acción con él, se puso de puntillas para abrazarle y darle un beso en la mejilla con un "muáh" muy sonoro, así como su madre hacía con ella-.
Eren le devolvió el abrazo, acariciándole su suave pelo, tenía el mismo tacto lacio que el de Mikasa o el suyo propio. Tuvo que emplear toda su voluntad para no llorar abrazado a esa niña, su niña. Tan suya como de Mikasa.
Una vez Sasha y Carla se hubieron marchado, Mikasa invitó a Eren a entrar.
- No me fastidies, Sasha, ¿Cómo que Eren estaba allí? -Armin sabía que Eren tenía intención de ir a ver a Mikasa, pero no que lo fuera a hacer ese mismo día.
Annie le miró con los ojos entrecerrados, ella ya se lo esperaba, conociendo al loco de su ex amigo. Y en el fondo Armin también porque tonto no era aunque se lo hiciera.
Estaban reunidos en la mesa que tenían reservada el restaurante de Nicco, mientras esperaban a que este volviera con Carla de la cocina. La niña estaba en la etapa en que de mayor quería ser chef y diseñadora de moda, ambas cosas al mismo tiempo, y Nicco se había ofrecido a enseñárselo todo para que los adultos pudieran hablar a gusto.
- Oye, no se matarán ¿verdad?
- Sasha, no digas tonterías, anda -intervino Annie.
- ¿Quién dice tonterías? -Carla apareció de repente en la mesa, sentada junto a Annie. Tan silenciosa como su madre, maldita cría, pensó Annie.
- Tu tía Sasha, cariño, -Annie atravesó con la mirada a la interpelada- ¿Quién más si no?
- ¿Estabais hablando de mamá? -cogió la servilleta de encima de la mesa y se la puso sobre el regazo- ¿Se ha quedado en casa porque va a discutir con ese señor tan guapo y luego a darse besos? -Carla entrelazó los dedos y después colocó ahí su barbilla, mientras miraba a los tres adultos de la mesa que se habían quedado con la boca abierta-. En las novelas turcas que ve la tía Sasha siempre pasa así -explicó-, dos adultos que se miran embelesados como si estuvieran enfadados hacen que todos se vayan entonces discuten y se dan besos diciendo que en realidad se aman.
Annie y Armin atravesaron a Sasha con la mirada y esta deseó que se la tragara la tierra, mientras cogía el menú del restaurante y se ponía a ver qué platos había en el menú, aunque ella misma lo había elaborado junto con su marido.
Eren estaba sentado en el comedor de la mesa de Mikasa con ella delante, ambos tenían las manos sobre la mesa, pero ahora él estaba a la izquierda y ella a la derecha. Todo aquello parecía un paralelismo absurdo.
- Intenté decírtelo -fue lo primero que Mikasa le echó en cara-, cuando me enteré de que estaba embarazada te llamé varias veces pero... no lo cogías. Me parece tan patético cada vez que me acuerdo -sonrió, una sonrisa triste y amarga que a Eren le rompía el corazón-. Me pareció un castigo al principio, primero te acuestas conmigo, luego me rechazas y me dices que me odias y luego voy yo y te digo que la primera y única vez que nos acostamos me quedé embarazada -volvió a reír igual que antes-, es que es patético, dios mío. Es absurdo.
Se levantó de la mesa, incapaz de seguir dándole la cara y se acercó hasta los ventanales que había cerca del salón. Eren se levantó enseguida y fue detrás de ella, al levantarse se percató de la pequeña mesita blanca de té con los peluches y los cojines de pelito azules, sobre la mesa había una diadema de princesa. Quería... dios, quería tantísimas cosas, quería saberlo todo sobre su hija, y sobre Mikasa, todo lo que habían estado haciendo esos últimos años.
- Mikasa -Eren se acercó a ella por la espalda, poniéndole una mano en la cintura pero ella se apartó de él.
- No me toques -siseó. Eren cerró los ojos con fuerza, merecía todo su desprecio, aunque él la anhelase, aunque él la amase-. Si te hubieras enterado de que Carla existía hace diez años, no quiero ni pensar en lo que me hubieras dicho.
- ¿Qué quieres decir? -Mikasa no contestó-, Mikasa ¿qué quieres decir? ¿es que crees que te habría rechazado o negado el hacerme cargo? -ella le miró de soslayo, y Eren sintió como si le hubiera dado un puñetazo en el estómago-. Yo jamás hubiera hecho eso, me habría hecho cargo, de ti y de nuestra hija.
- Tsk... -bufó con desprecio e intentó alejarse de él, pero Eren la cogió por el brazo y la atrajo hacia él, intentando hacer que le mirase.
- Suéltame -siseó, incapaz de mirarle a los ojos, él la cogió por el otro brazo-, no te acerques más, no me agarres, no me... -intentó zafarse, pero Eren se acercó más a ella, pegando su frente a la de Mikasa, cerró los ojos con fuerza.
Eren no podía pedirle perdón a Mikasa, era totalmente consciente de que no se merecía el perdón, ni tampoco su amor, ni nada de todas las cosas buenas que ella podía ofrecerle. Sin embargo deslizó las manos por sus brazos, no podía creerse que estuviera allí, que la estuviera tocando, olía igual que el otro día cuando la había vuelto a ver, sentía su respiración en la cara, y su piel... su piel seguramente seguía tan suave como la recordaba aquella noche que hicieron el amor por primera vez. Aquella había sido su primera vez, y la de Mikasa también.
Alzó la cabeza y le dio un beso en la mitad de la nariz y otro en la frente.
- Siento haberte hecho daño -murmuró de todo corazón y entonces la soltó, comenzó a alejarse pero ella le agarró por las solapas de la chaqueta y lo volvió a atraer hacia si-.
- ¿Vas a largarte otra vez? -le provocó- ¿te vas a ir sin darme una explicación porque te da la gana y puedes? -Eren no respondió-, ¡respóndeme, imbécil! -le zarandeó y entonces Eren le agarró la cabeza y la besó.
Mikasa le empujó al principio, le pellizcó los músculos de los brazos, le clavó las uñas pero cuando sintió el brazo de Eren deslizársele por la espalda volvió a recordar lo muchísimo que le amaba, lo muchísimo que le deseaba, la preciosa niña que él al final de cuentas le había dado también y sobre todo lo muchísimo que le había echado de menos.
Cuando se separó de ella vio que Eren tenía lágrimas en los ojos, estaba llorando. Mikasa cerró los ojos con fuerza y le abrazó rodeándole el cuello, Eren la abrazó por la cintura también. Caminaron abrazados hasta que Mikasa se topó con la mesa del comedor, donde se sentó y volvió a atraer a Eren hacia si. Le quitó la chaqueta y le rodeó la cadera con los muslos a la vez que volvía a besarle. Eren le desabrochó la blusa blanca que llevaba y desplazó los besos de la boca a la garganta, Mikasa curvó la espalda cuando notó la boca de Eren en el canalillo, sus manos en los pechos por encima del sujetador blanco de encaje.
Se tumbó sobre la mesa, curvando la espalda cuando notó la lengua de Eren en esternón y las manos que peleaban con la cremallera del pantalón de tiro alto que se había puesto.
- Espera que no puedo sacarlo -Mikasa no contuvo la carcajada.
Se incorporó, apoyándose en los codos, tenía el pelo liso revuelto, la blusa blanca aún puesta pero abierta y el sujetador de encaje blanco torcido. A Eren, tumbada sobre la mesa, Mikasa le pareció la mujer más atractiva y sexy del mundo.
Con cuidado la cremallera bajó, se le había enganchado con el encaje del costado de las bragas que eran a juego con el sujetador, por eso no cedía hasta que lo hizo pero al bajarle el pantalón Eren vio otra vez la cicatriz de la cesárea que tenía, era una finísima línea blanca justo encima del pubis, de unos cuatro centímetros. Eren la acarició con el pulgar y luego se inclinó para besársela. Mikasa le acarició la cabeza con ternura cuando lo hizo.
- Jamás me perdonaré el no haber estado contigo cuando nació nuestra hija -murmuró contra su vientre-, te dejé sola cuando más me necesitabas. Pero es que...
Mikasa puso el dedo índice contra los labios de Eren, haciéndole callar.
- Lo sé -susurró-, en el fondo siempre lo he sabido, por qué hiciste lo que hiciste. Querías lo mejor para mi y pensabas que lo mejor para mi no eras tu, ni estaba en Paradis -le delineó los labios con la punta del dedo índice mientras hablaba-. Lo sé, Eren -se incorporó del todo y cogió la cara de entre entre sus manos, luego se inclinó y le dio un beso en la comisura de los labios, apartándole un mechón de pelo que se le había salido del moño de la cabeza. Eren cerró los ojos, devolviéndole el beso con un roce en la mejilla.
- Yo... quiero saberlo todo, Mikasa. ¿Por qué te hicieron cesárea? ¿Tuviste problemas en el parto? ¿Qué pasó?
Mikasa le contó todo desde el principio, cómo el primer trimestre del embarazo había sido horrible con náuseas incontrolables, después la cosa mejoró y pasó un embarazo mínimamente bueno aunque eso sí, gordísima, fueron sus propias palabras. Eren hubiera dado lo que fuera por haberla visto embarazada de Carla, la cesárea fue porque cuando estaba de treinta y siete semanas se quedó sin líquido amniótico y la niña estuvo a punto de asfixiarse dentro de ella, tuvieron que intervenirla de urgencia. Mikasa estaba sola, en Hizuru y no había pasado más miedo en toda su vida. Pero afortunadamente todo salió bien, y Carla a la que había llamado así por la madre de Eren, había nacido perfectamente sana y con un mechóncito de pelo castaño en la parte delantera de la cabecita. Mikasa lloró al recordar ese momento, hubiera dado lo que fuera por que Eren hubiera estado con ella para ver lo que habían hecho juntos. Aún le parecía un milagro que Carla hubiera estado dentro de ella tanto tiempo.
Mikasa se volvió a vestir bajo la atenta mirada de Eren y luego le dijo que la acompañase para que viera el cuarto de Carla. La habitación de la niña estaba pintada de color crema y tenía todos los muebles blancos, en la habitación había un sofá de color rosa palo junto a una estantería infantil de color blanca en la que había libros sobre chicas que jugaban al fútbol, amigas que vivían aventuras, una niña que tenía un libro con el que hacía magia y otra que era hija de un hada y una vampiresa. También había peluches pequeños puestos junto a los libros y los cuentos. En una mesita auxiliar junto al estante había una casa de muñecas hecha de cartón que había montado y decorado la misma Carla. Le encantaba construir casas, como a su madre, y era tremendamente creativa además. Sobre el escritorio tenía un joyero con pulseras de cuentas de plástico que también había hecho Carla y al lado una bandeja con tres frascos de colonia infantil. Le encantaban las cosas que olían bien y eran suaves. La cama era de góndola, blanca y con una colcha de color malva y estrellas amarillas dibujadas.
- Le encantan las estrellas y los disfraces, también le gusta dibujar y cocinar. Tiene tantísimos hobbies y cosas que se le dan bien... su deporte favorito es patinar, y adora el azul y el rosa.
Eren se había sentado en la cama sosteniendo un peluche redondo de ojos brillantes que parecía imitar a un panda pero en balón.
- Su animal favorito es el panda también.
Eren abrazó el peluche que estaba sosteniendo, olía a la niña. Todo el cuarto olía a ella, a Mikasa.
- He hablado poco con ella pero me ha dado la sensación de que es una niña muy inteligente.
- Lo es, a veces más de lo que le conviene -sonrió.
Eren se levantó y fue hacia Mikasa para darle un beso pero en ese mismo momento la puerta se abrió y cerró y una vocecita ya familiar para ambos resonó diciendo.
- ¡Mami! ¡¿Os habéis dado besos ya Eren y tú?
Ambos adultos se miraron boquiabiertos y con los ojos como platos. Eren iba a comenzar a entender muy pronto a qué se refería Mikasa al decir que la hija de ambos, a veces era más inteligente de lo que le convenía. Tanto a ella como a ellos.
- ¿Estás seguro de que esto es lo que quieres, Eren? -entrelazó sus dedos con los del padre de su hija- ¿estás preparado?
- Jamás en mi vida lo he estado tanto -le aseguró. Mikasa le sonrió, asintiendo.
- ¡¿Cómo que besos?! -gritó entonces, saludado a su hija y caminando de la mano de Eren.
