Capítulo 1
—Lo siento, Padalecki. Has quedado excluido del proyecto. A mucha gente le preocupa la notoriedad que te ha dado tu relación con Alan Ackles y su hijo Jensen.
Jared supo que no serviría de nada intentar defenderse y no estaba dispuesto a suplicar. Ya había intentado justificarse ante la prensa cuando acampó delante de su casa, pero sólo había logrado que los periodistas tergiversaran sus palabras y le hicieran parecer cómplice de Ackles.
—Sólo soy el mensajero —dijo la persona al otro lado del teléfono antes de colgar
Por unos instantes Jared se quedó pensando en Alan Ackles y en su atractivo hijo, preguntándose si él habría participado en el plan de su padre.
Colgó sintiendo que su dolor de cabeza se agudizaba. No quería pensar en él ni en la noche que había pasado en sus brazos. Tampoco en el hecho de que desde entonces no hubiera contestado ninguna de sus llamadas. No podía culparlo. Al día siguiente, él y Jeffrey Dean Morgan, el jefe de su hermano gemelo, habían entregado a Ackles a la policía federal. Jensen debía de ser tan culpable como su padre, así que tenía que olvidarlo y evitar sentir algo por él.
Contempló en silencio la maqueta de Nueva Orleans que tenía bajo la ventana y el estadio que hasta hacía apenas unos minutos había confiado en construir con su equipo, y sintió un martilleo en las sienes.
"No pienses en Jensen", se dijo
Alan Ackles había sido un hombre rico y respetado hasta hacía un mes y medio, pero en ese lapso de tiempo, se había arruinado y la fusión con Padalecki Energy había sido cancelada. Su hijo había sido despedido de su puesto como editor en el periódico Louisiana Observer. Habían desaparecido millones de la cuenta de Ackles en las islas caimán y de la asociación Hogares para las Víctimas del Huracán.
Ackles estaba arruinado y con él, los inversores que habían participado en el proyecto. Se había convertido en el hombre más odiado de Luisiana y en el causante de la ruina de muchas personas, incluido Jared.
Jared apretó el puño y estuvo tentado de destrozar la maqueta, pero apoyándose sobre el escritorio, respiró profundamente para recuperar el control sobre sí mismo. Tenía que darles la noticia a sus empleados, y cuanto antes lo hiciera, mejor. Metió las manos en los bolsillos y fue al despacho de su secretaria.
—Vanesa, convoca a todo el mundo en la sala de reuniones para dentro de cinco minutos y no me pases ninguna llamada
Vanesa, que era veinte años mayor que él y que había sufrido una traumática experiencia matrimonial, continuó tecleando enérgicamente. Era una trabajadora y una mujer excepcional, que había criado a sus tres hijos sola.
Jared se acercó más a su escritorio y susurró:
—Yo no tengo la culpa de que tu ex te engañara y dejara a esa otra mujer embarazada —cuando Vanesa apartó la mirada de la pantalla del ordenador y lo miró con el ceño fruncido, Jared añadió —Sólo quería asegurarme de que me habías escuchado.
—Reunión de todo el personal dentro de cinco minutos en la sala de reuniones. No debo pasarte llamadas —Vanesa giró la silla sobre las ruedas y dio la instrucción por el interfono.
Diez minutos más tarde, Jared tenía delante a sesenta de sus empleados, y un espantoso dolor de cabeza.
—Tengo malas noticias —dijo, tensándose al notar que sus trabajadores palidecían. Odiaba decepcionar a los demás tanto como fracasar—. No podemos conseguir los fondos para construir el estadio. Jones ni siquiera va a pagar los últimos cambios que hemos introducido en el proyecto, así que no tengo más remedio que…
Iba a anunciar que tendría que llamar a varios de ellos para rescindir su contrato cuando Vanesa entró y avanzó hacia él con gesto decidido y, sin mediar palabra, le puso un teléfono en la mano. Jared la conocía lo bastante como para saber que no tenía sentido preguntarle qué podía ser más importante en aquel momento que decir a sus empleados que por culpa de Alan Ackles tendría que despedirlos.
—Ha saltado la alarma en tu casa. El servicio de seguridad dice que alguien ha roto un cristal.
—¿Y por qué no llamas a la policía?
Vanesa enarcó sus finas cejas.
—Eso es lo que he hecho. El agente Welling está al teléfono. Dice que Jensen Ackles está en tu casa, con una maleta y con su gato, y que exige verte.
—¿Para qué?
—No lo sé
Jared no comprendía nada. ¿Qué hacía Jensen en su casa cuando llevaba semanas sin contestar sus llamadas? Su pulso se aceleró.
—Padalecki al habla —dijo al teléfono
—Señor Padalecki, soy el agente Welling. Siento molestarle. Su casa está rodeada de periodistas y de gente protestando.
—Lo sé
Llevaban ahí desde que se había publicado un artículo en el periódico en el que prácticamente se le acusaba de cómplice de Ackles en la malversación de fondos de la asociación Hogares para las Víctimas del Huracán, la ONG que había creado y que, estúpidamente, había dejado bajo la dirección de Ackles.
—Al llegar he encontrado al señor Ackles con su gato, apostado en la barandilla de su porche, señor —explicó el agente—. Por lo visto, algunos de los perjudicados por su padre lo han seguido, han tirado un ladrillo contra su ventana y luego han huido. Ahora el señor Ackles está en la patrulla. Está muy alterado, y su gato no deja de maullar.
Jared vivía en una casa alquilada en un barrio exclusivo y su casera, Samantha Ferris, que era su vecina, era una mujer muy chismosa y severa, ya se había quejado del acoso de los periodistas. Así que Jared no quería imaginar qué pensaría que la policía hubiera tenido que acudir a su casa por culpa de un intruso.
—Agente, siento mucho todo esto. Deme unos minutos. Estaba haciendo algo importante.
Se frotó la frente mientras reflexionaba. Por un lado quería resolver el problema de los despidos cuanto antes, por otro, pensaba que tenía que haber una razón importante para que Jensen hubiera acudido a su casa.
Desde el momento en el que Ackles había quedado confinado a arresto domiciliario, Jensen se había visto acosado por el gobierno federal, la prensa y los inversores de su padre. Lo había visto demacrado y muy delgado en las fotografías publicadas en los periódicos y en la televisión.
A su pesar, recordó una noche que no debía haber tenido lugar. Un hombre de piel de seda arqueándose bajo su cuerpo, en perfecta sintonía con él. El educado y formal Jensen Ackles lo había vuelto loco. Jared habría querido borrarlo de su mente al descubrir lo que su padre había hecho, pero no lo había conseguido.
De hecho, no dejaba de pensar en aquella noche y en cómo apenas habían tenido tiempo de desvestirse y hacer el amor al entrar en su casa.
Al darse cuenta de que sus empleados estaban pendientes de sus palabras, Jared reaccionó y apartó aquellas imágenes de su mente.
—¿Dice que lleva una maleta y que está con su gato? —preguntó al agente
Eso significaba que no había ido a verlo impulsivamente.
—Creo que no se encuentra bien
—¿Qué quiere decir? —preguntó Jared, inquietándose
—Habla con un hilo de voz y es difícil entenderlo.
Jared recordó aquella misma voz susurrando su nombre mientras hacían el amor y se estremeció. Los rostros de sus empleados se desdibujaron.
—Voy ahora mismo —dijo. Y tras oír al agente agradecérselo en tono de alivio, colgó y le pasó el teléfono a Vanesa
—No sabía que tuvieras una relación personal con Jensen Ackles —dijo Vanesa en tono de reproche cuando estuvieron solos en el despacho de Jared
Sin mirarla, él tomo las llaves de un cajón y se puso una cazadora sobre sus hombros.
—Porque no la tengo —replicó, malhumorado. Lo último que necesitaba era que su secretaria lo sometiera a un interrogatorio
—¿Y por qué ha ido a tu casa?
—Tendré que averiguarlo antes de contestarte.
—Todo esto sólo puede perjudicarte. Los Ackles son unos ladrones
—¿Crees que no lo sé? Ya estamos sufriendo las consecuencias de lo que ha hecho Ackles. ¿Por qué no te ocupas de resolver los problemas aquí mientras yo voy a enterarme de qué pasa?
—Tienes razón. Es que este asunto me tiene muy alterada
Cuando Jared llegó al coche sintió un nudo en el estómago al pensar en toda la gente que tendría que despedir por culpa de Jensen Ackles y de su padre, y los maldijo.
Cuando Jared detuvo el coche delante de su casa, seis reporteros cruzaron el césped hacia él y le pusieron los respectivos micrófonos delante de la cara en cuanto abrió la puerta. Jared vio de reojo la cortina de Samantha Ferris entreabierta y pudo vislumbrar la sombra de su cuerpo.
—¿Por qué está Jensen Ackles en su puerta? —preguntó uno de los periodistas
En lugar de molestarse en contestar, Jared fijó la mirada en la figura delgada que ocupaba el asiento de la patrulla, y luego miró hacia su casa y vio la ventana contigua a la puerta, rota.
Sabía que debía odiar a Jensen, pero le daba lástima el acoso al que le había sometido la prensa durante las semanas previas. Desde que se había publicado el artículo sobre su decisión de nombrar tesorero de Hogares para las Víctimas del Huracán a Alan Ackles y sobre la desaparición de los fondos, se sentía identificado con lo que Jensen debía de estar padeciendo.
Un policía, que debía ser el agente Welling, señaló hacia la patrulla.
—Está ahí
—Gracias
Jared esquivó a los periodistas y, cruzando el empapado césped, se acercó al coche.
—¿Jensen? —lo llamó al tiempo que golpeaba la ventanilla con los nudillos.
Jensen la bajó unos centímetros y la mirada de Jared registró su piel nacarada, las bolsas bajo sus ojos verdes, el cabello húmedo pegado a su cuello. A pesar de su palidez y de lo delgado que estaba, lo encontró tan atractivo como la noche que habían pasado juntos.
Abrió la puerta y tomándole la mano, que Jensen tenía congelada, le ayudó a bajar, llevaba un traje gris de seda que se amoldaba a su cuerpo. Cuando Jared vio las gotas de humedad que tenía sobre los sensuales labios recordó vívidamente lo dulces que sabían.
—Gracias por venir tan pronto —dijo Jensen
—¿Cómo has venido?
—En taxi
—Has sido imprudente dejando que te siguieran
—No he pensado. Siento haberte puesto en una situación tan incómoda
—Podías haberme llamado para que quedáramos en un lugar discreto
—Lo siento, de verdad. Esto es tan espantoso para mí como para ti.
El agente había estado en lo cierto al decir que parecía enfermo. Sus ojos, que hacía unas semanas habían brillado llenos de pasión con cada uno de sus besos, estaban apagados y sólo transmitían tristeza.
El gato maulló.
Jared miró al otro lado del césped y vio al agente Welling hablando con los periodistas. Egoístamente, lo mejor que podía hacer era pedirle que se ocupara de Jensen, pero una mezcla de curiosidad y de empatía hizo que, en lugar de llamar al agente, lo tomara de la mano y lo condujera hacia el sendero de acceso a su casa. Luego volvió al coche, tomó su maleta y la jaula del gato y acompañó a Jensen a la puerta. Tras abrirla se echó a un lado para dejarlo pasar. Jensen se quedó paralizado, indeciso. Las gotas de lluvia caían de su saco empapado.
—Por si no lo notas, estoy invitándote a pasar —dijo Jared
—Lo sé —dijo Jensen con voz ronca
El resplandor de un rayo fue seguido del retumbar de un trueno, y éste a su vez dio paso a una decena de flashes que se encendieron simultáneamente, iluminando los rostros de Jared y Jensen. Misha, el gato, se lanzó contra las paredes de su jaula.
—Tu gato quiere entrar a casa —dijo Jared
—Odia las tormentas
—Pues si tú quieres conceder otra entrevista en el porche, haz lo que quieras. Pero Misha y yo preferimos entrar y abrir una lata de atún.
Jared dejó el gato y la maleta en el suelo de su moderno vestíbulo, cuyo suelo estaba cubierto de cristales, y palpó la pared en busca del interruptor. Tras presionarlo, se volvió, y vio que Jensen seguía en el umbral de la puerta.
—Tu casa no es precisamente un territorio neutral —susurró Jensen
—Lo sé
Jared recordaba perfectamente que habían traspasado aquella misma puerta casi sin tiempo de quitarse la ropa el uno al otro, que ni siquiera se había molestado en encender la luz y que habían hecho el amor allí mismo, sobre la alfombra que en ese momento tenía bajo sus pies.
Otro fogonazo de flashes iluminó el rostro de Jensen, y cuando Jared alargó la mano para tirar de él, entró de un salto y se pegó contra la pared, jadeante, como si quisiera evitar todo contacto con él.
Al ver sus pectorales moverse al ritmo de su agitada respiración y ver los pezones que se transparentaban a través de su ropa mojada, Jared recordó lo que había hecho con ellos en aquella apasionada noche, y se dio cuenta de que había despertado cada día deseándolo.
Cerró la puerta bruscamente al sentirse irritado por la actitud temerosa de Jensen y por dejar que su presencia lo afectara de aquella manera. En cuanto quedaron ocultos a los ojos de los reporteros, Jensen empezó a temblar.
—Estás helado —dijo Jared con una aspereza que pretendía ocultar su preocupación.
—Pe-perdón. Es el… el… aire… a-acondicionado —tomó aire—. Estoy mojándote el suelo.
—No te preocupes, es de piedra. Pero espera, voy a apagar el aire y a traer unas toallas.
Agradeciendo tener la excusa de alejarse de él para recuperar el control sobre sí mismo, Jared fue hasta el termostato, lo bajó y entró en el cuarto de baño de invitados para tomar unas toallas. Luego volvió junto a Jensen, le echó sobre sus hombros su cazadora y le dio las toallas.
—Gracias —dijo él, castañeando los dientes al tiempo en que se secaba el cabello— Siento causarte tantas molestias.
—No es ninguna molestia —dijo Jared, apartando la mirada de su rostro desencajado
¿Cómo era posible que quisiera ayudarlo? Había al menos una docena de motivos para odiarlo, todos ellos con nombres y apellidos: la gente de la ONG que se había visto privada de sus hogares, los empleados que tendría que despedir… Pero Jensen presentaba un aspecto tan frágil, que era incapaz de reprenderlo o agobiarlo. La policía federal y los periodistas ya se ocupaban de ello.
Contuvo el impulso de abrazarlo para hacerle entrar en calor, y cuando habló, le salió un tono más agresivo del que pretendía.
—Te sentirás mejor cuando te quites esa ropa mojada y te seques.
Jensen se ruborizó y Jared se dio cuenta de que sus palabras podían dar lugar a malentendidos.
—Quiero decir —rectificó— que puedes ir al baño que hay al final del pasillo. Supongo que recuerdas haberte duchado en él —al ver que Jensen volvía a ruborizarse se maldijo por haber recuperado para ambos el recuerdo de una ducha conjunta—. Voy a por más toallas y por un albornoz —concluyó, apretando los labios.
Volvió al baño, pero enseguida oyó las pisadas de Jensen siguiéndolo, y en cuanto entró al baño tras él, tuvo la sensación de que el espacio se reducía. Mirándolo a los ojos, recordó sus carcajadas mientras se duchaban tras haber hecho el amor, que le había secado el cabello y que, al acostarse, lo había mantenido abrazado a él toda la noche.
Con la excusa de buscar más toallas, salió del cuarto de baño. Sabía que, si no quería volverse loco, debía averiguar que quería y hacer que se marchara su casa. Pero estaba seguro de que no actuaría con tanto sentido común.
Jensen lo había fascinado desde el momento en que lo vio con ese traje a la medida entrando al lado de su hermano en el ochenta cumpleaños de su padre. Cuando Katie le había pedido que cuidara de él mientras bailaba con Josh, había accedido al instante. Después Josh y Katie habían desaparecido y él se había ofrecido a llevar a Jensen a su casa.
A la mañana siguiente de hacer el amor, el jefe de Josh, Jeffrey Dean Morgan, le había presentado las pruebas irrefutables de que su padre era un criminal. Cuando Jared y su contable revisaron las cuentas de Hogares para las Víctimas del Huracán comprobaron unas irregularidades alarmantes y Jared había acompañado a Morgan a entregar a Ackles a los federales.
Puesto que su padre era un delincuente, y para más señas, un delincuente que él mismo había denunciado a la policía, tenía que librarse de Jensen. Pero parecía tan perdido…
Incluso tras descubrir que su padre había estafado a la ONG, Jensen había seguido obsesionándolo. Lo había llamado numerosas veces, pero Jensen nunca había respondido. Con toda seguridad, lo odiaba por lo que le había hecho a su padre.
¿Cómo era posible que lo siguiera encontrando atractivo?
No podía evitarlo. Desde el momento en el que sus labios se habían rozado y Jensen le había acariciado tímidamente el pecho a través de la camisa, Jared se había excitado como nunca lo había estado. Que un beso pudiera proporcionarle tanto placer debía haberle servido de advertencia.
Y que todavía lo deseara tanto como aquella primera noche significaba que debía echarlo antes de cometer una estupidez.
