Capítulo 2

Jared estaba abriendo la jaula del gato tras barrer los cristales del suelo y abrir una lata de atún, cuando oyó un golpe procedente del cuarto de baño. Él y el gato corrieron hacia allí.

—¿Jensen? —al no obtener respuesta, se asustó—. ¿Jensen? ¿Estás bien? —giró el pomo de la puerta y esta se abrió, dejando salir el vapor condensado—. ¿Jensen?

A ciegas, fue hasta la ducha y abrió la mampara. Entre el vapor, vio a Jensen caído en el suelo, hecho un ovillo. Jared cerró el grifo, lo levantó el brazos y tomando unas toallas lo llevó al salón, donde lo echó sobre el sofá mientras evitaba observar su bello cuerpo desnudo para no fijarse en la mancha de fresa que tenía en el pectoral derecho que había lamido con fruición.

Le tomó el pulso y suspiró aliviado al comprobar que era fuerte y tenía un ritmo regular.

—¡Jensen, despierta!

Él masculló algo incomprensible sin abrir los ojos.

—Papi —susurró a continuación—. Papi, ¿dónde estás? ¿Por qué nunca estás en casa?

¿Estaría delirando? Jared palpó su cuero cabelludo, y justo detrás de su cabeza descubrió un chichón.

—¡Abre los ojos! —le ordenó

Los párpados de Jensen se abrieron temblorosos, y sus ojos verdes brillaron bajo sus largas pestañas mientras se esforzaba por enfocar.

—¿Jared? ¿Eres tú? ¿Por qué me gritas? —tomó la mano de Jared, que se sintió automáticamente excitado—. ¿Dónde estoy?

—En mi casa

—¿Qué hago aquí?

Eso era lo que Jared no conseguía adivinar. Jensen continuó mirándolo y lentamente, la expresión de su rostro cambió.

—¿Dónde está mi ropa? —preguntó Jensen, alarmado—. ¿Qué me has hecho?

—Absolutamente nada, así que tranquilízate. Te has caído en la ducha, te he recogido y te he traído aquí para secarte. Ahora creo que deberíamos llamar a tu médico.

—¡No hace falta! Estoy perfectamente —dijo Jensen precipitadamente—. O lo estaría si… —dejó la frase en suspenso con expresión angustiada.

—¿Te has escurrido o te has desmayado?

Jensen miró a Jared con los ojos muy abiertos.

—Todo se ha puesto negro de repente. He debido de desmayarme.

—Por eso deberíamos llamar al médico —sugirió Jared

—Enseguida. Pero antes necesito comer algo. Llevo dos días sin comer.

Jared se preguntó si el acoso de los periodistas le había impedido llevar una vida normal y sintió lástima.

—¿Te importaría darme una galleta y un té? —preguntó Jensen, titubeante

Jared sabía que lo que debía hacer con el hijo del hombre que le había destrozado la vida era llamar al agente Welling para que se hiciera cargo de él, pero en lugar de actuar sensatamente, asintió.

—¿Por qué has venido? —preguntó antes de moverse

Jensen se frotó la nuca y se estremeció.

—Jared, antes de… de contártelo… Me cues-cuesta concentrarme… Necesito tomar algo. Una galleta, aunque sea rancia.

—¿Me estás amenazando con volver a desmayarte?

—No es una amenaza. Te juro que no me encuentro bien

—Está bien —dijo Jared con resignación al tiempo que se levantaba—. Tú descansa mientras preparo el té.

Mientras oía sus pasos alejarse, Jensen se incorporó en el sofá y cerró los ojos con fuerza.

¿Cómo iba a poder decirle al hombre que había entregado a su padre a los federales y que había hecho su vida añicos que estaba embarazado de él? Cuatro test de embarazo caseros lo habían confirmado. Cuatro.

Llevaba un discurso preparado: "Jared, todas las mañanas me despierto con náuseas. Los mareos y el vómito han sido una constante durante los últimos días, y no he dejado de tener antojos extraños…".

Sabía que Jared le diría que era imposible, que había usado preservativos. Varios. Jensen suspiró tembloroso al recordar imágenes de aquella noche. El sexo nunca le había interesado particularmente y jamás había mantenido relaciones con un hombre al que acabara de conocer, pero con Jared todo había sido distinto. Se había entregado a él con una pasión que le hacía ruborizarse cada vez que lo recordaba.

Y a la mañana siguiente, Jeffrey Dean Morgan y él habían denunciado a su padre.

Jensen permaneció pensativo, enredando un dedo en el borde del albornoz. Estaba helado, aunque al menos la náusea había remitido. Tenía la seguridad de que a Jared le sorprendería que hubiera esperado a tener la certeza de que estaba embarazado antes de ponerse en contacto con él.

Pero en el fondo, Jared tenía la culpa. Un agente de nariz carnosa y gafas redondas se había presentado en su apartamento y le había anunciado que la policía federal confiscaba todos los bienes de su padre, incluidos aquéllos de los que ella disfrutara.

No habría acudido a la casa de Jared de haber tenido otro lugar al que ir. Había llamado a su padre, pero no había obtenido respuesta y no pudo evitar preguntarse si, tal y como acostumbraba, al ver su nombre había colgado. Siempre lo había tratado así. Cualquier cosa tenía prioridad sobre él.

En cambio Jared había ido en cuanto lo habían llamado y aunque eso no significaba que le importara, demostraba que podía contar con él en un momento de necesidad.

Ajustándose el albornoz, fue a la cocina y se quedó paralizado al ver la mesa y recordar que Jared le había hecho allí mismo el amor, con el ruido de los platos cayendo al suelo de fondo. Para olvidarlo, se volvió hacia la jaula de Misha y la vio vacía.

—¿Dónde está Misha?

—No sé. He ido a ver qué te había pasado y salió de la jaula —dejando un plato sobre la mesa, Jared añadió—: Te he cortado un poco de queso y te he pelado un plátano y una manzana. Siento desilusionarte, pero no tengo ninguna galleta rancia.

Jensen se mordió el labio para no sonreír. Se sentó y mordisqueó un trozo de manzana ruidosamente.

Parte de su ansiedad pasó y no pudo evitar recordar por qué había sido tan fácil caer en brazos de Jared. Aquella noche, su padre le había dicho que tenía problemas, así que estaba preocupado aún antes de que Jeff desapareciera con Katie. Entonces había aparecido Jared, ofreciéndose a acompañarlo. Había sido encantador y pronto Jensen se había encontrado charlando con él animadamente y riendo con las anécdotas de sus aventuras. Desafortunadamente, él le había hecho algunas confidencias sobre su padre.

Jared dejó un cuchillo y una servilleta sobre la mesa y se sentó frente a Jensen. Su cabello color chocolate le caía sobre los ojos. Estaba increíblemente atractivo y lo mirada intensamente.

Jensen dejó el trozo de manzana sobre el plato esquivando su mirada y diciéndose que no debía buscar segundas interpretaciones al hecho de que fuera amable con él. Sólo le había dado un plato con comida. Nada más.

—Come —dijo Jared con dulzura—. Tienes que reponer fuerzas.

Jensen se ruborizó al pensar en el bebé que crecía en su interior. ¿Cómo iba a contárselo?

Sonó el teléfono.

—Disculpa —dijo Jared—. Es mi secretaria. He dejado una reunión a medias. Tengo que contestar.

Salió al vestíbulo y cerró la puerta tras de sí, pero Jensen pudo escuchar algunas frases sueltas.

—Claro que voy a ir… ¿Cómo se te ocurre que pueda haberme olvidado?... No, no me ha dicho por qué, aunque para serte sincero no es de tu incumbencia… Eso es lo que estoy tratando de averiguar… ¿Embarazado? Será mejor que no te metas en mis asuntos.

Embarazado. Aquella mujer tenía poderes.

Jensen perdió el apetito al instante y supo que tenía que decirle la verdad de inmediato. Afortunadamente, Jared estaba tan enfadado con su secretaria cuando volvió, que ni se molestó en mirarlo.

—Apenas has tocado la comida —dijo Jared con aspereza mientras colgaba

—¿Malas noticias?

—Supongo que te da lo mismo, pero estaba haciendo algo muy importante cuando he recibido la llamada de la policía

—¿Qué hacías?

—Estaba a punto de despedir a un montón de excelentes trabajadores.

—Y tu secretaria piensa que es mi culpa.

Todo el mundo lo culpaba por lo que su padre había hecho presuntamente. Había quien pensaba que su padre había desviado un montón de dinero a una cuenta a su nombre en un paraíso fiscal.

Su padre decía que era inocente y él quería creerlo aunque no fuera fácil ir en contra de la opinión general. Además, ¿qué más daba que fuera o no inocente si sus cuentas en Nuevo Orleans y su tarjeta de crédito estaban bloqueadas?

Dos días antes Jim, el editor jefe, había aducido la creciente presión a la que se veía sometido para echarlo del puesto de redactor que adoraba. No tenía ni dinero, ni trabajo, ni reputación, ni futuro. Y cuatro pruebas de embarazo habían dado un resultado positivo.

—La gente ya no se fía de mí —dijo Jared sin poder contener su irritación—. Sea de quien sea la culpa, lo cierto es que tengo que volver a la oficina. Así que dejémonos de rodeos y dime por qué has venido.

—Tienes una secretaria extremadamente lista.

—¿Qué demonios tiene eso que ver con todo esto?

—Creo que estoy embarazado

Jared lo miró con tal expresión de perplejidad que Jensen se apiadó de él.

—¡Qué! ¡Es imposible!