Disclaimer: Harry Potter no me pertenece.

Este fic lleva en mis borradores y en mi cabeza tanto tiempo que empiezo a pensar que ya es hora de empezar a sacarle el polvo y hacer algo con él. Solo os digo que en un principio lo empece a escribir como participación para el Reto "Citas célebres" del foro La Madriguera, pero, por distintas razones, ahí se quedó. La frase que me tocó fue "Admiramos las cosas por motivos, pero las amamos sin motivos" de Gilbert Keith Chesterton, para que os pongáis en situación.


ODA A NUESTROS PADRES

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
—''Elegía'', Miguel Hernández

Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
al borde del abismo, estoy clamando,
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.
—''Hombre'', Blas de Otero

PRÓLOGO

—¿Sabes ese color del cielo? Ese que vemos a veces de camino a casa, cuando tan solo está empezando a anochecer, pero todavía no aparecen esos tonos rojizos y anaranjados. Cuando todavía puedes reconocer el azul del día, pero ya empieza a desaparecer...

Pasaron unos segundos antes de que contestase la pregunta. Tenía la lengua entre los dientes, casi mordiéndosela, y esta aparecía medio escondida detrás de sus labios, como hacía siempre que él se concentraba en algo. Asintió, aunque su tono dejaba claro la duda que tenía:

—Creo que sé a qué te refieres.

—Pues ese, supongo.

Ladeó la cabeza, dejando el diario sobre la mesa, y se reclinó sobre la silla hasta que solo dos patas tocaban en el suelo. Intentó adivinar de qué estaban hablando, pero sus ojos reflejaban que se sentía perdido.

—Me gusta ese color. Puede que sea mi favorito, no lo sé, pero creo que me gusta.

La ventana de la cocina todavía tenía el rocío de las mañanas, el geranio que acaba de ser regado goteaba y el café estaba caliente en su garganta y la taza en sus manos. Tenía la impresión de que todavía no había despertado del todo, el agua de una tetera todavía hervía y el burbujeo era un ruido de fondo que pasaba desapercibido. Era una mañana normal, de rutina, pero entonces decidió que, esa misma noche, cuando volvieran a casa los dos como acostumbraban, se fijaría en el cielo.

Y, por un momento, se dejó llevar por la sensación de que algo había vuelto a cambiar.

PRIMERA HISTORIA DE AMOR

Era verano. La mano sudorosa de Hermione no se separó de la de él ni un momento. Ron pensó que se les pegarían. Estaba más preocupado por eso que por la ceremonia. Los dedos de Hermione apretaban los suyos de vez en cuando y Ron no sabía si quería llorar por esos apretones o si Hermione le apretujaba la mano porque notaba que él quería llorar. En la mente de Ron, las dos cosas se interrelacionaban: las ganas de llorar y los dedos de Hermione apretando su mano, la uña de un dedo clavándose en el dorso de su mano.

Era verano. Hacía calor, uno de esos días en el que sol pica en los ojos y en la piel, y todos iban de negro. Años después, Ron todavía recordaría que Hermione llevaba una falda vieja y una blusa que le iba pequeña, cuyas muñecas estrechas dejaban marcas rojas en la piel morena que a Ron tanto le gustaba.

Era verano y la tierra estaba seca, granitos de arena pegándose a la piel sudorosa, cuando Ron pensó que, con tantas lágrimas, se podrían regar las plantas de su balcón.

Tenían que regar las plantas, en eso pensaba durante el entierro de su padre, en las plantas y en su mano sudorosa pegándose a la de Hermione.

Ron no recordaría mucho más del funeral de su padre, solo imágenes sueltas de su madre en los brazos de Percy, de un cementerio de tierra seca y piedras en los zapatos, solo que era verano y que se les estaban muriendo las plantas que les habían regalado Harry y Ginny y que los dos pensaban que era ridículo:

—Hermione, —decía Ron. —Eres la bruja más brillante de nuestra generación ¿cómo no podemos mantener unas cuantas plantas vivas entre los dos?

Hermione había cogido la manía de mirar a las plantas con rabia. Estas se habían convertido más en deberes que en decoraciones, las miraba con los ojos entrecerrados y un poco de ira, concentrada en ellas como intentando descubrir que le escondían, igual que hacía cuando estaba delante de un problema particularmente difícil.

Ron se había rendido mucho antes que ella, había dicho que solo eran plantas y que no valían la pena, pero Hermione seguía empecinada en revivirlas con esa cabezonería que siempre la había caracterizado y que a Ron enamoraba y fastidiaba a ratos.

Al principio, Ron la veía concentrarse en ellas con cariño. Los rizos se le pegaban en la frente y le recordaba un poco a aquella vez que, con tan solo doce años, creó una poción multijugos en el baño de chicas de Hogwarts.

Sin embargo, el cariño se acabó rápido. Aquel verano durante el que murió su padre, Ron ya estaba cansado de esa misión autoimpuesta de mantener verde el balcón que parecía ser lo único que llevaba hacia adelante sus vidas. Cogió la manía de bufar cada vez que pasaba por el delante del balcón y, una de esas veces, Hermione se giró y, mirándolo con los mismos ojos entrecerrados y calculadores con los que miraba sus plantas, le espetó:

—¡Qué!

Ron se quedó callado, parado en el medio del comedor con el sol picándole en los ojos por las persianas abiertas. Vio los párpados de Hermione abriéndose lentamente hasta llegar a su medida normal, transformándose a esa mirada cariñosa con la que le miraba tantas veces.

Ron dio dos pasos gigantescos hasta llegar hasta ella y agachó para besar la sonrisa de sus labios.

El beso, pensaría más tarde, le supo a lo de siempre, a lo que sea que se supone que sabe un beso. Hermione le había acariciado los labios con la lengua y él le había envuelto la cintura con los brazos, levantándola un poco hasta dejarla de puntillas. El sol hizo que los dos cerraran los ojos, pero cuando Hermione volvió a pararse en el suelo y los dos abrieron los ojos, se fijaron en que más de la mitad del balcón estaba ocupado por macetas.

No era un balcón muy grande, habían cabido tres personas cuando este había estado vacío, pero a Ron, que se había criado en la Madriguera y en el castillo de Hogwarts, le habría gustado que hubiera suficiente espacio para poder salir tranquilamente. A veces se sentía demasiado encerrado dentro del piso y quería salir a tomar un poco el aire, pero le agobiaban tantas plantas muertas.

Aquel beso fue la última vez que refunfuñó por la actitud de Hermione con las plantas. Empezó a ignorar la situación.

Ron la quería. Llevaba queriéndola muchos años, empezó a quererla mucho antes de darse cuenta, pero había cosas que no podía soportar. La manera en que trataba las plantas le traía de cabeza.

Hermione era una cabezota y siempre se esforzaba al máximo para conseguir aquello que quería. Se le metía una cosa en la cabeza y no había manera de quitársela. Se obsesionaba. Ron ya lo había sabido, Hermione había sido una perfeccionista desde el primer momento en que la había conocido. Era algo de ella que le había traído de cabeza, a veces porque se quedaba encandilado con ella y a veces por lo contrario. Cada vez era más por lo contrario. Había algo mal entre ellos y no eran las malditas flores del balcón.

Las flores, sin embargo, fueron el punto medio en el que consiguieron encontrarse.

Al final, dos años después de mudarse al piso, decidieron que lo mejor sería quedarse siendo amigos: Hermione gritó, Ron lloró, los dos le dijeron a Harry que la culpa era de las flores que él les regalaba y Ginny se rio de Harry cuando este se lo creyó.

Ninguno de los dos quería dejar el piso, ya se habían acostumbrado a vivir juntos y todavía se querían. Además, los dos tenían miedo de que aquella relación de amistad que había empezado con once años y un troll en las mazmorras se podía acabar del todo si dejaban de tener una razón para convivir juntos.

—Además, —le había dicho Ron a Harry. —El alquiler es bueno.

Las primeras semanas habían sido difíciles. Hermione dejó de lado las plantas y estas se quedaron mustias. Se centró más en el trabajo que se traía. Ron empezó a leer el periódico mientras almorzaba solo, primero pensando en como su padre solía hacer lo mismo, pero entre el bullicio típico de la Madriguera durante sus años niños, y luego aprendiendo a disfrutar del silencio del apartamento durante las mañanas.

Durante unos días, los dos se evitaron incómodamente mientras estaban en el piso, calculadamente comiendo a horas diferentes.

Con lo que los dos consideraban una gran ironía, los problemas entre los dos se arreglaron gracias a las plantas. Harry y Ginny habían cogido la manía de traerles una maceta cada vez que visitaban y el balcón estaba lleno de plantas lánguidas y marchitas, el suelo se rebosó rápidamente de hojas marrones cuando llegó el otoño y tanto Hermione como Ron se negaban a ser el primero en ocuparse de la situación, como si fueran a perder una competición que ninguno de los había admitido en voz alta.

Pero llegó la primavera. Y, milagrosamente, algunas flores habían empezado a brotar por sí solas.

La primera en verlo fue Hermione, una mañana cuando salía corriendo a trabajar. Desde su habitación, Ron se asomó al comedor, pensando que se había caído. Hermione había parado en el medio de la habitacción, con un zapato todavía la mano y el rostro cabreado mirando hacia el balcón. Siguendo su mirada, Ron se sorprendió al ver a través de los cristales unas florecillas blancas y amarillas aparecer en en unas cuantas macetas.

—¿Has sido tú? —Preguntó Hermione.

Ron contestó que él no había hecho nada:

—Quizás son flores silvestres.

Mientras Hermione se ponía su zapato, Ron se acercó y descubrió que eran las mismas plantas mustias de hacía unas semanas. Incredulo, dejó escapar una carcajada que no supo de donde nació.

Acercándose por detrás, Hermione le dio un abrazo que le dolió en los huesos.

—Hemos sido unos idiotas.

Ron pensó que Hermione no sabía a que se refería, que la amistad y la comprensión se habían acabado con su noviazgo, pero Hermione asintió en su espalda.

—Sí, —suspiró contra su cuello. —Lo siento, llegó tarde. ¿Hablamos esta tarde?

Fue una conversación díficil, pero llegaron fácilmente a un acuerdo, los años que hacía que se conocían facilitandoles entender lo que el otro quería y necesitaba. Les anocheció encima de la cama de Hermione, que antes había sido de los dos, y hablaron de todo lo que no se habían podido contar durante los meses en los que parecía que hubieran olvidado como hablar entre ellos.

Su relación tardaría unas cuantas más madrugadas de dormirse encima de las mantas de camas que ya no compartirían, pero entre eso y Harry, los dos podían estar seguros de que la amistad de la que habían gozado no desaparecería.


No estaba seguro de como poner el prólogo y los versos de los poemas. No me gustaba la idea de dejarlos solos en un capítulo, así que al final los dejó así, que es lo único que se me ocurre.