SEGUNDA HISTORIA DE AMOR

Cuando Theo vio a su madre morir de niño, sintió algo que no supo definir hasta muchos años después.

Su madre no le había llamado nunca Theo. Siempre era Theodore. Theodore, cariño, ven aquí un momento. ¿Theodore, amor, puedes probarte un momento esta túnica? Theodore, ¡qué dibujo más bonito!

Su padre sí, pero la primera había sido su abuela.

Theodore la recuerda siempre de duelo, sentada en su sillón en el salón, con su faldón negro y su blusa ancha. Las muñecas huesudas le aparecían por las mangas oscuras y le agarraba con fuerza la cintura para que Theodore no se removiese en sus piernas.

A Theodore le gustaba la manera en que su abuela tamborileaba los dedos en su piel, los golpecitos duros, los anillos de oro y platino, las esmeraldas y los diamantes que decoraban sus dedos. A veces, Theodore le cogía una de las manos que lo agarraban y jugaba con los anillos: se los quitaba y se los volvía a poner, los giraba en sus dedos larguiruchos y huesudos, comparándolos con los de él. Theodore recuerda que jugaba con mucho cuidado, como si fueran ramas de caña y no huesos recubiertos de carne.

Tenía seis anillos en la mano derecha. Tres iban juntos en el dedo índice, tres aros de oro con una joya de un color cada uno: verde, amarillo y azul. En el anular tenía dos más: su anillo de bodas, un aro de platino con un diamante en el medio, y su anillo de compromiso, que se había vuelto a poner a la muerte de su marido, era otro aro de platino con diamantes más pequeñitos. En el meñique llevaba un rubí rojo. De él, había dicho:

—Este va a ser para ti, Theo, cuando yo ya no este, será tuyo. —Theodore no sabía dónde iría su abuela, pero le encantaban los anillos y le emocionaba la idea de que el rubí acabaría por pertenecerle en algún momento. —Era de mi padre antes que mío. Y de mi bisabuela antes que de él. Lleva en la familia más de quinientos años, cuando Marth lo trajo a Londres desde Madagascar. Marth era una segunda hija de un segundo hijo. Cuando llegó a Londres se lo regaló al aprendiz de su padre y le pidió que se casara con ella. Poh era un segundo hijo de una segunda hija. Él hizo el anillo, puso el rubí en él y se lo regaló de vuelta a Marth en sus noches de bodas. Fueron ellos quienes empezaron la familia Nott.

Según los árboles genealógicos que Theodore disfrutaba memorizando cuando era pequeño, la historia que le había contado su abuela podía ser verdad. Marth y Poh, que vivieron durante la primera mitad del siglo quince y que tuvieron siete hijos, salían siempre como los primeros antepasados con el apellido Nott.

A Theodore le gustaba estudiar los árboles porque demostraban la evolución de la magia en la familia Nott: Marth y Poh habían tenido siete hijos. Cada uno de esos siete hijos había tenido cinco. De los cinco, los que no habían perdido el apellido al casarse, todos habían tenido tres hijos. De cada tres, solo uno tenía descendencia y volvían a ser tres hijos otra vez. Siempre se repetían los mismos números: uno, tres, cinco, siete.

Según unos cuantos diarios de su biblioteca personal, a mitades del siglo diecisiete el cabeza de familia prohibió que los séptimos hijos tuvieran descendencia. Theodore había nacido de dos séptimos hijos. Su abuela Layla era la madre de su madre, pero también era tía abuela de su padre.

La abuela Layla había muerto con ciento veintitrés años, cuando Theodore todavía no había cumplido los quince. Tres meses antes de que Harry Potter apareciese con el cadáver de Cedric Diggory y declarase que Voldemort había vuelto. Jacob se la había encontrado en el sillón de siempre, con los brazos cruzados sobre su faldón de terciopelo negro y los ojos cerrados para no volver a abrirlos jamás.

Años después, Theodore la recordaba bien. Sus manos huesudas agarrando las de él cuando le contaba historias, la manera en que aguantaba su varita entre sus dedos cuando le enseñaba un hechizo particularmente difícil, —Esto no sale en los libros, Theo, pero es importante que lo sepas. Las cosas importantes nunca salen en los libros.

Si su madre le dolía por la ausencia de aquello que no había conocido, su abuela lo dolía por aquellos días en los que pensaba esto lo sabría la abuela, a la abuela le habría gustado y me pregunto si estaría contenta por mí, me pregunto qué me habría dicho...

Al principio, Theodore había seguido viviendo en la misma casa donde había crecido, trasladándose a la habitación de sus padres. Con dos tercios de la familia Nott muertos en los dos últimos años, Theodore se sentía como un fantasma en su propia casa. Había heredado tantas cosas que no veía fin al papeleo y los embargos se le amontonaban tan rápido que no podía seguir el hilo de lo que estaba pasando a su alrededor.

Luego estaban los entierros. Theodore nunca se había parado a aprender cómo preparar uno. Luego también estaban los negocios de la familia, que habían quedado en sus manos cuando Theodore no tenía ninguna preparación para liderarlos.

Un día, unos golpes retumbaron en el silencio al que Theodore se había acostumbrado rápidamente.

—Theodore, cariño, ¿puedes venir un momento aquí? —Escuchó la voz de Pansy desde la entrada. Le recordó a su madre. Entonces, pensó en su padre. Y se acordó de que llevaba más de un mes siendo huérfano.

Delante de la puerta, se encontró con la imagen de Pansy y Millicent cogidas de la mano. Millicent llevaba un recogido en la cabeza, con una trenza un poco suelta de adorno, como las cintas que solía llevar Pansy. Además, llevaba un vestido azul marino que le llegaba por debajo de las rodillas, un chal y unas botas con cordones. Cruelmente, Theodore pensó que la guerra le había sentado bien.

—Chicas, buenos días.

—Buenos días, Theodore, —le contestó Millicent, con esa vocecita vergonzosa que le salía a veces.

—Me alegra ver que estás bien, Millicent. —Theodore se avergonzó inmediatamente de lo que había pensado. Tan solo había necesitado volver a oir su voz para darse cuenta de lo preocupado que había estado por ella.

Millicent asintió, cohibida, y por milésima vez, Theodore se preguntó cómo era posible que la gente tuviera una imagen tan equivocada de ella.

—Habría venido Blaise, —empezó Pansy, que había ignorado su saludo. Habló mirando fijamente una vasija que Theodore siempre había considerado horrorosa. —Quería venir hace una semana, pero tiene a Draco en su casa, —respiró hondo y por fin miró a Theodore.—Habrían venido los dos, pero la señora Zabini, ya sabes como es, los tiene bien vigilados no les deja fuera de su vista ni un segundo. —Apretó con fuerza la mano de Millicent, —Y Daphne y yo estábamos buscando a Millicent. También encontramos a Lisa, aunque está en un hospital...

Theodore no dijo nada, procesando la información con lentitud.

—En resumen, —paró un momento Pansy. —Nos mandan a secuestrarte.

Millicent sonrió, Theodore levantó una ceja.

—Vais a casa de Blaise, ¿quieres coger algo?

Theodore negó con la cabeza, pero hizo aparecer un abrigo desde su habitación antes de guiarlas hacia la chimenea.

—Eres un hombre muy difícil de encontrar, Theodore. ¿Lo sabías?

Theodore contestó con un un gesto ancho de sus brazos, señalando a sus alrededores.

—Estoy en mi casa...

—No, —le reprochó Pansy, sin ningún pudor. —Ya no.

Antes de coger la vasija con los polvos flu, dejó sentada a Millicent en el sofá más cómodo que tenía y avisó a los elfos que tenían que cuidar de ella, reprimiendo el impulso de lanzar hechizos protectores a su alrededor antes de dejarla allí sola.

Vio de reojo como Pansy la besaba y, sorprendido, se alegró por ellas, pero volvió a sentirse inundado del deseo de dejarla bien protegida antes de irse. Los gatos atigrados de su abuelase tumbaron a los pies de la chica y eso fue lo único que Theodore necesitó para convencerse de lo que ya había sabido. Millicent podía protegerse sola.