TERCERA HISTORIA DE AMOR
Antes de que llegaran los aurores a la Mansión Malfoy, Blaise se llevó a Draco con él.
Blaise llegó de noche, cuando las estrellas ya se reflejaban en el estanque del jardín de donde solían beber los pavos y donde se habían bañado de niños. Con unos pantalones y un abrigo negros que hacían resaltar el verde de sus ojos y el anillo de esmeralda que le regalaron a los dieciséis, Blaise practicamente tuvo que sacar a Draco a rastras de su casa.
Las verjas que cerraban la propiedad Malfoy se habían cerrado detrás de ellos, en un chirrido de metal viejo que Draco nunca antes se había molestado en prestar atención, pero que recordaría con disgusto por un largo tiempo.
Draco había querido ir a dormir nada más llegar a casa de Blaise. Un pijama caliente le esperaba preparado para él encima de la cama de su amigo, junto con dos tazas de té humeantes en una de las mesitas. Durmieron juntos, porque Blaise quería y porque Draco no dijo nada, solo se dejó meter en la cama. Se escondió entre las mantas y aprovechó el calentor de otro cuerpo humano para intentar dormir tranquilo.
Despertó en los brazos de Blaise a la salida del sol, con el cielo naranja brillando detrás de las cortinas y un dolor de cabeza naciendo en la parte trasera de su cráneo. Se removió lo menos que pudo, pasó su brazo por detrás de la espalda de Blaise, en una especie de abrazo que deseaba no despertase a Blaise y, después de besar la mejilla de Blaise, queriendo darle las gracias, pero todavía sin atreverse a darselas mientras este estuviera despierto y pudiera oirlo, escondió su cabeza debajo del mentón de Blaise y, contando los latidos de su amigo, se volvió a dormir.
Cuando volvió a despertarse, unos dedos agiles y seguros removiendo su cabello, el dolor de cabeza se había asentado totalmente en su cráneo. Draco bostezó, remugó un poco y, después de desenredarse de Blaise, empezaron el primer día.
El primer día del resto de sus vidas. Draco estaba seguro de que había escuchado una frase así de una de las canciones de Las brujas de MacBeth, aunque probablemente la frase se suponía era algo romántico y rosa que a Pansy le había encantado y no se refería a la situación en la que se encontraban. Draco no estaba dispuesto o preparado a admitir algo, pero recordó la frase y le rondó por la cabeza muy a su pesar.
Ese primer día del resto de sus vidas, Draco y Blaise almorzaron en una de las salas de estar. Siguiendo el consejo de la señora Zabini, Draco sacó carpeta tras carpeta de papeles que se quedaron tirados por el suelo y empezó a mirar y repasar papel tras papel, haciendo cuentas de sus pertenencias y de todo lo que llevaba el nombre de su madre y de él.
El segundo y el tercer día fueron iguales.
El cuarto día, con Draco en el suelo y Blaise recostado en la cama, Pansy apareció por la puerta de la habitación. Llevaba el cabello encrespado, recogido en un moño mal hecho del que se escapaban mechones, y tenía unas ojeras enormes en la cara que no tenían nada que envidiar a las de Draco.
—Voy a buscar a Milli, —les dijo.
Draco se había perdido en recuerdos: haciéndole comentarios hirientes a Pansy de los que llevaba arrepentiéndose hacía años y por los que nunca había pedido perdón, viéndola en los rincones de la sala común de Slytherin, escondiendo que él la había hecho llorar, diciéndole lo mal que le quedaba un vestido que a ella le encantaba, criticando muchas cosas de ella que ni siquiera le molestaban.
Draco miró a Pansy y le dijo que sí, que encontrarían a Millicent Bulstrode, porque sentía que se lo debía. Y no solo a ella.
La puerta de la habitación estaba cerrada. Pansy se sentó en la punta de la cama y se quitó los zapatos, un gesto extraño en ella.
Hablaron durante horas. Conversaron de cosas que no se habían atrevido a decir en voz alta unos días atrás, confesaron a media voz, asustados, sitios donde creían podía haberse escondido Millicent.
Pansy se fue esa noche más segura de lo que Draco la había visto en mucho tiempo, reconoció a la chica con la que habría podido aceptar salir unos años antes, la Pansy segura de sí misma, la que no se para ante nada ni nadie cuando quiere conseguir algo.
Pansy apareció dos semanas más tarde, con las hermanas Greengrass detrás.
Se encerraron los cinco en la habitación de Blaise y hablaron durante horas hasta que el cansancio los venció y las chicas se fueron a casa. Daphne decidió ir a buscar a Millicent con Pansy, pero Blaise y Draco decidieron que era mejor quedarse en casa de los Zabini, donde la señora Zabini los tenía vigilados. Astoria, a quien Draco recordaba de pasada, se quedaría en su casa también.
Pansy se cortó el cabello. Por debajo de las orejas, más corto de lo que lo había llevado nunca. A Draco se le revolvió el estómago de la envidia, aunque no entendió muy bien el porqué.
A partir de entonces, Pansy apareció cada noche en la habitación de Blaise para contarles lo que habían encontrado o descubierto y discutían ideas y el cómo podían proceder.
De la casa en la que los Bulstrode solían vivir no quedaba nada. En la villa a la que los invitó por su decimotercero cumpleaños no había nadie. En la casa a las afueras de Londres tampoco. El edificio muggle que pertenecía a su abuela y sobre el que había contado a Pansy no quería decir cuando, estaba vacío. Sin pistas, sin nada por lo que pudieran empezar a seguir el rastro.
No sabían nada, había pensado Draco. Igual que tampoco no sabían nada del mundo muggle.
Pansy les contaba lo que había descubierto: se parecían a ellos, aunque vestían diferente, comían en bares y restaurantes con cubiertos, igual que ellos.
Draco seguía con los juicios de su familia por la guerra, decidiendo que hacer con sus propiedades, preparando los papeles para las que les quitaban y cambiando de nombre las que llevaban el nombre de su padre.
Lo primero que los juicios embargaron fue la Mansión Malfoy, que solo le importaba a su padre. Había demasiadas cosas que no quería ver en esa casa y Draco no habría vuelto ni aunque hubiese continuado siendo de los Malfoy.
Su padre acabó en prisión, que Draco suponía era lo mínimo a lo que podían condenarle. Su madre estaba en libertad vigilada y él acabó igual, los dos tenían que ir al Departamento de Aurores cada cierto tiempo.
El mismo día que se acabó el juicio de Draco, encontraron a Millicent Bulstrode. Aunque la realidad era que Millicent los había encontrado a ellos.
Esa noche no llegó Pansy, como era costumbre, sino que aparecieron las hermanas Greengrass. Astoria era tan alta como su hermana y, si Draco leía bien el interés de Blaise, de belleza comparable.
—Millicent está en mi casa —saludó Astoria. Y Daphnee se encerró a un lavabo a llorar. Draco entró detrás de ella a intentar consolarla, pero empezó a llorar con ella.
Cuando salieron, las dos hermanas se volvieron con Pansy y Millicent a casa de los Greengrass y Blaise y Draco cenaron en la mesa larga del comedor principal con la señora Zabini.
Tres noches después, visitaron a los Parkinson y Draco se quedó a pasar la noche. Luego durmió dos semanas más con Blaise y mientras todos estaban cenando con los Greengrass, el territorio más neutral en el que podían reunirse, decidió que ya estaban hartos de esperar a Theodore.
