CUARTA HISTORIA DE AMOR
—Es una de las pocas chimeneas conectadas a la red flu que nos quedan, —señaló la señora Zabini nada más Theodore apareció con Pansy en su comedor de invitados.
Era una mujer alta e impotente, Theodore siempre se había sentido cohibido en su presencia, un sentimiento que compartían muchos.
—Señora Zabini, —saludó encantada Pansy, que siempre la había admirado.
La mujer sonrió, tendiéndole un brazo a Pansy mientras esta le contaba que a su familia también le estaban cortando las conexiones a la red flu. Theodore se había encontrado con lo mismo, la mansión de su prima Minerva ya estaba desconectada y lo mismo pasaba en muchas de sus propiedades.
Probablemente era un intento de evitar que la usasen para escapar.
La señora Zabini los acompañó hasta otra sala, donde les esperaban Blaise y Draco. Draco tenía mala cara, pero Draco llevaba desde sexto con mala cara, así que Theodore decidió pasarlo por alto. Las ojeras oscuras ya eran parte de su complexión normal.
Blaise, en cambio, estaba como siempre, como si nada le hubiera afectado. Estaba sentado con las piernas cruzadas, las mangas de su camisa recogidas y sus antebrazos desnudos a la vista.
—Theodore, —dijo Draco. —Estábamos esperándote.
—Sí, hace unas semanas ya, —Añadió Blaise con saña.
Pansy prácticamente saltó a la espalda de Draco, entusiasmada:
—¡La Operación Secuestrar a Theodore ha sido un éxito!
Los brazos de Pansy envolvieron los hombros de Draco y este le sonrió. Theodore se quedó de pie, cruzó los brazos, recordó que su padre siempre le decía que no lo hiciera y que no se lo volvería a decir. Rodeado de la gente con la que había crecido, se sintió relajar en contra de su voluntad.
Días después, Lucius Malfoy entraba a prisión. Theodore se llevó a Draco de casa de Blaise. Draco se llevó a Theodore a la mansión de Minerva.
Con ojos atípicamente serios, le convenció:
—Theodore, esto te pertenece.
Esto era una casa entera. Esto eran más de una casa entera, eran todas las propiedades Nott y los negocios que iban ligados a su apellido y ese blasón que adornaba la alfombra del salón debajo de los pies de Draco.
Esto, que había dicho Draco, eran una lista que parecía interminable de responsabilidades que nunca le habían pertenecido. Que eran de su prima Minerva que, igual que otros tantos con el apellido Nott, estaba muerta.
Theodore se mudó a la mansión principal de los Nott, aunque en su mente seguía pensando en ella como la casa de Minnie.
Draco se quedó a vivir con él, en lo que suponía era medio no dejarlo solo y medio intentar evitar su propia casa. Se pasaba la mayor parte del tiempo en la biblioteca de la mansión, cosa que cabreaba a Theo, en parte porque él también se quedaba en la biblioteca hojeando libros cuando no tenía nada que hacer y le apetecía quedarse solo.
Con la ayuda de Draco, y un buen abogado que la señora Zabini le había presentado, consiguió arreglar todos los asuntos de las herencias y las propiedades en menos de dos años, pagando todo lo que le pedían por compensaciones en la guerra .
Theodore siempre recordaría la cara incrédula del abogado cuando le había dicho que quería pagar todas las compensaciones, pero Theodore había sentido que era lo mínimo que debía hacer. Había una parte de él que le gritaba que todo lo que había hecho era culpa de su padre y se quitaba la culpabilidad propia de sus acciones, pero había otra que no estaba de acuerdo y que le gritaba desde el otro lado, recordándole todo lo que había hecho y lo que había ayudado a crear: esas listas interminables de desaparecidos sin encontrar, cadáveres sin identificar y todos esos funerales, que parecían nunca acabar.
Aprendió qué hacer con todo lo que tenía y que no había querido tener. Firmó acuerdos, subió salarios, vendió una colección de cuadros de Rodrick Plumpton, hizo plantar margaritas en su jardín y discutió sobre la moralidad de enseñar magia oscura con Draco tantas veces que ya no recordaban cómo ni cuándo había empezado la discusión.
La idea la tuvieron entonces, pero tardaron un par de años en poder llevarla a cabo.
Compraron un local en el callejón Knockturn de una señora vieja con dientes podridos y un ojo que no paraba de girar en su cuenca que les recordaba al profesor Moody. Draco puso la mitad del dinero y Theodore la otra mitad y luego había regalado a la mujer un apartamento que tenía en el centro de Londres y que no pensaba utilizar nunca.
Limpiar el local había sido lo peor de todo. Draco se había metido en la cabeza no contratar a nadie y lo tenían que hacer ellos. Millicent y Pansy visitaron un par de veces para ayudar: Pansy ni intentó disimular un esfuerzo. Blaise visitó otro par de veces, por lo que Theodore suponía era puro cotilleo.
Los aurores también les visitaron un par de veces, porque un grupo de reconocidos ex-mortífagos reuniéndose en el callejón Knockturn era considerado actividad sospechosa. La tercera vez que los aurores aparecieron tras las puertas todavía rotas del local (a una le faltaban todas las placas de vidrio y la otra se doblaba de tal forma que era imposible cerrarlas), Draco señaló un rincón sospechoso lleno de cajas que Theodore estaba seguro contenían ingredientes de pociones podridos y consiguió que estos les ayudaran a limpiar sin que se diesen cuenta.
El mismo Harry Potter, con su cicatriz y su fama, apareció por sus puertas. Pansy, por alguna razón que Theodore no pudo averiguar, decidió que ponerse a ligar con el famosisimo marido de la jugadora de Quidditch famosa por su mala leche era una buena idea.
—No podemos atar a quien queremos, —explicó Millicent cuando Theodore le preguntó si le molestaba la actitud de Pansy, con un sospechoso brillar en los ojos. —Los que nos quieren, vuelven y se quedan. Y Pansy se queda.
La sonrisa de Millicent había sido tan sincera y había pillado a Theodore tan de sorpresa, que dejo pasar el hecho de que estaba seguro de que se estaba burlando de él.
Un día, Pansy se acercó a Harry Potter y señalando sus brazos con una uña roja, comentó:
—¡Qué musculado te has vuelto!
Draco se atragantó con su risa, tosiendo y riendo a la vez, aguantándose de pie solo porque se cogía con una mano a una de las estanterías que habían comprado y traído. Pansy sonrió orgullosa del estado histérico en el que había dejado a Draco y, a su lado, Harry Potter suspiró derrotado, pero les entregó el permiso que necesitaban para abrir el local al público.
El mes siguiente, abrieron su biblioteca.
