QUINTA HISTORIA DE AMOR
Hermione despertó un día con la lampara de la mesilla encendida y el sueño que había tenido vagabundeando en la neblina de su mente. Había soñado con sus padres, con una cena en un restaurante familiar al que la solían llevar de pequeña, sus padres sonreían pequeños chistes compartidos y hablaban como habían hablado siempre, pero Hermione solo pensaba en que les había borrado la memoria y en que la escena que estaba viviendo era irreal.
Pasó un día malo en el trabajo, el estómago revuelto y las manos torpes. Acabó pronto, sin ganas de volver a casa, donde se encontraría con Ron, que siempre volvía antes que ella en entresemana, y decidió que pasaría por la biblioteca.
Era una biblioteca nueva de la que Harry le había hablado. Donde antes se había encontrado una tienda de ingredientes raros para pociones y animales exóticos que Harry recordaba haber visitado durante una redada años atrás, ahora se encontraba un renovado edificio lleno de estanterías. Hermione sabía que las estanterías estarían llenas de libros raros, porque Harry se había quejado más de una vez de tener que confiscarlos y porque los aurores habían pedido más de una vez ayuda a su departamento para decidir que hacer con los libros.
Hermione tenía una relación complicada con los libros prohibidos. Por una parte, con fácil acceso a la información, todo era más fácil. Por otra parte, Tom Riddle había conseguido acceso a información prohibida y no había hecho buen uso de ella. De lo que estaba segura es de que guardaba un especial rencor en su corazón para la sección prohibida de la biblioteca de Hogwarts.
Aunque Harry la había avisado de que los cambios eran increíbles, Hermione se sorprendió. La biblioteca estaba afincada en la única esquina limpia del callejón Knockturn, con dos puertas de madera nueva y oscura, una cristalera de colores que ocultaba el interior y una placa dorada con el nombre del establecimiento: Casa de Coeus.
Hermione decidió entrar, impresionada por aquel rincón brillante entre la oscuridad de el callejón y se encontró con lo que parecía una biblioteca antigua, aunque sabía que el establecimiento todavía no tenía un año. Las estanterías parecían colgar del techo, la mayoría eran de madera, oscuras como las puertas, pero entre ellas se escondían algunas metálicas, grises y finas. En una pared, cerca de la salida, había un mostrador rodeado de cajas de cartón y, en una de ellas, alguien buscaba con la cabeza dentro mientras murmuraba para sí y sacaba libros, dividiéndolos en columnas.
Hermione dejó estar al chico, que parecía no haberse enterado de su llegada. Después de encontrar donde se encontraban los libros de leyes gracias a un cartel colgado detrás de la puerta, que estaba escrito a mano en unas letras mayúsculas muy floridas, se dirigió a esas estanterías. Se paseó un rato entre ellas, encontrando unos cuantos libros que le interesaban y se dirigió al mostrador.
El chico seguía sentado en el suelo, pero las columnas de libros a su lado habían superado la altura de su cabeza agachada, así que Hermione supuso que había estado más rato del que le había parecido buscando entre los libros.
Hermione carraspeó y el chico, sobresaltado, se giró para verla. Miró los libros que Hermione llevaba en la mano y después hacía la puerta, suspiró con cansancio.
—Granger, —dijo, mirándola otra vez después de levantarse. Se colocó detrás del mostrador y escribió una nota en un papel cuadrado que después guardó en uno de los cajones. —Supongo que vienes a pedir esos libros.
A Hermione no le pareció raro que el chico supiera su nombre. Mucha gente que ella no había visto nunca parecía reconocerla desde que la guerra había acabado y ya se había acostumbrado a la sensación de ser conocida, aunque siguiera sin gustarle.
Tenía envidia de Ron, que le había confesado que ya eran pocos los que decían que le conocían por su papel en su lucha contra Voldemort. Según él, muchos parecían haber borrado esa imagen de él y habían construido otra para reconocerlo como el dependiente alto y musculoso de la tienda de bromas.
Aunque, Hermione pensó, mientras el chico apuntaba los nombres de los libros con una caligrafía envidiable en una libreta, el chico detrás del mostrador parecía joven, cercano a su edad, así que era posible que la conociera simplemente porque habían coincidido en Hogwarts. A Hermione le gustaba más esa opción.
—Espera. Quizás este nuevo también te interese.
El chico interrumpió sus ensoñaciones. Salió de detrás del mostrador, cogió un libro de una de las columnas que había estado montado antes en el suelo, levitándolos con la varita para coger el que quería.
—Es sobre los cambios en las leyes sobre el contrato de criaturas no-humanas por magos desde el siglo diecinueve hasta... —miró en la contraportada —hace unos años.
Se lo tendió a Hermione mientras escribía en una tarjeta.
—Sí, —decidió ella. —También lo voy a coger.
El chico solo asintió y le pidió que le dejara apuntarse el título en su libreta. Una vez hecho, se lo devolvió y le tendió la tarjeta en la que había escrito antes.
—Ahí esta la fecha en la que tienes que devolver los libros. Tienes quince días. Si los necesitas durante más tiempo, agradecería que avisaras antes.
Hermione asintió, y guardó la tarjeta debajo de la tapa del último libro que le había dado y guardó los libros en su bolso antes de salir, intentando recordar de qué le sonaba el dependiente, ya convencida de que era un compañero en el colegio.
1. No sé quan evidente es, pero hay una razón por la que todos los capítulos son llamados historias de amor.
2. A partir de aquí se acaban los capítulos que estaban más o menos aceptables y empieza el verdadero caos. Necesito un tiempo para ordenar lo demás, por lo que voy a tener que pausar la publicación de capítulos hasta que avance más en lo que tengo.
3. eeeeeey, me paro justo cuando las parejas etiquetadas tienen una oportunidad para encontarse.
