7

Cuando amaneció, Sasuke, junto con sus hombres, regresó al castillo. Se sorprendió al encontrarse con Neji Hyūga. Se saludaron con afabilidad, siempre se habían respetado y llevado bien. Neji les dijo que iba al castillo de los Haruno para llevarle una carta de su madre a su hermano Iroha, por lo que retomaron el camino todos juntos.

Una vez en Caerlaverock, Sasuke se percató de cómo el semblante de Neji cambiaba al entrar en el patio del castillo. Supuso que encontrarse con su hermano no era lo que más le apetecía, pero no preguntó. Neji se despidió de ellos y se fue directo al salón. Tenía prisa.

Sasuke se quedó mirando alrededor. Todo parecía muy tranquilo. Desmontó de su imponente corcel y entonces un caballo viejo y asustado apareció ante ellos. Detrás de él iba un anciano con cara de apuro y detrás del hombre, Sasuke reconoció a una de las hijas del laird Haruno. Sin poder evitarlo, se quedó mirando la escena.

—Patt —sollozó la joven—, este horrible caballo no me quiere.

El viejo, desesperado, agarró al caballo y respondió:

—Milady, este caballo no puede ser más manso.

Sakura, con el cabello lleno de paja y haciendo un puchero, caminó hacia el hombre y, acercándose, protestó:

—Casi me mata. ¿No lo has visto?

El anciano cabeceó, resopló y finalmente dijo:

—Siento deciros que lo que he visto es que, al montar, le habéis dado una gran patada, el animal se ha movido y vos habéis terminado sobre el heno.

En ese instante, apareció Temari. Al ver a su amiga, fue a consolarla y, cuando el caballo se acercó, chilló y se apartó de él. Patt resopló. Aún le costaba entender lo asustadizas que eran aquellas dos jóvenes en relación con los caballos.

Naruto, que observaba la escena junto a Sasuke, esbozó una sonrisa, caminó hacia el grupo y, acercando la mano al hocico del animal, dejó que éste lo oliera y luego lo acarició.

—Dejad que el animal os huela —le indicó—. Que reconozca vuestro olor. Habladle con cariño, sin gritos, y os aseguro, miladies, que en menos de lo que pensáis el caballo os respetará y se portará bien.

Temari, al ver al highlander, soltó a su amiga y, acercándose a él, alargó la mano. El caballo se movió y ella la retiró asustada. Naruto, divertido, se la cogió y se la llevó a la cabeza del animal para que lo tocara.

—Tranquila —murmuró—. No permitiré que os haga nada.

Con gesto delicado, Temari permitió que el joven le cogiera la mano y la ayudara a acariciar al animal. Sus callosas palmas la hicieron vibrar y, emocionada por el contacto, susurró:

—Es muy suave.

—Tan suave como vuestra piel, milady —respondió el highlander.

Su tono tan íntimo acaloró a Temari e, intentando contener el impulso que sentía de acercarse más a él, dijo:

—¿Seguro que no me morderá?

—¡Cuidado, Temari! —exclamó Sakura divertida.

Naruto sonrió y, mirando a la joven que tenía cogida de la mano, contestó:

—Os lo aseguro. No os hará nada, estando yo presente.

Durante varios minutos, Temari dejó que le sujetase la mano y se la pasara por la cabeza del caballo, hasta que el animal hizo un movimiento brusco y, asustada, se soltó de él.

—Habéis dicho que no me mordería —protestó.

—Y no lo ha hecho —respondió Naruto alucinado.

—Sí. Me ha mordido —afirmó Temari.

Boquiabierto, el joven se acercó a ella e insistió:

—No, no os ha mordido. Sólo se ha movido.

Sakura, al ver la expresión de consternación de su amiga ante la reacción del caballo, se acercó a ella, le cogió la mano y, mirándosela, exclamó, siguiéndole el juego:

—Oh... querida Temari. Tienes la palma enrojecida. Oh... por Dios... oh, por Diossssss. Este animal te podría haber arrancado la mano —concluyó.

—Ha sido su culpa —dijo Temari señalando a Naruto mientras hacía un puchero.

—¡¿Cómo?!

—Lo que oís —insistió ella—. Ha sido culpa vuestra.

Él, incrédulo, las miró a las dos sin entender nada.

Sasuke vio que su madre salía por la puerta principal con su dama de compañía y fue a saludarla.

—Buenos días, madre.

La mujer sonrió y, acercándose a él, cuchicheó:

—¿Y mi beso, tesoro mío?

Sasuke maldijo. ¿Por qué le gustaba tanto avergonzarlo delante de sus hombres?

Los cariñitos y las palabras edulcoradas no eran dignos de un highlander como él. Eso le restaba fiereza ante sus guerreros. Pero cuando fue a protestar, vio la sonrisa de su madre y sonrió también. Tras besarla en la mejilla, murmuró:

—Zalamera.

Mikoto, encantada, le guiñó un ojo y, señalando a las jóvenes que estaban con Naruto, comentó:

—Son bonitas las muchachas, ¿verdad, hijo?

—Sí, madre. Mucho —contestó él, mirándolas.

—Por lo visto, la pequeña de los Haruno está soltera —le susurró Mikoto al oído —y, por lo que pude comprobar ayer, es una muchacha cariñosa y afable, una muchacha que...

—Madre...

—Hijo, debes buscar una buena mujer.

Resoplando por aquella conversación que tanto lo agobiaba, Sasuke masculló:

—¡Por el amor de Dios, madre, no empieces otra vez!

Al ver su gesto serio, la mujer negó con la cabeza y gruñó:

—¡Maldito cabezota!

—¿Nunca te cansas de buscarme esposa? —preguntó él divertido.

—No. Hasta que encuentre la ideal para ti.

—¿Y cuál sería la ideal para mí, si a todas les encuentras defectos?

Mikoto, que conocía bien a su hijo, lo miró y dijo:

—La mujer ideal para ti será la que sepa hacerte feliz y te haga sonreír como un bobo.

Sasuke fue a decir algo, pero su madre añadió:

—Celine McDuhan era tonta y aburrida. Ofelia Sherman, decía que sí a todo lo que tú proponías. Julieta McDourman sólo sabía atusarse el cabello. Augusta Pickman, ¡oh, esa jovencita era insufrible! Belinda Cardigan únicamente pensaba en comer Rose Dirmakr...

—¿Y Ino Yamanaka?

Mikoto negó con la cabeza y luego contestó:

—Ya sabes que me parece agradable y bonita, pero fría y una quejicosa, además de pesada y aburrida.

—Madre —rio él.

—Y si a eso le sumamos a la chismosa y entrometida de su madre, lo tiene todo, ¿no? —Pero al ver cómo la miraba, añadió—: Aunque si ella es la elegida, yo la aceptaré con tal de que seas feliz.

Sasuke suspiró. Su madre era más exigente todavía que él y no queriendo hablar más del tema, miró a Naruto, que parecía desesperado con aquellas jóvenes. Se disculpó con su madre y, acercándose a ellos, preguntó:

—¿Qué ocurre, Naruto?

Él fue a contestar, pero Sakura, con el rostro congestionado por la risa contenida, respondió en su lugar:

—Este hombre ha obligado a mi amiga a tocar el maldito caballo y...

—¿Que yo la he obligado?

—Me habéis cogido la mano —asintió Temari— y... y...

Al ver que lloriqueaba, Sasuke dijo con galantería para tranquilizarlas:

—Disculpadme, bellas damas, pero yo sólo he visto que Naruto intentaba enseñarle a... —Al darse cuenta de que no recordaba sus nombres, preguntó—: ¿Cómo os llamáis?

—Temari y Sakura —respondió la primera, dejando de llorar.

Patt, que sujetaba el caballo, miró a los dos hombres y puso los ojos en blanco. Los tres se entendieron con ese simple gesto y Sakura, al verlos, preguntó:

—¿Qué queréis decir con esas miradas? —Todos callaron y ella, tras un gemido lastimoso, musitó con un hilo de voz—: Queréis decir que somos tooorpes y tooontas.

—No, milady —aclaró Patt presuroso.

Pero Sakura, representando su papel de joven tontorrona, continuó y, forzando la voz, gritó:

—¡Por culpa de uno de sus hombres, mi casi hermana ha estado a punto de perder una mano!

—¡¿Cómo?! —protestó Naruto.

Temari, extendiéndola, asintió:

—Enterita... enterita. ¡Oh, casi hermana, ¿qué habría hecho yo sin mi mano?!

Sin dar crédito, Naruto balbuceó:

—Miladies, ¿no estáis exagerando?

Sakura, al oírlo, agarró a su amiga y protestó con voz de pito:

—Oh, Dios mío, ¿creéis que exageramos?

Sasuke, que no podía continuar callado, contestó:

—Sin duda alguna.

Ellas dos se miraron y, ante el asombro de los hombres, comenzaron a lloriquear mientras hablaban a toda velocidad y soltaban mil lamentaciones, a cuál más lastimosa. Bloqueado por lo que estaba viendo, Naruto miró a Sasuke y musitó:

—Sé apaciguar a un caballo, pero a una dama de éstas no.

Eso hizo reír a Sasuke, que, mirando a las jóvenes, dijo:

—Disculpadnos, damiselas, pero si continuáis llorando así, vuestros rostros se...

—¿Nos estáis llamando feas? —saltó Sakura.

—No —respondió Sasuke molesto—. Es sólo que...

Llevándose una mano a la frente, Sakura sollozó:

—Nos han llamado feeeas. Oh, Dios... Oh, Dios... ¡qué humillación!

Sasuke y Naruto se miraron sin entender. Pero ¿qué les pasaba a aquellas dos chicas?

Al final, cansados de sus lamentaciones, decidieron darse la vuelta y dejarlas allí llorando, pero entonces Temari agarró a Naruto para retenerlo.

—Les tenemos pánico a los caballos, pero debemos aprender a montar. Y no queremos subirnos a un animal tan alto. Nos da miedo.

En ese momento, el caballo se movió y ambas dieron un chillido y buscaron la protección de los highlanders. Abrazadas a ellos, ambas se miraron con guasa, mientras ellos intercambiaban una mirada e intentaban quitárselas de encima.

—Milady, me estáis pisando —protestó Sasuke, mirando a Sakura.

—El caballo no os hará nada, por el amor de Dios —gruñó Naruto.

Sasuke, con el cuerpo de la chica pegado al suyo, aspiró su olor. Era agradable, muy agradable, pero como pudo, se despegó de ella y, mirándola de frente, preguntó:

—¿En serio os da tanto miedo el caballo?

Sakura asintió y Patt, acostumbrado a ellas, murmuró:

—Y los perros y los conejos y las ardillas y...

—¡Patt, no exageres! —lo regañó Sakura.

—¡¿Exagerar?! —respondió el anciano y Sasuke sonrió.

Instantes después, el jefe de los Uchiha asió la mano de la llorona y dijo:

—Si me lo permitís, os subiré a mi caballo y podréis ver que...

—Ah... —gritó Sakura descompuesta—. No... no... no.

Y, sin más, le dio un empujón y salió corriendo despavorida hacia la entrada del castillo. Mikoto, que estaba allí, la miró sorprendida. ¿Qué le ocurría? Temari, al verla, volvió a hacer otro puchero y, después de mirar a Naruto, que no entendía nada, corrió tras su amiga.

Cuando ellas desaparecieron, los highlanders se quedaron mirándose alucinados y Suigetsu que salía en ese instante, preguntó:

—Pero ¿qué les habéis dicho a esas damas?

Patt, que aún seguía con el caballo cogido de las riendas, dijo:

—Esas jovencitas le temen a todo, señor... ¡A todo!

Mikoto se acercó a su hijo e inquirió:

—¿Qué le ha ocurrido a la pequeña Haruno?

—Nada, madre. Sólo que teme a los caballos.

Incrédula, la mujer frunció el cejo y le planteó:

—¿Y por eso lloraba así? —Sasuke asintió y su madre exclamó—: Qué pena. Con lo agradable que me pareció anoche y lo asustadiza que ha resultado ser hoy...

Naruto y Sasuke se echaron a reír. Aquella joven no duraría ni dos días en las Highlands.

—Voy a estirar un poco las piernas con Aila —comentó entonces Mikoto.

—No te alejes mucho, madre —le pidió Sasuke, mientras con la cabeza indicaba a dos de sus guerreros que las siguieran a distancia.

Luego, Sasuke y los demás entraron en el castillo. Al llegar al salón, vieron al laird Haruno hablando en un lateral con su yerno Iroha y sus hijas Matsuri y Tenten.

Tras cruzar una nada afable mirada con Iroha, para no interrumpir su conversación, Sasuke decidió sentarse a la larga mesa de madera del otro lado del salón, junto a Neji Hyūga, que lo recibió con una grata sonrisa. Comenzaron a hablar, pero sin duda a ambos les llamaba la atención la conversación de aquéllos.

—Sé de dos hombres de Hermitague con buena situación que están interesados en Sakura. Incluso mi hermano Neji, Otto o Rory —expuso Iroha— estarían encantados de aceptarla como esposa.

—No —respondió el laird.

Danzo Shimura , que los escuchaba sentado sobre un tronco, los miró pero no dijo nada. Prefería callar y observar lo que ocurría.

Iroha, dando un manotazo en la pequeña mesa que tenía al lado, dijo, levantando la voz:

—Señor, debe entrar en razón. ¡Su hija ha de desposarse ya!

Al oírlo, el laird miró al marido de su hija y siseó con voz trémula de furia contenida:

—No vuelvas a hablarme así en toda tu vida. Y tratándose de mi hija, tú no opinas, no ordenas y no decides, ¿entendido, Iroha?

El hombre asintió con ojos airados, pero luego miró a su mujer y, tras hacerle un gesto con la cabeza, ella intervino con un hilo de voz:

—Padre, yo me desposé con Iroha cuando...

—Así lo quisiste, hija. ¿Acaso lo has olvidado? —replicó su padre, tallando un palo de madera aún con gesto de enfado.

Iroha y Tenten se miraron y ésta, acalorada, insistió:

—Padre, dentro de unos días regresaré a mi hogar en Merrick, con mi esposo y sus hombres y...

—Y nosotros nos quedaremos viviendo tranquilamente aquí —sentenció el laird.

Matsuri cosía sentada en una silla y observaba sin decir nada la insistencia de su cuñado. ¿Por qué tendría tanto interés en la boda de Sakura? Miró a Iroha, un individuo frío y desagradable. Nada que ver con Gaara, el hombre al que ella amó, que su padre adoraba y sus hermanas querían, pero que por desgracia murió en combate.

Iroha miraba el fuego en busca de las palabras correctas, cuando Haruno susurró:

—Sakura es la luz de mi vida.

—¿Y yo no lo soy, padre? —se quejó Tenten.

El laird cruzó una significativa mirada con su buen amigo Shimura y, sonriendo, respondió:

—Claro que sí, hija mía, y también lo es Matsuri. Pero igual que vosotras habéis elegido vuestro camino, quiero que Sakura elija el suyo. El día que nacisteis le prometí a vuestra madre que únicamente os desposaríais por amor y así ha de ser.

Matsuri, al escuchar a su padre, esbozó una sonrisa con disimulo. Era un romántico al que adoraba, como sabía que él adoraba a sus tres hijas.

—Eso es un error, señor —dijo Iroha—. Sakura es una mujer y como tal ha de obedecer y acatar lo que se le imponga. Se podría casar con mi hermano Neji y marcharse a Glasgow. Está en edad de contraer matrimonio y su boda podría beneficiar a...

—Iroha, con mi hija no mercadeo. Le hice una promesa a su madre y la cumpliré —sentenció el hombre con tranquilidad.

La furia de su yerno creció visiblemente y Tenten, al verlo, tras mirar a Neji con disimulo, insistió de nuevo:

—Padre, sed razonable. Sakura aquí es vulnerable, necesita a alguien que la proteja y lo sabéis.

Danzo sonrió al oír eso. Si alguno de los asistentes conociera a la verdadera Sakura se quedaría boquiabierto. Haruno, acariciando con cariño la cara de su hija mayor, respondió:

—Sé que piensas que yo no soy capaz de defenderla, pero daría la vida por ella. Sólo quiero que conozca el verdadero amor, como os he dado oportunidad de conocerlo a vosotras, y espero que algún día su hombre la llame «mi cielo», como yo llamaba a vuestra madre.

Iroha dijo algo desafortunado en referencia a ese apelativo cariñoso y Haruno protestó.

Sasuke, que, como Neji Hyūga, escuchaba desde lejos, miró a éste y le preguntó:

—¿Buscas esposa?

Con gesto hosco, él negó y respondió con una amarga sonrisa:

—No, pero al parecer el idiota de mi hermano la busca para mí.

—No cabe duda de que te quiere desposar —se mofó Suigetsu.

—Lo último que haría sería aceptar una orden de él —gruñó Neji enfadado.

Suigetsu y Sasuke intercambiaron una mirada, pero no dijeron nada. Sin duda, Neji pensaba lo mismo que ellos del idiota de su hermano. Siguieron bebiendo en silencio mientras escuchaban. Sasuke entendía lo que Tenten y Iroha querían decir. Sin duda, aquella mujercita temerosa era peculiar y necesitaría que alguien la protegiera cuando su padre faltase. Pero por otro lado también comprendía que si Haruno le había dado su palabra a su mujer la respetara.

—Señor, permítame decirle —insistió Iroha— que con ese carácter tímido que tiene nunca va a encontrar un marido a su medida. Lo mejor es desposarla con un hombre que conozcamos y...

—Lo hará, lo encontrará. Lo sé —concluyó el laird mirando a su amigo Danzo.

—Pero, padre, Sakura es...

Cansado de escucharles, Haruno gruñó y, tirando el palo de madera que estaba tallando, miró a su hija mayor y al marido de ésta y siseó:

—Sakura es una Haruno y además tiene la sangre española de vuestra madre, estoy seguro de que saldrá adelante, con o sin marido.

Sasuke y Suigetsu se miraron sonriendo.

¿Sangre española?

Las españolas que ellos habían conocido en alguno de sus viajes poco tenían que ver con aquella asustadiza mujer. La joven tenía de española lo que ellos de ingleses.

—Padre —intervino Matsuri para tranquilizarlos—, si crees que lo mejor es que venga a la abadía conmigo, puedo hablar con la madre abadesa y...

—¡Ni se te ocurra volver a mencionarlo! —se oyó de pronto.

Todos miraron hacia la puerta y allí estaba Sakura. Sasuke la observó con curiosidad. De pronto, la tímida llorona tenía una expresión de enfado y determinación que le hizo gracia. La muchacha apretó los puños y, sin importarle quiénes estuvieran allí bebiendo cerveza, se acercó a su familia y en voz baja y contenida, imploró:

—¿Queréis dejar de buscarme marido o abadía?

Mirándola, el marido de Tenten replicó:

—Lo hacemos por tu bien, aunque ahora no lo creas. Conozco a varios hombres que...

—¡No! ¡No me interesan!

Iroha, enfadado por su descaro, bajó la voz y dijo:

—Tu padre morirá antes que tú, es ley de vida, y...

—¡Iroha! —gritaron molestas Sakura y Matsuri, mientras Tenten se tapaba la boca.

—¡Por san Drustan, ya me estáis enterrando!

—No, padre —respondió Tenten rápidamente—. Espero que Dios lo guarde muchos años, pero Sakura...

—¿Acaso teme tu marido que yo sea una carga para él? —Su hermana no contestó y Sakura, molesta, prosiguió—: Yo no he sentido la llamada de Dios, como Matsuri tras la muerte de Gaara, ni he encontrado a un hombre con el que quisiera vivir, como tú. Papá sólo cumple la promesa que le hizo a mamá y ni tú ni nadie logrará que yo haga lo que no deseo hacer.

Al escucharla, Haruno sonrió, para desesperación de Iroha. Sakura era la única de sus hijas que lo llamaba «papá» y con la que desde siempre mantenía largas charlas a la luz de la luna o ante el hogar. Esa confianza entre ellos siempre le había gustado y aún no quería renunciar a ello. Su pequeña hija era la más parecida a su madre, lo creyera ella o no.

—Si tu madre viviera, estaría de acuerdo conmigo —le espetó Iroha.

—Lo dudo —se mofó el laird, ganándose una sonrisa de Sakura—. Su madre rechazó a muchos pretendientes hasta que llegué yo, porque su padre así se lo permitió, y eso mismo es lo que ella quería para sus hijas. Mi amada Mebuki decía que, cuando me conoció, sintió que el corazón se le desbocaba y eso era lo que ella quería para sus retoños. Un corazón desbocado. Una boda por amor. Mi hija Tenten la tuvo. Matsuri también, con Dios. Ahora Sakura decidirá, como lo hicieron sus hermanas.

—Señor, esa absurda promesa le va a traer problemas. Ningún hombre de su posición permite que sus hijas tomen estas decisiones —se empecinó Iroha—. Es una mujer y...

—Oh, Iroha, ¡qué cargante eres! —protestó la joven.

—¡Sakura! —le reprochó Matsuri.

Iroha, molesto, se acercó a la joven con actitud intimidante, pero ella siseó en tono bajo:

—Cuidadito con lo que vas a hacer. Estás en mis tierras.

—¡Sakura! —exclamó Tenten al ver a su hermana tan respondona. ¿Qué le ocurría?

Con una sonrisita en los labios, el laird Haruno dijo, para zanjar el asunto:

—Mientras yo viva en Caerlaverock, ella estará segura y protegida.

Acercándose a su padre, Sakura lo abrazó con cariño y murmuró para que solo él la oyera:

—Gracias, papá. Te quiero.

Conmovido por el cariño que su pequeña siempre le demostraba, le cogió la barbilla y contestó:

—Yo te quiero más, cariño mío.

Ambos sonrieron sin importarles quiénes los miraran y Sasuke, que observaba la escena, esbozó también una sonrisa. Sin duda, aquel hombre y su hija tenían una conexión muy especial.

Entonces, Haruno cogió a su hija del brazo y se encaminó hacia donde estaban sus invitados. En su camino, recogió el palo que estaba tallando y que había tirado al suelo y una vez llegó a la mesa, lo dejó sobre ésta.

Neji le guiñó un ojo a Sakura y ella sonrió divertida. ¿Por qué Tenten no se había casado con aquel hermano?

Kizashi Haruno pidió algo de beber a una de las mujeres y se acomodó frente a Sasuke y junto a su hija.

—¿Habéis tenido buena noche en el bosque, Uchiha?

Sakura se volvió para mirar a sus hermanas. Matsuri seguía cosiendo mientras observaba cómo Tenten, empujada por su marido con disimulo, desaparecía por la puerta del fondo. Ese gesto no le gustó, pero no dijo nada. Si Tenten lo consentía, era su problema. Instantes después, Danzo Shimura se les unió y se sentó a la mesa con ellos.

—Ha sido una noche tranquila —contestó Sasuke, mientras observaba a la joven hija del laird con curiosidad. Tenía un rostro bonito, fino y delicado. Sin duda tan delicado como la dulce damita que era.

Tras un silencio, el laird Haruno se tocó la frente y confesó entre dientes angustiado:

—Doy gracias al cielo por que no haya ocurrido nada... Maldito bosque. Desde que se llevó a mi mujer y mis hijos no hace más que darme disgustos y problemas.

—Mi señor... —susurró Danzo al escucharle.

—Haruno... —dijo Neji, al ver su expresión.

Sakura lo miró y vio que los ojos se le humedecían, por lo que le cogió la mano y, apoyando la cabeza en su hombro, musitó con cariño:

—Papá, no quiero verte llorar, ¿vale?

Él asintió, se secó los ojos y murmuró, aún emocionado:

—Lo siento... no quería incomodar a nadie.

Sasuke, tras cruzar una mirada con Neji y Sakura y ésta pedirle ayuda en silencio, dijo:

—No pasa nada, Haruno. Tranquilo. Todos hemos perdido a seres queridos y entiendo tu dolor.

Tras unos segundos en silencio, durante los cuales el hombre se repuso, Sasuke añadió:

—Por suerte para todos, ni esta noche ni la anterior ha ocurrido nada en el bosque. Aunque las gracias se las deberíamos dar a esa banda de encapuchados que te comenté. De no ser por ellos y su eficacia, te aseguro que hoy tendrías un verdadero problema.

El laird asintió y, suspirando, exclamó:

—Por san Drustan. Llevo años intentando saber algo de esa gente, pero todo es inútil. Nadie los conoce. Nadie los ha visto. Sólo sé de ellos porque llegan a mis oídos sus buenas acciones.

Sorprendido, Sasuke insistió:

—Éstas son tus tierras, ¿cómo no vas a saber quiénes son?

—Lo he intentado todo. ¡Todo! ¿Verdad, Danzo?

—Sí, mi señor.

—Pero mis incursiones nocturnas nunca han dado fruto —prosiguió Haruno—. Esa banda de encapuchados parece leerme el pensamiento. Se adelantan a mis movimientos y saben esconderse muy bien.

—¿Y no has pensado que pueda ser tu propia gente? —preguntó Sasuke.

Haruno soltó una carcajada y respondió:

—Nadie de mi entorno está tan loco, ni haría eso a cambio de nada.

«Ay, papá... si tú supieras...», suspiró Sakura con una media sonrisa que rápidamente borró al ver que Sasuke la observaba.

—Como habrás comprobado por ti mismo —prosiguió Haruno—, en este castillo apenas queda gente.

Sasuke asintió. Le había llamado la atención que el laird no tuviera ejército que liderar, pero cuando fue a preguntar, el hombre continuó:

—Todo el mundo se ha marchado de aquí. Sólo quedamos los que ves.

—¿Y quién cultiva los campos?

—Entre los que vivimos en el castillo —contestó Sakura—. Todos trabajamos en ellos para poder subsistir.

—Os he pedido cientos de veces que os vengáis a vivir a Glasgow —dijo Neji—. Allí hay sitio para vosotros y...

—Gracias, hijo, pero no —lo cortó Kizashi—. En estas tierras murió mi amada Mebuki y en ellas espero morir yo también.

Sorprendido por las palabras de la joven, Sasuke le cogió una mano y le miró la palma. Tenía razón, no eran las manos delicadas de una damisela.

—No sabía que las cosas te fueran tan mal, Haruno —comentó.

El laird asintió con tristeza y, mirando las manos de su hija pequeña, susurró:

—Sólo espero que Sakura sea lista, encuentre un buen marido y se marche de aquí en cuanto pueda.

—Papá... —protestó la joven.

Sasuke, que aún no le había soltado la mano, al verle una cicatriz en la palma, preguntó, tocándosela con un dedo:

—¿Esto de qué es, milady?

Nerviosa por el contacto y molesta por que no la soltara, Sakura contestó bajito, tras cruzar una rápida mirada con Shimura:

—Me corté...

En ese instante, Temari entró en el salón y Sakura aprovechó para retirar la mano, que bajó rápidamente de la mesa. Naruto, al ver a la joven, le sonrió. Era una rubia con una cara preciosa. Pero al ver el gesto adusto de Suigetsu, apartó la vista. La muchacha se sentó a la mesa frente a Neji, que la saludó con una alegre sonrisa y, tras un movimiento de cabeza de Sakura, se limitó a escuchar y callar.

—En cuanto a lo que hablábamos —insistió Sasuke—, he podido comprobar por mí mismo que es un grupo liderado por una mujer...

—¡Hada! —asintió Haruno—. Sí. También he oído hablar de ella.

—¿Y quién no? —cuchicheó Danzo, ganándose una miradita de Sakura.

—¿Sabéis quién es? —preguntó Sasuke interesado.

El laird negó con la cabeza.

—No.

—A mí me encantaría conocerla —dijo Neji—. Sin duda, debe de ser una mujer fuera de lo común.

—Papá —intervino Sakura—, ¿de verdad crees que una mujer puede ser tan valiente y osada como para hacer lo que la gente dice?

Sasuke soltó una carcajada que a Sakura se le tornó adictiva y más cuando afirmó:

—Os aseguro, milady, que, de donde yo vengo, hay mujeres capaces de esa valentía. Es más, las hermanas de Naruto son tan diestras en el manejo de la espada y el rastreo como yo mismo.

—¿De veras? —preguntó Sakura, encantada, a pesar de su gesto circunspecto.

Sasuke clavó sus claros ojos en ella y Naruto respondió:

—Mis hermanas Tsunade y Mei son grandes guerreras. En especial Tsunade. Ella nos ha cuidado desde siempre y, aunque su impetuosidad le trae continuos problemas con mi cuñado Dan, es...

—Dan está encantado con cómo es su esposa —lo cortó Sasuke—. Y no cabe duda de que ella y Anko, la mujer del hermano de Dan, son dos mujeres de armas tomar.

—¿Tan valientes son? —preguntó Temari.

—Las he conocido y puedo afirmarlo —sonrió Neji, cruzando una divertida mirada con Sasuke.

—¿Las conoces? —inquirió Naruto sorprendido.

Neji Hyūga respondió sonriente:

—A Dan y a Iruka los conozco como a Sasuke, de haber coincidido en batallas. A ellas las conocí en la reunión de clanes de Stirling. No se amilanaron ante nadie.

Sasuke se echó a reír al recordar de lo que hablaba y dijo:

—Naruto, ¿recuerdas el enfado de los Katō, cuando Tsunade y Anko desafiaron a algunos highlanders a competir con el arco y la espada y salieron victoriosas?

Naruto soltó una carcajada.

—¿Cómo podría olvidarlo?

Durante un rato, hablaron de la maestría de Tsunade y Anko luchando o montando a caballo, mientras Sakura los escuchaba en silencio. Sin duda alguna aquellas mujeres eran como ella, la diferencia era que en su caso no lo podía manifestar en público y ellas sí. Finalmente, mirándola, Naruto dijo:

—Para horror y alegría de mi cuñado Dan, mis sobrinas están siguiendo el mismo camino que su madre. —Y, con mofa, añadió—: El día que yo me despose, espero que mi mujer no me dé tantos problemas como mi hermana le da a mi cuñado.

Todos rieron a carcajadas hasta que Sasuke recondujo la conversación para volver a hablar de aquella misteriosa mujer y su grupo de encapuchados. Eso le hizo gracia a Sakura, que oyó decir a su padre:

—Hay quien dice que es el espíritu errante de mi amada mujer, y quienes la acompañan, mis hijos.

Todos conocían la triste historia de aquella familia y el silencio se apoderó del salón. Sakura acarició la mano de su padre, que ya se iba a desmoronar, y Sasuke, al ver el gesto, intervino:

—Anoche volví a encontrarme con ella en el bosque y os aseguro que un espíritu no es. Es una mujer de carne y hueso y, por lo poco que pude ver de ella, bastante atrevida y osada.

Suigetsu y Naruto preguntaron al unísono:

—¡¿La viste?!

Temari y Danzo miraron a Sakura con disimulo. ¿Había ido al bosque sin ellos?

La joven, al sentir sus miradas, les dio una patada por debajo de la mesa para que disimularan, mientras Sasuke se vanagloriaba:

—Vino a visitarme de madrugada. Ya sabéis el efecto que causo en las mujeres.

Al oír eso, Sakura levantó una ceja y Neji Hyūga inquirió:

—¿Y cómo es? ¿Es bonita?

Sasuke pensó un momento la respuesta.

—No lo sé. Sólo pude ver que era una mujer de estatura media, como muchas de las que nos podemos encontrar, e iba demasiado tapada para mi gusto. Espero que vuelva a visitarme y me dé la ocasión de destaparla, no sólo el rostro.

«Será fanfarrón», pensó Sakura, justo en el momento en que Mikoto entraba en el salón tras su paseo.

Molesta por los comentarios de Uchiha y las risotadas de los hombres, movió el palo de madera tallada que su padre había dejado sobre la mesa y, de un golpe seco, tiró la espada de Sasuke, que en su caída se llevó por delante también su jarra de cerveza.

—Ay, lo siento —se disculpó, levantándose.

Mikoto, al ver aquel estropicio, murmuró acercándose:

—¡Bendito sea Dios, hijo, cómo te has puesto!

Al verse empapado de cerveza, Sasuke maldijo en silencio. Sakura se agachó a recoger la espada al mismo tiempo que él y, al levantarse, se dieron un cabezazo.

—Augggh —protestaron los dos.

—Y ahora un coscorrón —sonrió Mikoto.

Neji soltó una carcajada y Sasuke, tras oír a su madre, miró a la joven con el cejo fruncido.

—Ay, Dios mío, lo siento otra vez —susurró ella asustada—. ¡Soy tan torpe!

Siguiendo con su representación, Sakura fue a recoger por fin la espada del suelo, agarrándola por la hoja, pero Sasuke la detuvo.

—No me extraña que os cortéis las manos. Si la cogéis de ahí os haréis daño. ¿No sabéis eso, muchacha?

Entornando los ojos, ella se hizo la tímida, mientras veía que Mikoto la observaba con gesto serio. Soltó la espada con cuidado de no cortarse y el arma cayó directa sobre el pie de Sasuke, que saltó de dolor. Con fingido horror, Sakura se tapó la boca, mientras contenía la risa y volvía a repetir temblorosa:

—Ay... lo siento... lo siento... lo siento...

—Hija de mi vida, ten cuidado —intervino Mikoto, incrédula ante tanta torpeza.

Temari se aguantó la risa, algo que Suigetsu, Naruto, Neji, Danzo y el laird Haruno no hicieron.

Sasuke dio un paso atrás y siseó:

—Las armas se cogen por el puño. —Y al ver su gesto apocado, preguntó—: ¿Nunca habéis cogido una espada?

—Dios me libre —respondió ella, llevándose una mano a la garganta.

Sorprendido de que aquella joven pudiera trabajar en el campo, le tendió la espada y ordenó:

—¡Cogedla!

—No, hijo, no se la acerques, no te vaya a hacer daño.

—Madre, ¿podrías callarte un segundo... por favor? —siseó Sasuke.

—Sasuke Uchiha —protestó la mujer—. No me hables así.

Divertida, Sakura observó cómo aquella mujer gesticulaba y le plantaba cara a su hijo.

Finalmente, levantando las manos hacia el cielo, Mikoto dijo:

—De acuerdo, me callaré, tesoro, me callaré.

—Madre... —suspiró él al oír que otra vez lo llamaba «tesoro».

Sakura miró a su padre, que asintió con una sonrisa. Debía obedecer y coger la maldita espada. Acercándose pues a Uchiha, le pisó el pie dañado y Sasuke, agarrándola del brazo, la acercó a él y exclamó:

—Nunca he conocido a nadie tan torpe como vos.

Mikoto asintió. Ella tampoco, pero se calló.

Sakura, con los ojos a escasos centímetros de los suyos, se sintió desfallecer y, de pronto, todos los sonidos desaparecieron, para quedar sólo el latido de su corazón. Eso la hizo pensar en su madre.

¡Eso fue lo que siempre dijo que le había pasado al conocer a su padre!

Extasiada por su descubrimiento, durante unos segundos mantuvo la mirada fija en la del highlander y sólo reaccionó cuando lo oyó decir:

—Milady, coged la maldita espada.

Con premeditación y alevosía fue a agarrar de nuevo mal el arma, pero deteniéndola, él gruñó con desesperación:

—Os acabo de decir que de la hoja no se agarra.

Haruno sonrió y, mirando a una descolocada Mikoto, cuchicheó:

—Mi preciosa y delicada niña nunca ha empuñado un acero.

La mujer negó con la cabeza y Sasuke dijo con sorna:

—No hace falta que me lo digas, Haruno, yo mismo lo veo.

Cada vez más molesta por la actitud arrogante que él mostraba, Sakura cogió la espada por la empuñadura con las dos manos, aunque lo hizo sin mucha fuerza y el peso del arma hizo que se le cayera a los pies, cortándole la falda del vestido por la mitad.

—Ay, Señor —gritó Mikoto horrorizada. Y, mirando a su hijo, añadió—: Sasuke, te exijo que le quites a esta muchacha tu espada de las manos ahora mismo, antes de que ocurra algo peor.

Sakura se movió, arrastrando con ella el arma. Todos gritaron asustados al ver cómo el acero pasaba a escasos centímetros del tobillo de Sasuke, que dio un salto.

Éste, mirando la delicada pierna que asomaba entre la falda cortada, esbozó una media sonrisa y le quitó la espada.

—Está visto que lo vuestro no son las armas, ni el valor, milady.

De buena gana, Sakura se lo habría demostrado y le habría dado su merecido, pero no debía hacerlo. Su padre, al ver su expresión compungida, dijo, acercándose a ella con cariño:

—Ve a tu habitación a descansar hasta la hora de la comida, mi vida.

Como un conejito asustado y con la falda del vestido cortada, Sakura asintió y, sin mirar atrás, salió del salón seguida por Temari.

Cuando entraron en la habitación y cerraron la puerta, las dos jóvenes comenzaron a reír. Estaba claro que Sakura los había engañado muy bien a todos. Incluido a ese creído de Sasuke Uchiha.