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Suigetsu, molesto al ver a Karin hablando con Patrick, no les quitaba la vista de encima. Le encantaría ser él quien la hiciera sonreír de aquella forma, pero ella no le perdonaba su tonto error.

Entrada la noche, Suigetsu se percató de que ni Sasuke ni Sakura andaban por el campamento y, acercándose a Patrick y Karin les preguntó:

—¿Sabéis dónde están Sasuke y Sakura?

—No —respondió Patrick.

Karin fue a decir algo, cuando de pronto oyeron que Naruto los llamaba. Al acercarse, vieron horrorizados que varios highlanders traían a Sasuke malherido.

—Dios santo —murmuró Suigetsu, al ver la sangre.

Todos se miraron incrédulos y Patrick, que fue corriendo hacia él, les ordenó ponerlo sobre una manta y, mirando a Suigetsu, dijo:

—Ayudadme a quitarle la camisa.

Con cuidado, lo hicieron entre todos y, al quitársela, el brazalete de Sakura cayó al suelo. Karin, al verlo, lo cogió y, mientras los hombres hablaban e intentaba entender lo ocurrido, miró a Suigetsu y preguntó:

—¿Y Sakura?

Danzō Shimura y sus hijos se acercaron alertados por la algarabía, y al ver a Sasuke de aquella manera, Sai inquirió:

—¿Dónde está Sakura?

—No lo sabemos —respondió Naruto preocupado.

La tensión subía por momentos. Todo el mundo especulaba y Karin, al escuchar ciertas cosas, gritó con dureza:

—¡No ha sido Sakura quien lo ha herido!

—Claro que no —la apoyó Suigetsu.

—Por supuesto que no —afirmó Danzō, aún con la espada en la mano.

Suigetsu, una vez tranquilizó a los guerreros Uchiha, les ordenó buscar a Sakura por los alrededores, luego se acercó a Karin y con voz dulce murmuró:

—Tranquila, la encontraremos.

Patrick, tras poner una cataplasma de hierbas bajo la nariz de Sasuke, consiguió que éste reaccionase y, después de beber un vaso de agua, musitó:

—Suigetsu, Sakura...

—¿Qué ha ocurrido?

Incorporándose a pesar del terrible dolor de la herida, explicó:

—Unos hombres nos han atacado cuando estábamos en el bosque... A Sakura se la han llevado.

Danzō suspiró aliviado y, mirando a algunos highlanders, dijo:

—Sabía que mi muchacha no te había hecho eso.

—Por supuesto que no lo hizo —replicó Sasuke—. Me ha salvado la vida inventándose una locura de que les diría dónde están las joyas de su madre en Edimburgo.

Al oír eso, Danzō lo miró y contó:

—Años atrás, para sobrevivir, el padre de Sakura me hizo llevar a un prestamista de Edimburgo las joyas de su mujer. Siempre dijo que regresaría a buscarlas algún día. Pero... bueno... nunca fue posible.

Desesperado, Sasuke intentó moverse. El dolor era agudo e insoportable, pero más terrible era el dolor que sentía en el corazón.

—¿Sabes quiénes eran esos hombres? —le preguntó Suigetsu.

—Enviados de Rory Hyūga —contestó él furioso.

Karin, al recordar aquel nombre, se tapó la boca y Sasuke, que consiguió levantarse, resolvió:

—Debemos partir inmediatamente para buscarla.

Suigetsu, preocupado, susurró con voz suave:

—Sasuke, no estás en condiciones.

Él miró a su amigo y afirmó:

—Iré a buscarla al mismísimo infierno.

Naruto, acercándose a él dijo:

—Descansa. Te prometo que la traeremos.

Estirándose con el semblante arrugado por el dolor, Sasuke Uchiha bramó:

—He dicho que iré a por mi mujer y mataré a esos hombres.

Karin, que hasta el momento había permanecido callada, al ver su determinación, se acercó a él y, entregándole el brazalete de la piedra verde de Sakura, susurró:

—Traedla de vuelta, mi señor.

Sasuke asintió, se llevó el brazalete a los labios, lo besó y, mirando a Suigetsu, ordenó:

—Trae mi caballo.

Instantes después, tras montar pasando un auténtico calvario, todos espolearon sus caballos y salieron al galope, mientras Sasuke sólo pensaba en su mujer y en encontrarla sana y salva.