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Tres días después, las heridas de Sasuke, tras los cuidados y mimos de Sakura, estaban mejor. Cuando entraron en Stirling, Karin, parapetada tras una capa que Sakura le había dejado, observaba con curiosidad el lugar que la había visto nacer y experimentó un extraño regocijo al ver los negocios y a las personas que conocía de toda la vida.
—¿Estás bien, Karin? —se interesó Sakura.
La joven asintió y, aunque no se dejaba ver por nadie, al pasar por una calle dijo con una sonrisa:
—La tercera puerta a la derecha es la casa de Pedra, donde tiene la tienda de vestidos. Mi casa es la cuarta puerta a la derecha.
Sakura miró.
Los guerreros Uchiha se encaminaron hacia el lugar donde habían pernoctado otros años y Sasuke, tras ordenarles montar las tiendas, dirigiéndose hacia su mujer y la joven Karin, les indicó:
—Acompañadme. Buscaremos un lugar donde comprar algún hermoso vestido para vosotras.
Ellas se miraron y Sakura preguntó:
—Sasuke, ¿te importa si vamos solas?
Sorprendido, contestó:
—Imposible, Stirling está lleno de guerreros y no quiero que os pase nada.
—Sé defenderme, ya lo sabes.
Sasuke, convencido de eso, pero no dispuesto a apartarse de ella, dijo:
—Vamos, yo os acompañaré.
Ellos tres, junto con dos guerreros más, se alejaron del campamento y, cuando llegaron al centro de Stirling, Sasuke se paró en varias ocasiones a saludar a lairds que conocía y maldijo al encontrarse de nuevo con Kakashi Hatake.
Finalmente, llegaron a la calle donde Karin le había dicho a Sakura que estaba su casa y la de Pedra, y, parándose, Sakura dijo:
—Creo que ahí venden bonitos vestidos.
Sasuke miró y, al ver un pequeño letrero de madera, preguntó:
—¿Quién te lo ha dicho?
Encogiéndose de hombros, ella respondió rápidamente:
—El letrero indica que venden vestidos.
El highlander, divertido por el gesto de su mujer, asintió.
—Entonces, vamos. Seguro que encontráis algo que os guste.
Temerosa, Karin miró a su amiga y Sakura le indicó que los siguiera. La joven lo hizo, mientras el corazón le latía a toda velocidad. Volver a ver a Pedra y a su hermano era lo que quería y estaba a punto de hacerlo.
Vislumbró a Pedra a través de la ventana. La mujer cosía afanada en el interior y, al verla, le entraron ganas de llorar. Cuánto había ansiado aquel momento.
Sasuke, una vez desmontó de su impresionante caballo, ayudó a Karin a hacerlo y luego fue a ayudar a su mujer a bajar del suyo, pero ella no lo esperó. De un salto y con agilidad, bajó ella sola. Sasuke, al ver su gesto de autosuficiencia, le agarró de la cintura y, mirándola a los ojos, murmuró:
—Sabes que estoy totalmente prendado de ti, ¿verdad?
Eso le llegó directamente al corazón y, encantada, respondió:
—Tanto como yo de ti. ¿Puedo pedirte algo? —añadió entonces ella.
—Tú dirás.
—Me gustaría que no vieras mi vestido hasta la fiesta. Quiero que sea una sorpresa.
Eso le resultó cómico, pero no rio. Tras mirar por la ventana y cerciorarse de que sólo estaba la costurera, accedió:
—De acuerdo. Aprovecharé el tiempo que vosotras estáis aquí para hacer algunos recados, pero no os mováis de aquí hasta que yo regrese, ¿entendido?
Sakura no dijo nada y Sasuke insistió:
—¿Entendido, Sakura?
Finalmente, ella asintió y, tras coger a Karin del brazo, entraron juntas en la tienda. Sasuke montó en su caballo y, mirando a los dos hombres que los acompañaban, les ordenó:
—Quedaos aquí de guardia. Yo regresaré pronto.
Cuando la puerta se abrió, Pedra alzó la vista y, al ver a dos potenciales clientas, se levantó. Esos días en Stirling se vendían muchos vestidos y, con una encantadora sonrisa, saludó:
—Buenos días.
Karin oculta aún bajo la capucha, no se movió: le parecía increíble estar en el sitio donde había vivido momentos tan bonitos con su madre. Sakura respondió:
—Buenos días.
Pedra, al ver que aquella joven pelirosa miraba a su alrededor, dijo:
—Supongo que viene a buscar un bonito vestido, ¿verdad? —Sakura asintió y la mujer preguntó—: ¿De qué clan sois?
—Del clan Uchiha. Soy la esposa del laird Sasuke Uchiha.
La mujer sonrió y, mirando a la joven encapuchada, esperó su respuesta, pero ésta se quitó la capucha y murmuró con los ojos llenos de lágrimas:
—Hola, Pedra...
La expresión de la mujer cambió por completo y, sin dudarlo un instante, corrió hacia la puerta, la atrancó para que nadie pudiera entrar y después abrazó a Karin. Sakura las miraba mientras ellas se estrechaban con cariño y, cuando se separaron, oyó a Pedra preguntar:
—Pero, mi vida, ¿dónde has estado todo este tiempo?
—Lejos... lejos de vosotros para manteneros a salvo. ¿Cómo estás? ¿Cómo está Sean?
Emocionada, la mujer tuvo que sentarse en una silla y, sin soltar las manos de Karin, contestó:
—Tanto Sean como yo estamos bien. ¿Y tú estás bien?
—Sí, Pedra.
De nuevo se abrazaron y Pedra, conmovida, musitó:
—¿Y tu pelo, mi vida? ¿Qué le ha pasado a tu bonito pelo?
Karin sonrió y secándole las lágrimas respondió:
—No te preocupes, el pelo crece. He tenido que hacerme pasar por un hombre todo este tiempo y la mejor manera era cortándomelo. Pero ahora estoy con Sakura y su clan y todo cambiará.
Cuando Sakura oyó eso de «Sakura y su clan» se le puso el vello de punta. Realmente aquel clan sólo sería algo de ella durante un año, pero sin contarle a Pedra la verdad de su destino, sonrió.
—¿Dónde está ahora mi hermano? —preguntó Karin.
—Con Jirōbō —siseó Pedra—. Ese malnacido nunca se ha vuelto a fiar de mí. Hizo un trueque con un joven matrimonio amigo de él y cambió la casa de tus padres por la de ellos, que está al lado de la herrería, frente al mayor prostíbulo de Stirling, y...
—¿Mi casa ya no es mía? —preguntó Karin, apenada.
Pedra negó con la cabeza y, finalmente, la joven murmuró:
—La verdad es que esa casa dejó de ser mi hogar el día que ese hombre entró en ella.
Durante un buen rato, Pedra y Karin hablaron de sus cosas y se pusieron al día, hasta que Sakura las cortó y, nerviosa por si Sasuke aparecía, le indicó a su amiga que deberían probarse vestidos mientras hablaban. No quería que su marido sospechase de aquella visita.
Pedra rápidamente les mostró varios vestidos confeccionados en distintas tonalidades y las dos mujeres comenzaron a probárselos. Sakura, incrédula, se miraba en un espejo. Nunca había estrenado un vestido. Al ser la menor de las tres hermanas, y con la penuria que tenían en Caerlaverock, siempre los había heredado. Por eso, al tocar la tela y sentir su tacto suave, se emocionó.
Después de probarse uno en color tierra y otro en verde, se enamoró de otro rojo vivo. Se ajustaba a su figura de una manera colosal y estaba casi segura de que a su marido le encantaría, a pesar de lo escandaloso que era.
Cuando Sasuke llegó, miró a las tres mujeres y, acercándose a ellas con una grata sonrisa las interrogó caballeroso:
—¿Ya habéis encontrado algo bonito para la fiesta?
Karin y Sakura asintieron, y Sasuke, al ver varios vestidos, faldas y camisas sobre una especie de mesa de madera, le preguntó a Pedra:
—Y a mi esposa ¿qué más se le ha antojado?
Encantada por el comentario, la mujer fue a contestar, cuando Karin dijo:
—Nunca habría imaginado que una joven como tú, que ha vivido en una fortaleza, nunca haya tenido el placer de disfrutar de una prenda nueva.
Sasuke, al oír eso, la miró sorprendido e inquirió:
—¿Karin lo dice en serio?
Sakura maldijo para sí misma.
—Papá siempre me dio todo lo que necesité y...
—Lo sé, Sakura —la cortó Sasuke, consciente de sus sentimientos—. Sé que tu padre fue un buen hombre.
Sakura asintió y él, deseoso de darle todos los caprichos, declaró, mirando a Pedra:
—Mi mujer necesitará algo más que un vestido. —Y al ver que ella iba a protestar, añadió—: No tienes ropa y no puedes presentarte con la que llevas ante el resto de los clanes. Compraos ambas algo más y tirad esos ajados vestidos que lleváis. No puedo pasearos así ante los lairds.
Karin se negó:
—No... no, por favor, mi señor... no...
—Como dama de compañía de mi mujer —la interrumpió Sasuke—, quiero que se te vea elegante y feliz. ¿Entendido?
Al oír eso, Pedra sonrió. Aquél era un buen laird y sin duda aquélla sería una buena venta. Sakura y Karin, tras ceder, decidieron comprarse unas faldas en tonos arena y unas camisas. Pedra les sacó también zapatos y botas y, ante la alegre mirada de Sasuke, las jóvenes se probaron y eligieron bastantes cosas más, mientras reían por las ocurrencias de él.
Una vez acabaron, Sasuke, tras pagarle a la mujer, dio la orden a sus hombres de que cargaran con la ropa y la llevaran hasta el campamento. Ver a Sakura tan bonita con aquel nuevo atuendo le gustó, y más ver su sonrisa de satisfacción. Con cualquier cosa su mujer estaba esplendorosa y los colores vivos le embellecían de una manera espectacular.
Al salir de la tienda, Karin se volvió a poner la capucha, lo que llamó la atención de Sasuke, pero no dijo nada. ¿Por qué se ocultaba?
Cuando los tres montaban a caballo, Sasuke vio a la costurera mirar emocionada por la ventana. Con disimulo, miró a su mujer y a Karin y vio que ambas la saludaban con una sonrisa más que cariñosa. No preguntó, pero supo que se conocían y tarde o temprano se enteraría de qué.
