48
Al amanecer, Sakura notó movimiento a su lado. Al abrir los ojos, vio a Karin poniéndose los pantalones de cuero y sentándose rápidamente, preguntó:
—¿Adónde vas?
Con una triste sonrisa, la joven respondió:
—Quiero ir a llevar unas flores a la tumba de mi madre.
Levantándose presurosa, Sakura cogió sus pantalones y dijo:
—Te acompañaré.
Una vez vestidas y con sus espadas al cinto, salieron por el hueco descosido de la tienda. Con cautela, llegaron hasta donde estaban los caballos; sin montar, los cogieron de las riendas y procurando no hacer ruido se alejaron del lugar. Por el camino, Karin fue recogiendo flores. No había muchas. El invierno estaba a punto de llegar a las Highlands, pero no quería ir con las manos vacías.
Ya más lejos del campamento, ambas montaron y Sakura siguió a Karin, que sabía dónde estaba el cementerio. Al llegar, ataron los caballos a la rama de un árbol y Sakura, cogiéndose del brazo de su amiga, la acompañó.
Karin se dirigió hacia la derecha del camposanto y se detuvo frente a una cruz rota y una descuidada tumba.
—Hola, mamá. He regresado.
Con el corazón encogido de dolor, Sakura vio cómo aquella muchacha de eterna sonrisa se desmadejaba y caía de rodillas mientras hablaba con su madre muerta. Su dolor le hizo recordar el que ella había sentido al perder a su padre y se emocionó. Se arrodilló junto a ella y, entre las dos, intentaron limpiar la tumba de la madre de malas hierbas.
—Esta cruz no hay manera de arreglarla —murmuró Karin—. Ni siquiera pone su nombre.
Sakura asintió e, intentando ser positiva, dijo:
—Encargaremos una. Vendremos antes de irnos y la pondremos. ¿Cómo se llamaba tu madre?
—Mary Anne. Se llamaba Mary Anne.
Ella asintió y guardó silencio. Durante un buen rato, estuvieron allí sin hablar, hasta que comenzó a llover y, levantándose, Karin propuso:
—Regresemos.
Salieron del camposanto y, montando de nuevo en los caballos, emprendieron la vuelta.
Pero ésta no fue tan fácil como la ida. La lluvia arreciaba, pero antes de llegar al campamento principal, a las afueras de Stirling, paró. Rodeadas de cientos de highlanders, se encaminaron hacia su tienda mientras veían a hombres y mujeres hablar con afabilidad. Pero de pronto, un hombre hizo un ruido atronador y la yegua de Sakura se asustó, encabritándose. Cuando consiguió tranquilizarla, la capucha se le escurrió y todos los presentes vieron que se trataba de una mujer.
—Maldita sea —musitó ella, al ver cómo la miraban.
Karin, al ver aquello, se quitó también su capucha y los guerreros, al percatarse de que era otra mujer, gritaron encantados, mientras algunas de las mujeres, finas damas, las contemplaban horrorizadas.
¿Cómo podían ir vestidas de ese modo?
Los toscos hombres de las Highlands comenzaron a decirles bravuconadas y Sakura, al comprobar que les cortaban el paso, siseó:
—Esto no me gusta nada.
Karin asintió. Unos veinte jóvenes las miraban y no precisamente con ojos dulces y caballerosos.
—Me temo que tu marido se va a enterar de nuestra escapada —susurró.
—No lo dudo —contestó Sakura.
Varios guerreros agarraron las riendas de sus caballos y las retuvieron. En un principio, ambas intentaron ser corteses, pero al ver que los comentarios y las insinuaciones cada vez eran más obscenas, Sakura decidió acabar con ello y, lanzando una patada al que tenía más cerca, gritó:
—¡Suelta a mi yegua ya!
El hombre dejó ir la rienda rápidamente y, mirándola, dijo:
—Vaya...vaya... la pelirosa tiene genio.
Ese comentario hizo sonreír a Sakura, que replicó:
—Y valor, ¡así que no te acerques!
Pero él, sin hacerle caso, se acercó más y osó ponerle una mano en el muslo. Sakura le dio un manotazo y, desenvainando la espada, gritó:
—¡Si vuelves a tocarme, te marco la cara!
La carcajada fue general y Karin, mirando al que estaba a su lado, que pensaba hacer lo mismo, susurró:
—Ni se te ocurra tocarme a mí tampoco.
Esa valentía a muchos se les antojó divertida y cuando otro de ellos fue a rozar la pierna de Sakura, ésta, con un rápido movimiento, le hizo un leve corte en la mano y bisbeó:
—He dicho que apartéis vuestras manazas de mí.
A pesar del corte, el hombre sonrió, pero con gesto rudo, tiró del pie de Sakura y la desmontó con fuerza, derribándola sobre el suelo embarrado. Karin, al verlo, desmontó rápidamente y corrió hacia su amiga espada en mano, preocupada. Pero no hizo falta que la ayudara a levantarse, porque Sakura lo hizo como un resorte y, enfadada, se quitó el barro de la cara, de las manos y del pelo y, sacándose la daga de la bota, se abalanzó contra el que la había tirado y, tras darle una patada en el pecho que lo hizo caer al suelo, se sentó sobre él y, con la espada en su cuello y la daga en el estómago, siseó:
—Si fuera un animal como tú, te mataría por lo que acabas de hacer. Da gracias a que pienso antes de actuar o, si no, ya serías hombre muerto.
De pronto, oyó el ruido del acero y al mirar atrás vio a Karin quitándose de encima a un hombre. Soltando al que tenía en el suelo, Sakura fue en su ayuda y otro hombre más, divertido por la situación, se unió a ellos.
—¡Parad! —gritó Karin.
—Vamos —dijo uno de aquellos—. Divirtámonos, valerosas guerreras.
Enfadada por aquel ataque gratuito, Sakura soltó un grito y se lanzó a la lucha. Sin descanso y con destreza, se quitó a dos hombres de encima, pero lo que comenzó como un juego para ellos, momento a momento se volvía más feroz. Sorprendidos por su maestría en la lucha, cada vez se les unían más, hasta que Sakura, agarrando a Karin, gritó con la espada en alto, al verse acorralada:
—Parad si no queréis meteros en un buen lío con mi marido.
—Pelirosa, mereces un buen correctivo y si tu marido no te lo da, yo estoy dispuesto a...
—¡Cierra tu bocaza o te salto los dientes! —gritó ella ofuscada.
Los hombres soltaron una risotada. ¿Aquella mujer tenía marido? Y, de pronto, detrás de las jóvenes se oyó una voz de mujer que decía:
—Vaya... vaya... vaya... cuánto hombre valiente reunido.
Al mirar, Sakura vio a dos mujeres que se acercaban a ellas vestidas también con pantalones y espada en mano. Una morena y la otra rubia. No las había visto en su vida, pero por el simple hecho de salir en su ayuda ya le gustaron.
—Thomas y Jefrey Sarutobi —gritó la morena—, me avergüenza veros acosando a estas mujeres. Thomas, cuando le cuente a mi hermano tu brutalidad con ella desmontándola del caballo, te aseguro que te caerá una buena.
El mencionado agachó la cabeza y entonces la rubia voceó:
—Fraser, Conrad y Mauled Shuterland, marchaos de aquí antes de que os dé vuestro merecido, como ocurrió el año pasado por otra osadía igual, ¿o acaso lo habéis olvidado?
Los guerreros protestaron, pero finalmente se dieron la vuelta y se marcharon. La gente se comenzó a dispersar, pero la rubia, mirando a una mujer que las observaba, preguntó con gesto serio:
—¿Ocurre algo, Agnes Shuterland?
La interpelada levantó el mentón y contestó:
—Si mal no recuerdo, el año pasado a vuestros maridos no les gustó que os enfrentarais a los Shuterland y...
—Lo que les guste a nuestros maridos o no, querida Agnes —la cortó la otra con seguridad—, no es asunto tuyo.
Sin más, y con gesto hosco, la tal Agnes se recogió las faldas y se alejó con los de su clan.
En ese instante, Karin soltó la espada con gesto de dolor.
—¿Qué te ocurre? —le espetó Sakura, preocupada.
—Me he vuelto a hacer daño en el dedo, ¡maldita sea!
—¿Estáis bien? —se interesó la mujer morena, acercándose a ellas.
Sakura se retiró el pelo embarrado de la cara y expuso:
—Karin tiene un dedo roto, pero muchas gracias por vuestra ayuda —añadió sonriendo—.Queramos reconocerlo o no, esos brutos eran demasiados para nosotras dos.
Envainando la espada, la otra sonrió también y respondió:
—Si vuelven a acercarse a ti, diles que eres amiga de la mujer del Halcón y te aseguro que se marcharán. —Y luego añadió—: Soy Tsunade. Mi marido es el laird Dan Katō y...
—¿Eres la hermana de Naruto? —inquirió Sakura al recordar los nombres. Y mirando a la morena, dijo—: ¿Y tú eres Anko?
Las mujeres, sorprendidas de que las conocieran, fueron a contestar cuando Sasuke, acercándose por detrás de Sakura, la agarró del brazo y, con gesto preocupado, preguntó:
—¿Estás bien?
—Sí.
—Karin, ¿estás bien? —insistió entonces, mirando a la chica.
—Sí. Ambas estamos bien.
Había oído hablar a algunos hombres de una pelirosa vestida de hombre, y que, espada en mano, se había enfrentado a varios de ellos. Enseguida supo que era Sakura y, seguido de Naruto, corrió hasta donde les dijeron que estaba. Ahora, sin percatarse de la presencia de nadie más, las interrogó, al ver el estado penoso en que las dos jóvenes se encontraban:
—¿Qué hacéis vestidas las dos así?
Sakura y Karin se miraron y la primera respondió:
—Hemos salido a dar un paseo.
—No es eso lo que he oído. ¿Qué ha ocurrido con estos hombres? —Y, mirando alrededor, gritó con voz ronca a los highlanders que los observaban—: ¿Dónde están esos necios? ¡Los mataré!
Sakura fue a decir algo, cuando Tsunade, divertida, viendo a su buen amigo tan alterado, intervino:
—Por el amor de Dios, Sasuke, ¿qué te ocurre?
Éste se dio la vuelta y, al ver ante él a unas sonrientes Tsunade y Anko, blasfemó y murmuró:
—No me lo puedo creer...
Anko, divertida por aquel comentario, replicó:
—¿Qué es lo que no te puedes creer?
Naruto miró a Sasuke y comentó:
—Como diría el viejo Marlow, «Dios las cría y ellas se juntan».
Tsunade, feliz al ver a su hermano, lo abrazó y, tras ella, Anko, mientras Sakura los observaba. Se notaba el cariño que se tenían y, cuando se separaron, Tsunade miró a Sasuke, que no había abierto la boca, y dijo:
—Me he enterado de una cosa que me ha sorprendido, y mucho.
Él puso los ojos en blanco. ¿Por qué todo el mundo le decía lo mismo?
—Si te refieres a su enlace —intervino Naruto—, sí, ¡es cierto!
—¡Santo Dios! —susurró Anko, haciendo reír a Karin.
Tsunade bajó la voz y, acercándose a Sasuke, preguntó:
—¿No te habrás casado con la melindres de la Yamanaka?
—¡La pavisosa, Tsunade, la pavisosa! —rio Anko al oírla.
Tsunade, al ver el gesto serio de Sasuke por su comentario, divertida, añadió:
—Es insufrible, Anko, ¡y no digas que no! Recuerda la que organizó cuando Sasuke la llevó de visita a Eilean Donan y se enteró de que yo tenía sangre inglesa. Y ya no te digo cuando salió a caballo con nosotras.
Anko explicó divertida cómo Ino Yamanaka lloriqueó al caerse sobre el fango y ensuciarse la ropa.
—Eso es difícil de olvidar —se mofó, riendo.
Sasuke maldijo al escucharlas. Recordaba aquel episodio y les reprochó:
—La llevasteis por un camino nada fácil para su montura.
Ambas mujeres se miraron y Tsunade replicó:
—Por Dios, Sasuke... se empeñó en acompañarnos, ¿o no lo recuerdas?
Lo recordaba. Claro que lo recordaba, y calló.
Sakura tuvo ganas de reír por lo que escuchaba. La tal Ino no era tan perfecta como ella creía, y eso le gustó. Miró a las dos mujeres que estaban hablando con su marido y, sin conocerlas, pensó que ya le caían bien. Sus gestos, su naturalidad y su forma desenfadada de explicarse le parecieron increíbles.
—Mi hermana Mei no conoce a Ino Yamanaka —prosiguió Tsunade—, pero me ha dicho que tu mujer viste muy bien y que es muy delicada.
—¡¿Delicada?! —murmuró Sakura mirando a Karin y ambas se rieron.
—Sasuke, por el amor de Dios —le rogó Anko—, dime que no te has casado con esa pavisosa...
—Buenos días —saludó una voz.
Al volverse, los que la conocían vieron que se trataba de Ino Yamanaka, ¡la pavisosa!, acompañada de su madre, lady Augusta. La joven iba a lomos de un imponente caballo blanco y, como siempre, perfecta en su atuendo. Sasuke le sonrió y a Sakura ese gesto le dolió, pero no dijo nada.
—Ino, Augusta, qué alegría veros a ambas —exclamó Tsunade con una falsa sonrisa.
—El placer es nuestro —respondió la madre de Ino.
Ésta las miró. Tsunade y Anko no le gustaban, pero parpadeó con delicadeza. Sabía que las miradas de muchos hombres estaban puestas en ella y, bajándose del caballo, caminó hacia las dos mujeres y dijo:
—Me congratula saber que os alegra mi presencia.
Sakura la miró. Por fin conocía a la Yamanaka. Pudo comprobar con sus propios ojos que era una auténtica belleza y suspiró al entender por qué su marido decía que era el capricho de cualquier highlander. Aquella joven era perfecta.
Anko tosió con gesto divertido, dejando claro que la antipatía era mutua. Sakura, al ver su sonrisa y su cara de circunstancias, hizo esfuerzos para no reírse. Sin duda allí había pasado algo y esperaba saber qué era.
La madre de Ino desmontó también y, tras saludar a Sasuke, miró a las jóvenes vestidas con pantalones y, arrugando la nariz, murmuró:
—Nunca entenderé a las mujeres que se visten como los hombres.
Sasuke, al oírla y ver la cara de Sakura, para impedir que ésta dijera algo inapropiado, se acercó a la joven y bella Ino y, tras besarle la mano con galantería, dijo:
—Eres tan encantadora que no alegrarse de tu presencia sería un pecado.
Tsunade y Anko se mordieron la lengua y Sakura lo miró incrédula.
—Sasuke como siempre tan caballeroso —se congratuló lady Augusta.
—Eso nunca hay que perderlo, encantadora Augusta —comentó él—, y menos ante una bella mujer como vuestra hija o vos misma.
—¿Y nosotras cuatro no somos bellas mujeres? —preguntó Anko con sorna.
—¿Seremos caballos quizá? —masculló Sakura, furiosa.
Sasuke las miró y fue a responder, pero Tsunade lo cortó con sequedad:
—Gracias, Sasuke. Nosotras también te apreciamos.
Ino, encantada por ser el centro de atención, sonrió y parpadeó con coquetería. Estaba molesta por la boda de él, pero saber que seguía atrayéndolo le gustó. Se acercó a Sakura y a Karin con parsimonia y, tras observarlas, inquirió:
—¿Sois las criadas de los Katō?
Tsunade y Anko se miraron divertidas y Sakura contestó:
—No.
Ino, sin quitarles la vista de encima, inquirió:
—¿Qué os ha ocurrido, muchachas?
Karin no sabía qué decir y Sakura, tras mirar a Sasuke con furia, respondió:
—Nada importante. Sólo es un poco de barro.
—Y suciedad —apostilló lady Augusta.
Sakura suspiró. Verse en aquella tesitura ante aquellas mujeres la incomodó. Nunca había deseado ser la mujer más bonita de ningún lado, ni volver locos a los hombres, pero en aquel momento le hubiera gustado ser mil veces más bonita que la Yamanaka.
Lady Augusta, al ver que aquella embarrada criada no iba a decir nada más, obviando a las Katō, dijo:
—Estamos impacientes por conocer a tu bella esposa —y mirando a su hija preguntó—: ¿Vuestra madre está al corriente de esa boda? —Sasuke no respondió y ella añadió—: Os aseguro que se disgustará, y mucho, cuando se entere. Mikoto quiere tanto a mi Ino...
—Mamá, no sigas —protestó ésta.
—Y no está de más decir —continuó sin embargo la mujer— que tanto a ella como a mí nos hubiera gustado otro enlace diferente. El que llevamos planeando hace años.
Molesto por aquella conversación, Sasuke, que no había pestañeado, contestó, al sentir la mirada de Sakura:
—Entiendo lo que decís, lady Augusta, pero soy dueño de mi vida y ni vos ni mi madre me tenéis que decir con quién he de desposarme.
Al oír eso, la mujer rápidamente dulcificó su gesto y afirmó:
—Por supuesto... por supuesto, y os doy la enhorabuena por la decisión.
—Gracias, lady Augusta.
Unos niños que jugaban pasaron cerca de ellas salpicando barro. Ino, al verlos, empujó a uno de ellos, tirándolo al suelo, y siseó:
—Mugriento, aléjate de mí.
Incrédula, Sakura miró a Sasuke, que tampoco daba crédito y juntos ayudaron al niño a levantarse. Tsunade y Anko rápidamente se lo reprocharon a Ino, que se defendió. Cuando el crío se marchó, Sakura la miró y declaró:
—Es increíble que alguien como tú, que puede ayudar a los demás, no lo haga. Ese pobre niño sólo estaba jugando.
—¿Me hablas a mí?
—Sí, claro que te hablo a ti.
Tsunade y Anko soltaron una carcajada, pero Ino, sin importarle lo que ella dijera, le hizo un gesto despectivo con la mano y, volviéndose hacia el hombre que le interesaba, insistió:
—Me gustaría conocer a tu esposa, ¿dónde está?
Incómodo por la situación, miró a Sakura y vio que ésta sonreía. Sin duda, iba a disfrutar con lo que estaba a punto de ocurrir. No había peor momento para presentarla, con ella sucia, mojada y llena de barro, pero tras comprender que debía hacerlo, con decisión la cogió de la mano, la acercó a él y dijo:
—Os presento a Sakura Uchiha, mi mujer.
La cara de las cuatro mujeres fue de absoluta sorpresa. ¿Aquella sucia joven era su mujer?
Ella las miró con una encantadora sonrisa y, dirigiéndose a Ino, soltó:
—Si me llegas a empujar a mí o algún chiquillo de mi clan, te aseguro que ya estarías rebozada en barro.
—Sakura... —le reprochó su marido.
—Sasuke... ¿qué dice tu mujer?
Él miró a Sakura y, levantando las cejas, murmuró:
—Compórtate, por el amor de Dios.
Sakura suspiró y, mirando a Tsunade y Anko, que se reían, se acercó a ellas y las abrazó. No las conocía, pero ya sabía que iban a ser muy buenas amigas.
Lady Augusta cogió del brazo a su hija y, con gesto serio, la reprendió por aquella mala acción. Cuando acabó, Ino, algo recuperada de la sorpresa inicial, se acercó a Sakura y dijo sin tocarla:
—Siento lo del niño. No he debido hacerlo.
Ella asintió al escucharla y Sasuke intervino:
—Te honra decirlo, Ino.
—Es un placer conoceros, Sakura Uchiha —añadió la joven.
—Lo mismo digo, Ino Yamanaka —respondió ella con cautela.
—Siento haberos hablado así hace unos instantes —se disculpó lady Augusta, sin moverse de donde estaba—, pero no esperaba encontrarme a la mujer de Sasuke en este estado. —Sakura sonrió y la mujer agregó—: Espero conoceros mejor en Kildrummy, en circunstancias más favorables, y os ruego que disculpéis mi sinceridad, pero como madre de Ino, yo había...
—Mamá, ¡cállate! —protestó la joven.
—Pero, hija...
—He dicho que te calles —siseó.
Tras un incómodo silencio en el que ninguno sabía qué hacer, ni qué decir, Ino, con gesto altanero, montó en su caballo y se alejó. Sakura, al ver que Sasuke la miraba, sin importarle sus propios sentimientos, le aconsejó:
—Creo que deberías ir a hablar con ella.
—¿Seguro, mi vida?
Sakura sonrió y le dio un dulce beso en los labios, tras lo cual él montó y, azuzando a su caballo, fue tras Ino. Lady Augusta dijo:
—Gracias por este bonito detalle. En nombre mío y de mi hija os lo agradezco. —Y, con los ojos llenos de lágrimas, prosiguió—: Ino no lo está pasando bien. Tenía puestas sus ilusiones en Sasuke, pero él os conoció a vos, y, aunque entiendo que las cosas del amor son así, me duele verla tan triste.
—Lo comprendo —murmuró ella.
La mujer, tras secarse los ojos con un pañuelo que se sacó de la manga, sonrió y comentó:
—Cualquier cosa que necesites, no dudéis en pedirlo, ¿de acuerdo, bonita?
Sakura asintió con una sonrisa y, tras decir eso, lady Augusta cogió las riendas de su caballo y, tirando de él, se alejó caminando.
Las cuatro miraron cómo se alejaba y Anko murmuró:
—¿Sasuke ha dicho «mi vida»?
Sakura sonrió y Tsunade, divertida, preguntó:
—¿Por qué animas a Sasuke a ir tras esa cursi?
—Pavisosa —la rectificó Anko.
Sakura, encogiéndose de hombros, respondió:
—Ha de hablar con ella y darle explicaciones.
—¡¿Explicaciones?! —exclamaron al unísono Tsunade y Anko.
Ella sonrió y, no dispuesta a mentirles, tras mirar a Karin, dijo:
—No debería contaros esto, pero si me acompañáis y prometéis que no se lo diréis a nadie, os explicaré el motivo de nuestro enlace.
