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Durante toda la mañana, Sakura no volvió a ver a Sasuke y unos extraños nervios le retorcieron el estómago.

¿Habría hecho bien animándolo a hablar con Ino?

Pasó gran parte del tiempo hablando con Tsunade y Anko, hasta que los maridos de ellas fueron al campamento a buscarlas.

Rápidamente, ellas se la presentaron a sus maridos y la dulce sonrisa de Sakura, unida a su desparpajo y su simpatía, los cautivó. Aunque se quedaron atónitos al saber que aquella joven, con pantalones como sus mujeres, era quien había hecho sentar la cabeza al mujeriego Sasuke Uchiha, al que siempre habían atraído las damas elegantes y refinadas.

Cuando ellas dos se marcharon con sus maridos, Sakura se cambió de ropa y se puso uno de sus viejos vestidos. Luego pensó en la cariñosa madre de Ino y eso la apenó. Sin duda, la mujer sufría al ver a su hija triste. Pensó en su padre y en lo mal que lo pasaba al ver a Tenten infeliz.

Sumida en sus pensamientos, de pronto, oyó:

—Oh, Dios mío... Oh, Dios mío...

Sakura vio ante ella a Mikoto, la madre de Sasuke, de pie en la entrada de la tienda, y rápidamente se levantó del suelo.

—No me lo puedo creer. Dime que no es cierto que el descerebrado de mi hijo se ha casado contigo.

—Escuche, señora, yo...

—¡Suigetsu! —llamó ella—, dime que no es cierto lo que Augusta Yamanaka me acaba de contar.

Suigetsu se acercó y, tras resoplar, murmuró:

—Milady, creo que deberíais esperar y hablar con vuestro hijo.

Con la mano tapándose la boca, Mikoto volvió a mirar a Sakura y, sin poder evitarlo, espetó:

—Tú no me gustas para mi hijo.

—Milady... —intervino Suigetsu al ver su dureza.

Pero a la mujer, sin importarle nada, lo miró y exclamó:

—Por el amor de Dios, ¿cómo se ha podido casar con ella? Esta... esta muchacha es una llorona y una quejicosa insufrible, que le teme hasta a un caballo y no sabe ni sujetar una espada. ¿Qué ha visto en ella? Oh, Dios mío, ¡qué desgracia!

Sakura, al ver que la gente se paraba a escuchar, y comprender la imagen que la mujer tenía de ella, sin importarle lo que pensara, la agarró del brazo y la obligó a entrar en la tienda. Una vez dentro, la soltó y dijo:

—Mikoto...

—¿Mikoto? ¡¿Cómo que Mikoto?! —gritó ésta.

Suigetsu entró también, acompañado de Karin: Sakura se lo agradeció con la mirada. Lady Mikoto prosiguió enfadada:

—Yo no te he dado permiso para que me llames por mi nombre, muchacha.

—Lo sé... pero...

Pero la madre de Sasuke, llevándose con dramatismo la mano a la boca, sin dejarla proseguir, contó:

—A Edimburgo me llegaron noticias de lo ocurrido a tu padre y tu gente y lo siento mucho, muchacha. Creía que te habrías marchado a Glasgow con tu hermana Tenten y su marido.

Mikoto había oído algo, pero no exactamente la verdad, y Suigetsu intervino:

—Si me lo permitís, milady, os explicaré lo ocurrido...

—Oh, no, ¡ahora no! —Y, con semblante demudado, murmuró—: ¡Oh, Dios mío! ¿No estarás embarazada?

Cansada de sus suposiciones, pero con unas terribles ganas de llorar, Sakura negó con la cabeza y gimió:

—No, señora. No estoy embarazada.

Suigetsu, que conocía los sentimientos de su amigo y señor, sin importarle lo que opinara la madre de éste, habló:

—Milady, insisto en que deberíais hablar con Sasuke.

—¿Y cuándo se supone que yo me iba a enterar? —preguntó Mikoto—. Llego a Stirling y, nada más ver a Augusta, me da un disgusto. —Las lágrimas de Sakura le corrían por las mejillas; la mujer dijo—: Por el amor de Dios, muchacha, ¿ya estás llorando?

Karin fue rápidamente a consolarla, cuando la puerta de la tienda se levantó y aparecieron Dan y Iruka. Intentaron hablar con Mikoto, pero ella no les escuchaba y Sakura, cansada, reveló:

—Sasuke podrá casarse con Ino. Sólo ha de esperar a que pase el...

Mikoto, llevándose una mano a la cabeza, miró a los dos buenos amigos de su hijo y susurró:

—Qué disgusto... qué disgusto tengo. ¿Cómo el tonto de mi hijo se ha podido casar con esta muchacha?

Dan sonrió y Iruka respondió:

—Sin duda alguna, porque no es tonto.

La mujer, desconcertada por aquella respuesta, fue a hablar, pero Iruka continuó:

—Mikoto, si Sasuke se ha casado con ella es por algo importante.

La mujer no dijo nada, y Dan, acercándose a Sakura, explicó:

—Conozco a Sasuke desde hace años, y estoy seguro de que las cosas importantes no las hace sin pensar. Dale un voto de confianza y espera a hablar con él. Ten por seguro que Sakura es una buena muchacha.

Tras mirarla, Mikoto contestó:

—Yo no digo que sea mala, sólo digo que no es la mujer ideal para Sasuke. —Y, sin querer escuchar nada más, preguntó—: Suigetsu, ¿dónde está mi hijo?

—No tardará en regresar, milady.

Sin importarle lo que aquella llorona tuviera que decir, ella añadió:

—Dile que estoy alojada con los Yamanaka. —Y tras mirar a Sakura de arriba abajo, murmuró—: Sin duda, me equivoqué respecto a Ino. Ella era su opción.

Oír eso a Sakura la desbloqueó, y, secándose las lágrimas con rabia, bramó fuera de sus casillas:

—Sí, señora. Ino seguro que es su mejor opción para que los hombres le envidien y usted se vanaglorie de la increíble belleza de la esposa de su hijo. Da igual que sea fría, caprichosa e inhumana.

—Sakura, no —susurró Karin.

Pero cansada de aguantar las continuas comparaciones con la Yamanaka, Sakura prosiguió:

—Sin lugar a dudas, si compara a Ino conmigo, yo tengo todas las de perder. No soy bonita, no soy perfecta, no tengo un pelo color oro, no tengo clan ni bienes y, por no tener, casi ni tengo familia, pero ¿sabe qué? Me da igual. Y me da igual porque tengo muy claro quién soy y lo que quiero en esta vida. Y lo sé porque mi padre no tendría riquezas, ni ejército, pero me enseñó unas cosas que pocos aprenden y que se llaman «valores» y «corazón», algo que la maravillosa Yamanaka no aprenderá en su vida y que, sin duda, algún día usted y su hijo echarán de menos.

Mikoto, sorprendida porque la joven ya no llorara y fuera capaz de plantarle cara, fue a decir algo, pero sin permitírselo, Sakura añadió:

—¿Que Ino es mejor esposa que yo para su hijo? Eso sólo el tiempo lo dirá. Pero que les quede muy clarito a usted y a él que el cariño, el respeto y el amor que yo le tengo no tienen nada que ver con los que ella le tendrá y más tras conocerla y ver por mí misma qué clase de mujer es. Y ahora, haga el favor de salir de esta tienda e irse con las Yamanaka. Sin duda, ellas le tratarán como yo nunca seré capaz de hacer.

Mikoto la miró pensativa. Aquella joven no tenía nada que ver con la llorona que en Caerlaverock la sacaba de sus casillas, pero cuando fue a abrir la boca, Sakura siseó:

—No, señora. No quiero escucharla. ¡Váyase!

Mikoto, tras mirar a Dan y Iruka y éstos no moverse ni decir ni mu, miró a Suigetsu, que le levantó la puerta de la tienda. La mujer salió sin decir nada y cuando caminaba junto a Suigetsu, se paró y, con incredulidad, preguntó:

—¿Esa jovencita es la misma que lloriqueaba en Caerlaverock?

Suigetsu sonrió y dijo:

—Milady, creo que debéis saber algo más.