Discalimer: Ningún personaje me pertenece, no quiero lucrar con ellos y escribo solo por diversión y para que ustedes, lectores disfruten.
1º disculpas por la demora… por que suele pasar que tienes listo el texto y cuando Word pregunta inocentemente "quieres guardar los cambios" tú pones no…
2º este capítulo lo tuve que dividir en dos partes… me quedo un poco oscuro, pero espero que no se repita…
Gracias por sus comentarios y espero no decepcionar... Perdonen la demora, pero me costó tratar de plasmar en palabras lo que mi mente ideaba. De antemano lamento cualquier falta de ortografía o letras corridas y agregadas. Escribo lo que mi mente (corrupta) me impone y al revisar, no siempre noto los detalles.
Disfruten…
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La tarde era perfecta. El sol brillando, ni una sola nube, la brisa corriendo refrescante, pero no tanto como para enfriar el cuerpo. Los pájaros cantando, algunos animales durmiendo en algún lugar perdido del enorme invernadero de la casa, y ella disfrutando de un delicioso té helado, con galletitas y dejando que su vista se agasajara con el espectáculo. Y es que el príncipe Vegeta, había decidido entrenar afuera de su adorada cámara de gravedad. Su cuerpo torneado y dorado, con algunas cicatrices que le hacían ver salvaje e indomable, concentrado en sus ejercicios. Que agasajo para la vista.
Las ropas hechas jirones, y el sudor cayendo insinuante, por su pecho, piernas y brazos. Su hija sí que había tenido un buen ojo al elegirlo. Cuando lo vio la primera vez, había pensado que era un guapo y misterioso muchacho, algo delgado y fino, pues como era más bajito que Yamsha se veía… delicado… en comparación a los otros amigos de su hija. Sin embargo las horas de incansable entrenamiento, habían rendido MUY buenos frutos. Suspiró mientras dejaba volar la imaginación con semejante visual.
Vegeta en tanto, inconsciente del reciente descubrimiento de los sentimientos por él, de la heredera de la fortuna Brief, seguía en su inalterable ritmo de entrenamiento. No podía detenerse ahora. Faltaban un poco más de dos años para la llegada de los androides desgraciados, y él aun no era un súper guerrero. ¿Qué faltaba?... había aumentado considerablemente el nivel de dificultad en el entrenamiento que Kakaroto había llevado a cabo camino a Namek… llevaba una rutina extenuante, en las noches meditaba y planeaba, como buen estratega cada uno de sus movimientos, pero aun así no lo conseguía. Refunfuño por lo bajo, mientras se secaba el sudor del rostro. Hoy trataría de relajarse, quizás la tensión lo estaba mellando más de lo que notaba.
Luego de días de encierro en la cámara de gravedad, que mejor que comprobar su resistencia a gravedad normal, es decir, un entrenamiento "suave".
El calor era agobiante en ese planeta. Y a una gravedad aumentada a 350… peor.
Frunció el ceño, más de lo quien comúnmente solía hacerlo. En su época de mercenario nunca se le habría ocurrido dejar de entrenar por que el frio o el calor fueran ridículamente insoportables. Si hacia frio, encendería su ki y entrenaría hasta entrara en calor. Si el calor fuera agobiante, entrenaría su resistencia, sin chistar. Pero desde que estaba en la tierra… en este endemoniado pedazo de roca, donde las temperaturas eran ridículamente inconstantes… Se estaba volviendo cómodo. En ese planeta atestado de insignificantes criaturas débiles… él se estaba acostumbrando a los lujos.
O más bien… a los tratos que esa familia de chiflados le otorgaba. Los lujos los había experimentado de primera mano en su castillo… en su reino perdido a manos de la estúpida lagartija infernal.
Dejo a su mente divagar. No tenia ánimos de concentrase esta tarde… solo, dejo que las imágenes fluyeran en su cabeza, como un rio… ¿hace cuanto tiempo que no evocaba su pasado?
Vegeta-sei era un mundo distante del sol, una gigante roja de clase K, que trataba de compensar con un inconmensurable tamaño la falta de combustible que le hacía casi imposible mantener la vida en ese sistema solar. Una estrella al borde de la extinción… al igual que su raza… las ironías de la vida.
Su mundo… un mundo frio, de colores rojos y azules… y eso era todo. No tenía grandes mares como la tierra, tampoco cielos limpios. Vegeta-sei era un mundo cubierto de nubes, de tierras ricas en nutrientes, pero que, a falta de agua y grandes cantidades de calor, se iba muriendo. En un principio, cuando lo conquistaron, era un orgullo, ahora ese mismo planeta los llevaba a conquistar otros, para suplir la falta de alimentos y saciar la sed de sangre.
El mismo deseo que los llevaba a destruir los planetas en los que habitaban, ahora lo canalizaban destruyendo otros, ya que la historia aun reciente les hacia tomar conciencia de sus errores. Hace algunos 70 años la suerte los había llevado al planeta de los Tsufur en una nave errante… Al planeta donde habían sido esclavos de una raza superior en inteligencia pero no en fuerza, hasta que su padre los había liberado, imponiendo su propia tiranía, buscando de forma desesperada, por medio de la culturización de su gente, ayudado en gran medida por la tecnología de los habitantes originarios de ese lugar, que el destino de su gloriosa raza fuera distinto. Pobre ingenuo.
Ese mismo espíritu guerrero que llamo la atención de ese lagarto maldito… Freezer.
Vegeta se incorporó y bebió un gran sorbo de agua. Nunca dejaba de maravillarle la facilidad para obtener líquidos en ese lugar. Su ubicación en el sistema solar era estratégica. Una temperatura media… "la zona ricitos de oro" le había explicado el científico dueño de casa, alguna vez, mientras, divertido le contaba la historia de una niña y tres temibles osos.
La tierra… era definitivamente un planeta extraño.
Volvió a su entrenamiento, sin siquiera dignar la presencia de esa extraña mujer rubia con una mirada. Podía sentir su ki, solo porque estaba a unos cuantos metros, comiendo dulces y sonriendo. Una extraña mujer… digna madre de la otra, que estaba aun más loca.
Dejo su mente divagar nuevamente.
El joven príncipe, en su infancia, estaba condenado a vivir en una jaula de oro… pero una jaula al fin y al cabo. Siempre condenado al protocolo severo de la corte. Adoptado del tsufur, pues en lo que habían vivido ellos en el otro hemisferio, se habían comportado como seres irracionalmente belicosos y matriarcales. Su padre, como buen estratega y algo más formado, había obligado a su gente a culturizarse, a aprender y a ser algo más civilizados, claro, dentro de los estándares guerreros. Solo podía ver a su madre una vez a la semana, cuando ella le daba cita. El rey se había empeñado en generar niños independientes de lazos familiares en las clases más altas, para volverlos mejores guerreros. Con ella las cosas siempre le parecían extrañas, una mujer de la cual no podía recordad su rostro, pero si su voz, dura y metálica, para ser una mujer. Solían hablar de su poder de batalla, de entrenamientos y a veces de su hermano… una verdadera vergüenza para la familia real… Ella siempre abogaba por que él lo protegiera. Y él, privado de toda clase de sentimentalismos hacia sus progenitores, había adoptado una actitud distante del menor, pero siempre velaba porque nadie le hiciera daño o le insultara en su presencia. Una forma extraña y poco amable de demostrar cariño, pero era todo lo que él conocía.
Tarble… ¿hace cuanto no lo recordaba?... aun podía escuchar los gritos de su madre, suplicando que no le mataran cuando había nacido. Su poder de batalla era una deshonra para la familia real. Su padre había optado por el destierro cuando cumpliere los 5 años. Una sentencia que solo la familia real sabía. Para el resto del pueblo, a los 5 años el niño se embarcaría en una misión de purga. Se cuidaban bien de ocultar el paupérrimo poder del infante, solo por las suplicas de esa mujer lo habían salvado… si no hubiera sido así, ella le habría cerrado las puertas de su alcoba permanentemente a su padre, negándole la satisfacción sexual que solía urgirle bastante a menudo… El rey Vegeta no había actuado por amor a su mujer, sino por su propia necesidad, y es que un que rey viola a una mujer, aunque fuera su esposa… era penado por la ley sayajin. Una sociedad primitivamente feminista en algunos aspectos.
Que extrañas las costumbres de su pueblo. Un pueblo que constantemente caía al borde de la extinción por ese deseo de destruir que les corroía las entrañas. Por lo mismo, por esa necesidad de supervivencia, cuidaban a sus mujeres.
Si un sayajin, hombre o mujer fornicaba con cualquiera clase baja, o extraterrestre, era considerado un pasatiempo. Pero cuando concebían un hijo, era considerada una elección de por vida. Nunca le dieron importancia a eso de ser castos, pero una vez que decidían formar un núcleo familiar… eran palabras mayores. Las mujeres eran las guerreras más despiadadas y feroces del universo, y tener a una fuerte como centro de la familia era considerado un orgullo. Más aun en esos días, donde cada vez nacían menos y menos mujeres. Y estas arrojadas guerreras tampoco eran propensas a la supervivencia.
"hijo de mi hija nieto es, hijo de mi hijo nieto podría ser" solían decir. Una forma simple de decir que nunca se sabía quién era el padre. Y sospechaba que ese era el real problema que tenía el rey con Tarble. Porque su padre nunca había sido un hombre cariñoso, ni con sus hijos ni con su mujer. Y su madre era apasionada… en la batalla y en otras artes por lo que solían decir en la corte.
Su hermano…. ¿Que habría sido de él?... deseaba, aunque jamás lo reconocería, ni aun bajo tortura, que hubiese purgado el planeta, antes que las tropas de Freezer fueran a comprobarlo. Lamentaría de verdad que su sangre, fuera derramada por esos infelices.
Hizo una mueca de fastidio… ¿Por qué su mente se tenía que llenar siempre de pensamientos nefastos? Volvió a divagar y los recuerdos se armaban vertiginosos… su palacio… su gente… ¿Cómo era su gente?
Por su enorme poder de batalla, no se le permitía recibir entrenamiento junto al resto de las escorias de tercera o de segunda clase. Para él, el propio sequito real, era su saco de puching- ball. Jamás había conocido a muchos de su raza… solo esos lambiscones del palacio y a uno que otro guerrero que llegaba a informar sus progresos… y eso hasta que Freezer, en una "alianza estratégica" se encargo de los escuadrones de batallas.
Fueron uno o dos años de ese trato de igual a igual…. Hasta cuando Freezeer comenzó a temer el poderío de esos monos espaciales, cuando noto que el rey Vegeta trataba nuevamente de prender las luces de la rebelión en la mente de los insensatos y sanguinarios monos belicoso y decidió, como quien decide el color del que pintaran un salón exterminarlos de la forma más baja y cobarde de todas. La destrucción del planeta, obviamente. Pero antes de ello, conseguiría guardar un par de especímenes. Los sayajines eran terriblemente útiles en eso de las misiones de purga planetaria. Y fue así como el destino de su raza quedo reducida al capricho de ese demonio. Conservo al príncipe cuyo poder era muy superior al del rey, a pesar de contar con solo 5 años, a un tercera clase, que sin ser muy fuerte, tenía un equipo de purga bastante eficiente… Bardok o algo así… y claro, a un niñero para el crio. Quizás si el ánimo era bueno, le permitirá llevarse a otra mascota, para que el crio no se sintiera solo.
Vegeta siempre ignoró lo que su padre y la lagartija del frio hablaron… solo recordaba, con mucho más detalle del que le hubiese gustado, como su padre, sin mirarlo a la cara, con los puños apretados y un tono de humillante derrota, le decía que, desde ese instante, debía vestir los uniformes de las filas del demonio del hielo.
La lagartija le permitió que Nappa le acompañara, un viejo miembro del sequito real, y un chico de unos 13 años que, por casualidad estaba allí, solo para saber sobre su padre, Raditz.
Orgulloso a pesar de su corta edad, decidido a soportar su destino, a la espera de volver a reclamar su trono. Un intercambio político, había musitado el demonio, con un tono cruel e irónico. Vegeta era más astuto de lo que el tipo ese creía, más que su propio padre. Eso no era un trato a igualdad de partes, era un tributo impuesto por el más fuerte al más débil, así de simple. En sus cortos años, se había permitido conocer y aprender las relaciones en las cortes. Era un chico muy astuto y despierto para su edad, y para comparársele con cualquier otro sayajin básico. Sabia como moverse y sobrevivir en las cortes de los lagartos del hielo, tenía la astucia y la sangre fría para ver correr las amenazas, los puñales y las traiciones a su lado sin siquiera inmutarse. Pero también sabía que, fingir ignorancia era la mejor manera de sobrevivir ileso a esas artimañas. Y así había llegado hasta la edad adulta.
Ese estúpido y desgraciado de su padre. .. Tenía un serio conflicto con su imagen. Por años fue un símbolo de respeto, respeto por ser el REY… el rey de una de las razas más poderosas del universo, pero también era estúpido. Se había dejado manipular por Freezer… se había dejado exterminar, junto con su planeta, acabando así con la raza de guerreros más poderosa y orgullosa de la galaxia. Lo odiaba por ser débil, pero también su imagen le generaba el respeto, por que murió, antes de ser un esclavo nuevamente.
Distinto destino, al que él, su hijo, había tenido que soportar.
En un comienzo, había disfrutado de las expediciones de purga que les encomendaban, le hacían cada vez más poderoso. Su espíritu competitivo y curiosidad innata le permitía absorber todo lo que veía a su alrededor. Aprendió sobre nuevas razas, distintas técnicas de combate… aprendió a matar sin piedad, a renegar de cualquier clase de sentimientos. Aprendió a desconfiar hasta de su misma sombra, a esperar cualquier traición, del menos esperado.
No supo en qué momento su corazón, acostumbrado a los más duros tormentos, comenzó a latir solo por el placer de una pelea a muerte. El instinto primitivo y destructor que su padre trato de acallar con formalidades y estructuras jerárquicas, en ese ambiente de supervivencia extrema estaba aflorando y crecía majestuoso, volviéndolo en pocos años uno de los más crueles, odiados, temidos y respetados de los guerreros del lagarto.
Aprendió, ya entrando a sus 15, lo que era ser esclavo. O más bien, por fin cayó en cuenta que su libertad era solo aparente, un capricho de ese tirano inalcanzable, al que juro matar. Por que Freezer lo tenía atado a su poder. Lo agobiaba con demandantes misiones y cuando volvía, poderoso, lo castigaba por los más mínimos detalles. Era su forma de recordarle que él, un simple mono del espacio con un lindo titulo, era solo una basura, cuya única misión en la vida era obedecerle.
Luego, este comportamiento bipolar de la lagartija se fue acentuando, hasta que lo comprendió. Freezer SABIA que con cada batalla él se volvía más fuerte y le temía. Y lo golpeaba y humillaba, esperando doblegar ese inquebrantable espíritu guerreo.
Cuando no podía recurrir a las artimañas psicológicas, los golpes eran la más acertada solución…. Luego las horas de calabozo, días de incomunicación…
Vegeta JAMÁS se dejo intimidar. El odio que crecía en su corazón, lo mantenía en pie. Lo mantenía impávido frente a los atroces vejámenes que ese ser le profería. Su orgullo le permitía acallar los gemidos de dolor, los gritos angustiosos y desgarradores, las lagrimas impotentes y rebeldes… ese imbécil nunca pudo ver nada de eso por parte de Vegeta, y eso lo enfurecía. Porque nunca lo logro quebrar, jamás pudo darse el gusto de escucharle una sola suplica, aunque bien sabia que en la intimidad de sus habitaciones, al lado de sus dos fieles compañeros el joven maldecía aullaba y rugía de dolor, rabia e impotencia.
Aguantaba estoico las golpizas que lo dejaban medio muerto, con apenas las fuerzas para respirar… Nappa solía llevarlo a las cámaras de regeneración, y una vez curado, debían partir, nuevamente a purgar un planeta más. Así se había pasado su vida, en una aparente libertad. Lejos del lagarto era libre de pelear, matar y ser cruel… pero siempre debía volver al yugo…
Cerró los ojos con ira. El recuerdo de ese mal nacido, riéndose sobre su cuerpo quebrado… una paliza de aquellas. El lagarto se había enterado que Vegeta no renunciaba a su noble titulo. Recordaba cómo le había encadenado con unos grilletes que drenaban su energía, que luego le había azotado con su cola, que le había fracturado las costillas, solo con la intención de verlo luchar con cada respiro, para luego acabar con un lapidario "rey sin trono". Cuando Vegeta levanto la vista, nublada por la sangre que caía desde su frente y cuero cabelludo, altivo, y gruño que algún día reclamaría lo que era de él, que en ese instante era solo un príncipe orgulloso de serlo, Frezeer soltó esa carcajada tan afeminada que le caracterizaba…. "oh…. REY Vegeta…." .
Vegeta impávido escupió la sangre que se acumulaba en su boca, que caía por la faringe. Al parecer tenía la nariz rota, pero a esa altura tanto dolor… le parecía hasta gracioso, sentir tanto dolor y no poder identificar que parte del cuerpo es la que le causa esa sensación, pues su cuerpo entero era una masa de músculos, huesos y vasos sanguinos rotos.
"es que acaso no te conté… Tu padre murió, y tu planeta estalló… una lluvia de meteoritos" continuo risueño, mientras bebía un liquido rojo… tal vez vino… o tal vez su propia sangre, ya nada le sorprendería de esa sabandija despreciable.
Recordaba como aquella fue la primera vez que se sintió vacio. Su trono… su gente… estaba perdida. Ya nada quedaba que le mantuviera en pie. Poco tiempo duro ese desconcierto. Nappa y Radditz, tan o más consternados que él, le juraron lealtad eterna, y los tres se dieron esperanzas.
Decidió continuar purgando planetas con la idea de encontrar más sayajines y construir su propio escuadrón leal… que inocente había sido. Cada vez actuaba más y más por su cuenta, renegando de Freezer, seguro de su poder, de la lealtad de los dos que lo seguían, inquebrantable como siempre, su espíritu lo llevo a actuar de forma temeraria y salvaje….
Destruía planetas, independiente del deseo de Freezer de venderlos, se saltaba protocolos y rara vez se acercaba a rendirles honores a sus superiores. Se estaba volviendo un rebelde y cada vez era más seguido que el malvado lo golpeara y castigara. Cada vez era más y más evidente que el príncipe se volvía un problema para las filas del lagarto. Las fuerzas especiales Ginyu eran comandadas una vez cada ciertos días a recriminarlo por su accionar. Y el joven orgulloso, solía aguantar estoico los castigos corporales. El dolor era solo un paso para conseguir el poder que le permitiera derrotarlos a todos.
Nappa y Raditz solían ser obligados a ver el tormento de su PRINCIPE. Jamás le quitaron su noble titulo, y ambos, contrario a lo que Freezer esperaba, tomaban ánimos al verlo desfallecer. Porque si su príncipe sobrevivía, estaría más cerca de derrotarlo… Cuando se enteró que Freezer fue quien los envió a exterminar… a todo su plantea… el sentimiento de rabia e impotencia se volvió gigante… y su inquebrantable espíritu se volvió a manifestar.
Pero no había sido él… sino el inútil de Kakaroto… un estúpido redomado, que no solo renegaba de su sangre guerrera, que se hacia llamar "TERRICOLA", que estaba orgulloso de esos sentimentalismos baratos llamados emociones quien lo había derrotado. Y él había muerto, como una sabandija cobarde a manos del maldito demonio. Fue devuelto a la vida por el poder de las esferas sí, pero ahora el objeto a superar era un tercera clase… que bajo había caído.
Pero hacia algunos meses, mientras esperaba a que esa sabandija tercera clase para derrotarlo y poder purgar la deshonra de su clase, lo había sentido El Ki del demonio del frio, junto con su padre … porque era el colmo que ese estúpido ni siquiera tuviera el instinto sayajin de matar a su enemigo, el lagarto había sobrevivido y cual maricón, había corrido a los brazos de su "papi" el KING COLD… cuando la venganza estaba ahí, a su alcance… cuando toda la rabia, la frustración, las humillaciones, cuando todo podía desvanecerse con una batalla digna contra esos seres despreciables que lo habían privado de su libertad, de su trono, de su gente y de su orgullo… ese… ese… OTRO SAYAJIN los había destruido de un golpe… tan simple como matar a un…. A no sabía qué cosa, pero los había liquidado sin esfuerzo. A ambos espectros que por años atormentaron su razón.
Le habían negado dos veces su destino… el maldito destino del último de los sayajins puros en sangre y creencias. La raza más antigua, sanguinaria, indomable y orgullosa estaba totalmente perdida. Su fatídico destino… ¿acaso su nombre era el sinónimo de un húsar (*) trágico?
La voz de la mujer de cabellos rubios lo saco de sus pensamientos… negros y oscuros pensamientos. Demoledores y tortuosos pensamientos.
-Joven Vegeta, es hora de comer, ¿vienes?-
El moreno se incorporo y se dirigió, digno, a su alcoba. Primero debía ducharse, limpiar su cuerpo sudoroso, y distraer su mente de esos oscuros e interminables pensamientos, que nada bueno podían traerle a un guerrero en este momento. Solo debía enfocarse en ser más y más fuerte, en llegar a ser el súper sayajin y retomar el cauce natural de las cosas. Volverse el más fuerte del universo, solo eso podría calmar su orgullo herido. Y con ello, una vez sanadas sus heridas podría ser libre al fin… libre de su pasado y sus fantasmas….
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Todo estaba tal y como debía ser. La misma rutina de días tras días. Podía escucharse la radio en el fondo transmitiendo melodías suaves y rítmicas, el sonido de los cubiertos y los platos, Tama que lengüeteaba su tazón de leche, su madre que canturreaba distraída y ella misma que conversaba susurrante con su padre sobre algún nuevo invento. Si todo estaba aparentemente igual, pero el ambiente era más tenso de lo que era común. La cena siempre servida a la hora, deliciosa y abundante. Los señores Brief alegres como siempre, su hija Bulma, rezongando… pero hoy había algo distinto.
El plato del guerreo sayajin estaba disminuyendo lentamente, comía casi por inercia. Bulma jamás creyó que eso fuera posible.
Sus padres miraron algo preocupados al joven moreno, que pacería meditabundo y algo cabizbajo. Bra disimuladamente inspeccionó a su invitado. En esos momentos sus pseudo ciencias eran más esclarecedoras que las infinitas ecuaciones los matemáticos del lugar. Vegeta estaba imperturbable como siempre… o al menos eso parecería a un ojo distraído, pero Bra era una excelente observadora, y nada se le escapaba a su inspección, sus hombros estaban ligeramente caídos, su cuello algo más tenso y su mirada algo opaca. Sus parpados superiores estaban caídos, su mirada enfocada en la nada… su lenguaje corporal no mentía, ese hombre estaba triste. Tomo la mano de su marido y le sonrió fingidamente. Era una buena oportunidad para que su hija lo abordara.
-oh cariño, acabo de recordar que deje un libro en tu oficina, ¿puedes llevarme?, aprovecharemos de comer algo afuera- dijo cantarina, a la vez que apretaba su mano con disimulo.
El hombre bastante más lento que su mujer estuvo a un instante de replicar que ella no había ido hoy a su oficina, cuando ella se levanto rauda y lo tomo del hombro, para apurarlo…. Claro, era solo una excusa. Bendita ella que notaba millones de cosas que él jamás notaría.
Bulma los vio salir distraídos, como si no notaran que estaban presenciando un acontecimiento único. Un sayajin que no comía era como un niño que reniega de un dulce, o un gato que rechaza una bola de estambre.
Sintió que salían por la puerta principal, y la casa quedo sumergida en un hondo silencio. Era como si la energía del lugar fuera absorbida y convertida en vacio por ese hombre, otrora altanero y orgulloso. Ese hombre era un verdadero hoyo negro… y sintió un escalofrió. Nunca había tenido la oportunidad de sentir que ese sujeto era capaz de tener emociones… siempre se mostraba como un hombre perfecto, inmutable, imperturbable, un sujeto que tenía todo y cada uno de sus movimientos bajo control. Pero ahora estaba a su lado, sentado, ¿vulnerable?... no, esa no era la palabra. Él jamás seria vulnerable. Más bien quebrado. Ese hombre estaba quebrándose de a poco, ante su atónita mirada.
Tomo un plato de frutas y las miro, como si fueran lo más interesantes del lugar. Sentía un incontrolable deseo de preguntarle qué ocurría, pero no era capaz de preguntar. Las palabras se anudaban en su garganta. Porque tenía miedo… temía preguntar y que él levantar los muros de siempre, y se fuera, guardando todo ese malestar en su interior. Ella no quería que eso ocurriera, Bulma estaba segura de que quería ayudarlo. Vegeta, sin siquiera terminar el primer plato, se incorporo y se dirigió lento, casi de forma automática a la salida. Bulma no podía creerlo, algo andaba mal, lo sabia… lo sentía, se armo de coraje y tomo la mano de aquel hombre, para obligarlo a detenerse. Ese solo gesto le causo mil sensaciones. Vegeta no permitía que nadie en el mundo le dijera que hacer o que no hacer, pero con ella… ella siempre había conseguido que él la siguiera en todos y cada uno de sus caprichos. Pero no hoy.
El joven enfoco sus ojos negros y profundos, y con una inusitada delicadeza, se libro de la prisión de sus dedos, y subió lentamente a su habitación.
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Húsar: Soldado de caballería vestido a la húngara. (Rae)
Si preguntan por qué la comparación, por un libro de un autor chileno Jorge Inostroza "Los Húsares Trágicos", narra la historia de los libertadores de la patria Chilena, contra los españoles. Un libro histórico y triste, pues como todos los grandes héroes, murieron lejos de sus tierras, asechados como traidores o en batalla.
