57
Cuando Sakura oyó que Suigetsu y Karin se alejaban, rápidamente se cambió de ropa. Tiró el vestido al suelo y se puso sus botas, sus pantalones y la capa. Con rapidez, amontonó sobre su manta la ropa que Sasuke le había regalado y la moldeó para que pareciera ella dormida. Una vez lo tuvo todo preparado susurró:
—De acuerdo, Sasuke. Me alejaré de ti y de tu vida.
Y, en silencio, salió de la tienda. Esa noche, con la fiesta y la bebida los highlanders no estaban muy atentos. Así que, tras coger su yegua, se alejó lo más deprisa que pudo.
Encantados el uno con el otro, Suigetsu y Karin regresaron al campamento. A lo lejos vieron al grupo de amigos de Sasuke con sus mujeres y, acercándose a ellos cogidos de la mano, él preguntó:
—¿Sasuke sigue en la fiesta?
—Sí —respondió Dan, tras cruzar una mirada con Iruka.
—¿Habéis conseguido alcanzar a Sakura? —inquirió Tsunade.
—Sí. Está descansando en su tienda —contestó Karin.
En ese instante aparecieron los Yamanaka y Sasuke con su madre: regresaban tranquilamente de la fiesta. Tsunade, incapaz de quedarse callada, gritó:
—Las dos Yamanaka sois unas brujas.
—¡Tsunade! —gruñó Dan, intentando sujetarla.
Pero ella se soltó de un tirón y añadió:
—Sé lo que pensáis ambas de Mikoto Uchiha y sólo espero que tengáis la decencia de decírselo a la cara, en vez de cuchichear a sus espaldas, como siempre hacéis.
Al ver que todos las miraban, Augusta, llevándose las manos al pecho, murmuró, viendo que Mikoto sonreía:
—Por el amor de Dios, ¿de qué estás hablando?
Mikoto, acercándose a la joven, se puso en jarras y dijo:
—Tranquila, Tsunade, estoy enterada de que me llaman «posadera» y sé muy bien lo que piensan de mí. Nunca me han engañado, aunque así lo creyeran.
Augusta la miró sorprendida y Mikoto añadió:
—Nunca hubiera permitido que mi hijo se casara con tu hija.
—¡Madre! —gritó Sasuke, que no entendía nada.
Tsunade, más segura y convencida de que lo que le había contado Sakura era verdad, prosiguió:
—Y también sé que lo ocurrido con Sasuke en el bosque lo organizaron las dos. Pagaron al mendigo y a las prostitutas para...
—Pero ¿qué estás diciendo? —se defendió la mujer.
Sasuke, sorprendido, fue a hablar, pero Mikoto, al oír aquello, maldijo como un hombre y siseó:
—Eso sí que no os lo voy a permitir, ¡brujas!
Ino, al verse descubierta, miró a su madre y a la de Sasuke, mientras Dan y Iruka hablaban con el laird y éste asentía. Pero incapaz de ser sincera, la joven preguntó:
—Mamá, ¿de qué habla?
—Eso —dijo Tsunade, poniéndose también en jarras—, tú sigue así. ¡Mentirosa!
Al sentirse el centro de atención de todo el mundo, Augusta se tocó el cuello y farfulló:
—No te-tengo nada... nada que decir —se defendió.
Inochi Yamanaka, al cruzar una mirada con la furiosa Mikoto, miró a su mujer y a su hija y, con gesto sombrío, bufó:
—¿Qué hicisteis, por el amor de Dios?
Molesta por la poca vergüenza de aquellas mujeres, Tsunade miró a la delicada Ino y explicó:
—Ambas planearon lo que le ocurrió a Sasuke para que Sakura culpara a Ino delante de todos y Sasuke se enfadara con ella.
Incrédulo éste miró a aquellas mujeres a las que tenía tanto aprecio y, bajando el tono de voz, siseó:
—¿Hicisteis eso?
—¡Mentira!
—Me lo creo —afirmó la madre de Sasuke—. Siempre han sido de tirar la piedra y esconder la mano.
Ino, nerviosa, espetó:
—Mamá, tú dijiste que nadie se enteraría y...
—¡Ino, calla! —bufó Augusta.
—Como diría la mujer de mi hijo —se mofó Mikoto—, ya os podéis quitar esas caras de pavisosas, que os acabamos de pillar.
—¡Madre!
Mikoto sonrió y, asintiendo con la cabeza, reconoció:
—Hijo, Sakura es lo mejor que te ha podido pasar.
—Inochi, por el amor de Dios, ¿no creerás lo que insinúan? —lloriqueó Augusta.
—Mire, señora —prosiguió Tsunade—, buscaré al hombre al que le pagó unas monedas y se lo demostraré.
—Yo sé quién es ese hombre —afirmó Sai, acercándose.
—¡Estupendo! —exclamó Tsunade y, con gesto serio, añadió—: Le aseguro que van a quedar delante de todos como lo que son, unas malas personas.
Sasuke, furioso por lo que acababa de descubrir, miró a Inochi Yamanaka y expuso:
—Al igual que hizo mi mujer, ahora yo espero una disculpa por parte de tu mujer y de tu hija hacia ella. —Y mirando a Ino, añadió—: Nunca esperé esto de ti. Confié en ti poniendo en duda lo que decía mi mujer, y ahora veo que me equivoqué.
—Sasuke, escucha, yo...
—No, Ino. No voy a escucharte, ni ahora ni nunca —sentenció él, furioso.
Mikoto, disfrutando con aquello, miró a la madre de la muchacha y, con un gesto de lo más chulesco, dijo:
—Augusta, espero no volveros a verte ni a ti ni a tu hija por mis tierras nunca más.
Inochi Yamanaka, indignado por lo que ellas dos habían hecho, de malos modos las cogió del brazo y, mirándolas, masculló:
—Vamos. La fiesta se acabó.
Una vez se fueron, Tsunade miró a Sasuke y éste murmuró:
—Creo que tengo que disculparme con Sakura, ¿verdad?
—Oh, sí, mi cielo... lo vas a tener que hacer —contestó Tsunade con una sonrisa.
Mikoto, acercándose a su hijo, lo miró con cariño.
—¿Te he dicho alguna vez que eres tonto?
—¿A qué te refieres, madre?
Mikoto, dándole un suave manotazo, respondió:
—No se te ocurra perder a Sakura por una finolis como Ino ni por ninguna otra. Al fin has encontrado a la mujer que te conviene y que sabe ponerte en tu lugar.
—Ya era hora —rio Anko.
Al ver el gesto de todos, finalmente Sasuke sonrió. Sakura era lo único que le tenía que importar en esos momentos y necesitaba hablar con ella urgentemente.
Cuando entró en la tienda y la vio tumbada en el camastro, se puso de cuclillas y preguntó:
—¿Estás despierta?
Ella no se movió y, sentándose en el suelo, Sasuke se disculpó:
—Vale, no he actuado bien. No te he creído y encima te hice pedirles disculpas. —Al ver que no respondía, prosiguió—: Lo siento, Sakura. Lo siento, mi vida. Cuando vi a Ino me comporté como un tonto y ahora entiendo tu enfado y lo que me has querido demostrar en la fiesta. ¿De verdad estás dormida?
Esperó durante un rato y, al ver que seguía sin responder, decidió dejarlo para el día siguiente. Conociendo a Sakura, era lo mejor.
En silencio, salió de la tienda y se sentó con sus hombres junto al fuego. Sólo deseaba que amaneciera para que ella se despertara y pudieran hablar.
