Capítulo 2

SHISUI

—¡Vaya, chico! ¡Cuatro punto dos en el tablero de cuarenta yardas! Sigue teniendo esos tiempos y estarás en la primera o segunda ronda del draft, sin duda —grita el entrenador Cline, mi entrenador de atletismo, mientras cruzo la línea de cuarenta yardas.

Fue unos días después del partido contra los Mocs, y la práctica de fútbol me estaba pateando el culo.

Me agacho, recuperando el aliento, cuando escucho:

—¡Ōtsutsuki, a la oficina del entrenador, ahora!

Enderezándome, hecho un vistazo al campo para ver al entrenador defensa Moore haciéndome un gesto hacia la oficina.

Miro al entrenador Cline.

—¿Qué he hecho?

Sus cejas se fruncen y sacude la cabeza.

—No tengo ni idea, hijo. Ahora ve allí y averígualo. Tenemos más ejercicios para correr.

En menos de dos minutos, estaba en la puerta de la oficina del entrenador, y golpeo dos veces en la puerta de madera pulida.

—Entra, Ōtsutsuki —dice el entrenador desde detrás de su escritorio. Si no estaba en el campo, siempre lo encontrabas detrás de su escritorio.

Entro en la habitación y me siento frente a él. El entrenador levanta la vista de la montaña de papeles en su escritorio, se quita las gafas y frota suavemente el área alrededor de sus ojos.

Esto no se veía bien. Estaba ansioso.

—¿Por qué estoy aquí, entrenador? —pregunto con cautela.

Dejando caer sus manos, se inclina hacia delante, con los codos sobre la mesa, mirándome directamente a los ojos.

—Recibí una llamada del decano hoy.

—Está bien. ¿Y por qué eso me concierne? —pregunto con dureza. No había hecho nada malo en más de tres años aquí en los Tide. No tenía nada que ocultar. Especialmente al entrenador.

—Tenemos un problema en el campus, y me pidió que hablara contigo, ver lo que sabes.

—¿Qué tipo de problema? —pregunto, confundido.

—Un problema de drogas —responde directamente y espera a que le diga alguna cosa.

Un problema de drogas. Las drogas aparecen en el campus y de inmediato piensan en mí.

—No tengo nada que ver con eso —digo firmemente.

El entrenador solo asiente.

—Yo no creo que tú lo hicieras —enfatiza.

Mi estómago se retuerce.

—¿Y por qué lo dices así? ¿Quién creen que está involucrado?

Lo sabía, por supuesto, pero quería oírlo de su boca. Quería oír su acusación contra mi sangre en voz alta.

—Ha habido algunos rumores de que alguien que se parece a ti ha sido visto en el campus, traficando con cocaína. —Suspira—. Se parece a ti, Shisui. ¿Me escuchas? Solo conozco a una persona que podría ser. —Hace una pausa y espero, simplemente espero. Necesitaba escucharlo de su maldita boca—: Está bien, hijo. Lo diré. Es Itachi. Creo que es tu hermano.

Me río con incredulidad y sacudo la cabeza.

—Usted no, entrenador. ¡Usted también no! ¡No me haga esto, joder! Algún imbécil aparece en el campus, traficando, y de inmediato piensan que es el chico becado de la caravana con las conexiones en Heighter. ¿Eso es?

El entrenador hace un gesto para hablar.

—Shis...

—No es él. No lo habría hecho. No traería esa mierda en mi camino. Él es familia. La familia no se jode entre sí. —Mi voz era fría y dura mientras lo interrumpo.

Demonios, estaba enojado.

El entrenador se pone de pie y levanta las manos, tratando de calmarme.

—Shisui, no estoy diciendo que sea él, solo que algunos estudiantes fueron capaces de identificar a la pandilla involucrada. El traficante tenía una estrella tatuada en la mejilla izquierda, igual a la que tienes tú. Todos sabemos que las estrellas son la marca de...

—Los Heighters. Mi pandilla.

El entrenador sacude la cabeza con exasperación y se mueve alrededor del escritorio para detenerse delante de mí.

—Ahora te detendré justo allí. Ya no es tu pandilla. Saliste...

—Nunca sales. Solo los tontos piensan eso —digo rotundamente.

El entrenador agarra mi hombro.

—Saliste. Tú viniste aquí. A fin de año, serás reclutado en la NFL y te irás. Dejarás todo atrás.

Bajo mi cabeza y el entrenador quita su mano. Tomando una larga inhalación, lo miro a los ojos.

—Sé que él pasó un tiempo en el reformatorio, y sé que tiene una mala reputación, pero la familia es lo primero para nosotros. Siempre lo ha sido. Somos italianos, entrenador. La familia siempre va primero. Itachi puede que no tome buenas decisiones en la vida, pero no podría hacer esto. No lo haría... no a .

El entrenador mira el suelo varios segundos antes de asentir.

—Entonces te creo. Le haré saber al decano que no es él, que no sabes nada al respecto, y que debería buscar en otra parte.

La espiral de tensión en mi estómago comienza a relajarse lentamente. Siento como si pudiera respirar de nuevo.

—Shisui, sé que no tienes un hombre en la casa, que tu padre no hizo lo correcto para ti, tuvieron un trato brusco y tuviste que hacer una vida para tu madre de la mejor manera que supiste. Entiendo que sean duros... Itachi, Izuna, tú mismo. Pero tienes la oportunidad de una vida mejor, hijo. Luego podrás darle el mundo a tu madre. Guiar a Izuna por el camino correcto. Demonios, estoy esperando para ver a ese chico empezar en los Tide en el futuro.

Un dolor físico cortó a través de mi pecho. Una vida mejor para mamá en qué, ¿nueve o diez meses? ¿Cuándo me reclutaran y consiguiera mi primer gran cheque? Ella no tenía meses, la dura verdad de la que el entrenador no sabía una mierda.

Como respuesta, solo pregunté:

—¿Soy libre para irme ahora, entrenador?

El entrenador camina hacia su escritorio y se sienta de nuevo, poniéndose las gafas en su lugar.

—Eres libre.

Justo cuando estaba a punto de salir, miro hacia atrás, mi mano se congela en la manilla.

—Aprecio que esté pendiente de mí, entrenador, pero esta vez todos ustedes están equivocados.

El entrenador inclina la barbilla en reconocimiento, pero puedo ver la duda en sus ojos. Salgo, cerrando la puerta detrás de mí, y apoyo la cabeza contra la gruesa madera.

—Bueno, demonios, hombre, ¿qué fue todo eso?

Respiro lentamente por la nariz y me doy la vuelta para ver a Suigetsu Hōzuki y Sasuke Uchiha, mis mejores amigos, apoyados contra la pared opuesta. Suigetsu era un gran linier ofensivo de Texas, y el chico más genuinamente agradable que alguna vez he conocido. Sasuke Uchiha era como mi hermano. Demonios, congeniaba mejor con él que con mis propios hermanos, por el amor de Cristo. Era el chico más talentoso con el que había jugado. Sin embargo, él no lo veía. El chico más humilde que conocía. Y con su largo cabello negro como el mío y figura, también era un éxito con las chicas. En la superficie, todo parecía perfecto, pero era igual que yo, bastante jodido, y la única persona que conocía a mi verdadero yo.

Cuando no dije nada a la pregunta de SH, ambos se miraron y Sasuke avanza, con preocupación en su rostro.

—¿Estás bien, hombre?

Pasando las manos por mis mejillas, indico con un movimiento de barbilla que se muevan fuera de vista y hacia la sala de los jugadores. Una vez dentro, Sasuke le hace un gesto a Suigetsu para que cierre la puerta, y nos dejamos caer en los sofás.

—¿Entonces? —insta Sasuke. La paciencia no era su fuerte. Por eso me gustaba Sasuke, directo al grano y no se anda con cuentos. Suigetsu, en cambio, era tan tranquilo como grande, lo cual era mucho.

—Drogas, cocaína, en el campus. El entrenador piensa que puede ser Itachi y los Heighters.

Sasuke se recostó en su asiento y apretó los dientes con frustración.

—Joder. Esta mierda otra vez, no.

Conozco a Sasuke de casi toda mi vida. Demonios, prácticamente vivía con mi familia cuando éramos niños, el hijo del multimillonario magnate petrolero acampaba en el suelo de mi habitación en mi tráiler porque a su padre le gustaba usarlo como saco de boxeo. Cuando éramos adolescentes, Sasuke nos vio a mi hermano mayor y a mí ser reclutados por la pandilla, y fue atómico. También fue una de las principales razones de que saliera. Se había negado a firmar con los Tide a menos que fuéramos un paquete. El chico me cambió la vida, y odiaba a Itachi.

—¿Y qué le dijiste? —pregunta Suigetsu. Era una de las pocas veces que había visto al grandote serio. Sin hacer bromas. Sin comentarios estúpidos. Sabía que esta mierda era realmente mala para mí. Sabía lo que podría significar para mi carrera... para mi vida.

—Le dije la maldita verdad. No es Itachi. No me haría esto. No aquí. No ahora. No iba a joder mis sueños cuando los tenía en el punto de mira.

Suigetsu mira a Sasuke, quien sacude la cabeza.

—Estás malditamente soñando, ochenta y tres —dice rotundamente, usando el número de mi camiseta en lugar del nombre. Siempre lo hacía, desde que éramos niños.

—Sasuke, no lo hagas. No puedo escuchar esta mierda de ti también —digo lo más calmado posible.

—Bueno, vas a hacerlo. Conozco a Itachi tanto tiempo como a ti, y tu hermano es un problema, Shisui.

—Sasuke —gruño.

—No le debes nada —espeta de vuelta.

Me hundo más en el sofá y echo la cabeza hacia atrás.

—Sí.

—¡Tonterías! ¡Si no fuera por ese imbécil, nunca habrías sido reclutado en los Heighters en primer lugar!

—Y si no fuera por ese imbécil, tampoco habría salido. Se lo debo, hombre. Y tiene mi apoyo, hasta el final. Esta mierda aquí en el campus no es suya. Apostaría mi vida en ello.

Sasuke resopla una carcajada de incredulidad, pero no dice nada. El silencio entre nosotros solo trae más tensión, así que sin mirar a mis dos amigos, digo:

—¿Pueden dejarme jodidamente solo? Necesito un minuto.

Los escucho moverse, después Sasuke cierra la puerta de un golpe.

Finalmente bajo la vista, solo para mirar fijamente la moqueta de color carmesí.

Sabía que Sasuke solo me cuidaba, pero él no podía entender cómo era ser tan pobre que apenas podías sobrevivir cada día. No entendía cómo un niño podía tener tanta hambre que tenía que allanar los botes de basura de los restaurantes para detener las punzadas de hambre en el estómago. No entendía que cuando ese niño estaba enfermo, no había lujosas píldoras para hacerlo sentir mejor. No había ningún plan o seguro de salud que cubriera los medicamentos del parque de remolques en la parte de la ciudad que incluso Dios había olvidado. Y ciertamente no podía entender la vida dentro de la pandilla. Cómo una vez que entrabas, lo estabas para toda la vida... y no podía entender por qué le debía todo a Itachi por sacarme cuando tenía diecisiete años.

Inclinándome, las lágrimas llenan mis ojos. Con los codos sobre las rodillas, pongo mi cabeza entre mis manos y susurro en voz alta:

—Itachi. Por favor... por favor, dime que no hiciste esta mierda...