Capítulo 7

TEMARI

Querida Daisy,

Peso: 44 kilos

Calorías: 1600

Estoy aterrorizada.

No estoy comiendo, ni durmiendo, y estoy perdiendo el control sobre mi plan de alimentación.

Shisui Ōtsutsuki es peligroso. Esto ahora lo sé.

Mi cabeza no está centrada. Ya sabes que necesito control, pero en este momento, todo está disperso y no tengo ninguna rutina. Mi consumo de calorías ha disminuido y tengo un aumento de ansiedad. También he perdido medio kilo. El doctor. Lund no estará contento.

Me gustaría que estuvieras aquí.

No estoy en un buen lugar.

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—¡Yoo-hoo! ¡Agita lo que tu mamá te dio, niña! —Karin grita desde las gradas del Bryant-Denny mientras culminaba de animar la canción de lucha de los Crimson Tide. Estaba sentada con Konan y una muy avergonzada Sakura. No pude evitar sonreír ante Karin mientras bailaba alrededor del asiento de Sakura, gritando y vitoreando, lanzándole besos. Sasuke Uchiha acababa de besarla en público, en medio del partido, sorprendiéndonos a todos como el infierno, haciendo que Sakura fuera el foco de la pantalla gigante, y haciendo que todo el estadio creyera que era su amuleto de buena suerte. Jugó como un puto Peyton Manning después de ese beso.

«Peyton Williams Manning (nacido el 24 de marzo de 1976) es un deportista profesional de la NFL estadounidense. Juega fútbol americano en la posición de quarterback. Actualmente es el quarteback de los Denver Broncos».

Creo que era seguro decir que Karin estuvo en lo cierto; algo definitivamente estaba pasando entre los dos.

Los Tide estaban jugando contra las panteras del Estado de Georgia y sólo tenía tres minutos para el final en el cuarto tiempo. Ellos se llevarían la victoria fácilmente.

—Ahí, lo está haciendo de nuevo —dijo Lyle, un tono molesto pendiendo de su voz cuando le dio un codazo a mi brazo, moviendo la barbilla en dirección a Shisui Ōtsutsuki. Ōtsutsuki se sienta en el banquillo mientras que la defensa sale al campo. Le había visto mirándome fijamente, con ira, la mayor parte del partido.

Me quedo inmóvil ante las palabras de Lyle, pero no lo miro más. Me las había arreglado para evitar a Shisui durante dos semanas. Los Tide habían estado ausentes en Arkansas, me mantuve más o menos oculta, bien lejos de Denny Chimes. No quería ver más el tráfico de drogas, tenía demasiado miedo de las consecuencias si lo hiciera.

—Oye, ¿estás escuchándome? —pregunta Lyle.

—¡Sí! Puedo oírte. Sólo estoy eligiendo hacer caso omiso de ello. No me importa si me está mirando. No me preocupa —digo firmemente.

La banda comienza su siguiente canción, un ritmo de cuatro, y Ino le pide la escuadra bailar la rutina dieciocho. Saltando de un lado a otro, sacudiendo nuestros pompones al unísono con los tambores, Lyle grita:

—Bueno, deberías estar preocupada. ¿No sabes de dónde viene?

Eso casi me hace flaquear, y le doy un vistazo a Lyle.

—No. ¿Por qué? ¿Qué sabes?

Dando un paso adelante, nos echaron un remate alto con la pierna derecha y cantamos en voz alta.

VAMOS, TIDE, VAMOS. —Rápidamente caímos de nuevo en un movimiento de lado a lado para repetir la rutina una vez más.

Lyle se inclina de nuevo para susurrar.

—Bueno, como ya sabes, llevo en este equipo desde el primer año, y, bueno, una oye cosas.

—¿Qué cosas?

Estaba desesperada por conocer los antecedentes de Shisui. Había oído que eran malas noticias, por supuesto. El rumor estaba plagado de eso. No tenía detalles, sin embargo.

—¿Has oído hablar de la pandilla de Westside Height?

Mis ojos se abrieron y mis pies vacilan, haciendo que me tropezara. Miro a través de las filas de animadoras avergonzadas, sólo para ver a Ino mirándome. Hago una mueca mientras ella entorna los ojos hacia mí y murmura:

—¡Concéntrate!

Tan pronto como se da la vuelta, me enfrento a Lyle.

—¿La pandilla de West Tuscaloosa que siempre está en el noticiero de la noche por tiroteos y drogas no autorizadas? ¿Esa pandilla de Westside Height? ¿Los italianos?

Lyle asiento con los ojos muy abiertos.

—Sí, esa misma.

—¿Quieres decir... ? —Mi voz se apaga y casi pierdo la señal para el doble salto con giro delante.

Cuando aterrizamos, Lyle continúa como si no hubiera tenido que tomar un descanso.

—Sí. Ōtsutsuki es un pandillero total. Su familia está en serios problemas. Su hermano pasó un tiempo en el reformatorio, en el condado de Shelby, creo. Oí que Shisui había sido arrestado un par de veces también, Tema nena. El hermano de Ōtsutsuki es peligroso como el infierno, y, honestamente, creo que Shisui puede ser igual de malo.

Esta vez me detengo. Dejando totalmente de bailar.

¿Shisui y su hermano eran Heighters? Eso significaba... ¡Señor! ¡Su hermano era el traficante... de los Heighters! Mi corazón retumba como un cañón en mi pecho, y me siento como si no pudiera respirar.

¿Por qué tuve que pasar por delante de ellos esa noche? ¿Por qué tomé esa calle? Ya tenía demasiado en mi mente. No necesitaba esta mega amenaza también. Había sido un manojo de nervios durante semanas.

Después de una maniobra perfectamente pulida, Lyle se dio cuenta de que no me movía y me tomó por el brazo, sacándome la línea central y fuera del campo.

—Tema nena, ¿estás bien? Estás pálida.

Trato de asentir para indicar que estoy bien, pero todavía estaba tratando de respirar a recordar de la amenaza de Shisui. Tenía mucho más sentido ahora...

«Olvida lo que has visto esta noche. Si lo haces, seremos buenos, no habrá consecuencias. Pero si incluso dices una palabra de esto con alguien, y me refiero a quien sea, no te gustaran el montón de malditas mierdas que te sucederán. No tienes idea de con quién te has metido. Con gente que hará lo que sea para mantenerte callada. Y me refiero a lo que sea».

—¡Tema! ¿Te vas a desmayar o algo así? —pregunta Lyle, llamando la atención de algunas de las otras chicas en la escuadra que comienzan a mirarme raro. Poco a poco sacudo la cabeza y siento erizar el vello de mi nuca.

Fue como un tirón, una fuerza magnética, me encuentro atraída a mirar la banca de los jugadores de los Tide. Y de inmediato, deseo no haberlo hecho. Shisui Ōtsutsuki, al ver mi cara de horror, deja el banquillo, sólo para estar de pie en la línea lateral, mirándome, con los ojos de color negro ébano estrechos y sus puños apretados a sus costados. Era grande, musculoso, imponente... Él era el miedo y la amenaza encarnados.

Era como si Shisui estuviera comunicando su advertencia solo por su expresión severa. La mano de Lyle se congela en mi brazo, y dice entre dientes:

—En serio, ¿por qué Ōtsutsuki se ve como si quisiera matarte? Me estoy poniendo muy nerviosa.

Shisui estaba viendo a Lyle hablar conmigo con preocupación y Shisui sacude lentamente la cabeza. Entendiendo su advertencia.

«Pero si incluso dices una palabra de esto con alguien, y me refiero a quien sea, no te gustaran el montón de malditas mierdas que te sucederán».

Recomponiéndome, me giro hacia Lyle.

—No es nada, Lyle.

Se burla.

—Seguro que no se parecen a na...

Agarrando los dos brazos de Lyle en mis manos temblorosas, chasqueé:

—¡Dije que lo dejes!

Al instante me siento culpable. Había herido a mi única amiga verdadera del equipo. Lyle iba a darse la vuelta, pero la tomo de la mano. Se detiene y se gira hacia mí, su rostro lleno de pecas se sonroja.

—Lo siento. No quise ser tan dura. Pero...

Un silbato suena, señalando el final del partido, cortándome.

Los hombros de Lyle se desploman.

—Tema, entiendo lo que quieres decir, pero créeme cuando te digo que permanezcas lo más lejos posible de ese tipo. Es un problema con P mayúscula. Sea lo que sea que hiciste, llamó su atención, sólo reza para que lo olvide muy muy rápido.

Con eso, Lyle se topa con la multitud de fans asaltando el campo para celebrar la victoria. Me giro hacia el túnel que conduce a los vestuarios. Necesitaba espacio. Pero cuando me puse en camino para correr, vi a Ōtsutsuki todavía mirándome fijamente, con una expresión de piedra, el resto de los jugadores corriendo por delante de él en la victoria.

Agachando la cabeza y tragando mi miedo, paso a través de la masa palpitante de aficionados eufóricos y me dirijo a los vestuarios para esconderme.

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—Sasuke Uchiha está dando una fiesta esta noche en la casa de la fraternidad. Konan acaba de pasar el mensaje. —Escucho a Tayuya, la vice-capitana del equipo de las animadoras, decirle a alguien en las duchas.

—¡Impresionante! ¿Ya les dijiste a las chicas? —pregunta la segunda voz.

—Voy a hacerlo ahora. ¡No puedo esperar para emborracharme! Las fiestas de Sasuke siempre son impresionantes —Tayuya responde con voz aturdida, y ella y la persona con la que hablaba dejaron el cuarto de baño.

«Eso es, Temari. Permanece oculta. No puedes ducharte con el resto del equipo. No puedes dejar que vean lo imperfecta que eres. ¿Crees que no verán la grasa? ¿La celulitis? Verán cuan repugnante eres mientras caminan alrededor sin ropa con sus cuerpos perfectos y bronceados».

Apretando los ojos, me muevo hacia atrás y adelante en el frío suelo de baldosas de la caseta de baño, cubriéndome los oídos con las manos, tratando en vano de bloquear el tormento de la voz.

En la distancia, puedo oír a mis compañeras riendo, haciendo bromas, y discutiendo qué ponerse para la fiesta. Las envidiaba. Eran tan despreocupadas.

No sabía cuánto tiempo había estado aquí, escondiéndome del equipo. Por el horror de tener que estar en las duchas comunes. Por tener que mostrar mi cuerpo con demasiada grasa. Podría haber sido horas o meramente minutos; no lo sabía.

Sentándome, me esfuerzo por tratar de atrapar a cualquier sonido de movimiento y de la risa.

Ahora todo estaba en silencio, y me permito exhalar de alivio.

Poco a poco de pie, abro la caseta de baño y asomo la cabeza fuera. Se habían ido todos, gracias al Señor.

Al entrar en el vestuario vacío, el olor a laca para el cabello, perfumes, y gel de baño con aroma a fruta parece colgar como un velo en el aire. Me muevo a mi casilla, para sacar mi bolsa de aseo y mis toallitas desmaquilladoras, dirigiéndome de nuevo a un espejo.

Por un momento, me quedo mirando. Mis ojos verdes azulados estaban bordeados de negro, mi cara pálida de mi polvo compacto ligero, y mis labios son de color rojo brillante, rojo como una muestra fresca de sangre. Esta soy yo ahora. Este maquillaje oscuro me definía. Mi máscara. Y sacarla por la noche era la peor parte de todos los días.

Con cada pasada de la tela de algodón, mi fuerza interior se desvanece. Mi maquillaje blanco-y-negro daba paso a la piel de color rosa de mi rostro natural. Todas mis inseguridades llegaron de golpe. Siempre lo hacían.

Cuando tiro la toallita usada en un pequeño contenedor de basura a mis pies, inhalo profundamente. Mi armadura ha desaparecido.

Mis ojos se concentran firmemente en la porcelana de color blanco brillante del lavabo, pero me obligo a apartar la mirada. El doctor Lund me había enseñado que este proceso era una parte importante de mi recuperación.

En el instante en que levanto la cabeza y ante mi reflejo, tengo la misma reacción que he tenido durante muchos años, mi corazón procede a caer en picado en mi estómago y lo único que siento es asco.

Allí estaba ella. Temari. Temari Sabaku No. La chica con demasiadas imperfecciones como para ser bonita. Todo lo poco atractivo, de su tez menos que perfecta con esas feas pecas en la nariz.

Ella era asquerosa.

Era gorda.

«Podemos mejorar esto, Temari. Sólo déjame entrar. Podemos llegar a la perfección».

Mis manos se apretaron a los puños en el borde del lavabo mientras lucho contra el demonio que acecha dentro.

Alcanzando detrás de mí, mis ojos caen cuando desabrocho mi falda, poco a poco bajando sobre mis caderas y mis pies. Luego la parte superior y mi ropa interior, hasta que estuve de pie desnuda.

Hasta que me encuentro de nuevo débil.

Las lágrimas caen de mis ojos mientras me mantengo de inmóvil como una roca, mirando el suelo de baldosas. Era la cosa más difícil de hacer. Enfrentar a mi verdadero yo.

Mi cuerpo curado.

Uno... dos... tres... cuatro... conté internamente, preparándome para lo que vería hoy. ¿Me veré mejor? ¿Más gorda? ¿Más delgada? ¿Peor que nunca?

Abriendo de golpe mis ojos de color verde azulado pálido, encuentro mi reflejo desnudo y sólo lo miré. Mis ojos se llenaron de agua y mi mano instintivamente se levantó hacia mi clavícula. Era más regordeta de lo que debería haber sido. Alguna vez fue la parte favorita de mi cuerpo, que sobresalía, definida... visible. Pero ya no.

Ya no...

Mis dedos se dirigen a la parte superior de mi brazo, y mi pulgar y el dedo índice pellizcaron en la carne de mi bíceps. Tengo que ahogar un sollozo por la cantidad de grasa que pude tirar.

Una vez, todo lo que podía sacar era piel. Pero ya no.

Ya no...

De la nada, oí la risa débil y mi cabeza gira de golpe alrededor para buscar en la habitación. No había nadie allí, y unos escalofríos recorren mi espina dorsal cuando me doy cuenta de quién era.

«Eso es cierto. Soy yo, Temari. No hay nadie más aquí. Sólo yo, mirando la cantidad de peso que has ganado. Y tú, tú estás viendo el efecto desagradable de tu excesiva glotonería... Lo puedo ver en tus ojos».

Me congelo físicamente.

«Permíteme regresarte a donde debes estar. A donde sabes que quieres estar. Sólo déjame entrar. Dame las riendas. Cede ante mí. Entrégate a la perfección».

Como si fuera controlada como una marioneta, mis manos recorren mis costillas. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... Mis dedos comienzan a tocar frenéticamente la piel. Había demasiada grasa. Debería ser capaz de sentir hasta diez costillas, pero sólo podía sentir seis. ¡No! Sólo podía sentir seis.

Mi mano cae más bajo, mis dedos pinchan el exceso de carne de mi estómago. Más abajo todavía. ¡No, no, no! ¡Mis caderas! Mis caderas no eran salientes, anguladas o definidas. Había demasiada grasa. Estoy demasiado gorda. ¡No de nuevo! ¡Por favor! Yo... yo

¡Detente!

Tema... ¡lucha contra ello! Me digo a mí misma con urgencia.

Jadeando duro, vuelvo a mí misma con una sacudida. Mi piel pálida, desnuda está salpicada con marcas rojas en donde he estado golpeando mis huesos. Un sarpullido ha estallado en mi cuello y mi pecho, y mis ojos están rojos con agravamiento y estrés.

Siete minutos.

Siete minutos y treinta y dos segundos.

Siete minutos y treinta y dos segundos, hasta que pueda moverme de nuevo.

Hasta que pueda respirar bien de nuevo.

Hasta que pueda luchar contra la voz en mi mente, tratando de hacerme caer.

Me sentía agotada. Como si fuera David que acababa vencer a Goliat. Pero mi Goliat nunca moría. Nunca se iba. No podía ser derrotado, sólo, en el mejor de los casos, lo mantenía a raya. Y mi corazón cae cuando pienso en lo que mi vida sería con él siempre en mi mente.

Estaba decidida a no dejarle ganar.

Caminando hacia las duchas vacías, las tuberías gimen cuando giro la perilla y dejo que el agua se deslice sobre la cabeza, lavando la falta cercana... lavando la negatividad.

«Eres hermosa, Temari. Eres fuerte. Eres perfecta tal como eres», recito en mi mente. El doctor Lund me había enseñado a utilizar mantras para mantener una actitud positiva. La positividad era la mitad de la batalla, o eso había dicho el doctor Lund. E intentaba muy duro tener presente esa lección. El infierno, me aferraba a ella con mis uñas y la sostenía como un salvavidas.