Capítulo 20

SHISUI

Itachi: En el estacionamiento. Te necesito AHORA.

Miro mi celular tan pronto como salgo de la ducha y toda la sangre se drena inmediatamente de mi rostro. Itachi me ha enviado mensajes de texto y dejado cerca de dieciséis llamadas perdidas, mientras he estado en el entrenamiento.

Un pensamiento golpea mi mente: Mamma.

—¿Estás bien, chico? —pregunta Suigetsu mientras permanezco congelado en el centro de los vestuarios, mirando mi IPhone. Su rostro redondo muestra preocupación y asiento automáticamente. Estaba contento de que Sasuke no estuviera aquí para ver esta mierda. Con una mirada sabría que algo estaba pasando.

Me pongo mi pantalón, una camisa y comienzo a correr fuera del Bryant-Denny directamente al estacionamiento. Veo la camioneta de Itachi en cuestión de segundos, pero obviamente después de que me ha visto, porque comienza a hacer señas hacia mí, abriendo la puerta del lado del pasajero.

—¡Entra! —ordena mientras veo a la policía del campus dirigirse hacia nosotros en su auto, el decano está sentado delante y en el centro.

—¡Mierda!

Salto dentro, Itachi pone su pie en el acelerador y, como un corredor de la calle, quema las gomas para salir como el infierno fuera de la universidad y a la carretera hacia Westside Heights.

En cuanto a mi hermano, mi pulso se acelera cuando veo la seriedad de su rostro.

—¿Qué mierda, Ita? ¡Háblame!

Las manos de Itachi aprietan el volante y sus dientes rechinan.

—Es mejor que lo veas con tus propios ojos.

Inclinándose hacia adelante, me doy cuenta de que la mejilla de Itachi estaba abierta, un trabajo de mierda de costura mantiene la piel junta. Su ojo izquierdo está negro, el blanco de sus ojos completamente rojos con los capilares en ráfaga, y sus nudillos estaban raspados de pelear.

Mis ojos se abrieron por su estado... ¿Qué?

El puto tiroteo.

Dejándome caer hacia atrás en mi asiento, casi me atraganto con la rabia obstruyendo mi garganta. Levantando el pie, usó esa rabia para patear el tablero, Itachi gira la cabeza hacia mí en estado de shock.

—¿Qué mierda, chico? —grita Itachi, y me vuelvo a mi asiento para mirarlo de frente.

—¿Qué diablos? Estoy enojado; ¡eso es lo que pasa! Tú, estúpido hijo de puta, te fuiste a perseguir anoche con los Kings, ¿no es así? ¡No podías dejar el asunto en paz! Incluso después de todo... —Aspiro una respiración larga, tratando de calmarme y le recuerdo—: ¡Me lo prometiste! Me dijiste que te quedarías con Mamma y Izu, así no tendría que volver. ¡Tenías que protegerlos!

Los ojos de Itachi se estrechan y su pie presiona más fuerte sobre el pedal del acelerador, dando sacudidas hacia delante hasta que fuimos casi volando por la autopista.

—¡Los protegí! Pero mientras estabas follando a tu perra, ¡tuve que cuidar de un asunto urgente, como siempre!

—¡Los tiroteos no son un asunto urgente, Ita!

—Lo son si tienes la palabra de King de que están preparados para ir a los Heights y terminar lo que empezaron.

Un dolor atraviesa mi pecho y me quedo inmóvil.

—¡Cristo! —vocifero y me giro hacia mi hermano—. ¿Alguna vez has pensado en lo que Mamma pasará si mueres antes que ella? Debe estar tranquila en sus últimos meses, no estresada como el infierno.

—Chico, ese era un asunto urgente. ¿Crees que los Kings no habrían apuntado a nuestro remolque? Nos quieren a mí y a Izu muertos. Esta guerra la tenemos que ganar por el bien de todos. Sin ese territorio, los Heighters pierden efectivo. Sin ese efectivo, Mamma no recibe su medicin...

Itachi golpea su mano contra el volante y ruge:

—¿Por qué tengo que seguir explicándote esta mierda? ¡Conoces el resultado y estás bien con ello cuando no estás siendo un cobarde santurrón!

—¡Vete a la mierda! —le contesto, mis puños se aprietan. Itachi capta el movimiento y se ríe sin humor.

—Contén esa rabia, chico. Será mucho mejor en unos veinte minutos.

Incapaz de hablar a través de la neblina roja delante de mis ojos, ni siquiera me molesto en preguntar qué demonios quiere decir. Así, sentado en mi asiento, miro por la ventana y veo el resto del mundo pasar, realmente deseando ser otra persona.

.

.

.

—Entra ahí, superestrella —ordeno Itachi en el momento que llegamos frente a nuestro remolque.

Un montón de Heighters estaban fuera, sentados en sillas, con armas en sus manos y me entran ganas de escupirlos.

Saliendo de la camioneta, no me toma mucho tiempo entrar en el viejo remolque, de inmediato me congelo en la puerta. Toallas rezumando sangre están apiladas en el fregadero. El fuerte olor a alcohol casi me hace vomitar y rápidamente me dirijo a la habitación de mamá.

Tan pronto como entro en su dormitorio, los ojos de mamá se fijan en los míos, pero su cabeza no se mueve. No podía moverse.

Joder, se veía terrible.

Con mi mirada recorro por todo su cuerpo buscando, pero no hay sangre que pueda ver. Corriendo a su lado, levanto la débil mano y casi retrocedo ante lo frágil que está. Sólo ha pasado una noche desde que la he visto por última vez, pero parece que podrían haber sido meses.

¿Es esto por lo que Itachi me trajo aquí? ¿Para decirle adiós?

—Mamma, ¿stai bene? —le pregunto en voz baja sintiéndome casi enfermo de los nervios.

Sus ojos negros se desbordan de lágrimas y respira superficialmente, sonoro, como un maldito silbido en su pecho.

—Mamma, háblame —presiono, luchando contra las emociones.

Mamma cierra los ojos y trata de calmarse. La veo tragar, la simple acción que todos damos por sentada, es una tarea tan monumental como sería subir el monte Everest.

Asintiendo, me animo a hacerla tratar de hablar.

—Se lo llevaron... anoche... muy herido...

Con el ceño fruncido, trato de captar lo que estaba diciendo a través de su voz entrecortada. Pero estoy confundido. Ella está hablando tonterías.

—Salió mal... no puedo... no puedo... —Un grito torturado sale de la garganta de Mamma, su cuerpo comienza a sacudirse, pero para ella, eran más como espasmos, mientras trata de moverse de la cama. Sólo sus dedos se mueven. Podía ver el dolor en su rostro, la tensión mientras trata de levantar sus extremidades y solloza mientras su cerebro no se conecta a sus nervios. Lloriquea tan fuerte cuando finalmente se deja caer de nuevo sobre el colchón, un pesado sudor la recubre, cansando al delgado cuerpo.

Ahora yo estaba llorando también. Las lágrimas eran en silencio, pero me rompe el ver a mi madre incapaz de moverse apenas un centímetro. Me destroza cuánto tarda sólo para levantar sus dedos.

—No me gusta esto, mio caro... Quiero moverme... no puedo... no puedo... —Se interrumpe, sollozando de nuevo. Tomándola en mis brazos, con un peso de no más de una pluma, la acerco a mi pecho y la arrullo como a un niño.

—Silencio, Mamma, está bien, está bien. No llores. Sé fuerte —musito.

—Pero yo... no fuerte... duele... en problemas... estoy enjaulada... no soy libre.

Mientras trato de tragar el nudo en mi garganta de sus incesantes murmullos, mi madre desliza su mano sobre la mía y musita con su fuerte acento:

—Estoy lista... quiero ir a Dios ahora... pero no puedo... Mis hijos... no es bueno... me preocupa... no estás... en un buen lugar...

Un dolor absolutamente desgarrador rueda a través de mi corazón ante sus palabras. No quería que se muriera, pero no podía soportar verla así... tan rota... tan débil... tan confusa, pero todavía pensando en nosotros chicos.

—Me comprometo a hacer todo mejor, mamá. Lo guiro —le aseguro.

—Él necesita irse... ti prego...

—¿Quién, mamá? —indago, mis cejas se apretaron mientras trato de captar lo que estaba diciendo.

Mamma luchaba por mantener los ojos abiertos, muy cansada de tanto llorar, de luchar... Preocupada, y en cuestión de segundos, su trabajosa respiración se calma.

Asegurándose de que está cómoda, me aparto de la cama, sólo para ver a Itachi en la puerta, sosteniendo un rosario, con sus dedos moviéndose a lo largo de cada cuenta, con la boca pronunciando una oración.

Sin decir una palabra, se traslada al armario de la Mamma y saca una especie de máscara aterradora. Se movió a donde ella yace y, en momentos, la fija en su rostro. Todo el tiempo, lo observo en silencio.

Con el simple accionamiento de un interruptor, un estruendo suena bajo y el oxígeno comienza a verterse a través de la boca y nariz de Mamma.

Después de besar la mano sin vida de mamá, Itachi me mira a la cara.

—Su máscara llegó hoy para ayudar a sus débiles pulmones. No está respirando bien ya. —sisea flojito—. Tiré otro par de miles con esta máscara solamente. No tenemos mucho ahora, ni siquiera para comer, chico.

Inclinando la cabeza hacia atrás hasta el techo, le pregunto:

—¿De dónde demonios salió toda esa sangre? ¿Y por qué está en tal estado, hablando sobre desear morir y esa mierda? ¿Qué demonios pasó?

Itachi mueve su pulgar hacia la habitación de Izuna y de inmediato desciende la mirada. Había tristeza allí, pero una carga total de culpa también.

Mi estómago se tensa con temor.

—Joder, Ita, ¿qué hiciste? —pregunto, aunque no quiero una respuesta y voy a la pequeña habitación de Izuna, casi astillando la puerta contra la pared mientras la abro de un empujón.

—¡Izu! —grité y volé a su lado.

Allí, en su estrecha cama, está Izuna. Un pálido niño de catorce años, maltrecho y con moretones. Tiene los ojos hinchados, casi cerrados y con manchas de sangre seca, su cabello negro enmarañado por el sudor y el barro. Pero lo que más me llama la atención es una gran venda que atraviesa de su estómago. Un amplio vendaje filtrando sangre.

Joder. Había sido apuñalado.

—Izu —exclamo y, cayendo de rodillas, agarro su mano. Izuna gime de dolor en su sueño y trata de moverse, pero su respiración se calma pronto mientras se vuelve a dormir.

—Necesitamos gente anoche para el enfrentamiento. Sabíamos que si no actuábamos primero, seríamos blancos fáciles. Después de que te llevaste a tu perra a casa, decidimos tomar dos autos. Atacar a los cabrones. Lev era necesario, chico. Sabes el resultado. Cada 9mm ayuda.

Mi mandíbula se aprieta y mis dientes también hasta que juro que iban a romperse. No podría decir una mierda en respuesta por miedo a perder el control y terminar atacando a mi propia carne y sangre.

—Cuando llegamos al territorio de los Kings, los cabrones estaban esperando. Bueno, seis de ellos lo hacían; sólo éramos cinco. Era una trampa. Información falsa. Tan pronto como nos vieron, empezaron a dispararle a los neumáticos del auto como el infierno hasta que rodamos a un lado de la carretera, donde arrastramos a los chicos a la calle. Izu estaba en ese auto con Haku, entonces Raiga, el líder de los Kings, sacó su cuchillo. No llegué allí lo suficientemente rápido, cortó a Izu por el estómago mientras los otros chicos estaban sobre él a puñetazos y patadas.

Itachi da un largo suspiro.

—Lo metí en el auto tan rápido como pude y me largué. Conseguí que fuera a la sala de emergencias. Lo curaron y me dieron la mierda allí antes de que llamaran a la policía. Mamma uso lo último de dinero en medicina para conseguir que lo cosieran.

—¿Y quién cosió ese show de mierda en tu mejilla? —pregunté.

—Conseguí que el viejo Sabu de la caravana veintiuno lo hiciera. Le di unas cuantas piedras de crack como pago.

Miro abajo hacia mi mano en la de Izuna e imagino aquí a Pix, calmándolo, cuidándolo, mientras mi madre deseaba estar muerta en la otra habitación por ser incapaz de ofrecerle su afecto.

—Ita, me está tomando toda mi puta fuerza de voluntad para no cortar tu garganta ahora, por arrastrarlo por ahí contigo. Pero es obvio que te importa algo o no lo habrías llevado a la sala de emergencia.

En lugar de enojarse, Itachi baja la cabeza y asiente. Era extraño ver a mi hermano de veinticinco años lastimado de esa manera. Era la primera vez, en todo este maldito lío que llamamos vida, que lo he visto con una grieta en su gruesa armadura.

—Ita, sigo diciéndolo, pero, ¡necesita salir de una puta vez! Tiene catorce años. Catorce, y por la manera en que va, la forma en que esta guerra por el territorio sigue, no va a vivir para ver el año que viene. Es talentoso, tiene mucho que ofrecerle al mundo. Está siendo vendido por poco por nosotros. ¡Estamos arruinando toda su puta vida!

Itachi camina hacia adelante, con los ojos oscuros brillando mientras mira a nuestro hermano pequeño en la cama, y pone su mano en mi hombro.

—Seré sincero contigo, muchacho. Mamma no verá los próximos meses. No iba a decírtelo, sin embargo, eso te permitirá centrarte en los partidos del campeonato por primera vez. Pero bajó a ocho semanas, doce semanas en el mejor de los casos. Su sistema respiratorio se está cerrando, y pronto no podrá respirar más. Esto es serio, chico. Este es el camino hacia el final

—¿Entonces por qué me lo dices ahora? —pregunto, pero lo sé. Sé lo que vendrá. Lo que tendría que hacer.

Itachi se arrodilla a mi lado en la cama mientras miramos a nuestro hermano más pequeño como dos ángeles oscuros caídos cerniéndonos sobre nuestra carga.

—Sabes lo que tienes que hacer, chico. Sólo durante los próximos meses. Después podremos calcular la mierda.

—Cristo. ¡Ita! —vocifero y bajo la cabeza derrotado—. Me prometí que nunca iba a volver a los Heighters. ¡Jodidamente no quiero volver! Tengo mucho que perder.

Itachi frota su mano sobre mi cabeza.

—Lo sé, hijo. Pero a veces la vida se enrolla de esta manera y tienes que hacer lo que tienes que hacer por tu familia.

Mi estómago se aprieta de lo injusta y jodida que es la vida.

—¿Y Pix? ¿Qué diablos se supone que voy a hacer respecto a Pix? La amo, Ita. Tanto que es una locura y me necesita. No tienes idea de cuánto. No puedo estar atado a toda esta mierda y cuidar de ella también. No puedo ponerla en esa clase de peligro.

El rostro de Itachi se hiela, pero cuando miro sus ojos, pierden un poco de su veneno.

—Sólo voy a decir las cosas como son. Esa perra no está hecha para esta vida. Nunca entenderá lo que hay que hacer por la famiglia, por el equipo.

—No puedo dejarla, Itachi. ¡No voy a hacerlo!

—Entonces déjame preguntarte esto. ¿Vas a estar bien, cuando los Kings averigüen quién es ella para ti y la tomen como cebo? ¿Se metan con ella hasta llegar a ti? ¿La vas a poner entre los problemas de tiroteos y tus trabajos de las calles? ¿Vas a dejar que sea el nuevo objetivo de Kisame? Porque va a colgar la amenaza de hacerle daño por encima de tu cabeza.

Cierro los ojos y me siento realmente cortado por el dolor atravesando mi corazón.

—Me estás diciendo que termine las cosas con ella.

Itachi asiente.

—Estás hecho de diferente tela, chico. Déjala ir y no te arriesgues haciéndola un blanco más. Sólo aléjate. Camina lejos de una puta vez. ¿Capisci?

Pienso en el rostro de Pix en mi mente y lo hermosa que se ve mientras me venía dentro de ella. Su rostro mientras me confiesa su trastorno, sus temores. Entonces pensé en lo que será mi vida en los próximos meses, el peligro en el que estaría, el peligro en que ella estaría. El estrés podría hacer que deje de comer de nuevo, infiernos, ya estaba causando que perdiera peso, y no podía hacerle eso. No podía ser la causa de su recaída. Lo que le esperaba sería mucho, mucho peor. Tenía que protegerla también.

Nunca enfrentaría lo que tenía que revolver. Los extremos que podía tener al ir para el equipo.

Todo esto hacía la decisión fácil. Tenía que protegerla. Salvarla de esta vida. Tenía que alejarme... de lo mejor que jamás me había pasado.

Joder. No estaba seguro de cómo iba incluso a hacerlo. Pero tenía que intentarlo.

Girando hacia Itachi, asiento.

—Capisco.

Cierro los ojos y veo toda la mierda de mi vida como una película: mi Mamma llorando en mis brazos, atada a la cama y desmayándose. Luego, abriendo mis ojos, me quedo mirando a Izuna justo delante de mí, golpeado y ensangrentado, todo cae en su lugar. Mientras tomo la decisión que sabía iba a cambiar mi vida, casi podía sentir la Stidda en mi mejilla ardiente mientras una vez más vendía mi alma a la causa de los Heighters.

Estaba oficialmente de vuelta en el infierno.

Pero, al menos, Izuna y Tema estarían oficialmente fuera.