Capítulo 27

TEMARI

No podía creer que esté de vuelta aquí otra vez. No puedo creer que esté de vuelta en esta habitación. Los recuerdos del pasado invaden mi mente... tenía sólo dieciséis.

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Me quedo mirando el reloj colgado en la pared en la pequeña oficina estéril, sintiendo tres pares de ojos en mí.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac...

No miré hacia su dirección. ¿Qué sentido tenía? Ellos no lo entenderían. Nadie lo hacía.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac...

—¿Tema? ¿Estás escuchando al doctor Lund? —pregunta mi madre con voz cortante, ¿o está desolada? No le podía decir nada. No le importaba.

«Inhala. Exhala. Mantén la calma. Ellos no pueden cambiar lo que tú no les dejes que cambien», la voz me asegura, y me siento relajarme.

«Mantente fuerte, Temari. Sabes lo que es lo mejor. Son sólo unos cuantos kilos. Escúchalos y ellos seguramente harán que falles. No debes fallar. Has llegado lejos. Siénteme. Confía en mí. Confía en lo bien que ye hago parecer. Siénteme en tu mente, guiándote a la perfección», la voz presiona y toma el control.

—¡Tema! —mamá se rompe.

Muevo mi cabeza lejos de la vista de una segunda mano en su hipnotizante círculo, bailando descaradamente contra el plástico blanco del reloj enfrente en una pared pintada de blanco-nieve.

—¡Tema, te hemos sacado del instituto, a los dieciséis! Todo, las animadoras, las clases de gimnasia, las clases de baile se acabaron. Tu beca de animadora para el Estado de Oklahoma ha sido, revocada y dada a otra persona. ¡Todo ha desparecido! ¿Estás escuchando esto? Todos tus sueño. ¡Todo por lo que has trabajado tan duro, durante años, ha desaparecido!

Mis ojos se estrechan ante su exagerado arrebato emocional, pero me mantengo en silencio. Los ojos de mi madre sin embargo, están anormalmente amplios mientras me mira, las lágrimas brillando. Mi padre, estoico como siempre, agarra su mano firmemente.

—Temari. Estás ingresada. No estás mejorando, a pesar de nuestros esfuerzos.

Podía ver la boca del doctor Lund moviéndose, los labios tensos. Curiosamente, las palabras parecen verterse de su boca y sale por la ventana detrás de él. Sonrío mientras miro a las letras de su frase bailando en colores primarios y escapando hacía el brillante azul cielo de verano, flotando suavemente en la ligera brisa.

—¡Oh, por el amor de Dios, Tema! —Mi padre grita, provocando que salte. Deja ir la mano de mamá y se agacha delante de mí, agarrando mis manos. Sus dedos empiezan a acariciar cada centímetro de mis dedos demasiados delgados y mis huesudos nudillos. Los ojos llorosos de papá parpadean hasta nuestras manos están unidas. Una sola lágrima salpica los azulejos de cerámica blanca bajo mis pies. Por un momento, mi estómago se vuelca mientras miro a papá, tan roto, pero la voz en mi cerebro ahoga el solitario gancho de compasión que lucha por ser escuchado.

La voz susurra: «Eh-eh-eh, Temari. No cedas a tus emociones. Ellas te hacen débil. Recuerda, está tratando que falles. Todos ellos lo están. No debes dejarlos. Piensa en lo lejos que has llegado. Mantente fuerte. Sólo unos kilos más y estarás perfecta. Juntas, vamos a hacer que estés perfecta... perfecta».

Mis hombros se enderezan desafiantes, y aparto mis manos. Papá cae de rodillas en una miserable derrota.

La voz tenía razón. Todos están tratando de bloquear el camino hacia mi meta.

—Temari, estamos perdiéndote. ¿No puedes ver eso? —susurra, moviéndose de vuelta para sentarse con mamá, retomando sus manos en las suyas—. Por favor... vuelve con nosotros, cariño. Eres todo lo que tenemos. Eres nuestro mundo. Todo nuestro mundo. Esta... esta... enfermedad te tiene reprimida. Lucha con ella, cariño. Lucha con ella con todo lo que tengas —me ruega, bajando su cabeza una vez más.

El doctor Lund aclara su garganta.

—Temari Sabaku No, la anorexia nerviosa te matará. Estas gravemente malnutrida y lo has estado durante mucho tiempo. Seré franco contigo, ya que continuas negándote a un cumplir con cualquier intervención y descaradamente estás ignorando todos nuestros consejos.

Miro a través de la ventana grande mientras una paloma se elevaba afuera en el cielo, sólo para bajar en picado y tomar tierra en la cornisa de la ventana de la habitación del doctor Lund. Sus ojos negros se lanzan a través de la oficina antes de depositar su atención en mí. Su cabeza se inclina hacia un lado como si necesitase información sobre lo que estaba mal.

—Si no le das la vuelta a esto pronto, estamos hablando de unos meses, antes de que tu cuerpo deje de funcionar. —El Dr. Lund continúa, pero yo sigo enfocada en la paloma. Es blanca, pura, bonita. Por un instante, deseo ser esa paloma, así poder volar lejos. Volar lejos de toda esta... confusión... esta presión para ser... perfecta.

—Estás en un estado de desorden ahora, que estás perdiendo tu cabello, tus riñones están fallando, tus dientes se están pudriendo, tu incesante purga ha desgastado tu esmalte a nada, y tu corazón está demasiado cansado para hacerle frente.

El doctor Lund suspira y se inclina hacia delante, pero mi paloma y yo mantenemos el contacto visual. No quería escuchar lo que el Dr. Lund tiene que decir. Sé que él está tratando de asustarme.

El doctor se inclina hacia delante y alcanza mi mano, obligándome a mirar su rostro serio.

—Esto es todo, Tema. Esto es a lo que se reduce todo, es el momento de elegir si vives o mueres, justo aquí, justo ahora. Todo se resume en este minuto, este segundo. Lucha contra esto. Gánale a esto de una vez por todas. Por tu familia... por ti misma.

Me centro de nuevo en el reloj de la pared, en los segundos haciendo tic-tac. Siento una única lágrima deslizarse por mi mejilla, la gota mojada salpica en la piel en la palma de mi mano, agarrando mi pierna. Veo esa gota brillar. Entonces levanto mi cabeza, veo cómo la paloma parece enderezarse en estado de shock con mi llanto.

La compresión entonces me ilumina. Dejaría a todos que llegasen a mí. Ellos se han filtrado a través de mis grietas. Les he dejado que me alejen de mi meta. Esa gotita es mi fuerza tratando de escapar de mi cuerpo. Estaba resulto. No habría más lágrimas. No podría fallar. No fallaría.

Sacudiendo mi cabeza, limpio frenéticamente mis mejillas mientras mi paloma se agacha, ahuecando sus plumas y casi parece sacudir su cabeza. La paloma está decepcionada conmigo. Otra más para agregar a mi lista cada vez mayor.

Salto cuándo siento el susurro de un súper ligero masaje de manos en mis hombros, tranquilizándome para relajarme. Caigo en su abrazo.

«No te des por vencida ahora, Temari. No podemos dejarla ganar. Nosotros estamos tan, tan cerca», la voz susurra en el oído de mi mente, envolviéndome en su capullo protector. La voz, mi amigo más cercano y más odiado adversario, me mantiene a salvo. Me impide fallar en mi objetivo.

No me daría por vencida todavía.

Tan sólo eran unos kilos más hasta la perfección.

Mis muros emocionales empezaron a reconstruirse, apreciado ladrillo por ladrillo, bloqueando la culpa, bloqueando sus preocupaciones.

«Bien hecho, Temari. Has hecho lo correcto. Siempre estaré aquí, empujándote a la perfección. Somos un equipo, un equipo irrompible. Nunca te dejaré, nunca. Juntos, no podemos hacerlo mal».

Un ruidoso sordo atrae mi atención, y miro una vez más la ventana abierta, la ligera brisa del verano pasa a través de mi rostro. Mi paloma abre sus alas, dándose la vuelta para enfrentarse al mundo exterior, persistiendo sólo para echarme una última mirada preocupada por última vez. Lentamente, cuándo rompo mi mirada, echa a volar, subiendo en el infinito cielo azul, bailando hacia el sol, siendo libre, para no ser vista otra vez, dejándome y a la voz —la voz que me garantiza que nunca me fallará.

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No eches abajo, lo que queda de mí.

Haz mi corazón un lugar mejor.

Mientras escucho la inquietante letra de otra canción de la lista de reproducción que Shisui ha puesto, no puedo evitar sentir una pizca de algo en mi pecho. Los últimos días han sido un borrón, pero una cosa que sé es que Shisui ha estado a mi lado.

Sólo en las pequeñas grietas de mi profunda depresión podía sentir el toque de su mano, el movimiento de su dedo calloso moviéndose a través de mi mejilla.

No podía entender por qué estaba él aquí.

¿Todavía puedes ver el corazón en mí?

Toda mi agonía desaparece.

Cuándo me tomas en tus brazos.

Las letras se filtran a mi cerebro como un mensaje musical, y antes de que me dé cuenta, siento la humedad deslizarse por mi mejilla. Sé que estoy llorando. Sólo pensar en Shisui puede hacer que se rompan los muros altos de la voz.

Mientras me miro fuera de la ventana al ardiente sol de invierno, la vista de unas plumas blancas llama mi atención. Una paloma vuela sobre un árbol detrás de mi ventana y se encarama en la rama.

Es preciosa.

Me recuerda el tatuaje de la garganta de Shisui, a la paloma que veía todos estos años atrás cuando fui ingresada la primera vez. Su visión siempre me ha calmado. La paloma: la característica representación de amor y paz.

Oigo el crujido de la puerta de mi cuarto, no me giro, pero pronto huelo el olor de Shisui de lluvia de verano, ese fresco, refrescante olor que era tan genuino en él. Shisui se sentaría a mi lado, tomaría mi mano y tocaría mi rostro. Pero no diría nada, sólo se sentaría junto a mí, queriéndome.

Pero esta vez es diferente.

El sonido de algo colocado en la bandeja de alimentos hace que mis oídos den un pinchazo, y con un fuerte suspiro, escucho a Shisui dejarme sola.

Mientras miro a la paloma, girando su cabeza, casi como estimulándome a mirar hacia abajo.

Levanto la mano débil, me las arreglo para rodarla un poco de lado y veo mi diario sobre la bandeja. Está abierto en una página, pero frunzo el ceño cuando me doy cuenta de la letra no es la mía.

Lanzando una mirada a la puerta cerrada, me permito tirar lentamente la bandeja más cerca de mí y empiezo a leer el intruso mensaje en mi más preciada posesión...

Querida Tema,

Querida Pix,

¿Por dónde empezar?

Supongo que debería empezar con una disculpa.

La he hecho muy mal contigo. Jodidamente mal.

Me fui cuando más me necesitabas. Te dejé sola con la voz, sabiendo que se estaba siendo cada vez más difícil para ti cada día. Pensé que dejándote fuera de mi jodida vida, podría evitar que salieras herida. Que volvieras a caer en sus poderosos brazos. Pero todo lo que hice fue aplastarte haciéndote sentir indeseada... rechazada, y eso no puede estar más lejos de la verdad.

Mi tiempo contigo en los últimos meses ha sido el más especial de mi vida. Después de años de ocultar la vergüenza de lo que era y de dónde venía, tú me aceptaste por mí, sin pretextos, sólo por mí. Sueño contigo. Sueño contigo todo el tiempo. Sueños que, antes de ti, nunca habría creído posibles.

Y ahora estás aquí, en este infierno, y yo no puedo llegar a ti. No puedo conseguir que hables. Por favor, Pix, di algo. Sólo algo así sabré que no has renunciado a la vida, a tus amigos... a nosotros.

Te necesito tanto que no puedo respirar. Todo está mal sin ti en mi vida. Háblame. Regresa a mí. Lucha contra la voz, por mí. No te diré adiós a ti también.

Es gracioso. Solía mirar las estrellas y sentirme tan pequeño e insignificante. Pero me he dado cuenta de que la única cosa que puede hacerte sentir vivo e importante es la persona que te acepta por quien eres.

Una vez me dijiste que te preguntabas si las estrellas miraban hacia nosotros. ¿Tenían piedad por las escorias que somos? Pero ahora veo la verdad. Ahora yo me compadezco de las estrellas. Porque por mucho que los humanos lo estropeen una y otra vez, también podemos enamorarnos. Tenemos la oportunidad de estar con la otra mitad de nuestra alma, la que nos completa. Todo lo que las estrellas pueden hacer es mirar desde arriba, deseando estar sintiendo esta aplastante emoción aun así liberadora.

Te necesito, Pix.

Necesito tanto que vuelvas a mí... y cuando lo hagas, tengo dos palabras que finalmente quiero sacar de mi pecho.

Así que cuando estés lista, mira hacia arriba. Estoy esperándote, nena. Siempre estaré ahí, esperando a que regreses a casa.

Levantando los ojos borrosos fuera de la página, miro hacia la puerta, y allí, apoyado en el marco de la puerta como un ángel caído, está Shisui, con los brazos cruzados sobre el pecho y sus ojos oscuros fijos en mí.

Incapaz de encontrar la fuerza para levantar mis manos para limpiar la humedad en mis mejillas, dejo que la cascada de lágrimas caiga de mis ojos y miro al chico roto que amaba tan ferozmente tragar y susurrar con voz ronca:

—¿Por qué la pintura de guerra, Pix?

Mi ritmo cardíaco lento se acelera a un ritmo alarmante, y cerrando los ojos, empujo hacia abajo la voz que había estado controlándome durante meses y finalmente confieso:

—Porque soy anoréxica. Soy seriamente anoréxica, y trato de ocultarlo al mundo.

Shisui inclina hacia atrás la cabeza y se muerde la esquina del labio inferior. Él también está llorando.

—¿Por qué los tatuajes, Shisui?

Shisui fija su mirada en mí y responde:

—Porque hacen al jodido, asustado niño perdido del parque de caravanas parecer duro. Hacen que se sienta lo suficientemente fuerte como para lidiar con el espectáculo de mierda al que él llama vida.

Inhalando por la nariz, suelto un fuerte sollozo y oigo las pisadas de Shisui correr hasta mi cama, y agarrar mi mano en la suya.

—¡Pix! Joder, Pix. Estoy muy asustado. Estoy tan jodidamente aterrado de perderte.

Abriendo los ojos miro fijamente a los suyos y susurro:

—Tengo mucho miedo también. No quiero morir. No quiero perder. Pero no sé cómo ganar.

Envolviéndome en sus brazos, evitando mi espalda, Shisui sube a la cama, con su camiseta negra y jean arrugado de días de uso. Frente a mí en la cama, los dos rompemos en llanto, exorcizando nuestros demonios y exponiendo nuestro verdadero yo, por primera vez en nuestras vidas.

—No tenemos más secretos —me las arreglo para decir con una pequeña sonrisa cuando nos hemos calmado, y en completo silencio.

Levantándose en sus codos y acariciando el cabello de mi rostro, Shisui dice:

—No del todo, Pix. Hay una cosa más que tengo que decirte.

No sabía si era el tono de su voz o la mirada seria en su rostro, pero los nervios devanaron mi cuerpo y contengo el aliento a la espera.

Shisui baja la cabeza, sus labios casi encontrándose con los míos, y confiesa:

Ti amo, Pix. Tantissimo Ti amo.

—Tú... ¿tú me amas? —pregunto, todavía en estado de shock.

Shisui asiente.

—Más que a las estrellas en el cielo.

Siento como si fuegos artificiales explotaran en mi pecho y, encontrando la fuerza para levantar mi mano temblorosa, la pongo sobre su barba áspera y susurro:

—Yo también te amo, Shisui. Yo también te amo.

Shisui aprieta sus labios contra los míos y deja besos como plumas en mi boca. Tirando hacia atrás, dice:

—Necesito que te mejores, Pix. Te necesito, y punto. Y has estado haciéndome temblar de miedo estos últimos días.

Sólo puedo mirarlo.

—Eres hermosa, Pix. Y creo que sería malditamente estupendo estar juntos. Sé que la he jodido. Pero ya está hecho. Ahora me doy cuenta. Itachi se ha desaparecido, y juro que voy a rescatar a Izuna de los Heighters aunque sea la última cosa que haga.

Llevando mi palma a su mejilla, le susurro:

—Esta es tu salvación, Shisui. Tu oportunidad de salir... y te quiero más que a mi vida misma.

Las lágrimas llenan sus ojos, y dice:

—Tienes que empezar a comer, Pix.

No le respondo porque no sé si lo podía prometer.

—Porque sigo teniendo este sueño. Este maldito sueño que parece demasiado real para ser sólo una ilusión, que es algo que nunca puede hacerse realidad.

Mi pulso se acelera.

—Qué... ¿qué pasa en ese sueño?

Shisui presiona besos en mi mano y dice:

—Estamos tú y yo. Estamos en una playa en alguna parte, cerca del agua. Estás riendo tan fuerte, tan libre. Estás sana. Fuerte. Y tenemos tres niños, diablos. Todos con cabello y ojos oscuros. Están corriendo chapoteando en el agua mientras te tengo en mis brazos, observándolos. Siento que ríes contra mi pecho, y no la mierda falsa que muestras a tus amigos. Es una risa feliz de verdad, la risa de tu corazón.

—Shisui... —le interrumpo, viendo el sueño tan vívidamente en mi mente, que mis emociones saltan por todo el lugar.

—Pix, nunca me he permitido pensar así antes. Para ser honesto, nunca pensé que viviría más allá de mi adolescencia. —Shisui aprieta sus labios contra mi palma... con su rostro desesperado porque lo escuche y quiera ese sueño también—. Pero me hiciste querer más. De la vida. De un Dios que pensé que me había abandonado. De mí mismo. Me hiciste creer que podría haber más por ahí que simplemente andar con drogas y armas. Así que no puedes morir, Pix. Porque realmente quiero que el maldito sueño se haga realidad. Realmente necesito que se haga realidad.

Quería asegurarle, decirle que todo iba a estar bien, pero no podía seguir adelante con mi futuro hasta que conquistara a los demonios de mi pasado.

—¿Nena? —susurra Austin—. Te amo.

—Shisui... ¿está mi bolso aquí?

Shisui frunce el ceño ante mi pregunta pero mira alrededor de la habitación buscando mi bolso. Levantándose, lo recupera de la cómoda y lo lleva a la cama.

—Ábrelo —le pido. Shisui lo hace y le digo—: Mira en el compartimento con cremallera. —Una vez más, lo hace, y sé que ha sentido la fotografía cuando sus cejas se levantan con interés.

Shisui se sienta en el borde de la cama y saca la vieja foto. Poco a poco veo el reconocimiento en su rostro. Sus ojos se dirigen a los míos.

—¿Esta eres tú?

Tratando de detener mi labio de temblar, asiento.

—Tenía dieciséis años. Fue tomada en el campo de animadoras un mes antes de que me enfermara. Antes de que la anorexia llegara a mi vida y me empezara a destrozarme. —Tomo una respiración profunda—. Esa era yo antes de las pinturas de guerra. Antes de que me escondiera lejos del mundo.

Shisui pasa el dedo sobre la vieja fotografía arrugada.

—Eres muy hermosa, tú cabello rubio es muy largo.

—Sí. Era el estereotipo de animadora. Rubia, bronceada y llena de vida. Maquillaje perfecto, estudiante de grado. Falsas apariencias.

Shisui se inclina y se pasa la mano por el cabello.

—Eras preciosa con tu pelo largo, Pix, pero como que prefiero el corto. Sabes que me encanta el look maduro.

Con el corazón acelerado y el pulso palpitante, pregunto:

—Supongo que crees que esa chica es más bonita que la que ves ahora, ¿eh?

Shisui toma la fotografía y la pone de nuevo en mi bolso, y al hacerlo, pone mi pasado sobre la cama. Tomando mi mano en la suya, me dice:

—Ahora es ahí donde te equivocas. Siempre serás hermosa para mí, Pix. Nada de lo que hagas va a cambiar eso. Baja, alta, gorda, delgada..., con tal de que seas tú, siempre y cuando la verdadera tú brille.

La felicidad estalla en mi pecho ante sus palabras porque me doy cuenta de que él habla en serio, y no puedo contener mis sollozos.

Las lágrimas ajan por el rostro de Shisui también y, presionando su frente en la mía, dice:

—Pix, necesito que empieces a comer... por favor. ¿Vas a intentarlo por mí? Te lo ruego...

—Yo... voy a intentar...

—Entonces eso es todo lo que puedo pedir.

Shisui se mueve hacia abajo para presionar el más suave de los besos en mis labios...
La voz en mi cabeza se queda en completo silencio.