Aunque había sido difícil, Endeavor por fin se había acostumbrado a llevar una vida desocupada. Su vida como héroe profesional y número uno había terminado y, aun así, el hombre no podía evitar levantarse pronto todos los días. Diez años después del incidente, de que salieran a la luz sus desdichas familiares, de recibir solo odio y rechazo de la gente que pretendía proteger... Endeavor por fin había encontrado la paz.

Ya no esperaba ser perdonado; ya, finalmente, se sentía agotado de esperar ser visto como un héroe perfecto. Y, tras haberse alejado del mundo, sabía que jamás se arrepentiría de su decisión.

Cuando escuchó la cafetera empezando a hacer ruido, Endeavor se acercó sin prisa para apagar el fuego. Apenas hubo terminado de servirse, notó unos brazos rodear su torso desde detrás. Lejos de alarmarse, Enji dejó escapar un suspiro.

– ¿Para mí no hay?

Endeavor sonrió resignado al escuchar la perezosa voz de Keigo; su abdomen se movió ligeramente para dejar escapar una breve risa que se extinguió al momento. Y, sin decir una palabra, Endeavor cogió la otra y última taza que existía en esa cocina y la rellenó de café. No le preguntó cómo le gustaba el café, pues ya lo sabía de sobra.

El hombre se movía con lentitud, como si se deleitara con el simple hecho de preparar un café; lo cierto era que no quería que esos brazos dejaran de arroparle.

Cuando terminó, Enji apoyó la taza a un lado, esperando a que Keigo la cogiera.

– Buenos días – le saludó Endeavor.

– Mm... – fue su respuesta al encontrarse el chico bebiendo.

Endeavor lo aceptó sin más y le acarició su pelo revuelto. Keigo tenía más ropa que nunca para vestir, acumulada de sus inolvidables jornadas de trabajo como modelo. Y, aun así, siempre escogía ponerse una de las gigantescas camisas de Endeavor nada más levantarse. Por esa razón, Endeavor había amanecido solo con los pantalones de su pijama. Y así había sido desde que se mudaron para vivir juntos.

Enji había dejado de lado una rutina para, sin quererlo, terminar metiéndose en otra. Y, desde luego, era algo que atesoraba.

En ese momento Keigo caminó hacia el sofá y, una vez allí, se sentó con las piernas cruzadas y siguió sorbiendo de su taza. Aunque la camisa de Endeavor en su cuerpo le hacía parecer que llevaba puesto un vestido, dejaba sus muslos al descubierto, así como sus pies descalzos.

– Keigo, ponte algo en los pies – le dijo Enji – Hace frío.

– No, estoy bien – le aseguró.

Endeavor suspiró sonoramente y fue a su encuentro para sentarse a su lado. Se sentó con lentitud en el sofá, procurando no derramar su café. Entonces, sin soltar la taza, sacó su móvil del bolsillo del pijama y comenzó a revisar las redes sociales. No por él; hacía años que ninguna opinión sobre su pasado o su retiro le interesaba. Pero le gustaba dedicar unos minutos a enterarse de cómo estaban sus hijos.

Si seguían bien, si se cuidaban... si seguían siendo felices.

En esos momentos Keigo notó enseguida el gesto confuso en el rostro de Endeavor y no pudo evitar exhalar una risa. Entonces se arrimó a él para enterarse de qué ocurría exactamente.

– ¿Te ha bloqueado? – le preguntó el chico.

Endeavor soltó el aire en forma de gruñido.

- No lo entiendo. Si no he hecho nada.

- A ver, trae.

Keigo le cogió el móvil sin ninguna resistencia y comenzó a ver el historial del perfil de Endeavor. Entonces se rio mientras observaba el largo bombardeo de sus likes en las publicaciones de Natsuo.

– ¿Sabes que Natsuo puede ver los likes que le dejas?

El ceño arrugado de Endeavor respondió por sí solo mientras miraba a Keigo navegar por su perfil de Instagram. El muchacho decidió meterse un poco más con él.

– Pues te ha bloqueado por stalker.

Entonces Enji le quitó el móvil de sus manos.

– No soy nada de eso – refunfuñó.

Keigo se rio sin ninguna piedad; era demasiado fácil y divertido ofuscar a Enji. Sin embargo, de la misma manera que encontraba entretenido meterse con él, Keigo siempre terminaba apiadándose de él. Entonces el chico cogió su propio móvil y cotilleó el perfil de Natsuo.

– Está bien – le informó sin levantar la vista – Igual que ayer.

– ¿Sí?

– Sí, relájate, grandullón.

El muchacho siguió navegando un rato por el perfil de Natsuo sin decir ninguna palabra

– Qué guapa su novia – comentó de forma desenfadada – Sabe elegir mejor que tú.

Aquello logró que Endeavor exhalara una risa.

– Calla – le dijo.

A pesar de que ya no había tensiones en la familia de los Todoroki, la distancia entre Endeavor y sus hijos le pesaba. Y, en ese sentido, Enji no quería relajarse. Su vida como héroe había acabado por fin y tenía a Keigo para acompañarle en su retiro. Sin embargo, eran sus hijos los que todavía le mantenían conectado al mundo real y, por ello, no iba a descuidarlos.

Aunque nunca podía evitar incordiar un poco a Enji, Keigo sabía lo importante que era para él. No por el evidente hecho de que seguía siendo su familia, sino, además, por otra razón. Otra preocupación que, tras conseguir reunir el valor suficiente, Endeavor le confesó una noche. Keigo le escuchó con atención aquel momento, pues ya era extraño oírle hablar después de hacer el amor.

Enji tenía miedo.

Tenía miedo de pensar sin descanso en la posibilidad de que, el día en que él muriera, Keigo se quedaría solo. Por mucho que el hombre hubiera tratado de alejar aquel pensamiento, terminaba volviendo para acosarle; para evocarle una imagen de Keigo pasando solo el resto de sus días. Desde luego, Endeavor era experto en conocer lo que era la soledad y, tras años de convivencia con el chico, no quería que él pasara por lo mismo. Se preguntó además si podía afectarle más por el hecho de ser un pájaro.

Por eso Endeavor quería que Keigo se relacionara con su familia. Con las personas que, pese a lo que cualquiera a su alrededor pudiera pensar, tanto quería.

Cuando él no estuviera, confiaba que Keigo tuviera a lo más parecido a un hogar.

Después de confesarle sus preocupaciones a Keigo, se esperaba su reacción; trataría de restarle importancia al asunto, igual hasta le caería alguna burla sin maldad. Pero no fue así. El semblante del chico era serio. Vio la preocupación en su rostro. Si era importante para Endeavor, el muchacho haría lo que le pidiera.

Mientras recordaba aquella noche, Endeavor volvió a navegar por su Instagram sin saber realmente qué hacía. Nunca había usado mucho las redes y todo lo que había aprendido había sido gracias a Keigo. Endeavor se mantuvo un rato en la misma posición hasta que notó prácticamente todo el peso de Keigo apoyándose sobre su lado izquierdo. Por muchos años que siguieran juntos, siempre seguiría preguntándose cómo alguien como Keigo podía armar tanto escándalo para moverse en un sofá.

– Oye, estaba de broma, ¿vale? – comentó el chico mientras aplastaba su mejilla en el brazo de Enji.

- Mmm...

Endeavor no apartó la mirada del móvil. Ni siquiera recordaba lo último que le había dicho el muchacho. Al no recibir ninguna reacción que le terminara de gustar, Keigo decidió animarlo de la forma más rápida que sabía.

Sin perder ojo de su rostro, Keigo comenzó a manosear en círculos su entrepierna por encima del pantalón del pijama. Lo hacía tan lento que resultaba frustrante. Poco a poco, fue ejerciendo más presión.

– Keigo...

Endeavor le llamó con un tono de advertencia, pero no llegó a ser nada severo. Realmente no le molestaba y, aunque seguía con la mirada fija en la pantalla de su teléfono, ya no recordaba qué estaba haciendo.

– ¿Qué? ¿Quieres que pare?

A Enji no le hizo falta mirarle para saber que estaba sonriendo de forma burlona.

Al ver que no respondía, el chico se rio.

– Muy bien, grandullón...

Entonces el muchacho deslizó la mano por dentro de los pantalones de Endeavor y recorrió con ella todo su miembro de arriba abajo. Mientras Enji fingía estaba distraído, Keigo esperó pacientemente una reacción con una sonrisa. Le resultaba divertido comprobar cuánto tiempo podía aguantar Endeavor cada vez que el chico le mendigaba un poco de sexo. Y así, tras recorrer con el pulgar la punta de su pene, consiguió arrancarle un gruñido.

Keigo se acercó a su cuello y allí Endeavor notó su sonrisa sobre su piel.

– Por aquí estás muy duro – le soltó sin despegarse de su cuello.

Enji hizo un esfuerzo inútil por tratar de no mostrar interés; no tenía ni idea de a quién quería impresionar con su actitud, pero mostrar esa indiferencia inicial ante Keigo siempre había formado parte de sus jueguecitos y ambos lo sabían. Finalmente, el muchacho deslizó el elástico del pantalón de Endeavor lo suficiente hasta liberar su erección y prácticamente ronroneó al verla.

– Enji... – llamó desde el fondo de su garganta sin despegar la mirada de su miembro.

Keigo siguió estimulando la erección de Endeavor y tragó saliva sin poder evitarlo. Enji dejó escapar unos pequeños espasmos involuntarios que hacían que su abdomen se contrajera de forma intermitente. El hombre sentía que las manos de Keigo le quemaban ahí donde le acariciaban; a causa de sus sacudidas, Enji temía que podía romper su móvil sin quererlo de tanto apretar su agarre.

Entonces Keigo, necesitado de todo el protagonismo, detuvo sus acciones y pasó la pierna para quedar montado encima de Enji. Después, le cogió el móvil y lo lanzó al otro extremo del sofá. Con un lento movimiento de sus caderas, le arrancó un gruñido a Endeavor al rozar ambos sus entrepiernas.

– Céntrate en mí – le advirtió.

El muchacho recorrió sin prisas con un dedo el contorno de su mandíbula marcada por su barba hasta llegar a su mentón.

– ¿Sabes qué quiero?

Enji casi gruñó mientras dejó a sus manos ascender por los muslos del chico, levantándole la enorme camisa del pijama en el proceso.

– Dime.

Keigo retiró el dedo de su rostro y agarró la base de su erección con firmeza sin mover un ápice la mirada.

– Quiero esto dentro de mí.

Endeavor soltó el aire de un resoplido y subió más sus enormes manos hasta llegar a sus nalgas, las cuales notaba fácilmente resbaladizas. Entonces no le resultó difícil deslizar un dedo en su interior.

– ¿Y esto? – preguntó Enji, tratando de sonar sorprendido mientras escarbaba con su dedo – ¿No te lavaste anoche?

Keigo negó con la cabeza, ya que había olvidado cómo formar palabras. Entonces Enji acercó el cuerpo del chico hasta que solo unos centímetros les separaban.

– Qué indecente.

Debido a los restos de su último encuentro amoroso, a Endeavor le fue sencillo deslizar un segundo dedo y comenzar a moverlos de forma lenta, tal y como sabía que podía desquiciar a Keigo.

– Qué resbaladizo – continuó Enji sin apartar la mirada del rostro del chico, el cual estaba empezando a deformarse por la impaciencia – Eres un chico sucio.

Y entonces Keigo gimió.

Tras provocar constantemente a Enji, era al final él quien terminó desesperado. El chico echó hacia atrás sus caderas con el fin de intensificar el contacto todo lo que pudiera. Sin embargo, Endeavor no mostraba ninguna intención de acelerar aquella frustrante estimulación.

Keigo apegó su rostro al de Endeavor y unió sus labios en un beso cargado de necesidad. El muchacho pasó sus dedos por el cabello de Enji, por las canas que ya no se molestaba en cubrir. Enji apenas colaboró en el beso, deleitándose por lo impaciente que era Keigo siempre. Entonces el chico se separó, moviendo las caderas para tratar en vano de sentir más fricción.

– Enji... – llamó mientras le sostenía el rostro – Enji, por favor...

Endeavor hundió sin esfuerzo los dos dedos hasta sus nudillos, con lo que consiguió arrancarle otro gemido.

– ¿Qué?

Al hombre no le hacía falta preguntar nada, pero no iba a darle todo lo que quería tan fácilmente. No después de que no se hubiera lavado como le había pedido; y, desde luego, no iba a parar cuando tenía ante él el rostro suplicante de Keigo.

Entonces Endeavor ralentizó sus intensas embestidas, esperando contemplar la frustración en la cara del chico, quien ya había comenzado a clavar las uñas en sus hombros.

– Por favor, necesito esto – pidió atropelladamente mientras rozaba sus erecciones con los movimientos de sus caderas – Por favor...

Enji sabía que terminaría cediendo, pero, antes de darle lo que quería, quería deleitarse comprobando que, efectivamente, nunca se cansaba de escuchar a Keigo rogándole. Entonces Endeavor retiró los dedos y, tras escuchar al chico gemir de forma patética al sentirse vacío de pronto, sujetó sus caderas y alineó la entrada del muchacho con su miembro.

Y así, Keigo no hizo ningún esfuerzo para ocultar su impaciencia. Usando los pocos restos que quedaban de su último encuentro a modo de lubricante barato, el chico aprovechó para dejarse caer sobre Endeavor. Una vez se hubo sentado por completo, comenzó a mover las caderas arrítmicamente sin seguir ningún rumbo; Keigo se mantenía sujeto a los hombros de Enji mientras los gemidos escapaban de su boca como si estuviera él solo ahí, simplemente buscando satisfacerse a sí mismo.

Entonces Keigo apoyó las plantas de los pies en el sofá, a cada lado de Enji, y se elevó unos centímetros para, después, dejarse caer. Al ver que no seguía ningún orden, Endeavor le sujetó de las caderas con fuerza para guiarle.

– Despacio – le dijo a modo de advertencia.

Cuando vio que sus intenciones de alcanzar su orgasmo sin más se habían frustrado, el muchacho dejó escapar un gimoteo. No obstante, no tenía ninguna necesidad de oponerse a la fuerza del hombre, por lo que, como cada día, le dejó mandar. Keigo sabía de sobra las dificultades que ambos habían pasado, el reto que había supuesto, sobre todo para Enji, que adoptara aquel rol de dominante.

Las primeras veces habían resultado nefastas; Endeavor no se había retirado para someter a los demás, para sentir que nunca podría dejar de imponer sus deseos a sus seres queridos. Sin embargo, al final comprendió que, si Keigo había accedido a ello, era por la enorme confianza que tenia depositada en él. Porque sabía que en sus brazos estaba seguro.

Aferrándose a esa cálida sensación, Enji presionó las yemas de sus dedos en las caderas de Keigo.

– A-ah, Enji... – gimió el chico al sentir esa fuerza en el agarre.

Cada vez que escuchaba su nombre de esos labios, Endeavor lo sentía como si fuera la primera vez, por lo que no podía evitar sentir un cosquilleo recorriendo su estómago. Excitado, dejó escapar un gruñido mientras comenzaba a acelerar las embestidas. Los gemidos de Keigo se mezclaron con la forma entrecortada en la que pronunciaba el nombre de Enji.

A pesar de que sujetarse a Endeavor era como amarrarse a una superficie ardiendo, el chico no se soltó; afianzó su agarre, escuchando el pegajoso sonido de las acometidas de Enji que inundaba el salón.

– Eh... Enji. Ah. ¡E-ENJI! ¡ENJI!

Endeavor apretó los dedos alrededor del chico justo antes de correrse dentro de él; no le hizo falta mirar para comprobar que le dejaría quemaduras. Tras unas pocas acometidas profundas, Keigo tensó los músculos del abdomen y terminó culminando en el pecho de Enji, llegando también a manchar su barbilla hasta que su erección descendió por completo.

Los dedos de Keigo, que se habían mantenido aferrados a los hombros de Endeavor, se relajaron. Y, finalmente, todo su cuerpo entró poco a poco en calma. Enji descansó la cabeza hacia atrás mientras ralentizaba su respiración. Con la mirada fija en el techo el hombre notó cómo Keigo se dejaba caer encima de él; entonces el chico empezó a murmurar frases a medio acabar sin ganas, causando unas pequeñas vibraciones sobre su piel que le hacían cosquillas.

Endeavor todavía seguía dentro de él, aunque ninguno de los dos parecía tener ninguna intención de moverse. Enji dejó su mirada fija en el techo mientras su pecho subía y bajaba cada vez con más lentitud. Su cabeza daba vueltas, pero atesoraba esos momentos post orgásmicos en los que no era capaz de pensar en nada, únicamente en la calidez del interior de Keigo mientras su miembro se reblandecía lentamente.

Finalmente, Endeavor sujetó al chico por las caderas con suavidad pero siendo firme y lo elevó unos centímetros para salir de su interior. Escuchó el murmullo cansado del muchacho y, de nuevo, se mantuvieron quietos. Enji se quedó mirando el techo hasta que su visión volvió a enfocarse de nuevo. Entonces dejó de vivir el momento presente y pensó que tenían que dedicar un día a limpiar la casa.

Empezó a tratar de recordar cuándo había sido la última vez que limpiaron. Y que cambiaron las bombillas. Seguramente tendrían que darle la vuelta al colchón. A pesar de que llevaban años viviendo juntos, una parte de Endeavor siempre se estremecía al darse cuenta de que nunca iba a volver a repartirse las tareas del hogar con su familia. Él era feliz con Keigo, pero, aun así, era extraño sentirse vacío.

Les seguía echando de menos.

Como si quisiera volver a ponerle los pies en la tierra, Keigo deslizó dos dedos por su barbita recortada.

– Hola, ¿hay alguien? – preguntó perezoso.

Endeavor sabía que él no era precisamente un libro abierto. Y, sin embargo, Keigo podía adivinar cuándo el hombre estaba ausente.

– Dime, ¿en qué piensas? – le preguntó el chico.

Enji negó con la cabeza, tratando de restar importancia a sus propios pensamientos.

– No es nada – dijo.

El chico giró un poco la cabeza para mirarle y, mientras reposaba la cabeza en su pecho, esperó a que Enji terminara de contarle lo que le rondaba la mente. Siempre lo hacía.

Entonces Endeavor suspiró y dejó la mirada puesta en el techo para evitar encarar a Keigo.

– Es solo que... Bueno, pensaba escribir a Fuyumi – explicó – Para preguntarles si quieren venir.

Con aquella propuesta Keigo se quedó pensativo mientras paseaba la vista por todo lo que alcanzaba a ver de su salón, como si estuviera distraído. El silencio fue mínimo, pero Endeavor necesitó llenarlo inmediatamente.

– No pasa nada si no te apetece – le dijo mientras introducía una mano debajo de su camisa y acariciaba sus omóplatos con suavidad, donde algún día volverían a crecer sus alas.

El chico volvió la vista para mirar a Enji.

– Ah, no, no. No es eso – dijo – Pero tendríamos que ir de compras.

Endeavor tardó unos segundos en procesar las palabras del muchacho y darse cuenta de que, efectivamente, todo lo que había en esa casa era solo para dos. Los platos, los vasos, las toallas...

– Oh... – dijo Enji.

Enji no pudo evitar sentirse algo estúpido al creer que Keigo no tenía ganas de estar con su familia. Aunque trataba de empujar hacia abajo esas inseguridades, estaba haciendo unos esfuerzos grandes en imaginarse los peores escenarios. Algo que no era real, que no tenía ninguna certeza de que fuera a ocurrir. Pero, a veces, esa parte vulnerable de él florecía sin quererlo. Y era algo que no le gustaba.

Keigo sonrió al ver su reacción y le pasó las yemas de los dedos por sus canas de detrás de las orejas para distraerle.

– Pero esta vez intenta que no te bloquee Fuyumi, ¿eh? – le soltó, bromeando.

Endeavor dejó sus caricias de lado y le propinó a Keigo un pellizco en el muslo, tratando de atrapar toda la carne que fue capaz.

– Eres incorregible – le dijo.

El chico se revolvió ligeramente ante aquel toque y exhaló una risa sin poder evitarlo; provocar a Enji resultaba siempre demasiado fácil. El agradable silencio que se formó entre ellos no tardó en ser interrumpido por el estómago del muchacho.

– Tengo hambre – dijo Keigo sin moverse de su sitio, como si diera por hecho que Enji estaba obligado a satisfacer sus deseos.

– Primero a la ducha – le dijo, tajante, justo antes de darle una palmada en su muslo para remarcar su orden.

Aunque Keigo se mostró remolón, terminó desmontando del regazo de Enji y ambos se encaminaron hacia el baño mientras dejaban por ahí las pocas prendas que llevaban, sin importar dónde cayeran.

Entonces lo que en un principio pretendía ser una ducha terminó convirtiéndose en unos preliminares; sin embargo, no era algo a lo que Endeavor no estuviera ya acostumbrado. Desde que había empezado a vivir con Keigo, las duchas nunca habían vuelto a ser duchas sin más. En ese momento, mientras Endeavor se aclaraba el pelo, Keigo se situó detrás de él y le sujetó los pectorales, los cuales se desbordaban de sus manos de forma inevitable.

El chico pegó su cuerpo al de Enji sin dejar de pasear sus manos por su pecho, como si pretendiera memorizarlo. El agua caía sobre ellos de manera incesante, pero Keigo no estaba precisamente interesado en lavarse.

– ¿En serio? ¿Otra vez? – preguntó el hombre al notar la erección del muchacho entre sus muslos.

Endeavor aprovechó que estaba de espaldas al chico para esbozar una sonrisa. Pues, aunque trataba de aparentar, sin ningún éxito, hastío en su voz, en realidad aquello era un incentivo para su autoestima. El hecho de saber que, aunque pasaran los años, Keigo siempre iba a seguir atesorándolo, le llenaba de gratitud y le hacía sentir afortunado. Enji sabía que Keigo era un hombre deseado por muchas personas, mujeres y hombres; y pensar que, de todos ellos, Keigo le había elegido a él tenía un efecto muy positivo en su orgullo.

Por ello, Endeavor no podía oponerse a las insistencias de Keigo y a su incansable libido.

– Eres insaciable – le soltó Enji de manera distraída mientras sentía el miembro del chico restregarse entre sus muslos.

Keigo solo jadeaba, tratando de aliviarse a sí mismo como si ignorara las palabras de Endeavor. Finalmente culminó con un alargado gemido y permaneció abrazado a Enji como si aquel fuera su sitio. Entonces Endeavor, tras terminar de aclararse el pelo, le acarició una mano como si quisiera llamar su atención.

– ¿Es que nunca tienes suficiente? – le dijo, queriendo escuchar de nuevo su voz.

Notó entonces la sonrisa de Keigo sobre la piel de su espalda.

– ¿De ti? Es difícil – le respondió.

Endeavor se dio la vuelta con lentitud sin soltarle la mano. El agua seguía cayendo sobre ellos, pero a ninguno parecía interesarle. Keigo le miró y le dedicó una sonrisa provocativa.

– Es probable que tú te canses antes de mí.

Con aquel comentario, Enji sabía que estaba buscando provocarle, por lo que procuró no decepcionarle: soltó su mano y agarró al chico de los cabellos de su nuca, los cuales siempre se olvidaba de recortar, y apretó el puño con fuerza, lo que causó que el muchacho se mordiera el labio inferior, deleitándose en aquel agarre tan posesivo.

– No te atrevas a decir eso – le advirtió – No te pega nada.

Keigo no huía de que Enji actuara con superioridad frente a él; todo lo contrario: lo buscaba. Quería sentir ese control sobre él, escuchar las órdenes que no le daban nada más que seguridad, de sentir que estaba protegido.

– ¿Qué me vas a hacer? – le preguntó el chico, desafiante.

Enji le propinó un agarrón fuerte en el pelo antes de soltarle. Y con una voz grave le ordenó:

– De rodillas.

El chico descendió tan rápido que casi se hizo daño en las rótulas, aunque poco podía importarle en aquel momento. Entonces sujetó con firmeza la erección de Endeavor y, clavando la mirada en sus ojos, esperó impaciente a su autorización.

Entonces Enji se tomó unos segundos para observar el rostro del chico; para perderse en él y atesorar cada segundo a su lado. Se fijó entonces en cómo, incluso en una situación como aquella, no era sino amor lo que reflejaban sus ojos.

Endeavor tenía claro que así quería seguir pasando el resto de sus días. El mundo podía seguir cambiando, pero él nunca se separaría de Keigo.