DISCLAIMER: Los personajes de CCS pertenecen a CLAMP, y son utilizados sólo como fuente de inspiración y entretenimiento. El árbol genealógico de los dioses griegos se presta para confusión e incesto, durante la redacción de este fic intenté mantener la mitología y evitar dañar suceptibilidades obviando ciertos parentescos.¡Espero la disfruten!.

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El fulgor de los rayos solares ocasionaba una cálida mañana sobre los campos sicilianos de Enna. La diosa de la guerra, Meiling, de largo y lacio cabello color ébano y mirada carmesí, emergía de la densidad boscosa del Monte Altesina con una lanza dorada en su diestra. Detrás de ella, Tomoyo, diosa de la virtud y los animales salvajes, colgaba su arco sagrado de plata de su hombro para trenzar su largo cabello ondulado, oscuro como la noche; mientras fijaba sus orbes, del mismísimo color de las ágatas, en los kilómetros que quedaban por recorrer. Tenían por destino el lago de Pergusa, donde las esperaba su hermana menor, para recoger flores y refrescarse en las cristalinas aguas del estanque.

Al presentarse en el lugar, divisaron a una hermosa joven corriendo por el campo, ataviada en un blanco vestido hasta las rodillas y sin calzado, que reía mientras jugueteaba con las aves que huían del prado. Tenía el cabello del color de la miel y sus ojos podían confundirse con la hoja de vid más verde de la isla. Se trataba por supuesto de la diosa Sakura, hija del padre de todos los dioses, Fujitaka y de la diosa de la fertilidad y el trigo, Nadeshiko. La jovial castaña divisó a sus hermanas de padre y corrió a su encuentro con los ojos achinados y una enorme sonrisa.

Hacía tiempo Sakura estaba planeando ese día. Después de mucho rogar por su ayuda, Meiling y Tomoyo habían accedido a ser cómplices de algo muy grande, y por eso quería recompensarlas con una tarde de hermanas, algo que los demás dioses podían considerar difícil dado lo diferentes que eran las personalidades de las tres. Sin embargo, Sakura no le daba importancia a lo que pensaran todos, ya que planeaba disfrutar del día en la isla de Sicilia como simples mortales.

La vida eterna en el Olimpo podía tornarse rutinaria y hasta tediosa, tal vez por eso Sakura había logrado convencer a Meiling, que era una diosa calculadora pero justa, de equilibrar un poco la falta de emociones diarias con una escapada al mundo de los humanos. En cambio, persuadir a Tomoyo no fue complicado en lo absoluto, ya que ésta disfrutaba de permanecer en los bosques acompañada de animales y ninfas.

—¡Tomoyo! ¡Meiling! —dijo la diosa—. Ya se estaban demorando, pensé que iban a dejarme plantada.

—Sabes que no te haríamos eso, Sakura —dijo Tomoyo con una sonrisa delicada en el rostro—. Ahora aprovechemos la mañana.

—Es cierto —concordó Meiling—, aprovechemos la tranquilidad, así luego nos enfocamos en lo demás.

Las divinas jóvenes jugaron con el viento, nadaron en el lago y luego permitieron que el dios Eriol secara sus ropajes con sus rayos solares desde el cielo. Ya exhaustas de los juegos, decidieron tomar asiento en el prado donde recogieron flores para decorar la cabeza de la menor de las hermanas con una hermosa corona: Meling agregó una rama de olivo, Tomoyo tomó una medialuna de su propio tocado y creó una fina cadena para colocarla en el cuello de Sakura, mientras que la misma diosa decidió cortar un lirio de la orilla del lago y mientras la giraba entre sus dedos suspiró.

—¿Estás segura de esto, Sakura? —preguntó la diosa de la guerra.

—Nunca estuve tan segura de algo, hermana —respondió la deidad—. Cada vez que esos ojos ámbares regresan a mi mente, un calor abrasador toma posesión de mi cuerpo, mi corazón se acelera y el estómago se me estruja.

—Debido a mi renuncia total al romance y a mi voto de castidad, me cuesta comprender tus emociones, hermanita —meditó Tomoyo—. ¿Seguro que no estás enferma? —El otro par de hermanas rió con ganas.

—Tomoyo, somos diosas —replicó burlonamente Meiling—, salvo que nuestro padre nos maldiga, no podemos simplemente enfermarnos.

—Es que… no lo sé —dijo Tomoyo algo sonrojada—, muchos en el Olimpo envidian la belleza de Sakura. Si Fujitaka se entera de que alguien le ha hecho algo malo, podría ser terrible.

—Por eso necesito de su ayuda con esto, chicas —dijo acongojada la de ojos verdes—. Fujitaka y Nadeshiko jamás me dejarían ir al Inframundo, y cuento con que ustedes puedan aplacar su ira o pena.

—Es ilógico que no te permitan hacer algo —dijo Meiling realmente molesta—. No entiendo el fundamento de todo esto. ¡Prácticamente te estás fugando!

—¡Pero realmente lo amo, Meiling! Y cuando hice mención al tema con mis padres, por distintos motivos me desalentaron en la idea: que hay muchos otros dioses, que puedo tener infinitas aventuras con los mortales, que el Averno no es el lugar para una hermosa flor, y más. —Las tres chicas quedaron sumidas en un silencio incómodo, que sólo rompió Sakura, aferrando el lirio que tenía en sus manos—. Shaoran me juró su completa devoción. Sólo con un simple abrazo suyo puedo sentir un aroma envolvente a fuego y madera quemada. Y únicamente con fijar su mirada color oro en mí, me enciende por dentro. Agradezco al padre de todos los dioses permitirle venir algunas veces al Olimpo para poder deleitarme con su esculpido cuerpo y su presencia tan temible.

—Es fascinante —opinó Tomoyo—. La mayoría le tiene pavor al dios de los muertos.

—Pues yo no —declaró Sakura, segura de su respuesta—, ha cumplido con su deber de manera impecable desde que se lo impusieron. Lo relegaron y apartaron de todos los demás dioses, lo obligaron a ser solitario y a ser respetado por miedo. Nadie se da la verdadera oportunidad de conocerlo. Por eso no tengo dudas de ir con él. Shaoran se ha abierto conmigo, y creo en él.

—Sólo espero que no te haya engañado —replicó Meiling, mirando el sol que se ponía en el horizonte y a la diosa Rubymoon que traía consigo el manto oscuro de la noche poco a poco sobre el cielo siciliano—. Porque te juro, que le atravesaré el corazón con mi lanza.

—Y yo le daré ese corazón a mis perros de caza —completó Tomoyo mirando con determinación a Sakura.

La diosa miró a sus hermanas con agradecimiento. Sabía que les costaba comprender su causa, pero no dudaron en apoyarla de todos modos. Las abrazó con fuerza hasta que un crujido se escuchó desde lo profundo, abriendo una grieta en el punto exacto en el que la diosa de cabello castaño había cortado el lirio.

Desde lo recóndito de la abertura, un calor sofocante brotaba y se oía el lamento de las ánimas en pena que allí moraban. En un remolino de penumbras el dios de los muertos, Shaoran, se manifestó ataviado en su oscura túnica, y un manto ceniciento sobre su hombro izquierdo. Era mucho más alto que las diosas, tenía la piel pálida, el cabello castaño oscuro y sus ojos eran de un color maravilloso. Aunque Sakura afirmaba que eran color ámbar, los centelleantes ojos del rey del inframundo oscilaban entre el dorado del fuego eterno y el ocre del atardecer. Shaoran barrió con la mirada el escenario ignorando a Meiling y Tomoyo, hasta que se topó con la figura de su diosa. Se acercó hasta ella e hincándose sobre una rodilla le besó la mano.

—Ha sido una tortura esperar hasta el anochecer, mi dulce Sakura —dijo el dios tomando el lirio que la chica tenía en sus manos—. ¿Estás lista para irte conmigo?

—Estoy lista —dijo sin vacilar, la diosa de ojos verdes.

—Meiling, diosa de la guerra; Tomoyo, diosa de la castidad y los animales, así como lo hace su hermana, confío que serán fieles guardianas de nuestro secreto —dijo Shaoran solemnemente.

—No hay secreto que dure una eternidad para el padre de todos los dioses, Shaoran, dios de los muertos —dijo Meiling altiva—. Sólo puedo darle mi palabra, que Fujitaka, su igual, no sabrá por mi boca de lo vuestro.

—Tampoco lo sabrá de la mía —continuó Tomoyo—, creo que es usted consciente que el motín que está tomando del Olimpo, será echado de menos y reclamado por sus padres en algún punto. Si usted de alguna manera lastima a mi hermana, no tendremos piedad.

—¡Basta! —gritó Sakura—. Hablan cómo si estuviera por desatarse una guerra. Iré al Inframundo con Shaoran por mi propia voluntad.

—Sakura —dijo esta vez Shaoran, tomándola de los hombros—, es importante para mí que estés segura de esto. Es difícil garantizar que puedas regresar a la superficie.

—Lo he analizado a conciencia, y acepto las posibles consecuencias de esta deserción a mi trono en el Olimpo, señor mío. —Shaoran sonrió complacido ante tal devoción.

—Entonces puedo asegurarte que en el Averno te aguarda la corona. —Shaoran hizo aparecer un anillo de plata con una brillante obsidiana en su centro—. Tendrás un trono de ébano junto al mío, Sakura; serás reina y señora del Inframundo a la par del dios de los muertos. ¿Aceptas?

—He aceptado mucho antes de que me lo pidieras —respondió ella mientras él colocaba el anillo en su dedo anular derecho.

—Te espera una eternidad de amor y fidelidad —finalizó besando la mano de su amada.

—Adiós Tomoyo, Meiling; atesoraré por siempre este día junto a ustedes —dijo la más pequeña de las diosas a sus hermanas.

—Cuida a nuestra Sakura, Shaoran —recordó Meiling, observando a su hermanita y al señor de los muertos acercarse a la grieta de la que el último había emergido.

—Protejannos de su padre —concluyó el dios—. Es al único que debemos temer.

Y dicho esto, la pareja desapareció junto con la brecha en el terreno.

OoOoOoOoO

El Inframundo era más lúgubre de lo que la mente de Sakura había proyectado. Al no tratarse de espíritus no estaban accediendo por el río Aqueronte, si no que se transportaban en el carro oscuro de Shaoran, tirado por cuatro caballos negros como el carbón de apariencia espectral, sobrevolando la gran ciénaga que formaban los cinco ríos del averno. Un gran barco dirigido por un anciano y harapiento marinero recogía las almas que tenían la moneda dorada para pagar su viaje, mientras que los desfavorecidos vagaban por años a la vera de los ríos hasta que el precio para llegar a su lugar de descanso estuviera saldado.

El frío de la muerte se coló por la espalda del vestido Sakura mientras ésta observaba las ánimas en pena haciéndola temblar, pero rápidamente fue cubierta por el manto pesado que rodeaba a Shaoran. La chica miró hacía arriba aquella imponente figura, el dios era alto, fornido y desprendía una cálida aura que calmó el desasosiego que la visión de aquel mundo había causado en ella.

—Es normal que sientas frío y miedo en este lugar —dijo Shaoran, con voz grave que resonó en todo su torso haciendo vibrar a la chica junto a él—. Aquí es donde comienza el camino de mi reino, y está lleno de pena por quien se ha ido y congoja por los que quedan atrás. Tarde o temprano llegarán al destino que merecen.

—¿Eso lo decides tú? —preguntó ella, detallando la mirada análitica que la deidad hacía sobre sus dominios.

—No directamente. Hay tres jueces que determinan, según las acciones en vida de esas almas, si merecen el descanso eterno y glorioso en los Campos Elíseos, un reposo equilibrado aquí en los Asfódelos o…

—¿O? —lo instó a continuar.

—O una condena en el Foso del Tártaro —finalizó mirándola a los ojos—. ¿Tienes miedo?

—No cuando estoy contigo —le respondió Sakura sin desviar la mirada.

Shaoran sentía que cada tramo de piel que estaba en contacto con ella ardía. No era simple pasión, o un capricho carnal, y eso era algo que le había demostrado con acciones: no habían llegado nunca a ese punto, aunque ambos lo deseaban.

Solía cruzarse con Sakura en los rincones de las mansiones de cristal que Fujitaka tenía en el Monte Olimpo y desde el primer día que chocaron miradas no la pudo sacar de su cabeza. Recordaba deambular por su reino, rememorando la figura de la chica, su sonrisa, sus ojos llenos de vida, ansiaba ser citado nuevamente al Olimpo para poder verla otra vez, y que grata sorpresa cuando la descubrió espiando en una cornisa sus movimientos, saber que la conexión había sido mutua, le supo a gloria.

Cruzaron más de una vez miradas y sonrisas, Shaoran inventaba excusas para ir a la morada del cielo, comenzaron a hablar nimiedades y hacerse pequeños presentes. Un día sin poder evitarlo, la cercanía de sus rostros los arrastró a darse el primer beso de los muchos que vendrían después. Ambos eran conscientes de que Fujitaka nunca aprobaría su relación, y que Nadeshiko era celosa de su hija y había rechazado ya a varios pretendientes, por eso la idea de huir no demoró demasiado en presentarse, a medida que ese sentimiento por el otro crecía en sus corazones.

Ahora estaban juntos, iban camino a su palacio, la ansiedad le hacía picar la garganta y un constante cosquilleo placentero le recorría cada músculo del vientre. Era su mujer, su compañera, había aceptado su anillo, ¿y que seguía?

Ingresaron al gran salón donde un banquete aguardaba, Shaoran con un movimiento de su mano hizo desvanecer todo lo que había sobre la mesa y suspiró.

—La única regla de éste lugar para tí, es que no puedes comer ni beber nada —indicó llevándose la mano de su amada a los labios—. Esta es la comida de los muertos, y si pruebas algo, nunca podrás abandonar el Inframundo.

—No quiero irme de aquí, Shaoran —replicó ella sintiéndose herida.

—Me lo agradecerás algún día, querida —concluyó él con la mente fría—. Si tienes deseos de comer, yo te traeré algo de la superficie.

Sakura respondió con una mueca que al dios le resultó infantil. Le encantaba su forma de ser; todos sentían miedo de su presencia, lo trataban con respeto y otros lo miraban con resentimiento. La diosa desde el primer momento sintió curiosidad, lo trató como uno más y lo miró con pasión, tal como en ese mismo momento. El dios de los muertos tembló.

—Entonces… —consultó ella con malicia, recorriendo con la punta de sus dedos el pecho de Shaoran—, no puedo comer nada del Inframundo.

—Ninguna comida, Sakura —respondió él con un susurro, disfrutando las caricias.

—Es que pensé que ésta era nuestra luna de miel —reclamó con un puchero, haciendo que la poca resistencia del dios se acabara.

Shaoran la llevó en brazos hasta la habitación, un cuarto amplio de alfombrado gris lobo, cortinas alquitrán y una cama de casi tres plazas. A pesar de los colores oscuros, Sakura esperaba algo más tenebroso: calaveras, sangre, y sacrificios; pero el dormitorio era normal, con una gran chimenea que templaba el espacio con fuego ardiendo. Shaoran la depositó con suavidad en el piso y Sakura se perdió, como tantas otras veces, en los ojos de su amado dios, que parecían danzar al son del fuego junto a ellos.

Percibió la forma en que las grandes manos de él recorrían la piel expuesta desde sus manos hasta sus hombros, comenzando a deshacer el nudo de la manta color ceniza y dejándola caer sin producir ningún sonido a pesar de su gran peso. Le acarició el cuello con suavidad, y ella levantó un poco la cabeza para dejarlo hacer, permitiendo salir un suspiro anhelante. Cerró los ojos cuando lo vió inclinarse a repetir el recorrido de sus dedos con los labios, y advertir que la tomaba con solidez por la cintura; no pudo evitar sostenerse de los hombros de él pues temía que las piernas dejaran de responderle.

Un suave gemido escapó de sus labios al sentir que su esposo presionaba con sus dientes el lugar donde la besaba, y regresaba a tomar sus labios con frenesí. Con las manos temblorosas, por la inexperiencia, tanteó el borde superior de la túnica, en un intento de recorrer ella también la tibia piel de su amante. La diferencia de altura era un obstáculo, a pesar de que Shaoran estaba inclinado sobre ella, Sakura en puntitas apenas alcanzaba los hombros del dios.

Shaoran, sintiendo la incomodidad de la chica por la posición, dulcificó su arremete y la incitó a recostarse en la cama. La desvistió con mesura, fascinado con cada centímetro de piel descubierto, extasiado con cada gemido de ella. Exploró con sus labios y se adueñó de cada rincón que acababa con las terminaciones nerviosas de ella, haciéndola retorcerse de placer sobre el lecho. Decidió acabar con el asalto al notar que ella buscaba igualar la desnudez de su cuerpo con la suya, y la dejó continuar.

Sakura sentía su interior arder como el río Flegetonte, como si un rayo la recorriera entera y concentrara esa energía en su bajo vientre, una energía que necesitaba hacer fluir, aunque no sabía cómo. Cada uno de los toques de su amado la hacían delirar a un nivel que nunca imaginó sentir, y ella quería que él sintiera lo mismo.

Con algo de timidez, pero mucha audacia la diosa comenzó a retirar del cuerpo de su amante la única prenda que impedía que sus pieles entraran en contacto y un jadeo escapó de sus labios rosados cuando logró su cometido. La imagen de Shaoran sin nada que cubriera su cuerpo la hizo temblar de anticipación, su corazón daba brincos sin poder creer que al fin podría entregarse en cuerpo y alma con ese al que amaba tanto. Recorrió a conciencia cada músculo de su abdomen reclamándolo suyo, y dejó que los jadeos de ambos murieran una vez más en los labios del otro.

A un ritmo cadencioso los dioses se transformaron en uno, sellando de manera física su promesa de amor eterno. Shaoran ayudó a la diosa a liberar esa energía que la atormentaba transformándola en el más grande placer; Sakura logró que el dios del Inframundo alcanzara el Olimpo con sólo cerrar los ojos y aferrarse a su cuerpo delicado.

Ambos lo sabían, su amor podría contra todo… y todos.

El comenzar de una nueva jornada los encontró aún desnudos en el lecho, sólo disfrutando del calor del cuerpo de su compañero. La leña crepitaba en la chimenea y Sakura no podía dejar de entregarse a la paz absoluta que le ofrecía el refugio de los brazos de su esposo. Shaoran por su lado hacía suaves caricias en la espalda de su amada, retrasando lo más posible el momento de ir a cumplir sus tareas divinas.

Un coro de ladridos hizo a la diosa sobresaltarse en la cama y un gruñido se materializó en la boca de Shaoran. El ruido provenía del exterior y sonaba ahora como un desafinado tren de llanto canino. El dios se puso de pie, dejando a la vista su cuerpo trabajado y perfecto completamente desnudo, para acercarse a la ventana. Estando allí se volvió a su esposa que seguía en la cama, por su expresión, añorando llevarlo junto a ella y experimentar nuevamente lo que habían hecho durante la noche.

—Ven a ver, alguien está ansioso por conocerte —le explicó mirando nuevamente al exterior.

Sakura lentamente se puso de pie, envolvió su cuerpo con la manta color ceniza de Shaoran y se acomodó junto a él quedando maravillada.

La ventana daba a un precioso jardín, rebosante de flores blancas. Un conjunto de altos cipreses se erguían junto a las torres del palacio y al pie de éstos un enorme perro de tres cabezas con pelaje dorado y cola de serpiente, se encontraba sentado de manera obediente, con sus tres pares de ojos fijos en la ventana.

—Él es Cerberos, el guardián de mi reino. Un fiel animal, aunque bastante fastidioso y glotón. Seguramente vino a despertarnos porque tiene hambre.

—Es hermoso y se ve muy suave —respondió Sakura asombrada.

—Que no te engañe, me ha mordido en varias ocasiones —alertó el dios entre risas—. Supongo que puedes jugar con él un rato mientras hago mis deberes, pero luego deberás permitirle hacer los suyos.

—¿A quién, a Kero?

—¿Kero? —devolvió la pregunta el dios, contrariado.

—Es más corto que Cerberos, y más acorde a lo lindo que es.

Shaoran río a boca cerrada, su esposa era todo un caso.

—Comprendo. Entonces, Cerberos también tiene obligaciones. Ya te dije que es el guardián del reino, debe evitar que las almas salgan, y que los mortales ingresen. Así que no te extiendas mucho con la diversión.

—Cuando terminemos de jugar, ¿puedo ir contigo? —consultó.

—Por supuesto, mi reina. Te dije que gobernaríamos juntos y puedes aprender cuando quieras —respondió abrazándola.

—Acepto encantada, mi querido Shaoran.

El dios la estrujó aún más entre sus brazos. Sabía que su reinado en conjunto sería invencible. Deseó con todas sus fuerzas que durara para siempre.

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Los meses avanzaron en la Tierra y los mortales podían notar cómo con el pasar de los ciclos lunares, la tierra se volvía más y más infértil. Los rayos solares del dios Eriol apenas si lograban brindar algo de calor, y las ráfagas boreales del dios del viento Yue, se volvían cada vez más violentas y heladas. Muchos humanos se aglomeraban en distintos templos para rogarle a los dioses por un poco de piedad, si no los mataba el hambre, morirían de frío esperando que sus tierras dieran algún fruto.

En el Olimpo comenzaron a reunirse los distintos dioses, algunos no entendían que sucedía, otros interrogaban a Eriol y Yue por su poca clemencia. Cuando Fujitaka se presentó en el lugar todos los dioses guardaron silencio. El padre de los dioses era alto y fornido, tenía una presencia imponente y una expresión seria constante. Miró a todos quienes estaban con él y dijo:

—Nadeshiko. —Los dioses se miraron entre ellos, la diosa del trigo no se encontraba ahí— Si hay tantas plegarias por el hambre ella tendría que estar aquí en primera fila —dijo el dios del trueno golpeando una mesa, haciendo que varias nubes oscuras se formarán a su alrededor—. Quiero que la traigan aquí en este instante.

—La diosa del trigo y la fertilidad está deambulando por el mundo de los mortales. —Se oyó en el tumulto—. Está buscando a su hija, y por eso no se está haciendo cargo de sus deberes divinos.

Fujitaka levantó una mano y los dioses se hicieron a un lado para que el dios de los cielos quedara de frente con quien le había respondido, el dios del sol.

—Eriol —dijo—, ¿dónde está Sakura? ¿Por qué Nadeshiko no la encuentra? —Eriol no contestó de inmediato, como si lo estuviera meditando—. ¡Contesta!

—Sakura se fue con Shaoran hace mucho —interfirió Rubymoon con la mirada gacha—. No recuerdo haberla visto de nuevo después de esa oportunidad. Ya era de noche cuando sucedió, Eriol no pudo verlo.

—¿Alguien sabía de esto? —preguntó Fujitaka a los dioses, pero un silencio sepulcral fue lo único que recibió— Rubymoon, ¿alguien más sabía de esto?

—No —respondió la diosa de la noche, estática—, ambos dioses estaban solos.

La diosa de la noche sabía todo, ella misma los había visto reunidos a todos, y al alba lo había consultado con su contraparte diurna. Pero Rubymoon sabía también, de los platónicos sentimientos del dios del sol, por la casta Tomoyo y no se atrevió a entregarla ni a ella, ni a su hermana Meiling, por temor a que la ira del dios de los cielos se desatara y tuvieran que lamentarse en más de un sentido.

El temple del padre de los dioses era voluble, sacando conclusiones de las conversaciones que había tenido con su hija, y de la extraña ausencia de unos de los tres dioses principales rondando en el Olimpo.

—Dioses de los vientos —vociferó—, traigan a Nadeshiko de inmediato.

—Si, señor —contestó Yue, dios del viento del norte, emprendiendo el viaje junto a sus pares.

—Clow, dios de los mares, llévanos al Inframundo a través de tus dominios. Tengo que traer a mi hija de regreso, o los mortales morirán de hambre. —El dios que se encontraba en profunda calma asintió y se encaminó al destino en compañía de Fujitaka.

Al retirarse los involucrados, Meiling y Tomoyo se miraron con desazón, tenían que advertir a su hermanita. Eriol se acercó a ellas y dijo:

—Uno de tus galgos está herido de muerte cerca de los Balcanes centrales, si te apresuras, podrás enviarle un mensaje a tu hermana.

Tomoyo se dirigió de inmediato al lugar indicado, mientras que Meiling se quedó junto a los dioses del sol y de la noche.

—¿Por qué nos ayudaron? —inquirió la de ojos como la sangre— Si mi padre se entera, todos seremos exiliados.

—Si Fujitaka se entera que ustedes fueron cómplices de Sakura, las condenaría por la eternidad —respondió Eriol, Meiling bufó.

—Dios del sol, no juegue con mis capacidades de discernimiento. No se le ocurra ponerle una mano encima a mi hermana Tomoyo, ella ha tomado un voto de castidad.

—Lo sé, claro que lo sé —dijo con frustración Eriol—, desde los cielos me encargo siempre de protegerla. Sé que mis sentimientos no serán correspondidos, pero me conformo con poder resguardarla de cualquier peligro.

Meiling se quedó en silencio, e imploró que todo terminara de manera propicia.

El alma del galgo atravesó los reinos de Clow en un segundo, tenía una encomienda importante, su muerte, aunque dolorosa no sería en vano. Incursionó en los distintos territorios del Inframundo hasta encontrarse de frente con el dios de los muertos, quien estaba acompañado de Sakura. Aunque todo ser terrenal temía el encuentro con Shaoran y lo retrasaban lo más posible, el dios se inclinó sobre el galgo, con cariño le acarició detrás de las orejas como si pudiera ver cuánto había sufrido el animal antes de encontrarse con ellos.

—Fuiste un gran chico —dijo con voz susurrante—, gracias, ya puedes descansar.

El perro se inclinó agradecido y lentamente se desvaneció. Shaoran tomó la nota que traía el can consigo, y la leyó.

—Fujitaka está en camino —dijo a Sakura.

—No hay nada que temer, le haremos frente —respondió la diosa abrazándolo y hundiendo el rostro en su pecho—. No tendrán argumentos para alejarme de tí: aquellos que se atemorizan no saben en verdad lo valioso de tu deidad: reinas sobre tantos, eres piadoso con los espíritus que llegan a tus confines, y justo con las almas condenadas. Yo veo eso en tí, Shaoran, sé que traes paz. Me la has dado a mí.

El dios conmovido tomó el rostro de la diosa que se había convertido en su reina y la besó con pasión.

—Sacrificaré lo necesario para que no te aparten de mi lado.

Fujitaka y Clow llegaron no mucho después, encontrando a Sakura y Shaoran esperándolos tranquilamente.

—Más te vale que tengas una explicación para esto, señorita —dijo el dios a su hija, encarándola con agresividad. Shaoran interpuso un brazo entre ambos.

—Alto ahí, Fujitaka, serás el padre de todos los dioses, pero estás en mi territorio —bramó—. No le pondrás una mano encima a Sakura.

—¿Y quién te crees ahora para decirme que hacer con mi hija?

—Es mi esposo —respondió Sakura saliendo de la protección del dios de los muertos—, y como la reina del Inframundo te solicito cordialmente, padre, que te tomes las cosas con calma.

—¿Esposos? —el ceño del dios más grande del Olimpo se frunció— Este matrimonio se realizó sin nuestro consentimiento. Debes volver conmigo, Sakura.

—No puedo hacerlo —respondió la joven.

—¡Deja de desobedecerme! —gritó Fujitaka.

El enorme dios invocó su lanza con forma de rayo, y arremetió contra la pareja, quien era defendida por el esposo, dispuesto a acabar con la vida de quien se atreviera a desafiarlo y dañar a su mujer.

—Es suficiente —interrumpió el dios de los mares haciendo temblar las paredes del inframundo con su voz grave y profunda. Clow miró severamente a los temibles dioses quienes lentamente bajaron sus armas, y luego a su sobrina que seguía escondida tras su esposo—. Fujitaka, respeta el territorio de nuestro par teniendo más educación. Shaoran, Sakura, deberán disculparnos por nuestra interrupción en sus condominios, pero en la superficie estamos teniendo un problema que les incumbe.

—¿Qué ha sucedido? —inquirió el dios de los muertos.

—Nadeshiko ha estado buscando a Sakura por el mundo de los mortales. Llora y llama desesperada tu nombre —explicó tranquilamente Clow, mirando a la chica—, descuidando sus obligaciones divinas.

—Tu huida y desacato han provocado que nada crezca sobre la tierra —acotó Fujitaka—. Los mortales realizan plegarias a diario, en todos los templos de la acrópolis, pidiendo clemencia por el hambre y el frío. Nadeshiko no tiene pensado retomar sus tareas hasta que estés a su lado.

—Las obligaciones de mi madre no tienen nada que ver con mi estadía o no en la superficie —respondió Sakura inflexible.

—Cariño —intervino Shaoran—, creo que debemos escuchar a Clow y Fujitaka.

—Eres sensato, hermano —respondió Clow—. Nuestra obligación como dioses es garantizar la vida de los mortales, sin importar cual sea tu deber particular ahora mismo, pequeña Sakura.

—Es que no entienden —exclamó la chica— he probado la comida del Averno. Eso significa que ya no puedo abandonar este lugar. —Los dioses quedaron en silencio. Nadie que comiera en el Inframundo podía regresar a la superficie—. Estamos condenados —se lamentó Sakura.

—No —dijo Shaoran—, hay una forma. Está establecido que nadie puede regresar de manera definitiva a la tierra o al Olimpo. Pero siempre que regreses a mi lado, todo estará bien.

—¿Quieres separarme de tí? —preguntó dolida Sakura.

—Nunca, cariño —respondió el dios tomando la mano de su esposa y depositando un beso en el dorso—. Eres mi reina, tu lugar está a mi lado. Pero es necesario que regreses para que Nadeshiko haga brotar el trigo, luego podrás regresar a mi lado. ¿Te parece un trato justo, Fujitaka?

—Seis meses en la superficie con su madre —respondió el dios.

—No, sólo serán tres. Lo suficiente para que los brotes estén listos para dar frutos, ella regresará conmigo hasta la próxima cosecha. Eso les dará a los mortales seis lunas llenas cálidas, y seis frías.

—Fujitaka, que la reina del Inframundo esté más de noventa puestas de sol en la superficie puede ser perjudicial para ella. No quieres perder a tu hija ¿verdad? —intentó aportar Clow.

El dios de los cielos miró a su hija. Ella miraba con absoluta adoración a su esposo, y éste le acariciaba el cabello consolándola. No tenía más opción que aceptar el trato, porque las consecuencias podrían ser devastadoras para el Olimpo.

—De acuerdo —concedió— ven conmigo, hija. Debemos buscar a tu madre. —Luego miró al oscuro dios, quien quedaba nuevamente sólo en su reino, y Fujitaka comprendió, ya más calmado, que la suerte no le había sonreído al pobre Shaoran al estar allí tan solo—. Te prometo que volverá pronto.

—Confió en tu palabra, Fujitaka.

Shaoran besó a su esposa, y luego de darle una última caricia en la mejilla, la dejó marchar con los dioses a la superficie. Sabía que Sakura había mentido, él mismo nunca le permitió probar un solo grano de granada a la chica, pero que de verdad ella se atreviera a mentirle a su padre en la cara sólo por quedarse con él, le garantizaba que en menos tiempo de lo esperado, su bella esposa volvería. De todas maneras ya había vivido una eternidad sin la compañía de nadie. Shaoran era un dios sensato: sabía que su amada haría florecer la tierra junto a su madre y regresaría a sus brazos otra vez, como la hermosa reina del Inframundo y de la primavera.

FIN

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Nota de Autora: ¡Feliz primavera para todo el sur! ¡Feliz otoño para el norte! O temporada húmeda para los que están cerquita del Ecuador.

¿Cómo es eso Maira, ésto qué es?

Otro shot

¿y para cuándo ELPDB?

Está en plena edición el capítulo 13, pero estoy de lleno con el Fictober de este año de la mano de WonderGrinch, nuestra querida señorita organizadora, y si no me enfoco en eso la musa se me va!

Esta historia fue creada como consigna de regalo del amigo invisible para año nuevo, para Sahure que me pidió una historia relacionada a la mitología griega, y el mito de Hades y Perséfone quedó como guante, hay distintas versiones acerca del consentimiento o no de la diosa, pero después de escribir y leer mucha tortura dan ganas de una historia de amor.

Quiero agradecer al señor Pepsipez por sus siempre acertadas correcciones y recomendaciones, y a la dulce WonderGrinch, que siempre da una mano con sus lecturas y me alienta siempre a seguir, eres mi estrellita Lady Isabella!

Espero que hayan disfrutado el shot! Un beso y abrazo enorme!

~Maii