Buen día!

El día de hoy les quiero compartir una historia especial en conmemoración por el cumpleaños de Nico de este año. Sí, sé que pasaron varios meses, pero no me quedaba tranquilo si no escribía este año para su cumpleaños.

Espero disfruten la historia, la cual también tiene dedicatoria especial para cierta persona que me apoya mucho aquí y en Facebook casi desde que inicie a escribir. Es una historia triste y un poco más madura de lo que suelo escribir, aunque quizás sea un poco aburrida.

Disfruten la lectura :D


Amable lluvia


Mientras caminaba sola, buscaba el espacio donde tus recuerdos no me persiguieran más; un lugar soleado lejos de toda mi soledad.

A veces me pregunto si yo soy la única que sufre con todo esto. Me pregunto sí, después de tantos años, superaste lo nuestro. Te he visto a la distancia, con aquella enorme sonrisa que ilumina tu rostro, mientras que yo…, yo sigo esperando debajo de una tormenta interminable. Mis días nublados no se han acabado desde que me aparté de tu lado. Y pensar que fui yo la que decidió alejarse.

Aun puedo recordar aquella lejana primavera, en la que las dos descubrimos que en nuestro corazón habitaba un fuego tan intenso que pensé que nunca se apagaría. Ya veía que me equivocaba.

Pensaba que el tiempo me daría la valentía necesaria para enfrentar lo que conllevaba mis sentimientos por ti, pero me equivoqué. Me equivoqué y fui tan tonta por pensar que ese sueño que tuve cuando era adolescente trascendiera.

Desde el primer momento que me lo dijiste, tuve miedo y fue imposible para mí no pensar en el futuro. No rechazaba esos sentimientos que sin duda sentía por ti, pero estaba aterrada por pensar lo que significaban; por pensar que no me pertenecían y que sólo me estaba engañando para ser un poco feliz; para compartir tu felicidad sólo un poco.

El día de nuestra confesión, aún lo recuerdo como si estuviera marcado cuál hierro ardiente en mi corazón.

Nunca me imaginé estar frente a una escena de película, en la que tú, debajo de aquel árbol de cerezo que estaba detrás de la escuela, me dejarías escuchar por fin esas palabras que por tanto tiempo había estado esperando.

Tu cabello, con la luz translúcida del sol, brillaba de color carmesí como si fuera una llama eterna. Incluso, bajo esa lluvia de pétalos rosas, te veías tan bella como jamás te podré recordar. Estaba temblando al ver cómo, debajo de las sombras del cerezo en flor, parecías misteriosa y más asustada que nunca. Intuía que te costaría mucho confesar tus sentimientos, pero quería que tus palabras fueran el detonante de nuestra relación porque quería estar segura que sintieras lo mismo que yo.

Éramos dos adolescentes persiguiendo un sentimiento que, hasta ese momento, parecía inalcanzable. Y yo me aferré tanto a él que no me di cuenta cuanto se podía tensar. No pensé en cuánto daño nos llegaría a hacer en el futuro.

Recuerdo tus palabras a la perfección. Tu voz trémula por los nervios al estar a tu lado. Tu cara roja por la vergüenza y tus ojos llorosos por la impotencia. No podía negarlo, me gustaba verte de esa forma porque en ese momento me parecías la persona más linda y sincera que jamás hubiera conocido. Yo era diferente a ti en ese aspecto. Quizás ni siquiera hubiera podido sonrojarme en el momento de estar confesado mis sentimientos. Si hubiera sido yo la que se confesaba, quizás ni siquiera hubiera tartamudeado y solo hubiera hecho que aceptaras lo que sentía casi por la fuerza. Ahora me doy cuenta de que tenía razón.

Tus palabras fueron dulces y sinceras; como me esperaba de ti. Por un momento pensé que te desmayarías de la impotencia, o que saldrías huyendo sin terminar lo que habíamos empezado. Pero no lo hiciste. Fuiste muy valiente. Demostraste ser mejor que yo en ese aspecto, ya que yo estaba aterrada por la respuesta que para mí era clara.

Tus labios temblaron al mencionar esas palabras. Y mi corazón, al mismo tiempo, comenzó a latir tan fuerte que pensé que, en el pasado, no hubiera existido y recién me daba cuenta de que estaba dentro de mi pecho. Estoy segura que eran algo así:

«Nico, tú me gustas. No solo como amiga. De verdad me gustas. Me gustas al punto de querer abrazarte todo el día, o quedarme a tu lado sin la necesidad de decir nada en horas. Ahora, acepta lo que siento o yo… yo…».

Quizás esas no fueron tus palabras exactas, pero estoy segura que sonaban algo parecidas. Tan segura estoy porque en ellas mostrabas lo transparente y delicada que eras. Y en ellas podía percibir cuánto te costaba que sonaran sinceras y fuertes al mismo tiempo.

Y en ese momento pensé con suma alegría: «Por fin, por fin estoy sintiendo esto que por tanto tiempo he estado guardando. Por fin puedo darte la respuesta que tanto quieres y seguir nuestro camino juntas». Pero mi estómago se revolvió cuando otra voz interna interrumpió y, queriéndose imponer ante la alegría que sentía, bramó con furia: «¡Esto es un error! ¿Acaso no sabes lo que pasará con ella en el futuro? Sus padres no lo van a aceptar. Solo le harás daño y la alejaras de lo que en verdad quiere. Es más, ¿de verdad es amor lo que sientes por ella? ¿O solo es un falso sentimiento que reemplaza tu falta de afecto? Piensa bien en lo que estás haciendo. Piensa en todas esas peleas que has tenido con ella. Cuando des tu respuesta, esas peleas no terminarán nunca».

Lo sabía. Aquel sentimiento que me dejaba insegura de lo que sentía era la forma en la que yo expresaba mi propia sinceridad. Y tenían razón esas alarmas internas que me decían que diera un paso atrás y dejara ese momento como un lindo recuerdo de lo que quizás en algún futuro hubiera salido bien. Pero no lo hice. Porque quería abrazar lo que sentía más que nada en mi vida. Quería que ese amor que tenía por la chica frente a mi explotara a tal punto de vencer a los malos pensamientos que sin duda tenía y tendría en algún futuro. Así que me aferré con fuerza al amor que sentía por ti. Afirme mi amor con una dulce y sincera sonrisa la cual te atrajo a mi lado. Sin saber cuánto lo presionaba. Sin saber que algún día se marchitaría como los pétalos de cerezo de aquel árbol detrás de la escuela.

Y fue así como llegó el verano.

Esos miedos, esa incertidumbre del futuro a tu lado poco a poco fue tomando forma. Esos pensamientos que creía que se borrarían cuando estuviera a tu lado, no desaparecieron con la explosión de nuestro amor. Todo empeoró.

No podría decir cuál fue la pelea que terminó con toda nuestra felicidad. Fueron tantas y tan variadas que me cuesta pensar en el momento exacto que esto que sentía por ti se fue apagando. En ese momento veía a nuestra relación como el filamento de una bombilla que centellea hasta que por fin deja de brillar.

Las sonrisas fueron sustituidas por indescifrables muecas. Los "te amos" fueron cambiando por un simple "te quiero". La sinceridad que pensé que existía en nuestra relación se transformó en mentiras que, aunque sabíamos que lo eran, nunca hicimos nada para evitarlas. Y pronto llegó la desconfianza y la tortura de permanecer a tu lado.

Aquellas mentiras, aquellas peleas llegaron a un punto quiebre en el que ninguna de las dos buscaba solucionarlas. Simplemente dejábamos que pasaran y se acumularan, pensando que algún día se solucionarían por arte de magia. Nunca se solucionaron.

El recuerdo de aquel día caluroso, en el que pienso que todo terminó, fue un par de meses después de tu graduación de preparatoria.

¿Recuerdas cómo antes de estar las dos juntas, planeábamos nuestra vida de adultas? Siempre pensamos, inocentemente, que podríamos rentar un departamento y vivir juntas. Tú irías a una escuela de medicina y yo me dedicaría a buscar un lugar que se enfocara en las artes escénicas. Ambas platicábamos eso como si fuera un sueño que podríamos cumplir. Pero, cuando llegó el día en el que perdimos todo, ambas supimos que no podríamos mantener jamás ese sueño con vida.

Vivimos muy poco tiempo juntas. Y, como supimos desde un principio y, debido a las constantes peleas, descubrimos algo nuevo en nuestra relación, y fue el hecho de no ser compatibles ni siquiera para vivir juntas.

Está bien que pudimos esforzarnos. Pude haber sido más comprensiva contigo y tenerte paciencia. Sabía muy bien que en tu casa nunca te habían puesto a mover ni un dedo; tenías una vida acomodada y llena de cosas que facilitaban tu existencia. Pensé que sería fácil lidiar con eso porque disfrutaba mucho serte útil. No me importó al principio ser yo la que se ocupaba de todo en la casa; incluso era un alivio para mí no tener que preocuparme porque las cosas no salieran bien. Pero estaba cansada, y no podía ocultarlo.

Estaba furiosa porque tú ni siquiera parecías comprometida con nuestra relación. Siempre estabas ocupada estudiando, o saliendo a quien sabe dónde, y cuando te preguntaba en que te podía ayudar o dónde estabas durante todas las tardes, solo me dabas la espalda y me decías que no me metiera en tu vida. Pero yo pensaba: «nosotras estamos compartiendo la misma vida. ¿Acaso no tengo derecho de saber lo que te pasa? ¿Acaso no tengo derecho de apoyarte y que tú me apoyes?». Pronto te volviste fría y distante con el tema y yo dejé de preguntar. Perdí el interés porque, muy en el fondo, sabía que me ocultabas algo.

Aún puedo escuchar el sonido de las campanillas del viento ser mecidas por la dulce y tibia brisa de verano de aquel día. Puedo recordar el fuerte calor que azotaba a nuestro alrededor. Aun puedo ver en mis recuerdos tu rostro, rojo no por la vergüenza, sino por el enojo que sentía hacía mí. Recuerdo ese desbordante sentimiento que hacía estremecer mi corazón; el sentimiento de la cólera y el odio que sentía en ese momento hacia ti.

Tus palabras ya no eran tímidas y sinceras, sino que eran afiladas y llenas de odio. Mi corazón ya no latía por el sentimiento puro que sin duda pensé que no se quebraría con facilidad, sino que latía de manera eufórica por las descaradas que fueron tus palabras al explicar una situación así. Ni siquiera ocultaste la mentira. Ni siquiera hiciste el intento de hacer que te perdonara. Ni siquiera quisiste que te ayudará. Simplemente asumiste que todo estaba terminado. Y fue quizás el orgullo de ambas, el tuyo al no querer perder lo que te deparaba el futuro, y el mío al no querer que la decisión que había tomado hace años fuera falsa, que nos llevó a ese preciso momento en el que ya no había vuelta atrás.

Tu voz resonó fuerte, como una embravecida ola de mar que rompe en la playa:

«Esta relación nunca tuvo futuro». Dijiste con el rostro inexpresivo.

Ni siquiera podía creer que fueras sincera. Parecías un robot diciendo algo que habías ensayado por días.

«Ambas lo sabíamos. Sabíamos que esto nos haría daño. Sabíamos que, tarde o temprano, la realidad nos abofetearía en la cara. Ninguna de las dos quería aceptarlo. ¿Por qué no lo aceptamos? Dime porque no le hicimos caso a todas esas señales que nos impedían estar juntas. Nunca fuimos compatibles la una con la otra. Siempre estábamos peleando por la más insignificante cosa. Siempre quería estar un paso por delante de ti para que no me menospreciaras. Ni siquiera nuestras familias eran compatibles. Tu vivías en la miseria mientras que yo ya tenía un camino escogido para recorrer en el futuro».

El sonido de la bofetada de aquel día aún resuena en mis recuerdos. No podía creer lo que escuchaba. No podía creer que esa vocecita que cuando adolescente me advertía sobre el inevitable futuro, en ese momento se estuviera expresando vívidamente y me estuviera dando el peor castigo.

Pero eso no era sólo tu culpa. No quería culparte de todo porque, estos, siendo mis recuerdos, quizás suenen como si yo fuera una persona bondadosa que quiso salvar nuestra relación. Pero no era así. Yo más que nadie quería que fracasáramos como pareja. Yo más que nadie esperaba, desde un principio, que alguna de las dos cediera. Y yo no lo haría. Yo no iba a ser la primera en aceptar que lo que sentí tiempo atrás, cuando era una adolescente en la preparatoria, fuera una simple etapa que tenía que superar. Quería que me hicieras daño, para tener una excusa a la hora de decir quién fue la persona que me había arrebatado parte de mi vida y mi tiempo.

La bofetada fue solo el detonante que hizo que me diera cuenta de lo egoísta y horrible que era como persona. Además de esperar a que ese momento llegará, también te había lastimado físicamente. En nuestras peleas nunca habíamos llegado a los golpes. Pero ya no lo soportaba. Ya no soportaba esa incertidumbre que poco a poco me arrebataba lo que sentía por ti. Y me odiaba porque, más que deprimida, me sentía aliviada de que por fin todo terminara.

¿Cuál fue el motivo de la pelea en un principio? Era muy simple y a la vez descarado de mi parte no reconocerlo. Como lo suponía y lo imaginaba, tú estabas comprometida. Era obvio sabiendo de la familia de la que venías. ¿Por qué fue descarado de mi parte? Porque no era la única que ocultaba una aventura con alguien.

Por más molesta que me sentía en ese momento, por más confundida que pudiera estar. Esa voz dentro de mi cabeza solo repetía incesantemente: «Bueno, al menos ella fue la que te dijo acerca de eso y tú no tienes que explicar cómo fue que encontraste un lugar en aquella agencia de talentos». Y me sentía aliviada porque, para todas las personas que nos rodeaban, amistades y familiares, yo saldría bien librada. Estaba aliviada por eso. Era una persona despreciable.

Era obvio que todo se terminaría ahí. Que cada una seguirá su propio camino alejadas por fin de aquel sentimiento adolescente que poco a poco se iba perdiendo en la nada. Después de esa pelea, después de saber lo horrible que era y la forma en la que me aproveché de tus mentiras, no podía siquiera verte a la cara. A pesar de haber deseado todo lo que había pasado, aún tenía un profundo remordimiento en mi corazón que no me dejaba tranquila. Y sabía a la perfección que ese remordimiento eran los restos de felicidad que algún día compartimos.

Y al verano le siguió el otoño.

Hubiera pensado que después de eso no volveríamos a vernos nunca más. Que todo por lo que luchamos en preparatoria, aquel sentimiento de amor, se quebraría como el cristal más frágil. Pero, por más que pasaran los años, no podía sacarme tu recuerdo de la cabeza.

No era feliz en ningún sentido de mi vida. Siempre, cada minuto que pasaba a solas, pensaba en ti como si fueras un fantasma que me acosaba en mis pensamientos. No había momento en el que tu recuerdo no me abandonara.

A diferencia de que fueran las imágenes horribles después de haberle mentido y haberla utilizado, lo único que podía recordar era tu sonrisa cuando me veías o cuando estábamos juntas. Sólo podía recordar esos momentos felices en el que éramos las protagonistas principales. Sólo podía recordar la lejana confesión bajo el cerezo, o esos momentos en preparatoria que me hacían añorar volver a esa época.

Ya no lo soportaba. Ya no soportaba verte feliz en mis recuerdos cuando fui yo la que había destrozado esa sonrisa. Fui yo la mayor mentirosa y fui yo la que te alejó de mi lado aun sabiendo las consecuencias.

Todos los días me preguntaba dónde se había ido esa valentía cuando esperaba tu confesión. Todos los días me preguntaba dónde habían quedado los momentos felices a tu lado y me engañaba pensando que, en otras circunstancias, quizás eso no hubiera acabado.

Pero de nuevo me equivocaba. Solo quería escuchar internamente lo que me hiciera sentir mejor. Todavía me engañaba con aquellas dulces palabras para poder enfrentar el hecho de que ya no estábamos juntas. Solo me mentía una y otra vez pensando que era la solución para los problemas del pasado.

Y cuando nos volvimos a encontrar, pensé que aún había esperanza de resolver lo que dejamos inconcluso. Pensé, muy en el fondo, que podría disculparme por todo el daño que te había hecho.

Pero me equivoque. Me equivoque al asumir que lo que yo sentía también lo sentías tú. Me equivoqué al pensar que no era la única que no podía sacármela de la cabeza. Me equivoqué en el momento que cedí ante mis deseos de ser feliz a tu lado ignorando por completo a la voz dentro de mí que me decía que lo que hacía estaba mal y que la única que saldría lastimada esta vez sería yo.

Pero es que, cuando te vi de nuevo, no pude evitar pensar en aquella primavera de nuestra juventud. Incluso las imágenes parecían sobrepuestas la una con la otra; la del presente y la del pasado.

Esperabas tranquilamente bajo la sombra de un árbol casi desnudo. Daba la casualidad que en ese momento estaba trabajando en el rodaje de un video musical muy cerca de donde trabajabas; en el hospital de tu familia. Mentiría si decía que no pensaba día tras día en ese encuentro más que en otra cosa. Y por fin, un día nublado de otoño, se presentó la oportunidad que tanto ansiaba.

La fría brisa otoñal mecía tu cabello del mismo color que las rosas en primavera. Después de tantos años, irradiabas esa madurez que de por sí ya aparentabas cuando estábamos saliendo juntas. Tu rostro seguía siendo el mismo: estoico y serio, aunque en ese momento tenías un dulce rubor en las mejillas que hizo que mi corazón temblara de emoción.

No dudé ni un segundo en acercarme a donde estabas, y, cuando nuestras miradas se encontraron, lo primero que pensé fue que saldrías huyendo de aquel lugar; como si fuera un bello recuerdo del pasado. Pasaron los segundos, y ambas permanecimos a cierta distancia la una de la otra. No sabía lo que pensabas al verme, pero sin duda lo único que podía sentir eran unas impresionantes ganas de correr a tu lado y disculparme por todo lo que le había hecho. Ya no me importaba la dignidad que pudiera perder, ni que las personas a nuestro alrededor nos vieran y nos señalarán. Lo único que quería era someterme a ese deseo que tenía de disculparme, arrepintiéndome de todo lo que te hice en el pasado. Lo único que quería era…

Lo único que quería era hacer que esos pensamientos, aquellos que no me dejaban avanzar con mi vida, terminaran de una vez y para siempre.

Pasaron los minutos y, a pesar de que pensaba que sería yo la primera en dar el primer paso, tú te acercaste casi desesperada, casi aliviada, a dónde yo estaba. Y rememore el pasado al verte correr hacia mí. Y fue inevitable que la culpa no regresara a mi corazón. Y fue imposible que no sintiera que lo nuestro podría tener una nueva oportunidad.

No hubieron palabras cuando llegaste a mi lado, y yo estaba tan conflictuada internamente que no sabía que decir. Pasamos tortuosos segundos en silencio, solo intercambiando miradas como si no nos hubiéramos visto nunca, o como si tratáramos de recordar porque nos habíamos alejado.

«Has cambiado». Fueron tus primeras palabras después de tanto tiempo.

«Tú también». Fue lo único que pude contestar.

Fue incómodo, muy incómodo no saber qué decir después de todo lo que habíamos pasado. Pero en ese momento ninguna podía ignorar que estábamos ahí, paradas la una frente a la otra esperando que algo pasara, esperando que esa pequeña luz, dentro de nuestros corazones, dejará de centellear tan intensamente como lo hacía en el pasado.

Sería incierto decir si sentía lo mismo que cuando se me declaró por primera vez, o cuando me enamoré de ella al verla. No sabía muy bien lo que sentía en ese momento. No sabía si llamarlo culpa, desesperación, tristeza, miedo o angustia. Lo único que sabía era que quería que la imagen que tenía de ella desapareciera de mi cabeza.

Y lo intentamos una vez más.

Dejamos que los errores del pasado se adueñaran una vez más de nuestros corazones. Dejamos que esos sentimientos infantiles volvieran a pertenecernos solamente a nosotras. Dejamos que ese amor inconcluso explotara una última y única vez. Pero sabíamos que para nosotras ya era demasiado tarde.

Ya suponía que las cosas no serían iguales al pasado, pero tampoco podíamos ignorarlo. Una de las cosas que terminó por obviar esto fue el hecho de que no podíamos olvidar el daño que nos habíamos provocado. Ni las peleas, ni las mentiras, no podíamos ocultarlas como si nunca hubieran pasado. Pero las cosas entre nosotras habían cambiado. Quería pensar que habíamos madurado. Quería pensar que nuestra relación podría trascender. En ese momento quería más que nadie estar con ella en el futuro, y aferrarme a su mano hasta que nos hiciéramos viejas. Como en un cuento de hadas en el que las dos vivíamos felices para toda la eternidad.

Pero la realidad no era un cuento de hadas y no podíamos olvidar el gran error que ambas habíamos cometido. No podíamos ignorar que tú…

—Estoy comprometida, Nico —Su media sonrisa se ocultó detrás de sus manos. En su dedo lucía un anillo brillante que simbolizaba el final de nuestro amor. Las lágrimas caían por sus mejillas; creo que sabía lo que sentía en ese momento—. Me voy a casar.

No quería creerlo. No quería creer que todos los errores del pasado se acumularan en ese preciso momento. A mi cabeza, las imágenes de aquellos errores se reprodujeron despacio, haciendo que, esta vez sí, me arrepintiera una vez y para siempre por todo lo malo que había sentido por ti; por todos esos sentimientos ponzoñosos que me dolían y, en ese momento, terminaron por matar el futuro que pensaba que tendríamos juntas.

No podíamos hacer nada para evitar el inevitable futuro. Y aun así lo intentamos. Intentamos con todas nuestras fuerzas permanecer unidas hasta que por fin tuviera que decirle adiós a aquel amor infantil y que tanto había disfrutado a pesar de las tempestades.

Tuvimos una aventura juntas, y mentimos como nunca lo habíamos hecho en nuestras vidas. Pero sabíamos que lo único que íbamos a conseguir con eso era lastimarnos más y más, hasta llegar a un punto insostenible de soportar. Lo único que queríamos era desaparecer, escapar para siempre y vivir juntas. Pero sabíamos que no sería posible cumplir ese deseo.

No pudimos escapar del destino, porque, cuando por fin llegó la hora de decir adiós, lo hicimos de una manera tan sencilla y fácil que no podía creer que pudiéramos abandonar todo lo que sentíamos de esa forma tan absurda. Y ni siquiera el miedo que sentí cuando te fuiste de mi lado se comparaba al de la nada que anegaba mi corazón.

No sentí nada cuando dijimos adiós. No sentí ni pizca de arrepentimiento por los errores del pasado. No sentí nada cuando nos descubrieron a las dos. Ni siquiera sentí la suficiente tristeza que pensé que sentiría cuando te vi feliz en el altar, sosteniendo una mano que no era la mía. Y pensé…

«Ojalá el invierno llegue pronto».

El día de hoy comenzó a llover de pronto. En los días lluviosos, me cuesta no pensar en ti. Pero los recuerdos que tengo contigo los atesoro muy en el fondo de mi corazón.

Pero ya va siendo la hora de que los deje atrás. Ya es hora de que caminé tranquila bajo esta amable lluvia que lo único que hace es hacerme recordar la felicidad que dejé escapar.

Quiero caminar por esta soledad un poco más, para por fin darle un punto y final a lo que viví a tu lado. Sé que tú harías lo mismo. Sé que, en algún momento, tú también vivirás tu vida y dejaras todo como lo debimos de haber hecho desde un principio:

«Como el bello recuerdo de nuestro amor adolescente».

Es raro que llueva en invierno. Quizás pronto caerá nieve en la ciudad. Prometo que, cuando ese día llegue, yo podré sonreír como cuando lo hacía contigo, pero sabiendo muy bien que nunca estarás de nuevo a mi lado.


Espero que les haya gustado. Cuando no tengo muchas ideas que escribir, esta forma de escritura siempre me salva. Espero que no sea tan complicada y que se entienda lo que quise intentar. Quería hablar un poco como utilicé las cuatro estaciones del año para narrar, pero sin seguir una línea temporal en sí. No sé, me gusto como quedo al final. Me gustaría saber sus opiniones.

Por cierto, como suelen pasar en estas historias, esta idea surgió al escuchar una canción: La canción se llama Niwaka Ame y la cantante es Hanatan. La postearé en mi facebook para que puedan escucharla; esta muy bonita.

Aun sigo con el pequeño maratón que prometí, este terminara con la actualización de Hechizo la próxima semana, mientras tanto, aun les debo una historia de Maki por su cumpleaños, espero tener algo preparado o concentrarme en otra historia de otro fandom; también quería hacer de Madoka o de Magia Record, pero ya veremos.

En fin, muchas gracias pro todo su apoyo. Quiero agradecerles demasiado el tiempo que me regalan para leerme.

Sin Más, Muchas Gracias por Leer y por todo su Apoyo.