Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.


Thank you iambeagle for giving me the chance to share your story in another language!


Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.


Capítulo 3

—¿Cómo te fue? —pregunta Rose cuando entro a la sala de descanso.

—Sucedió justo como siempre —digo tranquilamente—. Sin fallas.

Cuando sonríe, no se refleja en sus ojos.

—Qué bien.

—¿Estás bien?

—Estoy exhausta —dice, ahogando un bostezo—. Es por eso que necesito más café.

—Te entiendo. —Saco dos tazas y el galón de leche del refrigerador.

—¿Estás bien? —pregunta Rose—. Vanessa dijo que te veías un poco inquieta hace rato.

—Solo la mitad para mí —le digo, viéndola llenar nuestras tazas. Beber cafeína a esta hora tan tarde del día podría no ser una decisión inteligente, y he estado durmiendo terriblemente en últimas fechas—. Vanessa necesita ocuparse de sus propios asuntos.

Rose se ríe. Tenemos una relación de amor-odio con Vanessa. Es buena para los chismes en la oficina. A menos de que el chisme en la oficina sea sobre ti.

—¿Qué te dijo exactamente? —pregunto, sabiendo que Vanessa probablemente exageró nuestro rápido encuentro.

—Solo dijo que hablaron en el pasillo y te veías inquieta.

Pongo los ojos en blanco mientras le añado un chorrito de leche a mi café, viendo el beige infiltrarse en el café.

—No me siento inquieta. —Rose bufa—. ¿Qué?

—¿Eres inmune a sentirte inquieta?

Con una pizca de azúcar, revuelvo mi café.

—No inmune, pero sé mantenerme serena bajo presión. Especialmente en el trabajo.

Rose asiente, pero tiene esa sonrisa, la que me indica que estoy diciendo puras mierdas.

—El chico Edward estaba siendo molesto, es todo. Pero no estaba inquieta. Estaba más que nada… irritada.

—La mayoría de los pacientes son molestos. —Rose se ríe.

Le doy un trago a mi café.

—Cierto.

—¿Qué te hizo exactamente?

—Solo… —Ni siquiera lo sé—. Nada. ¿Todo? Cuestionaba cada pequeña cosa que le decía. Yo no pongo las reglas. Solo usa la jodida filipina.

—Vaya. —Rose alza una ceja—. ¿Maldecir no cae bajo la categoría de estar inquieta?

—No. Cae bajo la categoría de "Ya estoy harta de este día y quiero ir a casa".

—Entendido. Pues, por suerte para ti, ya casi terminas.

—Desafortunadamente para mí, Edward está en la sala de recuperación y necesito ir a revisarlo.

—Hazlo rápido. Estarás bien.

Alzo mi taza simulando un brindis.

—Esperemos.

Dejo a Rose en la sala de descanso y avanzo por el pasillo de regreso a Edward. Lo encuentro dormido cuando abro la puerta. La máquina en la esquina emite un pitido con un ritmo estable, y permanezco cerca de su cama durante un rato, preguntándome si debería intentar despertarlo. La mayoría de los pacientes ya estarían despiertos para este momento y una pequeñísima parte de mí está preocupada.

Pero entonces mis ojos se posan en los objetos que trajo con él, extendidos pulcramente en el mostrador. Llaves. Cartera. Teléfono. Y un pedazo de papel doblado de forma extraña.

La curiosidad me carcome y comprendo que no entregó ningún artículo de su relación. A menos de que la única cosa que haya traído sea la nota. En ese caso, tendrá que ser confiscada inmediatamente.

Me acerco más a sus pertenencias, alejando la sensación de que estoy husmeando. Porque no es así. Todo está expuesto a plena vista. Si él no quería que nadie lo viera, debió haber mantenido estas cosas en sus bolsillos.

Con una última mirada para asegurarme de que siga dormido, me acerco hacia el mostrador. Estando cerca, me doy cuenta que en realidad no es una nota, sino una grulla de papel. Está aplastada y desgastada en las orillas, tal vez por llevarla en el bolsillo. La agarro para inspeccionarla. En la parte de atrás veo dos corazones dibujados con pluma roja. Un corazón más grande, con uno pequeño por dentro.

Incluso si es de su relación, no tiene ningún nombre escrito ni menciones de amor. Si lo viera ahora, no significaría nada para él.

Así que decido dejarlo así.

Se escuchan voces afuera de la puerta y me sobresalto mientras desaparecen por el pasillo.

Moviéndome de regreso hacia la cama, noto que los ojos de Edward siguen cerrados y miro su cara. Es guapo, le concederé eso. Mandíbula afilada, labios carnosos, ceño fruncido.

La manta se mueve.

Se escucha su tos.

Y de repente, estoy nadando en sus ojos avellana, ambos poco dispuestos a apartar la mirada.

—Buenas tardes, señor Cullen. Te encuentras actualmente en la oficina de Extracción de Recuerdos de la doctora Howard. Se te acaba de realizar el Procedimiento para eliminar una relación pasada. ¿Cómo sientes la cabeza?

—Un poco brumosa, pero nada de lo que valga la pena quejarme. —Su voz sale rasposa y seca.

—Aquí tienes. Bebe. —Le sirvo un poco de agua de la jarra junto a su cama y la acepta graciosamente.

—Gracias, Bella.

—Me recuerdas. Eso es bueno. Me alegra que no te revolviéramos por completo el cerebro. —Lo digo sin pensar y espero que no se ofenda con mi jugueteo. Pero por supuesto que me recordaría. La única persona a la que no recordará es a la que acabamos de quitar.

Afortunadamente, sus cansados ojos se llenan con diversión.

—Qué graciosa.

Me remuevo un poco bajo su mirada y me aclaro la garganta.

—Estoy un poco sorprendido —dice después de un momento, sus labios se tuercen en una sonrisa irónica.

—¿Por qué?

—Creí que me desconectarías mientras estaba inconsciente.

Lucho contra mi propia sonrisa, apreciando su humor negro.

—Tal vez si la próxima vez hay algo que desconectar, lo haré.

Su risa suena ligera y adormilada, y aplasto la sensación que se alza en mi pecho.

Atracción.

Me siento atraída a este hombre.

—¿Cómo te sientes? —pregunto, manteniendo mi rostro y tono neutral.

—Un poco cansado —dice suavemente—. ¿Qué tan enojada estás de que sepa tu nombre?

—No estoy enojada.

—Bien. Porque hace rato parecías estar algo molesta.

—Y tú parecías demasiado complacido.

—¿Puedes culparme?

—¿Por qué?

—Por querer saber tu nombre.

—¿Qué tiene de importante?

Traga con su mirada todavía en mí.

—Se siente como algo muy importante.

—Te aseguro que no lo es.

—Si no lo es, ¿por qué no simplemente me lo dijiste?

Descubro que no tengo una buena respuesta para esto, así que permanezco en silencio.

—Sabes… —comienza, luego se detiene.

—¿Qué?

—Nada.

La más leve de las sonrisas tira de sus labios, pero me niego a caer por esto. Aunque una estúpida parte de mí quiere saber desesperadamente qué es lo que iba a decir.

—¿Qué? —vuelvo a intentarlo.

—¿Me estabas viendo dormir?

Mi ceño se profundiza.

—¿No?

Sí lo hacía. Por accidente. Me siento agradecida de que no me encontrara cerca de sus pertenencias cuando despertó.

—Después de mi otro Procedimiento, me desperté solo —dice con un ligero toque de diversión.

—¿A qué te refieres?

—La otra especialista llegó después de que desperté, dijo su discurso, luego ya no regresó más que para echarme del lugar.

Con las miradas entrelazadas, me niego a apartar la vista.

—¿Y?

—Es que es… gracioso.

—¿A dónde vas con esto?

—A ninguna parte.

—Dime.

—Quiero decir… estás… —hace una pausa—. Obviamente te sientes atraída por mí. —Está sonriendo por completo ahora.

—Debes estar un poco atontado por las medicinas.

—Me siento genial.

—Esa es la medicina hablando —digo con sarcasmo.

—Vamos. Déjame divertirme. Al menos piensas que soy lindo, ¿cierto?

Desafortunadamente, sí.

—Por favor. —Me alejo de la cama—. Estoy haciendo mi trabajo. No hagas que esto sea raro.

—No tienes que luchar contra ello.

—No hay nada con que luchar.

—Bien —es todo lo que dice. Sigue sonriendo mientras se pasa una mano por el cabello, desaliñado debido al sueño inducido.

—Incluso si me gustaras, lo cual no es así, no pensaría que es sabio enamorarme de alguien que acaba de tener su segundo Procedimiento en un mes.

El reconocimiento brilla en sus ojos.

—Entonces sí me estabas juzgando antes.

—Es que es un poco… promiscuo, es todo. Saltar de relación en relación de esa forma.

—Solo intento asegurarme de saber qué es lo que quiero antes de que el gobierno intente obligarme a estar con alguien. Después de todo, se me está acabando el tiempo.

—¿Y cómo te va con eso? —pregunto con un poco de condescendencia.

—Ciertamente sé qué es lo que no quiero.

—La verdad, si fuera tú… —me detengo.

No necesito involucrarme en esto.

—¿Qué? —pregunta.

—Nada.

—No hagas eso. Dime qué es lo que ibas a sugerir.

—Solo digo, ya casi tienes veintiuno. Solo espera y que te coloquen con alguien. Es tu mejor opción.

Suelta una carcajada.

—Es lo que estoy intentando evitar.

—Confía en el proceso. Funciona por una razón. —Digo esto con la intención de irme, pero cuando llego a la puerta, sus palabras me detienen.

—Son mierdas.

Me giro hacia él.

—Es ciencia.

Se ríe de nuevo.

—Te garantizo que no hay nada de ciencia detrás del Grupo de Parejas. Probablemente sacan nombres de un sombrero y la gente se lo cree.

Lo miro boquiabierta.

—No piensas eso de verdad.

—No me sorprendería.

—La gente todavía tiene libre albedrío —le recuerdo.

—¿Le llamas a esto libre albedrío?

—El Procedimiento y el Emparejamiento están diseñados para ayudar a la gente. No para lastimarlos.

—Mierdas —dice de nuevo y me enojo—. Tenemos hasta los veintiún años para encontrar a alguien.

—Exacto. Libres para elegir.

—¿Y si elegimos mal?

—Más razones para ser emparejados por el gobierno.

—Si elegimos mal, entonces estamos estancados. Si queremos un divorcio, no se puede. Si nos casamos y descubrimos que nos sentimos atraídos hacia alguien que no es nuestra pareja, somos…

—Castigados —termino por él—. Solo si haces algo al respecto. Conozco la ley. Si no te gusta, siempre puedes irte.

Tal vez es cruel decirlo. Como si realmente pudiera simplemente levantarse e irse. Pero ambos sabemos que no es fácil y la gente que sí intenta irse rara vez, si no es que nunca, tienen éxito. Las únicas historias que los medios de comunicación promueven son las de horror, las de aquellos que huyen y son capturados, para luego ser sentenciados a muerte. Nunca escuchamos las historias de los que logran escapar, lo que me lleva a creer que nunca ha pasado.

La voz de Edward suena baja y determinada cuando dice:

—Me iría en un latido si pudiera.

Siento curiosidad, pero no presiono por más. Esta conversación no está yendo a ninguna parte y entre más pronto termine, mejor para los dos.

La puerta se abre y la doctora Howard asoma la cabeza, mirando entre nosotros.

—¿Todo bien?

—Todo está bien —le digo—. Está estable y no experimenta ningún efecto secundario.

El silencio en la habitación se siente acusatorio y no sé por qué.

—Perfecto. Deberías irte a casa, Edward —dice, dedicándole una mirada—. Tómatelo con calma durante un día.

—Lo haré —responde simplemente, moviéndose un poco para sentarse más en la cama—. Gracias, doctora H.

Ella se va y volvemos a quedar solos.

Por alguna razón, mi piel se siente caliente, punzante. Casi como si estuviera avergonzada. Como si me hubieran atrapado haciendo algo con lo que no debería involucrarme.

—Termínate tu agua —le ordeno con la boca seca—. Cuando te sientas mejor, vístete y vete. Alguien le dará seguimiento a tu estado mañana.

—Bel…

Salgo de la sala, y cualquier satisfacción que llegué a sentir al escucharlo decir mi nombre ya se ha ido.