Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.


Thank you iambeagle for giving me the chance to share your story in another language!


Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.


Capítulo 6

El viaje a través de la ciudad es lento para darme suficiente tiempo para cambiar de parecer.

Debería darme la vuelta. Dirigirme a casa. Pero sigo manejando y entre más me acerco a mi destino, más vibro con una energía ansiosa. Más segura estoy de mi decisión.

Si alguien se enterara de lo que estaba haciendo, se preocuparían.

Si Gianna se enterara, probablemente me despedirían.

Después de hoy, ya estoy en la cuerda floja.

Pero eso no me detiene de ir a casa de Edward y permanecer afuera en mi carro.

Esta parte de la ciudad es tranquila. Un poco descuidada. Paso algunas casas abandonadas al final de la calle, las ventanas están entabladas y llenas de grafiti.

Desde afuera, la casa de Edward se ve pequeña. Algunas luces están encendidas, pero la mayoría de las persianas están cerradas. Por muy preocupante que sea el estar aquí sin anunciarme, me encuentro irracionalmente molesta por la posibilidad de que me haya mentido y no fuera a la clínica como dijo que haría.

Solo porque las luces están encendidas no significa que esté adentro. Y solo porque estoy aquí no significa que necesito verlo en realidad.

Sin embargo, no hago movimiento para irme. Me quedo sentada dentro de mi cálido carro y miro hacia su casa.

Luego su puerta frontal se abre.

Mierda.

Solo tengo segundos para decidir si quiero irme y pretender que esto nunca pasó o enfrentar mi vergüenza. Sigo debatiendo sobre qué hacer cuando él sale en dirección a mi vehículo.

Con reticencia, apago el motor y me bajo del carro.

No puedo leer su expresión, pero si tuviera que adivinar, diría que no se ve exactamente sorprendido al verme. Por muy frustrante que sea, no tengo derecho de sentirme molesta.

—Hola —digo con cautela—. Puedo explicarlo.

Solo sonríe.

—Explica entonces.

—Mentiste. No fuiste a la clínica.

—¿Y tú… me acosas?

—No —digo furiosa, más molesta conmigo de lo que estoy con él—. Es que… quería asegurarme de que estuvieras bien. —Lo digo con suavidad y rápidamente, como si eso lo hiciera menos vergonzoso.

—¿Querías asegurarte de que estuviera bien? —repite, su tono es suave.

—Sí.

Nos paramos torpemente uno frente al otro y solo… miramos. No me dice que me vaya. No intento irme.

Pasándose una mano por el cabello, asiente hacia la casa.

—Pues ya que estás aquí, bien podrías entrar. Preparé sopa.

Sopa.

Carajo.

—Mi compañera de casa. Está enferma —suelto.

La diversión aparece en su cara.

—Mis condolencias para tu compañera.

—Le dije que estaría en casa esta noche.

—Llámala —dice simplemente—. Dile que llegarás tarde. Luego puedo darte un poco de sopa para llevar a casa.

Se gira antes de poder discutir. Todo lo que queda por hacer es seguirlo dentro.

Así que lo hago.

La casa huele bien. Cálida. Habitada. Hay casi una esencia nostálgica en ella, pero sé por haber crecido ahí que mi propia casa no olía ni se sentía así.

Edward hace ademán de tomar mi abrigo y lo dejo colgarlo antes de dirigirnos a la cocina.

Él empieza a moverse por ahí, sacando tazones y cucharas como si tenerme ahí fuera la cosa más normal del mundo. No lo pienso de más mientras saco mi celular para llamar a Rose.

—¿Hola? —Suena atontada, como si estuviera dormida.

—Soy yo.

—¿Dónde estás?

—En casa de una amiga —miento sin molestarme en mirar a Edward al decirlo—. ¿Estás bien?

—Me siento mucho mejor.

—¿En serio?

—Sí. No he vomitado desde esta mañana, así que creo que podré ir a la fiesta de Emmett.

—Oh, qué bueno. —Miro a Edward servir sopa en tres tazones—. Puede que llegue un poco tarde.

—Está bien. Probablemente solo me daré un baño y me iré a dormir.

—Bien. Te veré pronto.

La cocina permanece demasiado callada después de que nos despedimos y colgamos.

—¿Puedo ayudarte? —pregunto, sintiéndome incómoda al estar nomás ahí parada.

Me mira y sacude la cabeza.

—Así está bien.

Miro su espalda cuando estira la mano sobre su cabeza hacia la alacena y agarra un par de botellitas anaranjadas, se escuchan pastillas adentro. Saca una tableta de cada botella y las pone en una bandeja con un tazón de sopa.

—Me ausentaré por unos minutos —dice—. Puedes comer sin mí si tienes hambre.

—Estoy bien. Te esperaré.

Evita mi mirada y agarra la bandeja.

—Bien.

El pánico se asienta cuando me quedo sola. No sé qué estoy intentando conseguir al estar aquí. Claramente él está bien.

Estoy divagando sobre mi decisión de irme antes de que él regrese cuando el sonido de arañazos en la puerta trasera capta mi atención. Hago una pausa, escuchando. Sucede de nuevo, así que me muevo hacia la puerta, jalando la cortina. Está oscuro, así que no puedo ver nada afuera, pero aún escucho el sonido. La curiosidad me vence y abro la puerta para encontrar a una pequeña gata negra a mis pies, mirándome con sus propios y enormes ojos curiosos.

—Pues, hola tú —digo suavemente, acuclillándome para acariciar a la gata. La pequeña maúlla para saludarme, y frota su cabeza en mi mano antes de entrar.

Parándome, cierro la puerta. La gata parece conocer su camino por aquí, deambula al otro lado de la mesa para encontrar un tazón vacío en el piso. Abro gabinetes al azar, buscando algo de comida para darle. Sin embargo, no encuentro lo que necesito y siento la presencia de Edward en la cocina antes de verlo.

—¿Estás husmeando? —se ríe.

Me giro, atrapada.

—Sí, pero estoy buscando comida de gato.

—Ah. —La gata maúlla junto a su tazón vacío y él sonríe—. Tú otra vez —le dice.

—¿Es tuya?

—Algo así. Es más bien una molestia del vecindario —dice, pero hay cariño en su voz—. Unos cuantos de nosotros aportamos para cuidarla. Es una gata callejera, así que no le gusta quedarse en un sitio por mucho tiempo.

La miro meterse entre las piernas de Edward hasta que él se agacha para cargarla. Es tan pequeña en sus brazos, y eso me hace sonreír.

—¿Cuál es su nombre? —pregunto, acercándome para rascarle debajo del mentón mientras él la sostiene.

—Pepper.

—Pepper —repito—. ¿Se debe a que es negra?

—Porque la encontré en un callejón lamiendo la grasa y los restos de una caja de pizza de pepperoni.

—Ah —digo, riéndome un poco—. Es una abreviatura de pepperoni. —Ella me maúlla, frotando su cabeza en mi mano—. Sí que es linda. Y parece que le gusta estar aquí.

Puedo sentir los ojos de Edward en mí y me doy cuenta de lo cerca que estoy de él, así que me aclaro la garganta y me aparto. Se agacha para soltar a Pepper y llena su tazón con un poco de croquetas.

—Ven —me dice—. Comamos.

Lleva una bandeja con nuestra sopa a la sala y la deja en la mesita de centro mientras nos sentamos en el sofá lado a lado. Ahora que hay silencio y estamos cerca, la ansiedad acecha de nuevo. Pero recuerdo por qué estoy aquí.

O al menos, por qué me dije que estaría aquí.

—¿Te sentías mareado? —pregunto, ahora con un tono formal en mi voz. Él solo asiente—. ¿Cuándo comenzó?

—¿Ayer?

Musito.

—¿Por qué no fuiste a la clínica?

—No sé. Tengo que cuidar a mi mamá —dice en voz baja.

—Para ella era el tercer tazón de sopa —adivino.

—Sí. —Me mira. Después de un momento, suspira pesadamente—. Bella, yo…

—¿Qué?

—Tengo que ser honesto.

—¿Sobre qué?

—En realidad no me sentía mareado.

—¿Mentiste? —No sé por qué esto me sorprende, pero así es.

Su sonrisa es tímida cuando se agarra la nuca.

—Sí.

—¿Por qué?

Se encoge de hombros.

—Lo siento. ¿Estás enojada?

No lo estoy. Me alivia que en realidad no tuviera ningún síntoma preocupante. Ahora mi preocupación es que estoy aquí y no tengo razones reales para estar aquí. Honestamente, incluso si se sintiera mareado, no es mi lugar estar aquí en absoluto. Las visitas a domicilio no son necesariamente parte de mi descripción de trabajo.

Ya sobrepasé mis límites.

—No estoy enojada —le digo—. Pero voy a necesitar que me prometas que si de verdad empiezas a sentirte mareado, irás a revisarte.

Sus ojos se suavizan.

—Lo prometo.

—Gracias.

Agarra su tazón y lo imito, comiendo unas cuantas cucharadas.

—¿Cocinas seguido? —le pregunto, tarareando en apreciación por lo bien que sabe.

—Sí. Más que nada porque tengo que comer. No porque lo disfrute particularmente.

—Esto sabe bueno.

Sus ojos brillan.

—Me alegra que te guste.

Caemos en un cómodo silencio mientras comemos y después de terminar, Edward agarra nuestros trastes y regresa a la cocina.

—Tengo que revisar de nuevo a mi mamá —dice cuando lo sigo.

—Bien.

Comienzo a limpiar después de que se va. Enjuago los tazones, tapo la olla, y pongo las sobras en el refrigerador.

Ya casi he terminado para cuando él vuelve.

Cuando lo miro, sus ojos tienen una cierta suavidad que me pone nerviosa.

—No tenías que limpiar.

Lanzo un paño de cocina a la encimera.

—No me molesta. Gracias por la cena.

—De nada.

Deja el tazón casi lleno de su mamá en el fregadero limpio. Por mucho que no quiera husmear, no puedo evitar preguntar si está bien.

—Está enferma —es todo lo que me dice.

—Lo siento.

Podría ser una gran cantidad de cosas, pero no presiono.

—Entonces… ¿quieres quedarte un rato más? —pregunta.

—¿No sería raro?

—¿Más raro que tú buscando mi dirección y apareciendo aquí? —Hay picardía en su voz, pero eso me hace pensar.

—Tienes razón. Definitivamente me sobrepasé.

—Bella, estoy bromeando. Me gusta que estés aquí y no quiero que te vayas ya.

La sinceridad en su voz me atrapa con la guardia baja. La verdad es que creo que tampoco quiero irme ya.

—Si alguien de la clínica se entera… —No necesito entrar en detalles para que él sepa que no será bueno.

—¿Quién se enterará? —me reta.

—No… sé —murmuro, la incertidumbre se alza en mi pecho—. No sé qué carajos estoy haciendo.

Es una de las cosas más honestas que le he dicho y sale como un leve susurro.

—Qué bueno. Somos dos —dice con una risa silenciosa—. Solo… quédate. Un rato más.

El timbre bajo de su voz y la mirada suplicante en sus ojos tira de mi corazón.

Lo hace sonar tan fácil.

Y a pesar de que la idea de quedarme más tiempo se siente imprudente y en secreto, de la forma más extraña de todas, también se siente confortante.

Así que cuando lo repite otra vez y añade "por favor", todo lo que puedo hacer es decirle que sí.