Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.
Thank you iambeagle for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.
Capítulo 7
Te odio.
Te odio, te odio, te odio.
Siento manos en mí, sacudiéndome gentilmente para despertarme.
Nena.
—Bella.
Me despierto, desorientada. Mi corazón martillea mientras reconozco mis alrededores. Está oscuro. Estoy en un sofá. Pero no estoy en casa. Estoy en un lugar desconocido, y cuando veo a Edward acuclillado junto a mí, todo comienza a regresar.
—Estabas teniendo una pesadilla —me dice, mirándome la cara con preocupación.
—No tengo pesadillas —replico, la vergüenza por estar aquí empieza a aparecer.
Se acomoda hasta estar sentado en la alfombra justo junto al sofá de forma que nuestras caras quedan al mismo nivel. Después de un momento comprendo que él estaba durmiendo en el piso y Pepper está acurrucada cerca de mis pies.
El latido de mi corazón se hace más lento y me acuesto sobre la almohada. Hay una manta sobre mí, lo que tuvo que haber sido algo que él hizo. Encuentro extrañamente confortante saber que él me cuidó.
—No pretendía quedarme dormida aquí —murmuro.
Los recuerdos de hablar con él hasta quedar lo suficientemente soñolienta como para dormir llenan mi mente. Sin embargo, no es como que haya intentado irme. Pude haberme ido a casa. Aunque él también pudo haberme despertado.
Todo lo que hace es encogerse de hombros.
—No te preocupes por eso.
—¿Qué hora es?
—Pasan de las cuatro de la mañana.
Carajo. Rose debe estar preocupadísima. O tal vez no sabe que no estoy ahí. No puedo irme ahorita. No hasta que quiten el toque de queda a las cinco. Eso fue algo que mi padre estableció cuando se convirtió en alcalde. Nada bueno pasa después de las diez de la noche, dijo. Sí disminuyó la violencia, pero mentiría si dijera que no era un poquitín sofocante.
Edward ahoga un bostezo, y me giro para acostarme de lado, quedando por completo de frente a él. A Pepper no le gustó el movimiento, porque me maúlla adormilada antes de caminar sobre mi cuerpo y meterse entre mi espalda y el sofá.
—Creo que le agradas —dice Edward suavemente.
—Es dulce.
Nos miramos el uno al otro durante un largo momento. No estamos tan separados, y en la oscuridad, encuentro que su cercanía es reconfortante. Sin embargo, nunca lo admitiría ante él.
—No le dirás a nadie que estuve aquí, ¿cierto?
—No —promete—. Pero no puedo hablar por Pepper. Puede que ella les cuente a todos sus amigos.
Sonrío un poco ante eso, pero la preocupación sigue ahí.
—¿Y tu mamá?
—Ella no sabe que estás aquí.
—Bien. —Me froto los ojos—. No estaba teniendo una pesadilla —insisto—. Es que… no sé qué son.
—¿Sueños?
—Tal vez. A veces se sienten como… como recuerdos. —No sé por qué le digo esto porque se siente demasiado personal. Pero ya no puedo retractarme.
—¿Recuerdos de qué? —susurra.
—No sé. Es difícil aferrarme a los sueños una vez que despierto.
—Hmm. —Me analiza por un momento—. Sé que mentí sobre sentirme mareado, pero tú también mentiste.
Frunzo el ceño ante sus palabras.
—¿Qué?
Cuando levanta la mano, sus dedos trazan ligeramente detrás de mi oreja izquierda. Casi me aparto, pero me detengo. Su toque es cálido, gentil, y mi piel cosquillea y arde.
Casi me encuentro inclinándome hacia su mano.
Casi anhelo más.
—Oh, eso. —Trago cuando finalmente se aparta.
—Oh —repite, sonriendo un poco—. Eso.
—No importa.
Todo lo que hace es mirarme.
—¿Por qué me llamaste en realidad ayer? —pregunta, y en la oscuridad de la sala, me siento valiente. Como si todo lo compartido entre nosotros estuviera a salvo.
—Porque estaba revisando como estabas.
No es una mentira.
—Sé honesta. ¿Por favor? —Su voz suena desesperada, y siento la urgencia de darle todo lo que quiere.
—Fue una chica a la clínica —me detengo, dejo que mis dedos jueguen con la liga que sigue en mi muñeca—. N… no puedo decirte nada, en realidad. Por razones legales.
—No le diré a nadie, Bella.
Es tentador confiar en él, así que dejo fuera los nombres.
—Casi tiene los dieciocho. Le realizamos el Procedimiento. Sus padres nos pidieron que le quitáramos los recuerdos de su bebé. —Incluso solo decirlo hace que mis huesos vibren con enojo.
—¿Por qué?
No puedo mirarlo.
—La obligaron a darlo en adopción; no estoy segura de la razón. Supongo que querían que le hicieran el Procedimiento porque pensaron que ella intentaría buscarlo, o… o tal vez solo querían ahorrarle el dolor de renunciar a él. —Intento interpretarlo de esa manera, pero ni siquiera yo lo creo.
—Esas son mierdas —exhala Edward.
Tiene razón.
Lo son.
Pero esta es solo otra cosa que no admitiré ante él.
—Me afectó un poco. —Sí admito eso—. Ella estaba tan asustada. Tan triste y solo… con el corazón roto.
Controlo mis emociones al sentirme expuesta por la forma en que Edward me está mirando.
—Pero supongo que por eso el Procedimiento es tan importante. No estamos hechos para tener ese tipo de sentimientos —murmuro, sintiéndome insegura—. Ella está mejor así. De verdad.
—No crees eso. —Es una declaración, pero aparto la vista.
—Solía creerlo —digo con tristeza—. Todavía lo creo, es que… se siente diferente. No sé por qué.
—¿Y cómo se relaciona todo eso conmigo? ¿Por qué viniste aquí?
—Esa parte es más difícil de explicar.
—¿Lo intentarías? ¿Por favor?
Inhalo profundamente, tomándome mi tiempo para encontrar las palabras adecuadas.
—Supongo, es que me… siento segura contigo. —Mi corazón salta de mi pecho ante la tierna expresión en su rostro—. Porque… porque sé que no estás de acuerdo con el gobierno. No puedo contarle a mi mejor amiga o nadie más lo mal que creo que estuvo lo de ayer. Especialmente considerando quién es mi padre.
Una mirada de reconocimiento aparece en su rostro. No pregunta quién es mi padre, así que debe saberlo.
No es como que lo estuviera escondiendo.
Él no preguntó, así que nunca lo mencioné.
—Lo entiendo —es todo lo que dice.
—Sí.
—Sí lo estás, sabes. Estás segura conmigo. Puedes decirme lo que sea.
El alivio me inunda y mi pecho se llena de gratitud.
—Gracias.
Es tentador volver a dormirme, pero no me atrevo. Necesito irme lo ante posible para controlar los daños en caso de que Rose se dé cuenta de que no llegué a casa.
—Debería… —Me muevo cuidadosamente para ponerme de pie, dejando a Pepper en mi lugar del sofá.
—Todavía no son las cinco —señala y se para también.
—Lo sé.
—Entonces… ¿un café? —pregunta, pasándose una mano por el cabello. Se ve cansado, y me pregunto si durmió algo.
—Un café sería de gran ayuda. Gracias.
Avanzamos hacia la cocina. Su casa es pequeña, solo lo necesario llena el espacio. Pienso en mi propia casa y lo extravagante que es.
—¿Dónde vives? —pregunta como si me estuviera leyendo la mente.
Me siento en la pequeña mesa de la cocina. Solo hay tres sillas, y un lado de la mesa está pegado a la pared para ahorrar espacio.
—Cerca del campus —le digo.
—¿En un apartamento?
—Una casa.
Silba.
—Apuesto que es elegante, ¿eh?
—Está bien.
Me enredo un poco de cabello en el dedo con la mirada en él. Es un proceso extrañamente relajante verlo hervir el agua y juntar las tazas. Es calmante verlo servir con cuidado el agua sobre los granos de café. El vapor, el olor. Todo eso me relaja.
Luego se mueve al refrigerador y añade leche a una taza y le echa un poco de azúcar, la cuchara tintinea contra la cerámica cuando lo revuelve.
Me resulta extraño porque así es exactamente cómo me gusta el café. Aunque tal vez es para él.
Trae las tazas y las deja en la mesa antes de sentarse.
—Elige una —me dice, sus ojos están casi brillando.
Elijo la que tiene leche y azúcar, y él sonríe al aceptar felizmente la que no tiene.
XXX
Mientras entro de puntillas a mi propia casa, el alivio me llena al comprender que Rose debe seguir dormida. Es bueno porque no había pensado ni una sola excusa creíble para haber estado fuera toda la noche.
Ella no puede saberlo nunca.
Nadie puede saberlo.
Y ciertamente no puedo volver a hacer algo así.
Me baño de inmediato, tomándome mi tiempo, hasta que el cuarto está lleno con tanto vapor que apenas puedo ver frente a mí. Me lavo el cabello, me rasuro las piernas. Cuando estoy envuelta en una toalla, limpio la condensación del espejo para poder ver una imagen borrosa de mí misma.
Me veo y me siento exhausta.
Escucho el leve clic de la puerta principal abriéndose y luego cerrándose, y me cepillo rápidamente mi enredado cabello para después vestirme.
Rose está en la cocina llenando la tetera cuando salgo.
—¿Hay alguien aquí? —pregunto, mirando a mi alrededor.
—¿No?
—Creí escuchar la puerta principal.
—Oh. —Se ríe sin aliento—. Saqué la basura. ¿Café? —pregunta.
Mi mente se mueve directo a Edward.
Leche y endulzado con azúcar.
La forma en que se movió hacia enfrente antes de irme, casi como si fuera a abrazarme.
Durante un momento, quise que lo hiciera.
Quise saber cómo se siente tener sus brazos a mi alrededor, fuertes y apretados.
Estás segura conmigo.
—¿Bella? —Rose agita una mano frente a mi cara.
—No quiero café, gracias. —Sacudo la cabeza y me seco el cabello con una toalla—. Te sientes mejor.
—Sí.
Me siento en un taburete, sintiéndome extrañamente nerviosa. Como si esperara que ella cuestionara mi paradero de anoche.
—¿Supongo que no fue una gripa? —comento.
—Tal vez fue un virus de veinticuatro horas.
—Parece que tuviste la versión expeditada —me río—. Un virus de dos horas.
—Sí.
Estaba intentando hacer una broma, pero ella no se ríe.
—¿Y vas a ir a trabajar?
—Sí —repite.
Las cosas se sienten un poco tensas. Me pregunto si sabe que no estuve en casa anoche. Pero si lo sabe, ¿por qué no me pregunta?
—¿Puedo irme contigo ya que no tienes clases?
—De hecho, no iré a trabajar hoy.
Me mira entonces.
—¿También estás enferma?
—No. Gianna me dijo que me tomara el día libre.
—Oh-oh. ¿Por qué?
—Hubo una paciente ayer… —Frunzo el ceño, decidiendo quitarle importancia—. Tuvieron que sujetarla. Yo titubeé. Fue todo muy extraño. Estoy segura de que la buena Vanessa te contará todo.
—Yo también estoy segura —se ríe Rose—. Pero ¿estás bien?
Pienso en Edward.
—Estoy bien —digo con honestidad. Al menos, por ahora—. ¿Y tú?
Sonríe y asiente, y durante el momento más breve de todos, me da la sensación de que no soy la única que está escondiendo algo.
