Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.


Thank you iambeagle for giving me the chance to share your story in another language!


Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.


Capítulo 8

El sábado en la tarde Rose y yo llegamos a la finca de mis padres unas horas antes de que comience la fiesta de Emmett.

La casa está vibrando con desconocidos que andan por ahí decorando, preparando comida y asegurándose de que cada detalle cumpla los estándares de mis padres.

Extrañamente, las únicas personas a las que no veo de inmediato son mis padres.

Rose se escabulle junto a una mesa de aperitivos y agarra unos cuantos mientras el mesero le da la espalda.

—Rose —la regaño con una carcajada.

—No importa, solo están ahí rogando por ser comidos.

Tiene razón. Robo unos cuantos para mí.

Bella. —La conocida voz bromista suena detrás de mí, y es mi turno de ser regañada.

Con un canapé sin comer todavía en mi mano, me giro sobre los talones para encontrar a Carmen viéndonos con diversión.

—Culpable —digo ligeramente.

—Ustedes nunca fueron buenas para salirse con la suya. —Carmen se ríe y me jala a un cálido abrazo. El aroma de su suave cabello color caramelo me abruma con confort—. ¿Cómo estás, cariño?

—Estoy bien. —Mi respuesta es automática y puedo notar que Carmen busca algo más—. ¿Cómo estás tú?

—No me quejo. —Me ofrece una sonrisa fácil—. Pues sigan. No dejen de robarse comida solo porque estoy aquí. Además, parece que a ambas podría caerles bien. —Carmen agarra unos cuantos bocadillos más y los pone en un platito para mí.

—No me molesta —dice Rose simplemente, llenando su propio plato de comida.

—¿Puedes creer que tu hermano va a cumplir veintitrés? —musita Carmen—. Se siente que apenas fue ayer cuando estaba aprendiendo a andar en bici y atormentándote en el jardín.

Nos reímos del recuerdo.

—Todavía me atormenta —bromeo—. Una cosa es segura; no habría sobrevivido sin ti. —Es verdad. Quiero a mis padres, pero Carmen prácticamente nos crio a Emmett y a mí. Ella administró la casa, preparó la comida. Nos apoyó. Nos ayudó con la tarea. Y algunas noches, cuando mis padres salían, nos contaba historias sobre los vagabundos que viven en las tierras sin jurisdicción.

—¿Es verdad? —había preguntado, curiosa por saber más—. ¿La gente de verdad vive allá en lo salvaje?

—Son solo historias —decía y cambiaba a historias para dormir más apropiadas.

Después de que Carmen y yo platicamos por unos minutos más, Rose y yo encontramos a mi papá en su estudio.

La puerta está abierta, pero toco dos veces por costumbre.

Alza la vista de su computadora y se quita los lentes.

—Hola.

—Hola, papá.

—Alcalde Swan —lo saluda Rose.

—Siempre te he dicho que me llames Charlie —se ríe entre dientes con una sacudida de cabeza.

Rose sonríe.

—Y así lo hacía. Antes de que se convirtiera en alcalde.

Le quita importancia con un ademán, pero sé que su ego aprecia el estímulo.

—No te esperaba tan temprano —dice Charlie, mirándome—. Pero me alegra que estés aquí. Quería hablar contigo.

—¿De qué?

Su mirada salta a Rose.

—¿Me permites un minuto a solas con mi hija?

Rose asiente, lanzándome una mirada.

—Iré un rato con Carmen, te veo luego en tu habitación para alistarnos.

Asiento.

—Suena bien. —Cierra la puerta detrás de ella y me muevo para sentarme en la silla frente a mi padre—. ¿Qué sucede?

La habitación se queda en silencio. No habla de inmediato, y mi mente se vuelve loca.

Debe saber que estuve con un paciente. Que abusé de mi acceso para buscar la dirección de Edward. Ir a su casa fue muy poco profesional de mi parte, pero el haberme quedado a pasar la noche hace que todo sea mucho peor.

—¿Está todo bien? —pregunto tranquilamente a pesar del repentino aumento de mi pulso.

—Hablé con Gianna esta mañana. —Me preparo para la decepción que llegará inevitablemente—. Dijo que hubo un incidente en la clínica con un paciente.

—Um… pues… —Me muerdo el interior de la mejilla, ni siquiera estoy segura de dónde comenzar.

—¿La señorita Tanner? —me anima.

—Oh. —No sabe sobre Edward—. ¿Por qué Gianna te dijo eso?

No responde de inmediato, y eso me confunde. Como si su respuesta no fuera tan honesta como debería serlo.

—Está preocupada por ti —dice finalmente, su tono está lleno de afecto y preocupación—. Todos lo estamos.

Me trago la sensación defensiva que burbujea en mi garganta.

—Bien. Pues fue solo falta de comunicación.

Me mira por un momento demasiado largo, pasándose una mano sobre el bigote.

—¿A qué te refieres?

—No tenía toda la historia. No sabía que íbamos a eliminar los recuerdos del hijo de Bree. Después de hablar con ella…

—Tu trabajo no es hablar con los pacientes. Lo sabes, cariño.

—Pero…

—Estás ahí simplemente para asistir con el Procedimiento, Bella. Entras; sales. Y un día, tú misma podrás realizar la cirugía. Pero hasta entonces, debes seguir las reglas. Mantenerte fuera de problemas.

Inhalo profundamente y me siento más recta. A mi padre no le agradan las excusas. Y no puedo desafiarlo, ni puedo confiarle lo mal que se sintió todo. No lo entendería. No creo que mucha gente lo entienda. Pero Edward… él entendió. Me hizo sentir menos sola en mi incomodidad por la situación.

—Me agarraron desprevenida —murmuro con la garganta seca—. No volverá a pasar.

Charlie me analiza por un momento más.

—Sé que lo tienes todo bajo control. Nunca he tenido que preocuparme por ti. —Su mirada se vuelve distante, como si estuviera recordando mis días de antes—. Siempre has sido firme. Sabes que debes seguir las reglas para ser exitosa. Emmett, por otro lado… —Hace una pausa y sacude la cabeza, ahogando la diversión—. Necesita ser guiado en la dirección correcta.

—No todos pueden ser tan geniales como yo —bromeo y Charlie se ríe.

—¿Estás segura de que todo está bien? Puedes contarme lo que sea.

—Todo está bien.

Exhala, su mirada se suaviza.

—No quiero ser duro contigo, Bella, pero no puedo permitir que vuelvas a desobedecer abiertamente las órdenes de la doctora Howard. ¿Sí?

—Pero no… —me detengo, pensándolo mejor—. Sí, señor.

Se queda satisfecho entonces y se pone sus lentes.

—¿Ya viste a tu madre?

—No.

—Se está volviendo loca —me dice sonriendo—. Emmett y Kate tienen noticias nuevas que compartir con todos.

—¿Oh? —Debe estar embarazada. Es fácil imitar su sonrisa ahora.

—Ve a buscarla. Estoy seguro de que le alegrará verte.

Rodeo su escritorio y le doy un beso en la mejilla.

—Sé inteligente, Bella. Es todo lo que te pido.

Me trago la culpa.

—Lo seré, papá.

XXX

—Qué bueno que nos acompañes en tu propia fiesta.

—No hay nada de malo con llegar elegantemente tarde —se ríe Emmett, jalándome a un abrazo.

En este momento, la fiesta ya está en pleno apogeo, asistieron al menos doscientos invitados.

La planeadora de eventos convirtió el jardín de mis padres en un paisaje invernal. Hay luces colgando alrededor de nosotros, y los calentadores llenan la carpa para mantener cálidos a los invitados. Todo es brillo y glamur y resplandor, y a juzgar por la cara de Emmett, lo detesta.

—En escala del uno al diez, ¿cuánto te está encantando esta fiesta? —bromeo, bebiendo mi champaña.

Em se ríe.

—¿Por qué crees que llegué tarde?

—La evasión nunca funciona.

Solo sonríe.

—Claro que sí.

—¿Has estado bien?

—Sí, ¿tú? Escuché que causaste problemas en la clínica el otro día.

—Oh, cierra la boca —murmuro, ahogando una carcajada.

—No te avergüences. Estoy orgulloso. No puedo ser el único Swan que cause problemas.

—Sí, sí. —Miro su cara por un momento, notando sus ojos cansados y la falta de luz en ellos—. Te he extrañado.

—Sí, también te he extrañado, rufián. —Lo dice con ligereza, sus ojos se llenan de ternura cuando me mira.

Siempre ha sido más suave que nuestro padre. Más sensible. Compasivo. De hecho, aparte de sus sonrisas, no tienen mucho en común.

—¿Dónde está Kate? —pregunto, mirando sobre su hombro—. Escuché que tienen noticias.

—Sí. Aunque es más bien un anuncio familiar.

Sí que está embrazada.

—¿Estás diciendo que no quieres compartir algo grande con doscientos de tus conocidos más cercanos?

Em enfoca hacia la multitud y se bebe su escocés.

—Odio estas fiestas.

—Yo también. —Usualmente son para otra gente, no para la persona que se supone deben celebrar. Aprendimos eso desde pequeños—. Pues bien —suspiro—. Guarda tus secretos… por ahora.

—Lo haré —responde, y luego su atención se posa sobre mi hombro, sus ojos se iluminan cuando sonríe.

Estoy esperando ver a Kate, pero cuando volteo detrás de mí, veo a Rose caminar hacia nosotros.

—Te ves espectacular esta noche —la halago, admirando el vestido rojo que se sentía insegura de usar.

—Sí, te ves hermosa —acepta Em.

—Gracias. —Está sonriendo en grande, lo que debe significar que ya está un poco borracha por la champaña—. Y por supuesto, tú te ves guapo. Para ser tan viejo, supongo.

—Oye, apenas tengo veintitrés. —Hace un puchero.

—Te estás poniendo viejo —replica.

—Sabes, un simple "Feliz cumpleaños" habría sido suficiente —se ríe, sacudiendo la cabeza.

—No es mi estilo. Por cierto, ¿cómo estás?

—¿Considerando que me insultaron en mi cumpleaños? Bien, supongo.

—Eres tan dramático —le digo, poniendo los ojos en blanco.

—En verdad que sí. —Rose se ríe echando la cabeza hacia atrás—. Me gusta tu corbata.

Emmett baja la vista hacia la corbata, sonriendo tímidamente.

—¿Sí?

—Es algo boba. Como tú.

—No soy bobo —replica, todavía sonriendo.

Estoy a punto de replicar que sí, Emmett es un gran bobo, cuando James se acerca. Está usando un esmoquin, tiene el cabello peinado hacia un lado con un brillo juguetón en la mirada. Emmett y él intercambian cordialidades, saluda a Rose, y después su mirada se posa en mí.

—Bella. —Se agacha para besar mi mejilla, pasando un brazo por mi cintura.

Asiento a modo de saludo, alejándome solo un poco de su agarre.

—Te ves bien.

—Igual que tú. —Mira mi vestido largo de seda color negro. Abraza mis curvas, y sus ojos se posan también en ellas—. Te ves absolutamente deslumbrante —me halaga.

Creo que Emmett siente mi incomodidad porque interviene con:

—Y todos sabemos que yo me veo genial.

—Oh, calla —se ríe Rose—. No todo se trata de ti.

—Me gustaría diferir —dice con sarcasmo—. Es mi cumpleaños.

—Ni siquiera te gustan los cumpleaños —argumenta Rose—. O las fiestas.

Em le sonríe.

—Eso es… verdad.

Estoy a punto de mencionar uno de los cumpleaños más memorables de Emmett que probablemente contribuye a su desdén por el día, cuando alguien al otro lado de la carpa capta mi atención.

Alto, con hombros anchos.

Una mandíbula angular sin rasurar.

Rebelde cabello rojizo.

Edward.

Se encuentra detrás de la barra y su mirada está en mí.

Me pregunto cuánto tiempo ha estado mirando.

—Ahora vuelvo —les digo.

Maniobro mi camino a través de la multitud hasta que estoy parada frente a Edward con la barra entre nosotros. Está usando una camisa de botones blanca, lleva las mangas enrolladas hasta los codos, una corbata negra y pantalones de vestir negros. Está un poco desaliñado, pero se ve bien en él.

—Hola. Um…

Su mirada está en mí, pero no sonríe cuando pregunta de forma automática:

—¿Puedo ofrecerle algo de tomar?

Vacilo por un momento.

—Champaña.

Agarrando una botella enfriada de una cubeta de hielo que tiene cerca, lo veo verter el líquido dorado en una copa limpia. Dejo mi copa vacía en la barra.

—Aquí tiene, señorita Swan —dice secamente, como si no me conociera.

Pero supongo que eso no es del todo mentira.

—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunto. Tal vez es una pregunta estúpidamente obvia, pero su presencia me atrapó desprevenida.

Sus ojos se mueven sobre mi hombro, luego regresan a mi cara.

—Estoy trabajando.

—Claro. —Bebo de mi copa—. Entonces tú… ¿eres camarero?

—Y mesero.

—Y… vas a la escuela, o algo así. ¿Y calificas trabajos gratis? —añado, todavía intentando entenderlo.

Veo el esbozo de una sonrisa, y me llena de calidez más que la champaña.

—Hago lo que tengo que hacer.

—Pues me aseguraré de decirle a mis padres que te den una buena propina. —Pretendía hacer una broma, pero fracasa y solo resalta lo visiblemente diferentes que son nuestras vidas.

—Tus padres siempre son muy generosos —dice con neutralidad.

—No estaba… —dejo de hablar cuando una rubia se acerca a la barra.

—Hola —le dice a Edward. Él no da otra respuesta más que una mirada rápida en su dirección—. ¿Puedes darme una copa de champaña, por favor? Con…

—¿Un chorro de jugo de arándanos? —añade por ella.

—Lo recuerdas. —Ella se ilumina—. Soy Tanya, por cierto.

Edward se mueve detrás de la barra y Tanya me mira con curiosidad, tal vez se pregunta por qué sigo parada aquí cuando tengo una copa casi llena. Así que me bebo mi copa de un trago.

—Vengo a rellenar —le digo, alzando mi copa ahora vacía.

Mis ojos se mueven hacia Edward, y juro que casi sonríe.

—Mi tipo de chica —se ríe Tanya—. Y mi tipo de chico —añade al mirar a Edward, ni siquiera se molesta por bajar la voz.

Los celos me corroen.

Sin embargo, es injustificado. Edward y yo hemos hablado unas cuantas veces, y me dejó dormir en su sofá. No es nada para mí. No somos nada el uno para el otro. Pero entre más lo mira ella, más profundo se enrollan los celos en mi vientre.

Edward pone su copa en la barra.

Ella le agradece y le guiña.

—Vaya —digo cuando ella está fuera de alcance, y parpadeo lentamente.

—¿Amiga tuya? —pregunta con las cejas alzadas.

—Iba a preguntarte lo mismo —digo secamente—. Pero no. No somos amigas. Aparte de Rose y mi familia, no me interesa mucha de la gente que está aquí esta noche.

—Hmm. —Su boca forma una línea tensa, y señala mi copa vacía—. ¿Más champaña?

—Lo recuerdas —digo, burlándome de Tanya. Esta vez sí sonríe. Incluso se ríe profundamente. Mi estómago hace piruetas ante el sonido.

—Me gusta tu vestido. —Su voz suena baja, y me hace sentir cálida—. Te ves muy bonita.

Había recibido más o menos el mismo cumplido de James, pero escucharlo de Edward se siente… diferente.

Creo que me gusta más escucharlo de la boca de Edward.

—No tienes que decirlo.

—¿Por qué no lo diría? —Su mirada se calienta—. Es verdad.

—Pues… gracias.

Emmett está detrás de mí entonces.

—Oye, ¿Bell? ¿Puedo robarte un segundo? Mamá nos quiere ver.

—Sí. Claro. Solo vine por otro trago. Te veré allá.

—Suena bien. —Emmett asiente antes de cruzar la carpa, dejándonos solos a Edward y a mí otra vez.

—Supongo que debería irme.

—Sí —acepta—. Probablemente.

Cuando Edward me entrega la copa, nuestros dedos se rozan. Pienso de nuevo en la copa de Tanya, como es que él la soltó en la barra para que ella la tomara.

Mi corazón hace maromas y ahogo la sensación de que ese pequeño toque fue a propósito de su parte.

—Gracias —digo, en voz demasiado baja considerando lo ruidoso que está aquí.

Sus ojos siguen ardiendo.

—De nada.

—Debería… irme.

Su sonrisa es suave.

—Ya lo dijiste.

—Cierto. —Trago—. Que pases buena noche.

Me giro para irme, pero luego él dice:

—¿Bella?

Nos miramos fijamente.

—¿Sí?

—Para que conste, esa chica no es mi tipo.

Mi corazón martillea en mi pecho y, por un momento, no puedo apartar la vista de él.

—¿No lo es? —murmuro, y él meramente niega con la cabeza.

—Y ese hombre tampoco es tu tipo.

—¿Quién? —pregunto, pero sé exactamente a quién se refiere, James.

Tensa un poco la mandíbula.

—El que te besó la mejilla.

Estaba mirando. No sé por qué, pero eso envía un pequeño estremecimiento a través de mí.

—No es como si supiéramos quién es nuestro tipo, de todas formas. Quiero decir, luego de que sucede el Procedimiento, no recordamos con quiénes hemos salido.

—No, supongo que no —acepta—. Pero hay algo que decir sobre la química. Y el deseo. —Cuando se lame los labios, instintivamente mojo los míos en respuesta. Durante un momento, se siente que somos los únicos aquí, sin este mar de gente a nuestro alrededor—. Tal vez no recuerdo con quién he salido, pero sé quién me atrae.

No sé si esta soy yo hablando, o si es la champaña, pero pregunto atrevidamente:

—¿Y quién es?

Otra vez con la silenciosa y caliente mirada. Con sus ojos atentos a mi cara, mi corazón tartamudea cuando dice:

—Tú.